IX. Lo que pasó en la cueva #2
El padre estaba junto a la puerta, con barro seco hasta las rodillas y los ojos hundidos de no dormir. Durante un instante pareció que iba a echar a la mujer de la casa; después bajó la mirada.
—Déjala trabajar.
La madre siguió en la puerta.
—Es mi hija.
—Y también era mi hijo —dijo él.
Aquello la apartó de la entrada más que cualquier empujón.
Léira recordaba el banco donde la sentaron, la mesa, una mosca golpeando la ventana una y otra vez. Recordaba también una tablilla pequeña que la mujer dejó junto a su mano y un cuenco de tinta que no llegó a usar. No supo entonces para qué servían .
La sacerdotisa se sentó delante de ella y le cubrió el rostro con las manos: los pómulos, las sienes, la frente.
Tenía los dedos fríos. Empezó a susurrar palabras tan cerca que, más que oírlas, las sentía como aire helado contra la piel.
No las entendió entonces y tampoco las entendía ahora, pero recordó el ritmo, la presión de aquellas palmas inmóviles y esa forma lenta en que el cuerpo dejó de saber si tenía sueño o si una parte de sí misma se estaba apagando por dentro.
Algo se fue cerrando dentro de ella: primero el camino, luego el sello, luego el frío y, al final, también el hueco que todo aquello debería haber dejado. Incluido su hermano.
Cuando la sacerdotisa apartó las manos, estaba tranquila.
Su madre entró con los ojos hinchados y se arrodilló ante ella. Le acarició el pelo, la frente, las mejillas, comprobando todavía que la niña seguía allí.
—Mi niña. Mi niña.
La niña no supo por qué lloraba, porque para entonces ya no había hermano ni cueva ni nada que pudiera explicar aquella casa llena de adultos callados. Solo un lugar extraño durante unos días, gente cansada y una silla junto a la ventana donde una mosca yacía inerte.
Pero esa noche, antes de que la mandaran a dormir, vio a su madre en la cocina.
Creyó que estaba rezando. La encontró de pie junto al hogar apagado, con una camisa pequeña de Lirenn doblada sobre la mesa.
Había un diente de leche al lado de la prenda, una piedrecita negra del tamaño de una uña y un botón de hueso que Léira no recordaba haber visto.
Su madre los tocaba uno a uno con la yema de los dedos, despacio, como quien cuenta criaturas dormidas o comprueba que ninguna se ha ido todavía del todo.
Después abrió una bolsita y los metió dentro.
Cantaba muy bajo.
No era una canción alegre. Tampoco triste de la forma en que una niña entiende la tristeza.
Era una melodía antigua, sin prisa, hecha de pocas notas repetidas con cuidado.
Léira se quedó en el umbral escuchando, sin saber que aquella canción debería significar algo para ella.
Su madre levantó la cabeza al verla y durante un segundo pareció asustada.
Como quien ha sido sorprendida haciendo algo que no debería hacerse delante de una niña vacía.
Luego cerró la bolsita con un cordón fino y la apretó contra el pecho.
—Vuelve a la cama —dijo.
—¿Qué haces?
Su madre bajó la vista hacia la camisa doblada sobre la mesa. Luego miró a la niña que ya no recordaba al niño.
—Guardar lo que queda.
—¿De qué?
La pregunta le rompió algo en el alma, lo suficiente para que Léira recordara, años después, que su madre había envejecido allí mismo, junto al hogar, sin moverse del sitio.
—De nada —dijo al fin—. Vuelve a la cama .
Obedeció. La canción siguió un rato más, al otro lado de la pared. No sonaba como una despedida. Sonaba como una puerta mantenida con la mano.
Años después, ya muerta su madre, encontró entre sus cosas una bolsita de tela atada con un cordón fino.
Dentro había un diente de leche que no podía ser suyo, un botón infantil y una piedra negra del tamaño de una uña, demasiado pesada para algo tan pequeño.
No preguntó. No tenía a quién. Devolvió el pequeño envoltorio al fondo del arcón y no volvió a tocarlo durante mucho tiempo, aunque durante años supo exactamente en qué esquina estaba.
La cocina estaba ya oscura y la cebolla seguía entera sobre la mesa.
Léira dejó el cuchillo junto a ella. El metal tocó la madera con un golpe pequeño, casi limpio, y ese fue el sonido que la trajo de vuelta.
Tardó un momento en saber qué hora era. Otro, en comprender que aún estaba sentada en su propia casa.
Saren entró con barro en las botas y una cesta apoyada contra la cadera.
Se detuvo al verla sin lámpara, sin fuego, sin la cebolla cortada.
No dijo nada al principio y, en ese silencio, entendió que había aprendido a esperar.
Dejó el cesto junto al hogar y miró la mesa: la cebolla intacta, el cuchillo fuera de sitio.
—¿Has comido?
Léira tardó en contestar.
—Voy a volver.
Saren se quedó quieta. No preguntó dónde.
A esas alturas, preguntar habría sido obligarla a decirlo.
Se quitó la chaqueta despacio y la colgó en el respaldo de una silla.
Luego sacó dos cuencos del estante, sirvió sopa para una sola y se sentó frente a ella.
Comió sin hacer ruido. Afuera, el viento movía algo contra la pared de la casa.
Léira ni siquiera miró la sopa.
Cuando terminó, limpió el cuenco con un trozo de pan y lo dejó todo en el fregadero.
No le pidió que hablara ni le dijo que aquello era una locura.
Léira se levantó y se desató la falda allí mismo, junto a la mesa.
La dejó caer al suelo. Después se quitó la camisa.
La ropa quedó en un montón oscuro sobre las tablas, mojada todavía por el camino, con barro seco en los bajos.
Saren tampoco dijo nada.
Se acercó desnuda a la cama, se metió bajo la manta y se giró hacia la pared.
Olía a lino, a madera, a la piel de Saren en la almohada.
Saren apareció detrás de ella y se desvistió sin encender la lámpara, dejando caer la ropa al suelo.
Luego levantó el borde y se acostó a su espalda.
Esperó una reacción. Léira no se apartó.
Entonces Saren se acercó despacio y la rodeó con un brazo por la cintura.
Nada más. No le buscó la boca. No le tocó el pecho.
No intentó consolarla con palabras que habrían llegado tarde y mal.
Solo dejó el cuerpo allí, pegado al suyo, caliente, vivo, suficientemente real como para que Léira no desapareciera del todo dentro de sí misma.
Cerró los ojos y vio que la entrada de la cueva seguía abierta, que Lirenn seguía muerto, que su madre había guardado lo que quedaba de él en una bolsita de tela y que la sacerdotisa lo selló todo con sus propias manos.
Aun así, aquella noche, por primera vez en toda la semana, durmió.