La Grieta IX. Lo que pasó en la cueva
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IX. Lo que pasó en la cueva

En la cocina de la cabaña, la cebolla seguía entera sobre la mesa.

Léira estaba sentada delante de ella con el cuchillo en la mano, pero no lo usaba.

Afuera empezaba a oscurecer y la luz entraba por la ventana baja, gris, partida por el marco, dejando en la madera una franja sucia que alcanzaba el cuenco vacío, el pan duro y sus propios dedos apoyados cerca de la raíz seca.

Volvió de casa de Ornia con barro en la falda y frío en los tobillos; dejó la bolsa al lado de la puerta, cogió aquella cebolla para cocinar y ponerse a hacer algo que tuviera sentido y, después, se quedó mirándola, sin recordar haber sacado el cuchillo ni en qué momento se había sentado.

Tenía doce años cuando oyó hablar de la cueva por primera vez.

Los chicos mayores estaban junto al río, en un tramo donde el agua se ensanchaba y parecía detenerse, haciendo saltar piedras planas sobre la superficie.

Uno dijo que en el monte había una entrada sellada con una piedra que no era piedra.

Otro dijo que si te acercabas de noche se oía algo dentro, aunque nadie sabía exactamente qué.

A esa edad, las advertencias todavía suenan demasiado parecidas a una invitación, y Léira no les creyó del todo precisamente por eso.

Su hermano Lirenn estaba con ella, sentado en la hierba, con las rodillas llenas de arañazos y una costra mal cerrada bajo la barbilla.

Tenía diez años y el pelo largo hasta rozarle el cuello, porque cada vez que su madre intentaba cortárselo se escondía en el pajar.

El cuello estrecho, las manos sucias y una oreja algo más grande que la otra no lo hacían feo; al contrario, le daban esa rareza pequeña que tienen las caras que uno recuerda.

La seguía a todas partes y ese día no fue una excepción.

Salieron antes de que amaneciera, sin decir nada en casa.

Léira cogió un trozo de pan, un cuchillo pequeño y dos ciruelas duras.

Lirenn llenó una bota de agua. No preguntó a dónde iban hasta que ya habían dejado atrás los últimos corrales, y cuando Léira le dijo que al monte, a mirar una cosa, aceptó aquello porque venía de su hermana y a esa edad todavía creía que ella sabía siempre hacia dónde iba.

Léira pasó el pulgar por la hoja del cuchillo.

La presión fría del metal le marcó la piel sin llegar a abrirla.

El camino, la última vez que subió, era más estrecho o, quizá, ella había crecido.

Subieron entre pinos bajos, rocas mojadas y zarzas que se agarraban a las piernas con una paciencia animal.

Era verano, pero en la parte alta del monte el aire cambiaba; se volvía seco, inmóvil.

Lirenn se cansó antes que ella.

—Volvamos .

—Ya casi estamos.

—No sabes dónde está.

—Sí lo sé.

Mentía, pero siguió subiendo.

Encontraron la entrada a media mañana. Estaba escondida en una pared gris sin importancia, detrás de unas raíces viejas y una mata de espino.

Si no hubieran ido buscándola, habrían pasado de largo, y eso la hizo parecer más verdadera.

El sello ocupaba casi toda la boca de la cueva y, como contaban, no era piedra.

Tenía el color, sí, pero ninguna de sus características: liso en lo que debería haber sido áspero, frío incluso al acercar la mano y demasiado pesado para pertenecer del todo al monte.

Si uno se fijaba lo suficiente, podía ver las vetas oscuras, delgadas, quietas solo hasta que el ojo se cansaba; entonces dejaban de estar donde habían estado un momento antes.

Lirenn dio un paso atrás cuando Léira lo tocó con las manos desnudas.

—¡No!

Ella no lo miró.

—Solo es una piedra.

—No es una piedra.

Eso era verdad. Léira también lo sabía, pero tenía doce años y, a esa edad, la verdad todavía parece una cosa que se puede empujar si estorba.

Había una grieta en el lateral del sello, cerca del suelo, pequeña, del grosor de un dedo.

Se agachó y metió el índice. Solo encontró frío.

Lirenn quiso meter la mano también y, al negárselo ella, se enfadó con esa injusticia pequeña que tienen los niños cuando aún no saben que el mundo puede quitarles algo peor que un turno.

—Tú lo has hecho.

—Porque soy mayor.

—Dos años.

—Basta.

Léira empujó. Primero con las manos, luego con el hombro. La piedra resistió al principio y después cedió un palmo. Del interior escapó un aire que no parecía haber disfrutado nunca de la luz del día.

—Léira.

Ella se metió por la abertura.

—Léira, no vayas.

Lo oyó. Eso lo recordaba ahora con una claridad que dolía. Lo oyó, y siguió de todos modos, porque había conseguido abrir aquello y una cosa como esa obliga a mirar dentro. Cuando una es niña todavía confunde la curiosidad con el derecho a entrar en cualquier sitio.

El suelo bajaba un poco. Dentro hacía frío y las paredes eran estrechas.

La luz de fuera entraba solo hasta los primeros pasos y luego se rompía contra la oscuridad.

Léira fue avanzando con una mano apoyada en la pared y Lirenn entró detrás.

Eso sí lo recordaba. Lo había recordado siempre, aunque no supiera qué significaba .

—Vámonos de aquí.

La voz de Lirenn sonó demasiado débil allí dentro, demasiado pequeña para detenerla.

La cueva no era profunda. Tenía un recodo, una bajada corta y una cámara baja al final, tan lisa que no parecía obra del agua, pero tampoco de los hombres.

En el centro no había huesos, ni marcas, ni altar, ni animal dormido.

No había nada. Solo una estancia vacía y aire entrando y saliendo de tal forma que aquel lugar respiraba.

Léira dio un paso más, pero su hermano se quedó en el borde de la cámara.

—No entres ahí.

Ella ya estaba dentro cuando lo suplicó.

Entonces algo la miró desde el sitio exacto donde estaba.

La mirada apareció dentro de la calma, completa, inmóvil, tan serena que incluso Lirenn dejó de respirar detrás de ella.

En ese silencio, mientras una parte de su cuerpo entendía antes que su cabeza que no habían encontrado una cueva, sino algo encerrado en la montaña, sintió una mano fría apoyarse en el centro de su pecho, como si la reconociera.

Durante mucho tiempo habría imaginado que algo así debía doler, pero no lo hizo. Su cuerpo de doce años siguió en pie, la boca cerrada, las manos quietas. Detrás de ella, Lirenn hizo un sonido pequeño. No llegó a ser una palabra. Tampoco un grito. Léira no se volvió.

Eso lo recordaba ahora.

No se volvió .

La cebolla seguía entera sobre la mesa, pero Léira ya no alcanzaba a verla del todo.

Tenía delante la cocina y la cueva al mismo tiempo: la luz gris en la madera, aquella oscuridad baja delante de ella, sus manos de mujer apoyadas junto al cuchillo y sus manos de niña abiertas a ambos lados del cuerpo, sin saber dónde ponerlas.

Después solo hubo fragmentos:

Lirenn tirándole de la manga.

El suelo inclinado.

Un golpe en la rodilla.

Su propia mano manchada de tierra.

El aire de afuera.

Y, debajo de todo, una certeza que no tenía imagen: ella había salido. Él no. No lo había perdido. Había vuelto en su lugar.

Caminó hasta la aldea con la bota de agua vacía colgándole del hombro y la falda llena de barro seco.

Alguien la vio entrar por el camino de las cabras, una mujer gritó su nombre y otra corrió hacia ella.

Su madre le sujetó la cara con las dos manos y le preguntó dónde estaba Lirenn. Léira la miró sin entender la pregunta.

Su madre tenía harina en una muñeca y barro seco en el bajo del vestido.

Había salido de la casa sin cubrirse el pelo.

Recordó eso muchos años después, cuando ya era demasiado tarde para preguntarle por qué aquel detalle había sobrevivido en alguna parte que ni la sacerdotisa pudo cerrar del todo: la muñeca blanca, la tela manchada, los dedos apretándole las mejillas con fuerza comedida.

No había ternura, más bien algo parecido al miedo.

—¿Dónde está tu hermano? —repitió.

Léira miró hacia el camino, hacia las casas, hacia la boca abierta de su madre.

No sabía quién era su hermano.

Su padre subió al monte con otros hombres antes de que acabara la tarde.

Llevaron cuerdas, lámparas y perros. Volvieron de noche con la ropa rota y la boca cerrada.

Buscaron durante tres días: dentro, fuera, entre las zarzas, en las grietas, bajo las raíces, en el barranco y en los pozos secos, gritando su nombre hasta quedarse roncos.

No encontraron cuerpo, ni sangre, ni una sola cosa que pudiera enterrarse.

Durante aquellos tres días, Léira permaneció sentada en una silla junto a la ventana, con las manos quietas sobre el regazo, mientras le acercaban agua, le ponían comida delante y los adultos entraban y salían de la casa con la cara de quienes siguen buscando después de haber empezado a entender.

A ratos entraba y se quedaba de pie a su lado, mirándola; otras veces le peinaba el pelo con los dedos, despacio, hasta encontrar una hoja seca o una semilla enganchada.

Una vez le levantó la barbilla y le miró la boca, como si allí pudiera haber quedado una respuesta.

Pero nunca dijo su nombre. Nadie en la casa lo dijo.

Su padre volvió del monte con barro hasta las rodillas y la boca cerrada, y así se quedó.

Las vecinas entraban, dejaban comida, salían.

Alrededor del nombre de Lirenn creció un silencio tan ordenado que la niña aprendió antes de entenderlo: si nadie lo decía, era porque no podía decirse.

Y lo que no puede decirse acaba por no existir.

Al cuarto día llegó la sacerdotisa.

Era más vieja de lo que le parecía entonces.

Tenía las manos secas, grandes nudillos y la piel del cuello demasiado fina.

En los labios, dos cicatrices estrechas se cruzaban de arriba a abajo, una mal cerrada todavía, la otra cicatrizada hacía ya mucho tiempo.

Trajo una bolsa pequeña y pidió que la dejaran a solas con la niña.

Su madre se negó.

—Ya le han quitado bastante.

La sacerdotisa la miró con una paciencia insoportable.

—Es lo que hay que hacer.