La Grieta VIII. La vieja
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VIII. La vieja

La casa de Ornia quedaba al otro lado del barranco. Se llegaba en media hora con el camino seco, casi en una con lluvia. Y había llovido. Léira caminaba con el barro pegándosele a las botas y la bolsa golpeándole el costado por costumbre, aunque aquel día no tenía nada que hacer allí.

La casa apareció tras una curva del sendero, baja, de piedra oscura, con el tejado cubierto de musgo y un gallinero vencido contra el muro. Había ropa tendida bajo el alero y junto a la puerta, sobre un banco pequeño, unas botas de muchacha.

La nieta de Ornia vivía allí desde hacía años. Léira no recordaba desde cuándo exactamente. Algunas desgracias en Las Marcas no tenían fecha; solo traían a una persona más a la mesa.

Ornia estaba en la cocina, sentada en un taburete bajo, pelando patatas sobre un cubo.

Tenía la falda recogida hasta los muslos, con las piernas abiertas, blancas y viejas a la luz pobre de la ventana.

No se cubrió al verla entrar. Entre ellas dos, después de tantos años, la desnudez había dejado de ser un acontecimiento .

—Estás mojada —dijo la vieja.

—Ha llovido.

—Eso suele mojar.

Léira cerró la puerta tras de sí.

—Quítate la ropa y tiéndela junto al fuego. Puedes coger uno de mis camisones.

Léira aceptó sin discutir. Se quitó la chaqueta, las botas y la falda empapada.

Cogió uno de los camisones del montón. Era demasiado ancho y olía ligeramente a lavanda seca y a piel vieja.

Ornia levantó un segundo la vista.

—Te queda horrible.

Léira se sentó sin responder.

—¿Está tu nieta?

—En el prado.

—¿Le has dejado ir sola con esta lluvia?

Ornia levantó la vista.

—Tiene quince años. A esa edad, si no sabe volver, que se la coma el monte.

Volvió a las patatas.

Tenía los dedos deformados por la edad, pero el cuchillo seguía haciendo exactamente lo que ella quería.

Ornia había sacado niños durante cuarenta años largos.

Ahora decía que ya no se arrodillaba junto a ninguna cama porque las rodillas no se lo permitían.

Léira no acababa de creérselo. Siempre pensó que era una verdad elegida por comodidad, que viene a ser una mentira con mejor postura .

—Mi madre decía que cada vez que sacábamos un niño se nos iba algo —dijo Ornia, sin levantar la vista—. Un nombre. Una cara. Un día entero. A veces poca cosa. A veces lo suficiente para que una casa empiece a parecer de otra.

Apoyó las manos sobre las rodillas.

—Eso no se lo cuentas a las primerizas.

—Las primerizas tienen bastante con no morirse.

La vieja dejó una patata pelada en el cuenco y cogió otra.

—Por eso nosotras tenemos huecos donde otras tienen recuerdos.

Léira conocía esos huecos: pequeñas ausencias, nombres que no acudían a la lengua, caras de niñas que había sacado y cuyas madres ya no podía recordar. Hasta hacía poco le había parecido desgaste. Oficio. Edad. Ahora empezaba a parecerle una cuenta abierta.

—La de Veredås vive —dijo Ornia.

—Sí.

—El niño también.

—También.

—Pues no has venido a hablarme de eso.

Léira miró la mesa. Había migas secas junto a un cuenco, un vaso de agua y un peine de hueso con dos púas rotas.

—Han muerto tres este invierno.

—Cuatro.

—¿Quién más?

—Belda, la del molino.

Léira frunció el ceño .

—No me llegó.

—Se murió deprisa. Eso ayuda a que la gente hable menos.

Ornia terminó otra patata.

—¿De fiebre?

—De vieja.

—No era tan vieja.

—Lo suficiente para morirse.

Aceptó eso en silencio.

La vieja le señaló el vaso con la barbilla.

—Bebe si quieres.

Bebió. El agua sabía a barro.

Ornia peló otra patata.

—Vas a preguntarme algo que no quieres preguntar. Venga.

Dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Tú conoces canciones en lengua antigua?

El cuchillo se detuvo.

Ornia tardó en levantar la vista. Separó primero una tira de piel, la dejó caer en el cubo y solo entonces la miró.

—Depende de quién las haya cantado.

El vaso quedó entre sus manos.

—Alguien dormida.

—Eso no responde.

—No.

—Ahí está tu respuesta, entonces.

La vieja volvió a pelar.

Durante un rato solo se oyó el filo contra la patata y la piel cayendo en el cubo .

—Mi madre cantaba una —dijo Ornia al fin—. O algo parecido a una canción. Decía que venía de antes de los templos.

Léira no se movió.

—¿La recuerdas?

—Recuerdo que mi hermana se dormía con ella. Recuerdo a mi madre cerrando la puerta antes de cantarla y a una mujer gris viniendo a hacer preguntas cuando alguien la oyó desde la calle.

El cuchillo siguió trabajando.

—También recuerdo que después nadie volvió a cantarla con la ventana abierta. Ni mi madre. Ni yo. Hay prudencias que se parecen mucho a la cobardía cuando una envejece lo suficiente.

Léira tragó saliva.

—¿Una sacerdotisa?

Ornia soltó una risa corta, sin alegría.

—Aquí todo lo que quiere quitarse algo de en medio acaba llamándose sacerdotisa.

La frase quedó entre las dos.

Léira miró las manos de la vieja. Los nudillos. Las uñas. La precisión del cuchillo.

—¿Qué pasó?

—Lo de siempre. Preguntaron. Apuntaron. Cosieron bocas que ya habían dicho demasiado y cerraron otras sin necesidad de hilo. A unas les quitaron palabras. A otras, hijas. A otras, las ganas de recordar.

Ornia dejó la patata a medio pelar sobre el regazo .

—Con los años una aprende que hay persecuciones que no necesitan hogueras. Basta con enseñar a una niña a callarse cada vez que su abuela abre la boca.

Levantó la vista hacia Léira.

—Y basta con que las abuelas obedezcan. No pongas esa cara. Las viejas también hemos salvado a algunas niñas entregando a otras al silencio.

Ornia peló otra patata antes de seguir.

—Una vez mandaron gente a cerrar la del monte, hace muchos años. No regresó ninguno. Desde entonces mandan a alguien a mirar de vez en cuando, pero nadie de ellos ha vuelto a entrar. Lo que sea que está ahí dentro no los quiere cerca.

—La oí cantar a una parturienta —dijo—. Me quedó la curiosidad.

Ornia la miró.

—Claro.

El cuchillo volvió a la patata.

Léira se levantó.

—No te quito más tiempo.

—Ya casi no me quedan patatas. Ni tiempo.

Tenía la mano en el picaporte cuando Ornia habló otra vez.

—Tu madre también cantaba.

No se volvió al principio.

—En sus últimos años —dijo la vieja—. En una lengua que en la casa nadie entendía. Decía que no sabía de dónde le venía.

La mano siguió cerrada sobre el hierro del pestillo .

—Algunas canciones no se aprenden —añadió Ornia—. Nos las dejan. Como una deuda.

Léira abrió un poco la puerta. El aire frío entró por la rendija.

—Yo no he cantado nada.

—Claro.

Permaneció quieta.

Ornia siguió hablando, mirando ya la patata y no a ella.

—Tu madre vino a verme después de lo de la cueva.

Léira no respiró.

—No ese día. Después. Cuando ya os habían dejado volver a casa y todos fingían que aquello tenía un nombre decente. Me preguntó si una niña podía vivir con una puerta cerrada dentro.

El cuchillo raspó la piel de la patata.

—¿Qué le dijiste?

—Que sí.

—¿Y era verdad?

Ornia tardó en contestar.

—Era menos mentira que decirle que no.

Léira se volvió entonces.

La vieja no apartó la mirada.

—No me mires como si hubiera estado sentada treinta años esperando a salvarte. Tu madre mató cosas mías cuando eligió callar. Yo callé después porque algo peor había aprendido tu nombre. Te ayudo porque lo que viene no pregunta de quién es la culpa. No me confundas con una mujer buena.

Léira cerró los ojos un instante.

—Gracias por el agua —dijo .

Ornia no respondió.

El camino de vuelta bajaba primero entre zarzas y piedras lavadas por la lluvia. Léira caminó pensando en su madre, o intentó hacerlo.

La recordó de espaldas junto al fuego. El pelo recogido, las manos metidas en harina, un delantal azul gastado. Nada más. Una silla vacía, una puerta cerrada y la sensación de haber crecido en una casa donde algunas palabras no podían tocarse.

Se detuvo a mitad de camino y se sentó en una piedra al borde del sendero.

El viento movía las ramas por encima del barranco. De vez en cuando caían gotas atrasadas desde las hojas y golpeaban la tierra con un sonido pequeño, insistente. Pasó un carro por el camino bajo. Más tarde, un pastor con dos cabras. Nadie le dijo nada.

No sabía cuánto tiempo llevaba sentada cuando oyó pasos.

Saren apareció por el sendero, con la chaqueta abierta y el pelo suelto. Llevaba un rato buscándola, pero no lo dijo. Se acercó despacio al verla y se sentó a su lado sin dejar espacio entre las dos.

Permanecieron así hasta que empezó a oscurecer.

—Ven —dijo Saren.

Léira se limpió el barro de las manos contra la falda, se puso en pie y echó a andar.

Saren caminó a su lado el resto del camino sin tocarla.