VII. La sacerdotisa
Saren salió antes del amanecer, con la noche todavía cerrada sobre el prado.
Léira seguía dormida cuando cerró la puerta de la cabaña.
Dormía con esa paz sin culpa de las últimas noches, con el cuerpo limpio de sangre y la boca ajena a cualquier cosa que hubiera hecho mientras no estaba del todo allí.
Desde el parto en Veredås, el sueño la tomaba así: hondo, pesado, con la calma de algo que gastaba fuerzas en un lugar donde nadie podía seguirla.
El bosque todavía estaba oscuro, pero sonaba como siempre a esa hora: agua bajando en alguna parte, hojas cargadas de rocío, ramas moviéndose despacio antes de que el sol les diera forma.
Echó a andar cuesta abajo, con los dedos hundidos en los bolsillos de la chaqueta y el pelo aún húmedo.
El centro del pecho seguía frío, no en la piel, sino más adentro, donde la mano de Léira había dejado aquella presión imposible de enseñar.
No le dijo adónde iba porque, si lo hacía, ella le preguntaría por qué.
Y no sabía cómo explicarle que no iba solo a salvarla, iba a saber qué le habían hecho .
La aldea estaba a poco más de una hora siguiendo el camino viejo. Tan temprano solo había humo saliendo de algunas chimeneas, perros despiertos antes que sus dueños y una niña que cargaba agua medio dormida. Nadie se fijó en ella al pasar.
El templo estaba en la parte alta: pequeño, de piedra gris y tejado oscuro, sin campanas. Las puertas de madera, desproporcionadas para aquel edificio, permanecían abiertas todo el día. Dentro olía a aceite, cera, ropa guardada durante demasiados inviernos.
Los altares cerrados acumulaban polvo en las cancelas, pero el de Nisyán tenía cera reciente sobre la piedra.
No había imagen. Solo un círculo vacío tallado en la pared del fondo, tan liso que la mirada resbalaba por él sin encontrar dónde quedarse.
Junto a cada columna había una mesa baja con tablillas apiladas y un cuenco pequeño de tinta seca.
La sacerdotisa, que estaba sentada junto al altar, levantó la vista cuando Saren entró. No pareció sorprendida.
—Saren.
La voz salió casi sin aire, como salía siempre la voz de las nisyanianas. El oficio les había enseñado a no gastarla.
—Siéntate.
La mujer tendría unos cincuenta años. El pelo recogido en un moño perfecto.
Las uñas cuidadas. La ropa sobria del clero: gris oscuro, sin adornos, tan limpia y bien planchada que borraba cualquier rastro de un cuerpo dentro de ella.
En el labio inferior tenía una cicatriz fina que le cruzaba la carne de lado a lado.
Por encima, otra. Por debajo, dos más pequeñas.
Cuatro veces le habían cosido los labios para ritos distintos, en lugares que Saren prefería no imaginar.
Aquellas cicatrices no parecían heridas antiguas, sino advertencias bien curadas.
Ya la conocía. Había venido otras veces con Léira. Para nacimientos, muertes y registros.
Nunca le había gustado.
—La cocina está abierta —susurró la sacerdotisa.
—No he venido a desayunar.
—Entonces has venido por algo peor.
No contestó.
La sacerdotisa señaló el banco frente a ella.
—Siéntate o vas a parecer culpable de algo.
Obedeció más por cansancio que por respeto.
Durante unos segundos ninguna habló. Desde fuera llegaba el ruido de alguien descargando leña en la plaza.
—Es Léira —dijo al fin.
La mujer esperó.
—No sé qué le pasa.
La sacerdotisa no se movió.
—No sé ni cómo contarlo. Está rara —Saren apretó una mano contra la otra—. Hace unos días vi sangre en el porche. En su boca también. Después, en el arroyo, dijo un nombre: Lirenn. Un hermano muerto del que nunca me habló. Ni se acordaba. O sí. No sé.
La mujer seguía mirándola sin moverse .
—Y también canta dormida —continuó—. En una lengua que no conozco. Una nana. Estoy segura de que era una nana, aunque no sé por qué. La escuché entera, pero cuando intento repetirla se va.
Saren bajó la voz.
—Anoche me tocó.
La frase quedó allí, peor de lo que había imaginado.
—No como ella —añadió—. No como Léira suele hacer. Me tocó como controlando todo con sus dedos. Me besó y sentí sangre en mi boca, pero ninguna de las dos tenía heridas.
La sacerdotisa la miraba como se mira una tablilla antes de decidir en qué columna colocar una pérdida.
Saren tragó saliva.
La sacerdotisa seguía mirándola sin hablar.
Saren se pasó una mano por la cara.
—Dime qué le pasa.
—Tu maestra ya estuvo aquí cuando era niña.
Saren levantó la cabeza.
La mujer continuó antes de que pudiera preguntar nada.
—Lo que se le hizo entonces era lo que se hacía en aquellos años.
Hizo una pausa. No larga. Suficiente para que Saren entendiera que allí las pausas también servían para guardar cosas.
—Y quizá por eso sigue viva .
Eso no sonó a defensa. Tampoco a arrepentimiento. Sonó peor: a una cuenta antigua que todavía cuadraba en alguna parte.
—¿Qué le hicieron?
La sacerdotisa bajó la vista a la tablilla que tenía junto a la mano. No escribió nada.
—Cerrar.
Saren sintió que el frío del pecho se le abría un poco más por dentro.
—¿Cerrar qué?
—Lo que había dentro.
—Hablas como si esa respuesta fuera suficiente.
La sacerdotisa levantó los ojos hacia ella.
—No. Hablo como alguien que ha visto lo que ocurre cuando se dejan las puertas abiertas y ya no vuelven.
Saren esperó una explicación. Algo que pudiera llevar de vuelta a la cabaña y poner sobre la mesa entre las dos. La mujer no se lo dio.
—¿No vuelven?
—Depende de cuánto quede dentro.
—¿Dentro de quién?
La sacerdotisa no respondió.
Saren apretó una mano contra la otra.
—¿Va a morir?
La mujer la miró entonces con más atención. No a la cara. Al centro del pecho, justo donde la piel seguía fría bajo la ropa.
—No es lo que está haciendo .
Saren tardó un segundo en entender que aquello era una respuesta.
O algo parecido.
—¿Y yo?
La pregunta salió antes de que pudiera decidir si quería hacerla.
La sacerdotisa volvió a mirar la tablilla. Esta vez sí mojó la punta del punzón en la tinta, aunque no había tinta suficiente para escribir nada.
—Tú has venido sola.
—Eso no es una respuesta.
—Sí, lo es, si sabes escuchar.
Sintió las uñas clavándose en sus propias palmas antes de darse cuenta de que tenía los puños cerrados. Habría podido pegarle. Habría podido escupirle a la cara. Solo apretó los dientes.
—Eres odiosa.
La sacerdotisa aceptó la frase sin moverse.
—Eso también lo he escuchado antes aquí.
Saren se puso en pie, haciendo crujir la madera del banco.
—Entonces ¿para qué sirves?
La mujer tardó un momento en responder.
—Para recordar lo que otros prefieren llamar crueldad cuando todavía los mantiene vivos.
Salió antes de decir algo peor. Bajó los doce escalones del templo demasiado rápido y casi chocó con un hombre que subía en dirección contraria .
Tendría unos cuarenta años. Abrigo oscuro y una fina cicatriz cruzándole la barbilla.
El hombre se apartó para dejarla pasar. Antes de seguir subiendo, giró la cabeza una vez para mirarla por encima del hombro, como quien anota algo.
Saren ni siquiera pidió perdón y no pensó en él hasta mucho después, cuando lo tuvo delante otra vez.
Al llegar a la cabaña, el calor de la tarde empezaba ya a quedarse pegado a las paredes. Léira todavía estaba dormida. La luz entraba por la ventana abierta, cruzándole el cuerpo a franjas sobre la cama.
Saren se quitó la ropa y se lavó en la palangana, pero el olor del templo seguía en alguna parte.
Luego entró en la habitación y se sentó al lado de Léira.
La observó dormir unos minutos.
Horas después, cuando despertó, Saren no le contó dónde había estado.
Tampoco le contó que, por primera vez desde que la conocía, había pedido ayuda a alguien antes que a ella.