VI. La cama
Regresaron a la cabaña con la última luz.
Saren reconoció el olor de su hogar antes de cruzar el umbral: ceniza fría, romero seco, madera vieja que guardaba aún el calor del día.
La casa estaba tan ordenada como cuando la habían dejado.
Después del largo camino, aquel orden debería haberla serenado. La inquietó más.
Léira apoyó la bolsa junto a la puerta y empezó con su ritual de costumbre: avivó las brasas, llenó el cazo, puso el pan duro a ablandar en leche.
Sus manos conocían la cocina con una seguridad pasmosa y esa familiaridad hizo que Saren la mirara más de lo necesario.
Era Léira. Tenía que serlo. Esa forma de llenar la casa sin hablar, esa economía un poco brusca, ese cansancio colocado en los hombros como una prenda vieja.
Cenaron poco. Léira comió, sí, pero lo hizo como quien cumple una orden y dejó media escudilla sin tocar. Después se lavó las manos en la palangana, con esa secuencia que Saren había aprendido a reconocer como una oración privada, y se metió en la cama mientras la otra aún recogía .
Cuando apagó la lámpara, la oscuridad se cerró sobre la habitación abruptamente. Fuera no había tormenta esta vez. Solo el viento bajo en el prado y una rama rozando de vez en cuando la pared.
Se acostó de lado, contra su espalda, y esperó.
Aquella espalda le era más familiar que muchas palabras.
Sabía dónde se le acumulaba el cansancio después de una jornada larga y qué hueco bajo el omóplato aceptaba una mano sin convertirla en pregunta.
Apoyó allí la palma, despacio, tanteando la temperatura de la piel, el ritmo del cuerpo, la realidad simple de aquella presencia pegada a la suya.
Léira se giró hacia ella y, durante un instante, todo encajó: la boca conocida, el aliento a leche, la aspereza del pulgar con la cicatriz cuando le recorrió la mejilla.
Saren soltó el aire que llevaba reteniendo desde antes de entrar en casa y se permitió ceder un poco, casi a punto de reírse contra la mujer que quería.
Luego algo se desajustó.
Ocurrió sin ruptura visible. Los gestos seguían siendo parecidos, el cuerpo era el mismo, la boca también, pero algo había cambiado de sitio.
Léira la tocaba con una pulcritud demasiado exacta, recorriéndola parte por parte, despacio, sin hambre y sin torpeza.
Encontraba cada lugar antes de que ella respirara para guiarla.
Esa precisión impecable le tensó la nuca, porque otras noches fallaba, reía en voz baja al equivocarse y dudaba con los dedos.
Había humanidad en ese pequeño margen de error. Aquella noche, no.
—Léira .
No obtuvo respuesta.
—Mírame.
Los dedos subieron hasta el centro de su pecho y allí la palma se abrió, plana, en el esternón.
Permaneció quieta, con un peso medido y frío, escuchando algo bajo la piel.
Saren sintió esa presión contra los huesos, la respiración contra su boca, la oscuridad de la habitación cerrándose alrededor de ambas, y tuvo la impresión absurda y terrible de que aquella mano no la buscaba: la comprobaba.
No dolía, lo que era todavía peor. La mano parecía haber encontrado un lugar bajo la piel donde nadie debía dejar peso.
—Para —dijo.
Léira inclinó la cara contra su cuello y murmuró algo.
Saren no logró descifrarlo, pero reconoció en esas palabras la misma raíz de la canción de la posada, ese subir y bajar gastado de las cosas repetidas durante generaciones hasta perder dueño.
Los sonidos le erizaron la piel antes de llegarle al oído.
—¿Qué? —susurró—. ¿Qué dices?
Léira buscó su boca. Saren la dejó acercarse porque seguía siendo su cara, su peso, su respiración; porque apartarla exigía aceptar una idea que todavía no cabía en la habitación. El beso empezó con el sabor conocido, con la tibieza doméstica de la leche y el sueño, y debajo apareció el hierro.
Sangre.
Se apartó tan deprisa que se golpeó la nuca contra la pared.
Buscó la sangre en su propia boca, en su cara.
Tanteó después, a oscuras, la de Léira, que había caído inconsciente sobre la cama: el labio superior, la comisura, la barbilla.
Seco. Limpio. La piel entera. Aun así, el sabor seguía allí, asentado en su lengua como una prueba que nadie iba a poder ver.
—Léira. —La sacudió por el hombro—. Despierta.
Léira soltó un sonido pequeño, de animal que se acomoda, y la respiración se le volvió honda y lenta de golpe. Se quedó dormida contra ella con la mano sobre el pecho, la boca entreabierta y limpia, el ceño suelto. Estaba en paz. Aquella paz la ofendió más que cualquier grito.
Saren permaneció inmóvil, sosteniéndola, con el corazón golpeándole las costillas y el sabor a hierro extendiéndose despacio por la lengua.
Bajo la palma dormida de Léira, el centro de su pecho seguía frío.
No en la piel. Más adentro. Como si el gesto hubiera dejado allí una habitación pequeña y cerrada.
Temía despertar a la mujer dormida y temía aún más molestar a lo que, durante unos instantes, había mirado a través de ella.
Por encima, en la viga del techo, la grieta de siempre cortaba la madera de lado a lado. En verano casi desaparecía, reducida a una línea oscura entre las vetas. Aquella noche, con la poca luz que entraba por la rendija de la ventana, le pareció más abierta de lo que la estación permitía.
Pensó en preguntárselo por la mañana, pero supo enseguida que no lo haría. Léira no recordaría la canción, ni la mano sobre su pecho, ni la sangre. Al volver dejaría a Saren con la prueba dentro de la boca .
Tendida en la oscuridad, con el cuerpo de la mujer que quería respirando despacio junto al suyo, comprendió que esperar ya no bastaba. Había alguien en aquella comarca que cosía y descosía a la gente con palabras. Alguien que sabía.
Se quedó despierta el resto de la noche, con el sabor a hierro disolviéndose poco a poco en su boca y los ojos fijos en el cuadrado gris de la ventana.
Cuando aún estaba oscuro, se levantó sin hacer ruido.