La Grieta V. La canción
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V. La canción

La habitación tenía las paredes tan finas que podían oír toser a un hombre dos cuartos más allá. La tormenta seguía golpeando el tejado con una lluvia constante, pesada, típica del final de verano.

Léira dormía de espaldas a la pared. Saren llevaba un rato despierta, mirando la oscuridad del techo, escuchando la lluvia y su respiración —más honda y lejana esa noche—, llevada por el sueño a un sitio donde la habitación no alcanzaba.

La manta les cubría lo justo sobre las piernas.

Hacía demasiado calor para taparse del todo y, aun así, cuando se apartaban acababan por buscarse dormidas: una rodilla que rozaba otra, una mano encontrando cintura sin abrir los ojos, el cuerpo de Léira acercándose en mitad del sueño con una confianza que durante el día se permitía mucho menos.

Al girarse hacia ella la escuchó. Al principio creyó que le hablaba. Era un murmullo suave, apenas aire entre los labios. Después entendió que estaba cantando.

No reconoció la lengua ni la melodía, pero supo enseguida lo que era: una canción de cuna .

Su voz sonaba distinta en aquel idioma. Más joven y alejada de los años y de las órdenes. La canción subía y bajaba despacio, con esa cadencia que tienen las cosas hechas para dormir a un niño o para dejar algo velando al otro lado del sueño.

Saren se incorporó un poco en la cama. Léira seguía dormida. La lluvia golpeaba el pequeño cristal de la ventana. La lámpara, ya apagada, conservaba un resto de calor en la oscuridad.

Intentó quedarse con las palabras de aquella nana.

Las oía. Una detrás de otra. Algunas largas, otras solo un sonido roto entre respiraciones.

Pero en cuanto pasaban, se retiraban. No se olvidaban como se olvida una frase; desaparecían con una obediencia exacta, dejando en la cabeza el sitio que habían ocupado.

Cerró los ojos, concentrándose en la nana, intentando repetir mentalmente el último sonido que había oído.

Sintió frío en la espalda, una alerta todavía sin nombre.

La canción terminó del mismo modo en que había empezado: bajando poco a poco hasta convertirse otra vez en respiración. Léira no volvió a moverse en toda la noche. Saren, en cambio, no pudo pegar ojo.

Por la mañana, el cielo seguía gris. Saren seguía en la cama, desnuda, con las rodillas levantadas y la espalda apoyada contra la pared. Léira terminaba de vestirse junto a la silla donde habían dejado la ropa secándose durante la noche.

—Has cantado esta noche .

Léira levantó la cabeza.

—¿Yo?

—En sueños.

Se quedó quieta un instante.

—Yo no canto.

—Ya. Pues alguien lo hizo desde tu lado de la cama.

—¿Qué cantaba?

—No lo sé.

—Acabas de decir que era yo.

—Eras tú. Pero no entendí ni una palabra.

Saren apartó una pierna para dejar sitio sobre el colchón. Léira se sentó en el borde de la cama para abrocharse la camisa.

—Era una canción de cuna —dijo Saren—. O eso creo.

Léira frunció el ceño.

—¿La conocías?

—Nunca la había oído.

—Entonces ¿cómo sabes que era una canción de cuna?

Tardó un momento en responder.

—Porque sonaba como algo que llevaba mucho tiempo cantándose. Y no solo para dormir.

Léira bajó la vista hacia sus manos.

—Cántamela.

Saren abrió la boca para empezar, pero se detuvo. La canción estaba ahí mismo, debajo de la lengua, y a la vez había desaparecido de todas partes. Le quedaba la forma, el peso, la impresión de haberla escuchado entera. Las palabras se habían ido .

—Maldita sea.

—¿Qué?

Saren se llevó una mano a la frente.

—La tenía aquí.

—¿La canción?

Cerró los ojos intentando encontrar una palabra, una sílaba, cualquier resto que pudiera enseñarle a Léira.

Solo encontró el hueco.

—Se ha ido.

Abajo, alguien arrastró un banco por el suelo de la cocina. Saren abrió los ojos.

—Te juro que la escuché.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. La escuché entera. Podría jurarte que aún la estoy oyendo y, al mismo tiempo… —se tocó la sien con dos dedos— aquí no queda nada.

Léira terminó de abrocharse la camisa lentamente.

—¿Te daba miedo?

Saren pensó la respuesta.

—No…

La palabra salió casi sin pensarla. Después añadió:

—Creo.

Léira bajó la mirada y, durante un instante, le pareció escuchar algo muy lejos: un roce mínimo, una cadencia antigua moviéndose por debajo del ruido de la lluvia y de la cocina. Cuando quiso prestarle atención, desapareció.

Se levantó y agarró su bolsa con prisa .

—Tenemos que seguir antes de que el camino se llene de barro.

Saren la observó desde la cama, todavía desnuda y con el pelo revuelto.

—Léira.

Ella se detuvo junto a la puerta.

—¿Qué?

Dudó, pero finalmente habló.

—No parecía tu voz.

Léira no respondió. Abrió la puerta y salió de la habitación mientras Saren se quedó escuchando la lluvia, intentando recordar aquella canción.