La Grieta IV. La víspera
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IV. La víspera

Salieron del arroyo cuando el sol empezaba a inclinarse hacia el oeste. El camino bajaba entre pinos bajos y piedras mojadas. Léira caminaba delante, con la bolsa al hombro y una rama seca enganchada en el bajo de la falda desde hacía un buen rato.

Saren la vio balancearse contra la tela una vez. Luego otra. A la tercera, aceleró el paso.

—Quieta ahí.

Léira se detuvo.

—¿Qué?

—Llevas medio monte siguiéndote.

Se agachó, soltó la rama de la falda y la levantó entre dos dedos, como si fuera una prueba presentada ante una autoridad. Léira la miró primero a ella y luego a la rama.

—Gracias.

—No me las des todavía. Pienso cobrarlo.

—¿Con qué?

Saren metió la rama entre dos piedras del borde del camino y siguió andando .

—Con mi parte de las monedas de Bren.

Léira tardó un segundo en reaccionar.

—¿Tu parte?

—He sujetado una pierna, me han clavado uñas hasta el hueso y he escuchado a una mujer prometerme la muerte tres veces. Eso tiene tarifa.

—Creía que trabajabas por amor al oficio.

—El amor al oficio no compra dulces.

Léira soltó aire por la nariz, un amago de risa. Aquello no borró el nombre de Lirenn ni la cueva, pero los dejó un poco más lejos, detrás de las botas, de la bolsa y de aquella rama seca que Saren había quitado de su falda.

A media tarde llegaron a Tornvik, una aldea de paso encajada junto a un cruce de caminos.

No era grande. Tenía un horno comunal, un pozo con el brocal roto, tres corrales abiertos al barro y una hilera de puestos pobres bajo toldos de lona: queso, lana, hojalata, pan negro, cordones, manzanas golpeadas y una bandeja de dulces de miel que atraía moscas con más constancia que clientes.

Saren se detuvo frente a los dulces.

—Ni lo pienses —dijo Léira.

—Ya lo he pensado.

—Eso es lo que me preocupa.

El vendedor, un hombre ancho con la barba húmeda de sudor, les sonrió como sonríen quienes han decidido subir el precio antes de escuchar la pregunta.

—Dos por tres monedas .

Saren miró la bandeja. Luego miró a Léira.

—Son pequeños.

—Son caros.

—Son miel.

—Son harina con pretensiones.

El vendedor dejó de sonreír un poco.

—La miel es buena.

Léira cogió uno de los dulces, lo sostuvo cerca de la nariz y lo devolvió a la bandeja.

—Hay que regar el romero.

Saren dejó el dulce en su sitio con una obediencia inmediata, casi solemne.

—Claro. Se nos muere.

Se alejaron sin prisa. Aguantaron dos puestos en silencio. Al tercero, Saren empezó a reírse por la nariz y Léira acabó cediendo también, no mucho, lo justo para que el vendedor de cordones las mirara con desconfianza mientras fingía ordenar su mercancía.

—Eres mala persona —dijo Saren.

—Te acabo de ahorrar tres monedas.

—Me has robado una alegría.

—Te he protegido de una estafa.

—No todo lo inútil es una estafa.

Léira iba a contestar, pero Saren ya había girado hacia otro puesto, uno más pequeño, llevado por una mujer con las manos manchadas de harina y un niño dormido dentro de un cesto, envuelto en una manta muy fina. Allí los dulces eran peores, más torcidos, menos brillantes.

—Uno —dijo Saren.

La mujer le dio el más grande sin comentar nada. Saren pagó con una moneda de su parte, se lo metió en la boca sin cuidado y se quemó la lengua.

—Mierda.

—Diecinueve años —dijo Léira.

Saren habló con la boca llena y los ojos llorosos.

—Y los que me quedan.

Siguieron por el mercado despacio, comiendo el dulce a mordiscos pequeños, porque Saren fingía que no le ardía la boca y Léira fingía creerla.

Junto al horno comunal, una mujer gris estaba sentada ante una mesa baja.

Tenía una tablilla sobre las rodillas y un cuenco de agua oscura a un lado.

Delante de ella, una pareja joven esperaba con un recién nacido envuelto en tela blanca.

Nadie hablaba. La cola rodeaba la mesa dejando siempre la misma distancia, como si hubiera una línea dibujada en el barro que todos conocieran sin necesitar verla.

Saren pasó junto a ellos sin mirar más de lo necesario. Léira tampoco se detuvo.

Más adelante, una niña tarareaba mientras perseguía una gallina entre dos puestos. Su madre la agarró del brazo con demasiada rapidez.

—Esa no.

La niña se calló .

—La otra —dijo la madre, y empezó ella misma una melodía distinta, plana, sin peso.

Saren la escuchó un momento y luego volvió la cabeza hacia un puesto de botones. Había piezas de madera, de cuero endurecido, de estaño pobre y de hueso. Uno de ellos, pequeño, mal tallado, tenía una muesca en el borde. Lo cogió entre los dedos.

—Este es feo.

—Entonces no lo compres.

—Por eso mismo.

Léira miró el botón. Luego la chaqueta que llevaba puesta, con el hueco de un cierre perdido desde hacía semanas.

—No necesito un botón.

—No he dicho que fuera para ti.

—Saren.

—Has dicho que iba a gastar mi parte en algo inútil.

—No dije que me pareciera bien.

—Pero lo aceptaste con mucha dignidad.

Pagó antes de que Léira pudiera impedírselo. Guardó el botón en una bolsita pequeña, junto al hilo y una aguja envuelta en tela. Después le arrebató el último trozo del dulce de la mano y siguió caminando con una expresión tan satisfecha que Léira no encontró una respuesta suficientemente amarga.

Salieron de Tornvik cuando las nubes ya se estaban juntando sobre la línea del monte.

El aire había cambiado. Traía ese olor cargado de tierra que todavía no se ha mojado, pero ya sabe que va a hacerlo.

Ninguna de las dos lo dijo, pero las dos iban contando el peso de la noche anterior en las piernas: el parto, el camino desde Veredås, las pocas horas mal dormidas, la bolsa de Léira, el queso y el pan que no convenía echar a perder si la lluvia apretaba.

Caminaron un trecho sin hablar, con el mercado quedándose atrás: los puestos recogidos, el humo del horno, la mujer gris inclinada sobre su tablilla, la niña cantando ahora otra cosa.

—Nos quedamos en la posada —dijo Léira.

—¿Ahora eres rica?

—No, pero estoy demasiado cansada como para pelearme con los víveres y el barro.

Saren miró el camino que subía hacia el monte. Las nubes se estaban cerrando por encima de los árboles y el aire traía ya el olor agrio de la tierra a punto de romperse en lluvia.

—Podemos llegar.

—Podemos llegar empapadas, de noche y con el pan hecho sopa.

Saren sostuvo el hatillo un instante, como si estuviera calculando cuánto orgullo cabía dentro.

—La posada, entonces.

—La posada.

A medio camino, Saren se detuvo para amarrar mejor el hatillo del queso. Lo hizo con un nudo raro, cruzando la cuerda dos veces y metiendo el extremo por debajo con un giro seco del pulgar.

Léira la observó.

—Ese nudo no es de aquí .

Saren tiró de la cuerda para comprobar que sujetaba.

—Mi madre ataba así los sacos.

El silencio duró dos pasos.

Léira no preguntó y ese gesto se lo agradeció Saren sin decirlo.

El camino empezó a subir otra vez entre árboles bajos. La tarde se fue cerrando sin prisa.

—Cuando llegaste ya atabas así de mal.

Saren se giró hacia ella.

—Ataba perfectamente.

—Traías un nudo imposible en el hatillo y media nevada encima.

—Eso tampoco fue así.

—Llamaste a la puerta como quien pide perdón por existir.

—Eso es mentira.

—Devoraste media hogaza antes de decir tu nombre.

—Era un cuarto.

—Media.

—Un cuarto grande.

—Y llorabas como un bebé.

Saren se giró hacia ella con indignación.

—No lloraba.

—Tenías la cara empapada.

—Era nieve derretida.

—Llevas dos años con la misma mentira.

—Y los que me quedan —sentenció Saren haciendo un gesto de complicidad .

Léira la miró. Seguía andando con el bulto al hombro, el pelo desordenado por el viento, una mancha de miel seca en la comisura y barro hasta media pierna.

Había llegado dos inviernos atrás sin casi nada: solo un hambre feroz y aquella manera de mirar las puertas como si todas pudieran cerrarse antes de que ella terminara de cruzarlas.

Léira la había dejado entrar porque fuera nevaba y porque la chica estaba famélica.

No se lo dijo.

—Luego dijiste que sabías limpiar heridas —continuó Léira.

—Y era verdad.

—Vomitando junto al cubo no lo pareció.

—Eso fue después.

—Fue mientras.

—Detalles.

Saren vio sonreír a Léira de reojo y siguió caminando un poco más despacio.

No quería pensar en desgracias, ni partos, ni en hermanos que no habían existido hasta esa misma mañana.

Quería el camino, el queso mal atado, el botón dentro de la bolsa y la versión equivocada de la nevada el día que conoció a Léira.

La primera gota de la tormenta cayó antes de que vieran la posada. Grande, pesada, directa en la nuca de Saren.

—No —dijo ella.

Cayó otra.

Léira miró el cielo.

—Corre .

—¿Por qué siempre llueve cuando estoy cargando algo?

—Porque los dioses te aprecian.

—Los dioses pueden cargar el queso.

Echaron a andar deprisa, luego corrieron cuando el camino giró y apareció la posada junto a una curva, baja, con una lámpara encendida bajo el alero y humo saliendo de la chimenea.

La lluvia empezó de verdad justo cuando cruzaron el patio.

Entraron empapadas, con las botas llenas de barro y el pelo pegado a la cara.

La sala común olía a sopa, lana mojada y humo reciente. Había poca gente: dos arrieros junto al fuego, una mujer dormida sobre los brazos cruzados y el posadero limpiando vasos. Les dieron sopa, pan duro y una habitación pequeña arriba.

Antes de subir, Saren hizo que Léira se quitara la chaqueta.

—Ahora sí.

—No vas a coserme encima.

—No te muevas tanto y no hará falta amputar.

Se sentaron cerca del fuego. Saren sacó el botón de hueso, el hilo y la aguja.

La pieza era más fea a la luz de la lumbre: irregular, amarillenta, con una marca en el borde como un diente mal gastado.

Perfecta, decidió. La sostuvo entre los labios mientras enhebraba.

Después cosió despacio, con la lengua asomando un poco entre los dientes, concentrada en que las puntadas quedaran firmes.

Léira la miraba.

Saren lo notó sin levantar la vista .

—¿Qué?

—Nada.

—Eso nunca es nada.

—Coses bien.

—Claro. Me enseñó una mujer insoportable.

—Debió de tener paciencia.

—No. Tenía amenazas.

Léira no contestó. Siguió mirando cómo sus dedos sujetaban la tela, cómo el hilo entraba y salía, cómo el botón quedaba por fin en su sitio, torcido pero resistente. Saren cortó el hilo con los dientes y le devolvió la chaqueta.

—Ahí tienes. Algo completamente inútil.

Léira pasó el pulgar por el botón nuevo.

—Gracias.

—No te acostumbres.

Subieron al cuarto cuando la tormenta ya golpeaba el tejado con fuerza. En el rellano, Léira se detuvo junto a la ventana estrecha que daba al camino. Miró un momento la lluvia caer sobre el patio, los charcos abriéndose bajo las gotas, la lámpara del alero temblando con el viento.

Tarareó tres notas, muy bajo, casi nada.

Saren se detuvo detrás de ella.

—¿Y eso?

Léira volvió la cabeza.

—¿El qué?

—Nada.

Saren miró la lluvia por encima de su hombro .

—Se te habrá pegado en la feria.

Léira aceptó la explicación sin darle importancia. Abrió la puerta del cuarto y entró primero.

Saren se quedó un segundo más en el pasillo, con el sonido de aquellas tres notas todavía moviéndose en algún lugar incómodo de la cabeza. Luego la siguió y cerró la puerta.