La Grieta iii. El nombre
19%

iii. El nombre

El sol ya estaba alto cuando dejaron atrás Veredås.

El camino subía entre pinos torcidos y piedra mojada.

A un lado, la montaña caía hacia una garganta estrecha llena de una niebla tan densa que parecía no disiparse nunca.

Al otro, el bosque seguía trepando cuesta arriba con la obstinación de las cosas que crecen lejos de los caminos.

Léira caminaba delante, con la bolsa golpeándole el costado, el delantal aún manchado y las manos limpias.

Saren iba unos metros detrás, con el cuello de la camisa abierto y las mangas remangadas hasta los codos.

Habían hablado poco desde la casa de Ena.

Cada vez que parecía a punto de decir algo, Léira aceleraba el paso o miraba hacia otro lado con una precisión demasiado tranquila.

A media mañana encontraron un arroyo estrecho y transparente. Bajaba tan rápido entre las piedras que la espuma se quedaba atrapada bajo las raíces negras de los árboles que lo bordeaban.

Saren dejó caer la bolsa primero.

—Voy a meter la cabeza entera .

—Hazlo lejos de donde bebo.

—¿Te da asco mi pelo?

Se agachó junto al arroyo, sonriente. Se desabrochó la camisa hasta el ombligo y se mojó la cara y el cuello con las dos manos. El agua resbaló por la clavícula, bajó a los pechos y desapareció bajo la tela abierta. Se apartó el pelo hacia atrás, respirando fuerte por la boca.

—Está helada.

—Es agua de montaña. Qué esperabas.

—Un poco de compasión.

Léira soltó aire por la nariz. Un amago de risa.

—Entonces te has equivocado de arroyo.

La miró. Saren seguía siendo Saren: huesos finos, hombros estrechos, piernas largas llenas de arañazos de monte. La conocía con la precisión con que se reconocen las propias manos, aunque esa mañana esa certeza ya no le daba el mismo descanso.

Apartó la vista, apoyó la bolsa junto a una raíz y se limpió las manos en la falda. Sacó el trapo que llevaba atado al cinturón, se secó la frente, lo guardó de nuevo y permaneció un momento de pie, mirando el curso del agua entre las piedras.

Saren seguía inclinada sobre el arroyo cuando Léira bajó hacia el agua, se acuclilló junto a la orilla y apoyó una mano sobre una piedra plana. El agua corría tan limpia que el fondo parecía más cerca de lo que realmente estaba. Inclinó la cabeza para beber .

El reflejo le devolvió su rostro: cansado, con las canas reclamando lo negro de la melena, las ojeras más marcadas y una arruga nueva junto a la boca.

Entonces, un nombre.

—Lirenn.

La palabra salió sola, continuación de una conversación que había dejado a medias hacía años.

Saren levantó la cabeza.

—¿Qué has dicho?

Léira siguió mirando el reflejo.

—Lirenn.

Saren bajó hasta ella.

—¿Quién es?

Abrió la boca, pero la respuesta se quedó atascada en algún lugar antes del pensamiento. El nombre estaba allí, entero, vivo, reconocible. Todo lo demás permanecía alrededor, tapado por una tela pesada.

Se sentó despacio sobre la piedra mojada de la orilla. El agua corría junto a sus botas con un ruido constante, indiferente. Saren se quedó de pie un momento antes de acomodarse detrás, en una raíz que sobresalía de la tierra.

—Léira.

Ella siguió mirando el agua.

—Tuve un hermano.

Saren se quedó quieta, con las manos apoyadas sobre las rodillas y los dedos separados, detenidos a mitad de un gesto que no sabía cómo terminar .

—Se llamaba Lirenn.

El arroyo siguió sonando entre las piedras.

—Murió cuando yo tenía doce años.

Saren frunció ligeramente el ceño.

—Nunca me hablaste de él.

—Nunca había pensado en él desde entonces.

La frase quedó torcida entre ambas.

Se pasó una mano por la boca. Estaba seca.

—No entiendo esto.

Saren la observaba con una atención distinta a la del parto. Allí había mirado sus manos para aprender, ahora le buscaba la cara para comprobar cuánto de Léira seguía dentro de aquella voz.

—¿Cómo se olvida un hermano?

Léira tardó en responder.

—No lo olvidé.

Apartó la vista del agua.

—Simplemente… no estaba.

El viento movió las ramas por encima del arroyo.

Luces y sombras cruzaron el agua durante un instante.

Cerró los ojos. Había cosas alrededor del nombre, pero no eran recuerdos completos: un niño corriendo detrás de ella entre árboles mojados, un sayo que le venía grande, las uñas llenas de tierra, risa, frío.

Una mano pequeña intentando apartarla para tocar primero algo que brillaba en una piedra.

Su propia voz diciendo que no, porque ella era mayor.

Otra voz, la de Lirenn, preguntando si sabía el camino. La suya contestando que sí .

Y la certeza inmediata, vieja, pegada a la lengua, de que había mentido.

Abrió los ojos otra vez.

—Lo llevé a una cueva.

Saren dejó de respirar un segundo. En Las Marcas, nadie decía esa palabra del todo tranquilo. Las cuevas eran entradas, refugios, bocas de monte, lugares donde se guardaban quesos, herramientas o muertos antiguos. También algo distinto, cuando alguien bajaba la voz al nombrarlas.

—¿Qué cueva?

Léira negó lentamente.

—No la recuerdo bien.

—¿Qué pasó allí?

Apretó los dedos contra la piedra.

—Había oscuridad. Frío. Él estaba detrás de mí.

Saren esperó.

—¿Y después?

Buscó más hondo. Encontró piedra. Una presión en el pecho. Una sensación de estar siendo mirada desde un sitio donde no había nadie. La garganta se le cerró.

—Después falta todo.

Saren recogió una piedra pequeña y la hizo girar entre los dedos.

—¿Tus padres nunca te hablaron de él?

—No.

—¿Nunca preguntaste?

Soltó aire por la nariz .

—Supongo que sí.

Pero ni siquiera estaba segura.

No encontraba una ausencia clara. No recordaba haberlo llorado, ni el modo en que una casa cambia cuando un niño deja de correr por ella. Lo extraño no era haberlo perdido, era no haber llevado nunca encima el peso de estar sin él.

Aun así, el nombre estaba ahí ahora: Lirenn, tan viejo como sus propias manos, y debajo del nombre empezaba a moverse algo peor que la pena.

—¿Te acuerdas de algo más?

Pensó.

La cueva: oscuridad, humedad, piedra. Lirenn detrás de ella, apenas a un palmo de ella. Algo esperando, sin moverse, al fondo.

—Poco —dijo tras un breve silencio.

Saren asintió despacio. La miraba con una forma nueva de atención, intentando ordenar piezas que todavía no encajaban. Había preguntas en su cara, pero las mantuvo detrás de los dientes.

Eso hizo que Léira la quisiera un poco más en ese momento.

Se inclinó otra vez hacia el arroyo y bebió del agua helada. Cuando levantó la cabeza, el reflejo seguía esperándola entre las corrientes.

Esta vez no dijo nada.