La Grieta ii. El parto de Veredås
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ii. El parto de Veredås

La aldea de Veredås estaba hundida entre dos laderas, con las casas pegadas unas a otras como los animales en el establo durante el invierno. En el camino solo ardía una lámpara colgada junto a una puerta. Debajo, un hombre esperaba con los dedos entrelazados, incapaz de dejarlos quietos.

Léira lo reconoció antes de llegar: Bren, el esposo, muy joven para llevar aquella barba y con una palidez que no engañaba a nadie.

—Ha roto aguas hace mucho —dijo él en cuanto las vio—. No sé cuánto. Mi madre dice que demasiado.

Siguió andando.

—¿Sangra?

—No.

—¿Fiebre?

—No lo sé.

—Pues ve y pregunta.

Bren se quedó mirándola.

—Ahora .

El hombre obedeció y entró en la casa casi tropezando con el umbral. Saren iba un paso por detrás de Léira, con la bolsa de cuero al hombro y la mirada hundida por el largo viaje.

La cocina estaba iluminada con dos lámparas de aceite.

Una colgaba de una viga y la otra descansaba sobre la mesa junto a una jarra de agua, un cuchillo limpio, un montón de paños y un cuenco de barro con hojas de salvia machacadas.

Hacía mucho calor. Alguien había echado leña de más al fuego, quizá Bren, cuando todavía pensaba que podía ayudar en algo.

La muchacha estaba de rodillas junto al banco, con los brazos apoyados sobre el asiento y la frente hundida entre ellos.

Tenía el pelo sudado pegado al cuello. La camisa se le había subido por la espalda y mostraba la piel mojada, tensa por cada contracción, con la suavidad de quien aún no ha terminado de abandonar del todo el cuerpo de niña.

Su suegra permanecía detrás, sujetándole las caderas con una mano y apartándole los mechones de la cara con la otra.

—Ya era hora —dijo la vieja.

—También es un placer verte, Maura.

—No me hagas reír ahora.

—No pretendía hacerlo —contestó Léira de forma tajante.

Léira dejó la bolsa sobre la mesa y se lavó las manos en el cubo. El agua estaba tibia. Mal. Las metió hasta las muñecas, frotó despacio, una vez, otra, sin mirar a nadie.

—Saren, más agua. Hirviendo, no tibia. Hirviendo.

Saren ya se movía hacia el hogar.

—Voy .

—Paños limpios separados de los sucios. El cuchillo lejos de Bren antes de que tropiece y se lo clave o, peor, se lo clave a alguien.

Bren abrió la boca.

—Yo no…

—Fuera.

—Pero es mi mujer.

—Precisamente.

Maura soltó una risa seca sin apartar la mano de la espalda de la muchacha. Conocía a su hijo.

—Vete, Bren.

La parturienta levantó un poco la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos y la boca abierta, buscando aire.

—¿Va mal?

Léira se acuclilló a su lado.

—Todavía estamos a tiempo.

—Eso no me tranquiliza.

—He venido a ayudarte. La tranquilidad ya veremos si aparece.

La muchacha la miró, y durante un segundo pareció decidir si odiarla o creerla. Luego llegó otra contracción y no hizo ninguna de las dos cosas. Bajó la frente, apretó los dientes y dejó que el grito le saliera, roto, como un animal herido. Léira le puso una mano en la nuca.

—Abre la garganta. Si te cierras arriba, te cierras abajo.

La muchacha gimió.

—No puedo .

—Puedes. Mal, pero puedes. Hazlo.

Maura resopló.

—Hablas igual que lo hacía tu madre.

Saren colocó el agua al fuego y empezó a ordenar los paños. Tenía la virtud de no llenar el miedo con preguntas: observaba, esperaba, hacía.

Léira levantó la camisa de la muchacha con cuidado.

—¿Cómo te llamas?

—Ena.

—Bien, Ena. Voy a tocarte. Necesito saber cuánto falta.

Ena asintió contra el banco.

Léira metió los dedos con lentitud, examinándola. La muchacha se tensó.

—Respira.

—Duele.

—Eso tampoco va a cambiar porque aprietes los dientes.

Ena soltó el aire con rabia, pero Léira continuó haciendo su trabajo. Notó el calor, la presión, la abertura. Era todavía insuficiente. La cabeza estaba, aunque no donde debía. Ladeada. Encajada con muy mala suerte. Sacó la mano.

—¿Y bien? —preguntó Maura.

—Quiere salir por donde no toca.

La vieja apretó los labios.

Bren preguntó algo desde fuera. Nadie respondió. La sola mirada de su madre bastó para que abandonara otra vez la habitación, aún más blanco que cuando había entrado.

Léira se limpió los dedos con un paño y señaló el suelo .

—La quiero de lado cuando venga la siguiente contracción. Pierna arriba. Que aguante sin empujar todavía. Si empuja ahora, se agotará antes de que el niño decida salir.

—¿Y si no gira? —preguntó Saren.

—Girará.

—¿Y si se queda así?

Léira la miró.

—Entonces haremos lo que toque.

Saren sostuvo la mirada un instante. Luego asintió.

Entre las tres movieron a Ena. La muchacha protestó, insultó a su marido, a su madre muerta, al dios Lurian y a la cama donde la habían metido los últimos seis meses.

Maura le dijo que ahorrara saliva y dejara de maldecir.

Saren le sujetó una pierna mientras Léira colocaba las manos donde debían estar.

Durante la pausa siguiente, Maura acercó el vaso a Ena.

—Bebe.

—Voy a vomitar.

—Entonces vomita después. El agua primero.

Ena bebió un sorbo y cerró los ojos.

—Bren lleva una hora andando de un lado a otro en el patio —dijo Maura—. Como siga así, antes de que nazca el niño tendremos zanja.

Ena soltó una risa breve y se llevó una mano al vientre enseguida.

—No me hagas reír, vieja.

Maura sonrió por primera vez desde que habían entrado.

—Pues termina pronto y descanso .

El parto empezó a tomar ritmo: contracción, respiración, pausa; agua, paños, una mano en la espalda; otra contracción.

Ena sudaba. Su cuerpo trabajaba contra su voluntad. La cara se le había deformado un poco. Cada vez que el dolor subía, buscaba algo que romper con los dedos. Primero el borde del banco. Después la falda de Maura. Al final, la muñeca de Saren.

Maura miró la mano de Saren atrapada entre los dedos de Ena. Las uñas se le clavaban por encima del hueso de la muñeca.

—Buena señal.

Saren apretó la mandíbula.

—¿Que quiera partirme la mano?

—Que todavía tenga fuerzas para intentarlo.

—Si me partes la mano, no podré darte en brazos a tu hijo —dijo Saren.

Ena soltó una risa breve, casi un golpe de aire, y después otro grito le rompió la garganta.

Los gritos eran lo primero que oían las malas comadronas. Léira atendía al espacio entre una contracción y otra, al cambio pequeño en la voz cuando el dolor dejaba de ser inútil y empezaba a empujar hacia alguna parte.

—Aguanta —dijo.

Ena negó con la cabeza, desesperada.

—Tengo que hacerlo.

—Ya lo sé. Aguanta.

—¡Tengo que empujar !

Le sostuvo la cadera y esperó a que el cuerpo de Ena dejara de mandar por un segundo. Maura soltó una maldición baja que llegó hasta los oídos de Saren, pero ella solo estaba pendiente de las manos de Léira.

Ella esperó la siguiente contracción con los dedos apoyados en el vientre de la joven primeriza. Sintió cómo se endurecía. Cómo subía. Cómo tiraba. El niño bajó un poco más y volvió a detenerse.

Mal.

—Saren, aquí.

La joven se colocó a su lado.

—Cuando te diga, sujetas la rodilla y no la sueltas aunque Ena te prometa matarte.

—Eso ya me lo han prometido más veces.

—Entonces tienes práctica.

La siguiente contracción llegó peor.

Ena se arqueó. Maura tuvo que sujetarla por los hombros y la lámpara sobre la mesa casi se cae al suelo. Léira metió una mano entre los muslos de la muchacha, palpó la cabeza, el ángulo, el pequeño borde de hueso que se negaba a ceder.

Entonces algo ocurrió.

Durante un segundo, Léira supo exactamente cómo proceder.

Su cuerpo se movió sin dudar: dos dedos dentro, la otra mano firme sobre el vientre.

Una presión lateral, mínima, exacta. Esperó el punto justo de la contracción, no el más fuerte, sino el anterior, ese lugar donde el cuerpo aún obedece sin saber que obedece. Giró .

Ena dejó de gritar y ese silencio heló la sangre de todos.

No duró más que un latido. Bastó. La cocina entera pareció quedarse sin aire: el fuego, las lámparas, Bren al otro lado de la puerta, Maura con las manos en las caderas de su nuera.

Léira sintió la cabeza cambiar de sitio bajo sus dedos.

Fue un ajuste pequeño, una cosa de nada. Una puerta que encaja.

Y, al hacerlo, algo pareció faltar en otra parte.

Saren la miró confusa y olvidó la rodilla que estaba sujetando.

Ena abrió los ojos, con la cara empapada y la boca torcida por el esfuerzo. La miró como se mira a alguien que acaba de hacer algo que parecía imposible un segundo atrás.

Léira retiró la mano.

—Ahora.

Ena empujó con todo el cuerpo. Los gritos volvieron, pero ya eran diferentes. La rodilla seguía sujeta, Maura le sostenía la espalda y Léira recibió la cabeza del bebé entre las piernas de su madre.

—Otra.

—No puedo.

—Hazlo.

Ena empujó.

Un cráneo oscuro, mojado, girando bajo la lámpara. Pelo pegado. Piel azulada. Boca cerrada. Léira le limpió la nariz y los labios con el pulgar. Esperó sin tirar. Tirar era de impacientes, y la impaciencia mataba más niños que la mala suerte .

—Despacio ahora.

Ena lloraba.

—Que salga.

—Saldrá.

—Sácamelo.

—Entonces deja de pelearte con él.

La siguiente contracción trajo el hombro. Luego el otro. Después el cuerpo entero resbaló hacia las manos de Léira con esa brusquedad blanda que siempre parecía imposible hasta que ocurría.

Un niño. Pequeño y resbaladizo como todos, pero aún callado.

Bren preguntó desde fuera:

—¿Qué pasa?

Nadie respondió.

Lo frotó con el paño. Una vez. Otra. Le limpió las fosas nasales. Le inclinó la cabeza lo justo. El cuerpo del recién nacido se tensó, abrió la boca y soltó un llanto áspero, ofendido pero lleno de vida.

Al abrir la boca, Maura vio una línea fina y oscura bajo la lengua, tan recta que no parecía natural. El llanto la escondió enseguida. Cerró los dedos sobre el paño que tenía en la mano y miró a Ena.

—Vive.

Bren se apoyó contra la pared, fuera. Se oyó el golpe de su espalda al apoyarse.

—¿Ena ?

—También.

Todas le oyeron llorar desconsoladamente al otro lado de la puerta.

Léira ató el cordón cuando dejó de latir. Lo cortó con el cuchillo limpio. Colocó al niño sobre el pecho de Ena y cubrió a los dos con una manta. La madre lo miró como si le hubieran dejado encima una deuda y un tesoro al mismo tiempo.

Pero Léira seguía sintiendo en los dedos el giro que no había decidido.

—¿La placenta? —preguntó Maura.

—Ya viene.

Vino entera. Léira la revisó sobre un paño, tramo a tramo, con la atención de quien cuenta lo que debe estar. Todo estaba en orden. El sangrado era el esperado y Ena, aunque agotada, seguía allí.

A cualquiera le habría parecido que todo había salido bien: Ena viva, el niño respirando sobre su pecho y Bren llorando al otro lado de la puerta como si también acabaran de sacarlo a él de algún sitio estrecho.

Cuando el niño dejó de llorar, Léira se acercó a la cabecera. Maura se apartó un poco y se quedó junto a Saren, que seguía cerca de la mesa, limpiando el cuchillo.

Puso dos dedos sobre la frente mojada del recién nacido.

Era un gesto de oficio. Lo había hecho tantas veces que había perdido la cuenta. A veces lo recitaba con fe, a veces con cansancio y a veces solo porque una madre recién abierta merece que el mundo le mienta con orden .

—Que Él cierre lo que la carne ha abierto —dijo.

Se detuvo. Todas escuchaban con atención.

Saren dejó el cuchillo sobre la mesa sin levantar la vista. El sonido del metal contra la madera ocupó toda la cocina durante un segundo demasiado largo.

—Que guarde el deseo donde haya cuidado y el cuidado donde haya nombre.

La oración era diferente. La fórmula correcta seguía en algún lugar de su boca. La había repetido con niñas muertas, con niños vivos, con madres que no querían mirar, con padres que temblaban como perros. La sabía, pero esa vez salieron otras palabras.

El niño se movió bajo sus dedos. La boca se le abrió un instante y la línea volvió a asomar, negra y fina, como si las palabras hubieran dejado una costura en el sitio donde todavía no había palabras. Maura lo vio. Esta vez tampoco habló.

Ena tragó saliva.

—¿Eso se dice así? —Buscó la cara de Maura un segundo, sin encontrarla.

Léira retiró la mano antes de contestar.

—Hoy sí.

Bren entró únicamente cuando Maura se lo permitió y continuó llorando al ver al niño.

Se acercó a Ena con las manos torpes, sin saber dónde tocar primero.

Ella le insultó por haberla dejado sola, aunque fue él quien cruzó la montaña de noche para buscarlas.

Él pidió perdón por todo. Incluso por eso .

La casa empezó a parecer un hogar otra vez: Saren guardó las hierbas y limpió lo que había que limpiar, revisó a Ena y le dejó instrucciones simples: agua, descanso, visitas inútiles fuera, caldo ligero y mantener a suegras con opiniones tercas a una distancia prudente.

—Eso último no puedo prometerlo —dijo Maura.

—Ya lo sé.

Bren quiso pagarles cuando ya iban a marcharse. Lo hizo con una bolsa de monedas pequeñas y un trozo de queso envuelto en tela. Léira aceptó ambas cosas porque el trabajo se paga. Cuando no se paga, acaba pareciendo favor.

Salió al patio cuando el amanecer ya rozaba los tejados.

El cielo estaba claro. La tierra, mojada, mezclaba paja y barro.

Una gallina cruzó delante de ella con esa seguridad absurda de los animales que no entienden las tragedias humanas y por eso sobreviven a casi todas.

Saren apareció detrás y le tendió un trapo mojado.

—Las manos.

Lo cogió y se limpió. Primero los dedos. Luego las palmas. Luego las muñecas.

Sus manos seguían sin temblar.

Saren se quedó un momento mirándoselas.

—¿Estás bien?

Apretó el trapo entre los dedos.

—Sí.

Saren asintió sin creerla .

Caminaron juntas por el sendero. Detrás de ellas, en la casa, el niño lloraba. Delante la aldea empezaba a despertar.