La Grieta I. Lo que sabe el cuerpo
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La Grieta

La Grieta

Por Jose Bernabe

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I. Lo que sabe el cuerpo

Léira despertó con sangre en la boca.

Al principio permaneció quieta, con la lengua apoyada contra el paladar y ese sabor a hierro llenándole la garganta.

Respiró profundamente. A su lado, Saren dormía de espaldas, con una pierna fuera de la sábana y el pelo revuelto sobre la almohada.

Con diecinueve años, conservaba todavía esa capacidad casi ofensiva de dormir unas horas sin defenderse del mundo.

Tragó saliva, pero el sabor siguió allí.

Fue abriendo los ojos lentamente. Tanteó las encías, despacio, buscando algún corte. Pasó la lengua por el interior de las mejillas. Nada: ninguna herida, ningún dolor. Solo la boca llena de una sangre que no sabía de dónde venía.

Se incorporó sin hacer ruido. La madera de la cama cedió lo justo al moverse.

Saren seguía tan profundamente dormida que tuvo que buscarla un instante para asegurarse de que continuaba allí: los hombros estrechos bajo la sábana, una mano abierta junto a la cara, la respiración tranquila de quien aún no ha aprendido a desconfiar del sueño.

A veces, al verla así, Léira sentía de golpe la distancia entre ambas: no en los años exactos, sino en todo lo que una había tenido tiempo de perder antes de que la otra llegara.

Apartó la sábana, bajó los pies al suelo y se quedó sentada unos segundos, esperando que el habitual mareo llegara, pero no lo hizo.

Se sentía bien, demasiado; no descansada, sino liberada de una fatiga que llevaba años confundiendo con edad, como si durante la noche alguien hubiera retirado de su cuerpo una carga y la hubiera dejado en otra parte.

Sentirse tan bien, extrañamente, le preocupó.

Caminó descalza hasta la cocina, con una mano apoyada en la pared para no despertar a Saren.

Las brasas seguían vivas. Al inclinarse sobre ellas, la luz roja le iluminó la cicatriz blanca que le cruzaba el pulgar derecho.

Una de las primeras, de los años en que aún tenía manos de aprendiza y no sabía sostener una navaja limpia.

Sobre la mesa había un cuenco sin lavar, un cuchillo pequeño, dos tiras de lino dobladas y la bolsa de cuero donde guardaba las agujas, el hilo y las hierbas secas.

En Las Marcas, aquello bastaba para franquear puertas cerradas y para que nadie preguntara más de la cuenta.

Las llamaban comadronas cuando había agua, gritos y sangre; después volvían a ser dos mujeres del borde, útiles de noche e incómodas a la mañana siguiente.

Léira había aprendido a no esperar gratitud.

También había aprendido algo peor: que una mujer de parto exigía más precisión que ternura, y que a veces salvar a alguien consistía en no apartar la mano aunque la razón pidiera lo contrario .

Bren llegó de Veredås antes del alba. La chica seguía sin parir.

Una primeriza de dieciséis años, si es que los había cumplido.

Mal colocado, según el padre de la criatura, que había salido la noche anterior y había cruzado la montaña para avisarlas.

Léira conocía aquella frase y lo que venía detrás.

En aquellas aldeas de frontera se esperaba hasta que el miedo pesara más que el orgullo, y entonces alguien subía por el camino viejo, golpeaba la puerta y pedía ayuda mirando al suelo, porque allí el cuerpo abierto de una mujer también manchaba a quien se atrevía a hablar de él.

Dejó a Saren en la cama y salió de la pequeña cabaña.

El aire de fuera traía frío y, aunque el verano todavía no se había ido, la llegada del otoño ya parecía definitiva.

La hierba del prado, vencida por el rocío, cedía despacio bajo sus pies, y el cielo tenía esa oscuridad sucia de las últimas horas antes del amanecer.

Antes de empezar su camino, se inclinó y escupió sobre el porche.

La saliva cayó sobre la madera en una mancha roja, espesa, casi negra.

Aquello venía de más adentro que una pequeña herida en la boca.

Se quedó mirándola durante unos segundos antes de volver a pasar la lengua por el interior de las mejillas.

El sabor seguía allí.

—¿Dónde has pasado la noche?

Saren estaba detrás, en el umbral. Había salido sin vestirse.

Tenía los brazos cruzados contra el pecho y los ojos demasiado despiertos para aquella hora.

La observaba con esa atención que a veces la desarmaba: la cara huesuda bajo una melena que ya no ocultaba las canas y la expresión de una mujer que llevaba años sabiendo qué hacer con la sangre de otras, pero que ahora no sabía cómo contener la suya.

—En la cama —dijo Léira.

Saren miró la mancha del porche. Después volvió a ella.

—Te he buscado.

Algo se detuvo dentro de Léira.

—Me habré levantado.

—La puerta estaba cerrada.

Buscó en la cara de Saren un gesto, un margen para dudar de lo que estaba oyendo. Era joven, pero no blanda. Desde que vivía con ella había visto partos, fiebres, hemorragias y hombres llorando contra una puerta sin saber qué hacer con las manos. Aprendió a mirar sin apartarse.

Y ahora la miraba así.

—Saren.

—No estabas.

Léira volvió la vista hacia el interior de la casa: la cama, la sábana, el hueco donde había estado su cuerpo. Todo seguía allí, colocado en su sitio, ofreciendo una explicación que no servía de nada.

—Habré ido a mear.

—Te habría oído salir, siempre te oigo.

Pensó unos segundos antes de contestar.

—Entonces no sé. No recuerdo haber ido a ningún lado .

Saren asintió, sin apartar la vista de la mancha.

—Ven.

Lo dijo mientras se sentaba en el suelo.

—No me mandes.

—Pues ven aquí conmigo.

Léira se sentó a su lado. El frío le subió por los muslos y se le quedó anclado en la espalda. Saren levantó una mano y se la puso en la nuca, justo donde empezaba a nacerle el pelo, sin apretarla. Solo dejó la palma quieta.

El cuerpo de Léira reaccionó de inmediato.

Los hombros bajaron, la mandíbula se aflojó, el aire entró más hondo y, durante unos segundos, aquella mano bastó.

Después llegó lo otro: la incomodidad. Entre ellas siempre había existido una facilidad física, una confianza hecha de cama, cocina, caminos y sangre compartida en habitaciones ajenas.

Lo que la incomodó fue la rapidez con que algo dentro de ella se dejó tocar.

La palma siguió quieta en su nuca.

—¿Te duele algo?

Léira negó con un leve movimiento.

—¿Te has mordido?

—No lo sé.

Saren se quedó callada.

—Maldita sea —dijo al fin.

Léira casi agradeció la palabra.

Permanecieron así un rato .

El cielo aclaró un poco, lo suficiente para que las cosas empezaran a tener borde: el banco, el cubo del agua, la cuerda donde colgaban dos paños secos, la línea oscura de los árboles al otro lado del prado. En Las Marcas, hasta la luz entraba despacio.

Alargó el pie y frotó la mancha de sangre, intentando que desapareciera. La madera la absorbió en parte, pero aún seguía siendo visible.

—Deja eso —dijo Saren.

Dejó de mover el pie.

—Solo es sangre.

Saren la miró.

—Ya.

Léira bajó la vista a sus propias manos, apoyadas en las rodillas.

Eran anchas, de nudillos secos y uñas cortas.

Desde hacía un par de años el temblor resultaba más que evidente, especialmente al enhebrar agujas finas o al cortar tallos pequeños para infusiones.

Aquella mañana estaban firmes. Parecían descansadas y obedientes, como si siguieran las órdenes de otra persona.

—Debemos ir —dijo—. Nos espera un largo viaje.

Saren cerró los ojos un instante.

—Lo sé.

—Hay que preparar agua.

—Ya está.

—Las vendas.

—También .

Léira la miró. La mano seguía en su nuca.

—No soy un mueble —dijo Saren.

Bajó la mirada.

—Ya lo sé.

—Pues acuérdate.

La frase llegó sin suficiente reproche para convertirse en pelea pero sin la ternura necesaria para dejarla pasar.

Saren retiró la mano.

—Vamos dentro.

Se levantaron. Saren abrió la puerta y entró la primera. Léira se quedó un segundo más en el porche, mirando la mancha en la madera. Pasó la lengua por la boca una última vez.

Solo ese sabor.

Dentro, la casa olía a ceniza y a lino limpio. Tras la puerta de la habitación, abierta, Saren se vestía con movimientos rápidos. La cama seguía deshecha y su lado conservaba todavía la forma de su cuerpo.

Ya llevaba puestos los pantalones de viaje y la camisa mal abrochada cuando se acercó y la abrazó por detrás, apoyando un momento la frente contra su pelo.

—Túmbate un poco y descansa —dijo—. Salimos enseguida.

—No puedo.

—Inténtalo —insistió Saren.

Léira se acostó en la cama y se quedó mirando el techo. La madera tenía una grieta larga desde hacía tantos años que era incapaz de recordar cuándo apareció. En invierno se abría un poco y en verano desaparecía casi por completo. Esa noche parecía más profunda.

Afuera, antes de que el sol terminara de subir, un gallo cantó en alguna parte. Luego otro. Poco a poco, la comarca comenzó a moverse.

Siguió mirando el techo hasta que dejó de percibir el sabor a sangre en la boca.

Pero no volvió a dormirse.