La graduada (Cazadoras 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Debería haberme dado miedo que Ray supiese cómo encontrarme, pero soy consciente de lo que es capaz de conseguir una persona con la motivación adecuada, y él estaba muy motivado.

Sus ojos estaban enrojecidos, y su cabello algo alborotado, señal de que además de nervioso estaba muy, muy enfadado, y yo tenía la culpa.

—¡Maldita puta! —Me acusó sin ningún tipo de pudor, mientras salía por la puerta del edificio de la embajada.

No me alejé demasiado, lo justo para saber que, si necesitaba pedir ayuda, esta no estaría lejos.

Pero también estaba lo suficientemente alejada como para que no interviniesen antes de tiempo.

Las cámaras de vigilancia verían a dos personas discutiendo en la calle, pero en cuanto Ray se atreviese a tocarme…

No querría estar en su pellejo cuando el equipo de seguridad de la embajada le pusiese las manos encima.

—¿Tienes algo que compartir conmigo, además de insultos? —Alcé una ceja hacia él, manteniendo una calma exterior que asombraría al mismísimo Bruce Banner. Ya saben, el doctor Banner se convierte en Hulk cuando se enfada.

—Me han despedido por tu culpa, maldita zorra. No te hagas la inocente conmigo —me acusó con odio.

—Oh, no lo niego. —Mi respuesta no era la que esperaba.

—Así que lo admites. —Me preparé para atacar. ¿Quién dijo que las palabras no duelen? Son lo más dañino que puedes usar en contra de otra persona, porque una vez dichas, ya no hay manera de retirarlas, y las heridas que provocas con ellas no son fáciles de curar.

—Sí, te he quitado el trabajo, Ray. Y lo he hecho porque puedo. —Sus ojos se abrieron desorbitados.

—Estás loca. —Sonreí ante su comentario.

—No. Te he dejado sin trabajo porque soy mejor que tú, y ellos lo saben. Por eso están dispuestos a pagarme un 20°% más de lo que te pagan a ti, y un porcentaje por cada contrato que cierre —le revelé.

—Eso no es posible. Mientes. —Sonreí como respuesta.

—¿Tú crees?

—Trevelyan nunca cedería un porcentaje de los contratos a una… —No le dejé terminar.

—¿Novata? Espero que fuese eso lo que ibas a decir.

—Zorra —terminó con veneno.

—Claro, porque me he servido de influencias externas para conseguir el puesto de abogado junior en los Giants.

¡Ah!, no, espera, ese has sido tú —le recordé—.

Ellos han venido a buscarme porque soy mejor que tú, y saben que te doy cien vueltas como abogada.

—Me incliné hacia él para dar más énfasis a mis palabras.

—Los has manipulado. —Sonreí ante su acusación.

—Si no recuerdo mal, es lo mismo que hiciste conmigo cuando estábamos en la universidad, Ray. ¿Te cabrea que ahora sea contigo con el que jueguen? —Hice un puchero con los labios, mientras le daba una entonación infantil a mi voz.

—Fuiste tú la que… —Puse los ojos en blanco ante su intento de escabullirse.

—Vamos, Ray. ¿A estas alturas crees que alguien va a tragarse eso? Descubrí lo que Diana y tú hacíais a mis espaldas. —Sus ojos se abrieron desmesuradamente.

—Tú… —dijo acusadoramente—, estás haciendo todo esto por venganza —dedujo.

—Destrozaste mi corazón, mi autoestima y mi confianza, Ray, y voy a hacerte el mismo regalo —amenacé.

—¿Quitándome el trabajo? —rio sin ganas.

—Arrebatándote todo lo que quieres, todo lo que te importa.

Me utilizaste para conseguir las mejores notas y entrar en el equipo jurídico de los Giants —se sorprendió al escuchar lo que yo no debía saber—, y yo te lo he arrebatado.

Y estaré ahí cada vez que te huela cerca, dispuesta para desgarrarte y hacerte sangrar.

Utilizaré todos los medios a mi alcance para quitarte aquello por lo que pelees.

Y puedes luchar, ¡diablos!, deseo que lo hagas, porque quiero golpearte hasta que ya no puedas defenderte.

Quiero ver cómo te quiebras, como pierdes la confianza en ti mismo, tu autoestima.

—Como hice yo contigo. —Finalmente entendió.

—El corazón no puedo rompértelo, porque nunca lo tuviste —le acusé.

—Me lo merezco. Solo puedo pedirte perdón por lo que hice. —Sus hombros estaban caídos, pero eso no me decía que estuviese siendo sincero. Le conocía lo suficientemente bien como para saber que él no se rendiría tan fácilmente.

—Tus disculpas no me sirven, Ray. Solo tu sangre. —Ahí estaba, esa mirada asesina del que sabía que había quemado su último cartucho inútilmente.

—No eres más que una zorra resentida —escupió.

—Soy más que eso Ray. Soy la sombra que te persigue, y de la que tratarás de huir para que no te alcance, porque cuando lo haga, te arrancará todo.

Solo tenerte delante, escuchar tu nombre, saca los instintos homicidas que llevo dentro.

Y no, no soy una cazadora impulsiva, Ray, sé mantener la cabeza fría para esperar el momento adecuado en el que golpearte.

—Estás enferma —me acusó.

—Algo peor, estoy cabreada, muy cabreada. Y no tengo nada mejor que hacer que perseguirte. —Di un paso hacia él, provocando que se apartara.

—No te acerques a mí —pidió, lo que me hizo sonreír de forma siniestra.

—Corre, Ray, corre. Tan lejos como puedas. Vayas donde vayas a esconderte, te encontraré. —Otro paso hacia él, otro paso que retrocedió.

—Estás loca —se giró, y salió casi corriendo.

Respiré profundamente, mientras recuperaba la compostura.

Hollywood se estaba perdiendo otro pedazo de actriz.

Didi la loca psicópata me acababa de conseguir el óscar.

¿Perseguirlo? Ni que de verdad estuviese loca.

Él no era tan importante. Solo quería darle una lección, asustarlo lo suficiente como para que no se le ocurriera siquiera pensar en tomar represalias.

Ya había conseguido lo que quería, le había dado un escarmiento y, con un poco de suerte, a partir de este momento se lo pensaría dos veces antes de aprovecharse de otra persona, porque podría encontrarse con otra loca obsesiva como yo, o como lo era mi personaje.

Como decía la tía Desiré, la imaginación es el arma más poderosa que tienes a tu alcance, depende de cómo la uses, puedes conseguir todo lo que te propongas. En mi caso había sido su miedo. No era tanto lo que yo pudiese hacerle, sino lo que él creyese que le podía hacer.