La graduada (Cazadoras 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

Los sábados son sagrados, igual que los domingos. Todo el maldito fin de semana tiene que serlo. Pero cuando eres tu propio jefe, algunas veces no tienes más remedio que hacer excepciones.

—¿Por qué hoy? —me quejé mientras Yumi me arrastraba fuera del edificio.

—Porque es el único día en que ambas podemos. Porque no quiero perder tiempo. Y porque después iremos a pasear por Central Park. —La miré con una ceja alzada.

—No soy un perro al que puedes convencer con llevarlo a dar un paseo por el parque. —Ella se rio con una estruendosa carcajada.

—No seas gruñona.

La verdad es que dedicar un sábado por la mañana a mirar locales no es en sí un plan excitante, pero claro, no es lo mismo hacerlo sola que ir con Yumi. Su entusiasmo es contagioso.

—¿Lo ves? Es justo lo que necesitamos. —Extendió los brazos a ambos lados, abarcando con ese gesto todo el entorno.

—Vale, el barrio es tranquilo. —Lo decía porque no se parecía en nada a la jungla de asfalto que era el centro de la ciudad.

—La entrada es enorme. Aquí pueden estacionar como cinco coches y no estorbarse. —Supuse que, para una estación de bomberos, era importante tener despejada la entrada a las cocheras donde guardaban sus camiones.

—Ok, se puede tachar «aparcamiento para las visitas».

—Eso de ahí es un colegio católico —señaló el edificio de nuestra derecha—, unos vecinos de lo más tranquilos —se inclinó hacia mí para susurrar—: salvo que seas una estación de bomberos que hace un escándalo con las sirenas.

Entonces te conviertes en su enemigo. —Me guiñó un ojo, como si guardase un gran secreto.

—Ah, no. Cuéntame —le supliqué. Soy terrible cuando me ocultan ese tipo de jugosos secretos intencionadamente.

—Parece ser que movieron muchos hilos para que trasladaran la estación a otro lugar —susurró—. Y por eso podemos conseguir este estupendo edificio tirado de precio. —Alcé una ceja hacia ella, sin terminar de creerme que fuese así.

—He visto lo que cuesta. ¡Diablos!, quieres que page la mitad —le recordé.

—¿Sabes a cómo está el metro cuadrado en la zona?

El único motivo por el que todavía no se ha vendido es porque las hermanitas de aquí al lado no quieren obras, y están poniendo todas las trabas posibles a que el edificio sea demolido.

Antes eran terrenos suyos, pero los vendieron.

Si tuviese que apostar, diría que su intención es recuperarlos.

—Entonces no dejarán que lo compremos.

—Oh, vamos a hacerlo, porque vamos a pagarle al ayuntamiento lo que pide, porque no vamos a derribar ni construir un edificio más grande y porque he llegado a un trato que evitará cualquier zancadilla que estas monjitas se atrevan a ponernos.

—Ah. ¿Qué trato? —Como socia me interesaba todo lo que atañese a nuestro negocio.

—Uno del que no te vas a arrepentir, te lo prometo.

Una pick-up estacionó en el espacio que sería nuestro aparcamiento. Un hombre uniformado salió de ella, y por las series de bomberos que había visto en la televisión, supe que era alguien del cuerpo.

—Siento el retraso. Yumi, ¿verdad? —Nos miró a ambas, esperando la confirmación de que una de nosotras fuese su contacto.

—Yo misma. —Alzó la mano mientras le sonreía. El hombre no tenía pinta de bombero, lo digo porque con aquella barriga le costaría deslizarse por la cucaña, ya saben, esa barra que los bomberos usan para bajar. Seguro que siempre había estado en oficinas.

—Soy Eduard. Muy bien, pues os enseñaré el interior. —Sacó un enorme manojo de llaves del bolsillo, y empezó a buscar la que abriría la puerta principal.

Una vez dentro, el aire no parecía demasiado cargado.

Algo bueno, no había humedad. Las instalaciones eran modernas, no diría que nuevas, pero sí que no tendrían más de quince años.

No tengo que explicar lo que había allí, lo típico de cualquier estación de bomberos.

Pero sí que he de decir que Yumi me iba susurrando en lo que se convertiría cada espacio cuando tomásemos posesión del edificio.

La planta de arriba podía albergar perfectamente dos viviendas, y en la parte inferior podían ubicarse sin problema una recepción y una sala de espera, y si le uníamos una de las cocheras, tendríamos un par de despachos llenos de luz.

Yumi incluso pensó en hacer una gran partición para tener también un pequeño gimnasio.

—Imagínatelo, la luz de la mañana colándose por esos enormes ventanales, y tú y yo haciendo la postura del guerrero sobre unas esterillas. —Señaló con las manos como si estuviese viendo la imagen en su cabeza, al más puro estilo director de cine.

—Tendríamos que llevarnos parte del material que todavía queda en la estación, pero creo que os podéis hacer una idea. Si os sigue interesando, podéis llamar a… —Yumi no le dejó terminar.

—Nos lo quedamos. —Alcé una ceja hacia ella. ¿No tendría que consultarme? ¿Confirmar que yo también estaba de acuerdo? La verdad, si llego a decirle que no, seguro que esa noche sería víctima de un ataque mortal contra mi persona.

—Sí, nos lo quedamos —apoyé las palabras de Yumi, provocando que comenzase a saltar como una foca poseída, ya saben, aplaudiendo con contenido recato.

—Oh, vaya. Avisaré a la oficina para que vayan preparando todo el papeleo. —Eduard se llevó el teléfono a la oreja y se alejó para realizar el trámite.

—No te arrepentirás —prometió Yumi.

—Ya lo estoy haciendo —le aseguré.

—Pero si te gusta... —me recriminó.

—¿Sabes todo el trabajo que hay aquí? Habrá que tirar algunas paredes, levantar otras y pintar.

Nos hará falta mucha fuerza bruta para mover todo lo de allí arriba.

—Tipos fuertes, como Jack, Jason, incluso Tyler.

Uf, solo pensar en tenerlos por aquí, derribando tabiques y sudando como posesos, se me puso el corazón a latir desbocado.

—No te agobies, Dennise. Empezaremos con lo más urgente. El resto se hará poco a poco.

—¿Y qué es para ti lo más urgente? —pregunté.

—Nuestros despachos y la recepción. Podemos dormir en una de las salas de los bomberos y utilizar sus duchas. Imagínate, sería como ir de albergue, pero tenerlo entero para nosotras dos solas. —Tenía razón en una cosa, si los bomberos podían dormir, ducharse y comer allí, nosotras también.

—Vale, pero necesitaremos ayuda. —Marqué el número de la primera persona en que pensé. Antes de empezar con la mudanza, necesitaba su ayuda para la reforma. ¿De qué me servía tener un amigo fuerte si no me aprovechaba de él?— Hola, Jack, ¿cuándo tienes tu próximo día libre? —Así soy yo, directa.