La graduada (Cazadoras 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Siempre hay un momento que propicia el cambio.

Un instante, una acción, que hace un quiebro en la trayectoria natural de los acontecimientos.

Ser capaz de apreciarlo, de verlo cuando los demás aún lo están procesando y, sobre todo, de interpretarlo con la suficiente antelación como para ser el primero en dar el paso apropiado, es lo que marca la diferencia entre triunfar o quedarte fuera de juego.

Precisamente ese punto de inflexión fue el que percibió Tyler. Él pudo ver lo que supuso aquella carrera que acabó en touchdown . Jack aumentó su valor unas cuantas cifras más de lo que nadie hubiese esperado.

Como cualquier aficionado al fútbol americano, Tyler estuvo viendo el partido de aquella noche, no solo atento al resultado del encuentro, sino a las actuaciones de todos los jugadores, incluso del entrenador.

Casi podía imaginármelo sentado en su sofá, con una cerveza en la mano y un bol de patatas fritas, atento a cada fotograma que se reproducía en su enorme televisor.

En un momento dado, cuando los New York Giants iban perdiendo, el quarterback lanzó la pelota hacía Jack, que la atrapó con maestría mientras corría por el lateral del campo.

No tengo que decir que los defensores del equipo contrario saltaron sobre él como si fuesen perros hambrientos detrás de un chuletón de tres kilos.

Pero este trozo de carne era rápido y sabía cómo esquivar a la horda que se le echaba encima.

Cuando vi la repetición, tuve que estar de acuerdo con los comentaristas, aquello fue arte en movimiento.

Era como ver al mismísimo Capitán América atravesando las líneas enemigas a golpes de su escudo.

Como decía, Tyler supo enseguida lo que aquella jugada significaba para Jack y, sobre todo, para nosotros.

Antes de que la repetición de la jugada se reprodujese en su televisor, ya estaba enviándome un mensaje de texto: Prepárate, porque nos van a llamar .

Lo que no preví fue que la llamada llegase unas horas después.

Jack nos envió un mensaje al filo de la medianoche: Me han pedido que pase mañana por las oficinas del club. Quieren hablar sobre mi futuro.

Yo ese mensaje no lo leí hasta primera hora de la mañana.

Lo siento, pero para evitar que me salgan esas antiestéticas ojeras, yo necesito dormir mis nueve horas.

Así que a las diez y media me meto en la cama y me levanto a las siete menos cuarto toda lozana.

Vale, puede que sea un poco más de nueve horas.

La abuela Nekane siempre dice que un día de estos me meterá huevos en la cama para que críe pollos.

—No puedo creer que pueda hacer esas cosas. —Yumi paró la imagen de la televisión para rebobinar y volver a verla. Jack no solo corría, zigzagueaba y esquivaba a los contrarios, y además saltó por encima de uno de ellos para librarse de su embestida.

—Es un tipo ágil —observé.

—¿Ágil? Es una mole enorme de ochenta kilos.

Eso que acaba de hacer solo lo ejecutan los gimnastas esos que van a las Olimpiadas.

Y míralo, ahí lo tienes, saltando sobre esa otra mole con casco como si esquivase una ola del mar.

—Sí, tenía que reconocer que la pirueta era arriesgada, pero por librarse de ser arrollado por aquel tipo de la defensa, yo también hubiese saltado fuera de su camino para evitar acabar con mis huesos rotos en cien pedazos.

—Es un deportista de élite. Sus músculos están preparados para hacer ese tipo de acrobacias. Si los tipos del Cirque Du Soleil pueden hacerlo, ¿por qué Jack no? —Yumi ladeó la cabeza hacia un lado, como ajustando la imagen para analizarla mejor.

—Bueno, esos pantalones son muy ajustados, pero no me lo imagino dando saltos como un bailarín. Aunque ese culito está pidiendo a gritos un buen mordisco. —Yumi mordió su labio inferior de forma lasciva.

—¿Piensas en comértelo? —dije sonriendo, logrando que un rubor repentino tiñese sus mejillas.

—¡Claro que no! Los tipos enormes como él no están en el menú de chicas pequeñas como yo. —Ella no era tan pequeña. De todas maneras, su comentario me hizo pensar que ella no creía que tuviese alguna posibilidad con Jack.

Me hubiese gustado decirle que se equivocaba, que, si a ella le gustaba, fuese a por él. ¡Diablos!, yo misma les presentaría. Pero no podía permitirme salir de mi camino, tenía un objetivo que alcanzar, no tenía tiempo para distracciones.

—¿Puedes ayudarme con el moño? —La señalé la lucha que tenía con una horquilla, que se empeñaba en escapar del sofisticado moño italiano que adornaba mi cabeza.

—¿No se supone que primero tienes que vestirte y luego peinarte? —dijo mientras retiraba la horquilla y estiraba el cabello con los dedos para intentarlo de nuevo, con más éxito.

—¿Has visto a alguna novia hacerlo? —Sabía que lo decía porque hacía precisamente eso cuando me vestía de manera más informal. Pero este no era el caso. Me estaba preparando para librar mi primera batalla y mi armadura debía brillar por encima del resto, ese era el plan, deslumbrar.

—No vas a casarte —me recordó.

—No, voy a la batalla, y es importante llevar el uniforme limpio, no oliendo a sudor por culpa de una lucha a muerte con mis horquillas. —Yumi miró el vestido que tenía colgado en una percha en la puerta del armario.

—Bonito uniforme —dijo, mientras alzaba una ceja con ironía. Era un precioso y sencillo vestido de color blanco, con cuello cerrado y sin mangas. Cuando estuviese sobre mi cuerpo, se pegaría a mis trabajadas curvas, dibujándolas como si fuese una tentadora obra maestra de la naturaleza.

¿Cómo lo sabía? Porque Desiré y yo habíamos pasado mucho tiempo escogiéndolo.

Como ella dijo: «Tienes que lucir tentadora, sensual y pecaminosa, pero sin traspasar la línea de lo vulgar, provocativo o chabacano.

No se trata de lucir piel, sino de sugerir lo que hay debajo de la tela.

Hay que hacerles desear desenvolver el regalo, no ofrecérselo en bandeja.

Tienen que soñar con lo que escondes, porque no solo despertarás su curiosidad, sino sus ganas de acercarse más.

A un auténtico hombre le gusta ser un conquistador, un explorador en busca del tesoro escondido.

Aquellos a los que se lo pones demasiado fácil no valoran lo que les has dado, porque ha sido demasiado fácil conseguirlo».

—Lo sé. —Sonreí satisfecha.

Encontrar el equilibrio entre un atuendo profesional a la vez que tentador es el auténtico reto.

Por fortuna, las mujeres contamos con el mejor sistema para convertir un vestido en algo diferente: los complementos.

Revisé la chaqueta corta de color negro que aportaría el toque serio a mi atuendo.

Elegante, sobria y sin adornos. Mis zapatos de tacón alto, matadores no solo para mis pies, sino para las fantasías fetichistas de cualquiera.

Y, por supuesto, mi enorme bolso Titan de Barbara Pure con compartimento para el ordenador portátil.

Cada guerrero tiene sus armas, las mías estarían en ese bolso y en mi cabeza.

—Vas a destrozarlos —auguró una motivada Yumi. Pero ella no tenía ni idea de cuál era el nivel de destrozo al que estaba dispuesta. ¿Venganza? Yo lo llamo justicia, y hay que tener estómago para llevarla a cabo.