Capítulo 4
Todo, absolutamente todo, está en Internet.
Páginas web, redes sociales, noticias… Si eres una persona más o menos activa, toda tu vida está allí.
Y quieras o no, tu vida privada también se convierte en pública.
Cuanta más gente esté pendiente de ti, más difícil es esconderse.
Solo debes escribir un nombre en el buscador y la verdad, o mentira, aparecerá.
Tyler McKinney no era una excepción. Su pasado como tenista todavía seguía anclado en la red. Sus victorias, sus estadísticas y, sobre todo, aquella lesión deportiva que le obligó a tomar la decisión de retirarse. No era la primera promesa cuyo futuro se truncaba a un paso de alcanzar lo más alto.
Pero aquello era el pasado, y su presente estaba ligado a la agencia de deportistas Starline.
No era más que otro de tantos empleados que captaban deportistas para la agencia y se llevaban una comisión por ello.
La plantilla me sonreía desde el monitor, dejando evidencia de la profesionalidad del fotógrafo y el cuidado trabajo de márquetin que habían realizado.
Siete hombres y tres mujeres sonreían en una estudiada foto de grupo que trataba de plasmar el trabajo en equipo que todos llevaban a cabo para darle el mejor servicio a sus clientes.
En el medio estaban dos hombres más mayores que los demás, por lo que suponía que eran los fundadores de la agencia.
Revisé las fotografías de algunos de sus clientes en el momento de las firmas de sus contratos, en las que, por supuesto, estaban presentes los fundadores y alguno de sus otros empleados.
Es decir, Para mí eso significaba que sus empleados eran los que trabajaban y los fundadores los que se llevaban los méritos.
Reconocí a algunos de aquellos deportistas y me sorprendió ver que muchos habían fichado por los New York Giants. Así pues, parecía que Tyler realmente no mintió cuando dijo que conocía el equipo de negociación de los Giants.
Después de aquella investigación reveladora, tenía muy claro que no permitiría que Tyler metiese la mano en el nuevo contrato de Jack con el club deportivo.
No porque quisiera ser la única que se llevase la comisión, sino porque no dejaría que Jack cayese en manos de un instrumento comercial que lo trataría como mercancía.
Esa era parte de mi marca personal, que el deportista fuese tratado como una persona, no como un activo económico.
Para el club era una inversión, para el deportista era su futuro, el sustento para él y los suyos.
Si querían explotarlo, al menos que fuese con unas garantías y con sus condiciones.
Unos golpecitos en mi puerta precedieron a la entrada de Yumi en la habitación. Era la única en la embajada que se permitía hacerlo sin que le diesen permiso. No podía reprochárselo, esta era su casa. Bueno, la casa de su padre.
—¿Estás lista? —No tenía ni que preguntarlo.
—¿Tú qué crees? —Extendí los brazos para que se recrease en mi atuendo. Nada que ver con el que lucía media hora antes, mucho más deportivo y completamente sudado.
—Que no es muy elegante para entrevistarte con un cliente.
—Lo decía porque llevaba unos pantalones vaqueros y una camiseta de algodón de manga larga.
Cumplimentando mi atuendo, unas zapatillas deportivas Nike, una cazadora motera de corte vintage y un bolso bandolera en el que cabía mi tablet, un par de baterías externas y todo lo demás que una chica necesita al cabo del día, incluidos los «por si acaso», ya se sabe, pañuelos de papel, toallitas húmedas, tiritas, gel hidroalcohólico…
—Mi intención es que Jack se sienta cómodo, no intimidado por una ejecutiva demasiado elegante. —Yumi ladeó la cabeza.
—A veces me das miedo —dijo en broma.
—No, miedo das tú. ¿Cómo se llamaba eso que me has hecho antes en el tatami? —Conseguí arrancarle una sonrisa orgullosa.
—Shotokan.
—Pues eso, todavía me duele donde me golpeaste. —Acaricié la superficie donde ella estampó su pie. Solo me marcó, pero no dejaba de ser demoledora.
—Ya me lo agradecerás algún día. —Yo podía ser la que llevaba las riendas de nuestra sociedad, pero ella era la maestra en técnicas de autodefensa. Como decía, todo lo que me enseñaba era para que estuviese preparada si necesitaba defenderme de algún indeseable.
—Todavía estás a tiempo de acompañarme. —Señalé con la mirada su atuendo más elegante, aunque juvenil. A Yumi le gustaban los vestidos color pastel con faldas amplias, muy años sesenta. El rubor que se extendió por sus mejillas me dio la pista que estaba buscando. A ella le gustaba Jack, lo sabía.
—Tengo trabajo que hacer antes de que empiece el día en Tokio. —Alzó la barbilla con orgullo.
Normal, su padre decía que a lo que se dedicaba no era trabajo, lo menospreciaba.
Pero ella había conseguido no solo subsistir, sino tener una consistente fuente de ingresos que rebatiese sus objeciones.
Era una community manager experimentada y productiva.
Lo que a su padre le cabreaba era que no estuviese trabajando en algo relacionado con su carrera universitaria, arte.
Según él, tendría que estar al mando de alguna galería de prestigio, o ser una consumada restauradora, pintora, crítica, lo que fuese antes que community manager.
La verdad, Eli había estudiado una carrera similar, solo que orientada al diseño.
Pero mientras una triunfaba con su trabajo como gestora de redes sociales, la otra solo pensaba en ser famosa y convertirse en una influencer.
Si Yumi quisiera, le daría cien vueltas, pero no le gustaba ponerse delante del objetivo.
No solo valora su anonimato, tampoco le gusta ser el centro de atención.
Mi teléfono comenzó a sonar en aquel momento. Otro número desconocido. Ya me había acostumbrado a contestar, pues si no era malicioso, podían ser nuevos clientes.
—¿Diga? —respondí.
—¿Dennise Legrand? Soy Tyler Mckinney. —Ya había reconocido su voz en cuanto pronunció mi nombre. Aquel maldito hormigueo regresó a mi estómago.
—Si me llama antes de la reunión, espero que sea por algo importante que no podamos tratar allí —dije cortante.
—De hecho… Me gustaría charlar con usted antes de reunirnos con Jackson.
—Apreté la mandíbula por instinto. No me gustaba ese tipo de reuniones preacuerdo, porque significaba un intento de chantaje, extorsión o manipulación.
No iba a funcionar conmigo, pero de él no me lo esperaba.
Lo único bueno fue que las mariposas de mi estómago murieron de forma súbita, algo que agradecí, aunque me decepcionó.
—Dígame dónde. —Este tipo de cosas era mejor atajarlas cuanto antes, además de ir preparada. Grabaría cada palabra que saliese de su boca nada más tenerlo delante. No es que sirviese para un juicio, pero me ayudaría a mostrarle a Jack el tipo de persona que pretendía representarle.