La graduada (Cazadoras 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

La mujer contra la que había chocado accidentalmente se quedó mirando con atención el emblema que lucía en mi hombro.

—Llevas un broche interesante. —Señaló con la mirada el pequeño broche de oro que llevaba prendido junto al hombro y que sujetaba el drapeado de mi vestido de corte griego.

—Oh, lo es. —Estaba por buscar una excusa para continuar mi camino, cuando noté su ceja alzada. El broche le resultaba familiar, y entendí por qué.

Cuando Desiré lo puso allí me dijo que en un evento como este quizás me vendría bien tener una ayuda extra.

Según ella, era el emblema de las cazadoras, uno que una hermana del club reconocería sin dudar.

Cumpliendo con una de las reglas principales, una hermana ayudaría a otra a conseguir a su hombre.

—¿Piel o trofeo? —preguntó. Conocía la respuesta.

—Piel. —Un trofeo era un premio deseado, el hombre que una cazadora deseaba cazar para quedárselo. La piel no era más que el pellejo que cubría a una alimaña y que había que arrancar para darle un escarmiento y, a ser posible, extenderla sobre tu salón para pisotearla.

—Bien, estaré por aquí si me necesitas. —Sonrió de forma ladina antes de beber de su copa.

—Gracias. —Uno no rechaza la ayuda cuando se ofrece.

—Por cierto, me llamo María. Dale recuerdos a Desiré. —Si no recordaba mal, una maestra le entregaba a su pupila el broche cuando la creía preparada para salir de caza. Seguro que este broche era el que María le había entregado a Desiré.

—Lo haré. —Me despedí con una sonrisa y con algo más de seguridad en mí misma. Esa noche no estaba sola y no me refería solo a Yumi.

—Planta superior, en la barandilla, junto a la Naturaleza muerta con manzanas de Cézanne —informó la voz de Yumi discretamente en mi oído.

—Voy —susurré.

Busqué las escaleras de subida, que si no recordaba mal estaban en un lateral de la sala.

Subí los escalones tan deprisa como me lo permitían los tacones y el vestido.

Seguro que al que lo diseñó no se le ocurrió pensar en que la portadora tuviese que hacer una carrera con él, y ni hablar de los zapatos.

Los tacones de esta altura no estaban hechos para correr.

Me hacían unas piernas espectaculares, pero no dejaban de ser meros complementos.

Todavía recuerdo las palabras de Desiré mientras practicábamos delante del espejo.

—No pienses en ellos como calzado, Dennise. Son una herramienta de trabajo y, como tal, no solo hay que saber utilizarla, sino hacerlo de la manera correcta. —Me detuvo para enderezarme la espalda y elevarme la barbilla unos centímetros.

—La práctica hace al maestro —repetí su mantra, sacándole una sonrisa de aprobación.

—Cuando camines sobre unos tacones de 15 centímetros como si te deslizases en patines sobre una pista de hielo, te sentirás por encima del resto. —No entendí dónde quería llegar.

—¿Por qué una pista de hielo? —pregunté, sin desviar la atención de mi camino.

—¿Has visto a las patinadoras? Se deslizan con gracia y elegancia, haciendo piruetas impensables para la mayoría de los mortales.

Hacen lo difícil bello, consiguiendo la admiración del público.

Pues esto es lo mismo. Vas a caminar entre la gente derrochando elegancia y sensualidad.

Las mujeres se preguntarán si naciste con unos tacones en los pies, porque lo harás de una manera tan natural que les provocará envidia.

Y los hombres no podrán apartar la vista de esa elegante pantera que desearán que les devore.

Me detuve frente al espejo, buscando esa imagen que Desiré había evocado. Sí, podía convertirme en una elegante y peligrosa pantera negra, que devoraría a su presa sin compasión.

—Eso es, pequeña. Has captado la esencia de lo que buscamos. Ahora demuéstrame que puedes hacerlo caminando. —

Y eso hice, caminé sobre aquellos tacones durante interminables minutos hasta que los dedos de mis pies pidieron clemencia.

La carrera apenas me arrancó un resuello gracias a las interminables sesiones de ejercicio con las que me machacaba a diario. Ahora no solo tenía unos músculos elegantemente definidos, también mi resistencia física era mayor.

Estaba dirigiéndome hacia mi presa, el hombre que estaba inclinado sobre la barandilla, cuando me crucé con mi rastreadora. Había algo en su rostro, una expresión que no había notado antes.

—¿Estás bien? —pregunté a Yumi.

—Impresiona más en persona. —Sabía que no se refería a la enorme escultura que ambas fingíamos estar admirando.

Desvié la mirada hacia el imponente hombre vestido con esmoquin; sí que impresionaba, y más con aquella aura de inalcanzable que parecía acompañarlo.

Sentí la palmada en mi brazo dándome ánimos. Era el momento. Tomé aire y me acerqué decidida hacia mi objetivo.

—¿Jackson Newman? — Él apenas giró el rostro hacia mí, con esa expresión hastiada del que se sabe famoso, y al que el acoso de las fans no le daba un respiro.

—No es un buen momento —trató de excusarse.

—Tal vez no te acuerdas de mí, Jack. Pero me gustaría hablar contigo un minuto, si es posible. —Sus cejas se fruncieron, como si estuviese esforzándose por recordar, o quizás sintiese un pequeño atisbo de curiosidad.

—¿Tendría que recordarte? —Ese truco lo habrían utilizado más de una vez con él. Es lo que tiene ser el famoso running back de los New York Giants, la estrella de las dos últimas temporadas.

—Soy Didi, la compañera de habitación de Diana Johnson en Columbia. —Su ceño se acentuó, como si realmente estuviese rebuscando entre sus recuerdos.

—¿Didi? —Algo debió abrirse paso en su memoria, porque sus cejas se alzaron sorprendidas. Ahora sí, parecía que me había reconocido—. ¡Vaya!, Didi. Sí que has cambiado. —Le sonreí conciliadora.

—El tiempo pasa para todos. —Era evidente que él también había cambiado en estos más de tres años desde la última vez que nos habíamos visto.

—¿Y qué te ha traído aquí? ¿De qué quieres hablarme? —Bien, ahora estaba receptivo. Era el momento de lanzar la bomba.

Como dice la tía Desiré, cuando das demasiados rodeos la gente pierde el interés, y además se vuelve susceptible porque cree que estás jugando con ellos.

Si vas directa al grano, consigues que el golpe sea mucho más intenso.

La información es la misma, sus consecuencias también, pero quedas más impactado cuando no estás preparado.

Es como un puñetazo, dolerá lo mismo en cualquier circunstancia, pero no es lo mismo que sea una sorpresa que esperarlo.