ESCENA 5
La noche anterior, en la celda de CARMEN, la escritora y SOR REBECA hablan entre susurros. Las velas y un candil traído por la novicia iluminan sus rostros cuyas sombras alargadas se reflejan en los fríos muros de piedra.
CARMEN: Pero, mi niña, ¿qué te pasa? ¿A qué viene esa tristeza?
SOR REBECA: Perdone que me presente así a estas horas, señora Laforet. Y por favor, no se lo diga a nadie.
CARMEN: Tranquila, muchacha, de mi boca no saldrá una palabra y, por favor, llámame Carmen, no soy tan mayor.
SOR REBECA: Lo sé, pero al ser usted casada…
CARMEN: Bueno, ven aquí, siéntate junto a mí y cuéntame qué es lo que ocurre para que parezcas tan desesperada.
SOR REBECA: No sé si debo contarle, pero no veo otra salida.
( Con admiración .) Usted parece una buena persona y muy inteligente.
( Bajando aún más la voz por temor a ser escuchada .) He leído su novela.
Sor Eneida guarda muchos libros en la cámara secreta, libros prohibidos que no deberían leerse en el convento.
CARMEN: ¿La cámara secreta? Vaya, suena muy misterioso.
SOR REBECA: Muchos los trajo con ella cuando llegó al convento. Llegó solo unos meses antes que yo y por eso nos entendemos tan bien.
CARMEN: ¿Y nada sabe que están ahí?
SOR REBECA: Sor Consuelo sí. Tiene un “arreglo” con ella para introducir libros de fuera sin que nadie se entere de que entran en el convento.
A sor Consuelo le encantan las novelas de amor, sobre todo unas de una escritora muy joven, Corín Tellado, creo que se llama, y así las tres podemos leer todo lo que queramos, siempre teniendo mucho cuidado de no dejar los libros a la vista, claro.
Si se enterase mi tía, no sé qué nos haría.
CARMEN ( Sorprendida .) Claro, claro. ¿Tu tía?
SOR REBECA: Sí, mi tía-abuela es la vicaria del convento.
CARMEN ( Entre la afirmación y la pregunta .) Sor Angustias es tu tía.
SOR REBECA: Sí, es muy gruñona, pero no tiene mal corazón. El caso es que he leído su novela Nada , aunque ya había visto la película en el cine. La primera y última que he visto en mi vida porque después ya entré en el convento.
CARMEN: Y entonces, ¿te hiciste monja para seguir el ejemplo de tu tía?
SOR REBECA ( Agacha la cabeza .) Sí, bueno, no. Verá ( Corrigiéndose .) verás, Carmen. En pocos días voy a consagrar mi vida a Dios para siempre en la ceremonia de los votos perpetuos. El convento y las hermanas serán mi hogar y mi familia hasta que el Señor me llame para abandonar este mundo.
CARMEN: Es un paso muy importante.
SOR REBECA: Lo es. Por esa razón le pido ayuda. Necesito salir unas horas del convento antes del domingo, que es cuando juraré los votos.
CARMEN: Pero la clausura te impide poder salir, claro. ¿Eres consciente de que la nieve aún inunda las calles?
SOR REBECA: Sí, pero el parte radiofónico ha anunciado que la tormenta amainará a partir de mañana. Irá perdiendo fuerza hasta apagarse totalmente la mañana del domingo.
CARMEN: ¿Y para qué me necesitas exactamente?
SOR REBECA: Más bien necesito algo suyo: su ropa. No puedo abandonar el convento vestida con el hábito de novicia, llamaría mucho la atención y enseguida podrían dar la voz de alarma si me viese algún vecino.
CARMEN: Bueno, ropa puedo dejarte. He traído varias prendas y no sería ningún problema, pero antes he de saber por qué quieres escaparte.
SOR REBECA: No, no piense eso, por favor.
No es una huida, es más bien una despedida.
Necesito despedirme de alguien muy importante.
Después, volveré al convento, este es mi hogar ahora.
Aquí, aunque no lo creía al principio, he encontrado la paz, la amistad y un destino amable.
Aquí purgaré por mis pecados el resto de mi vida.
CARMEN: ¿Qué pecados has podido cometer tú, mi niña? Eres tan joven y pareces tan inocente…
SOR REBECA ( Agacha la cabeza .) Todos somos pecadores, Carmen.
La diferencia es que yo podré arrepentirme y hacer penitencia por el resto de mi vida ( Mintiendo.
) La razón por la que quiero salir es para poder despedirme en persona de mi padre.
Mi madre murió estando yo en el convento y él es, salvo mi tía, la única familia que me queda en el mundo.
Un abrazo suyo es lo último que anhelo de la vida extramuros.
CARMEN: Me parece una razón muy legítima. Yo también perdí a mi madre siendo muy joven. Te ayudaré, pero debes prometerme que nadie lo sabrá. No querría ofender a las trinitarias que me han acogido tan amablemente.
SOR REBECA: Descuida. No diré una palabra. Mañana saldré a mediodía y estaré de vuelta al anochecer. Muchas gracias, Carmen. Eres mi salvadora.
CARMEN: De nada, mi niña.
Se abrazan.
Oscuro.