La Gracia ESCENA 4
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ESCENA 4

Lunes y martes pasaron con Carmen Laforet amoldándose al horario y a las normas del convento. Las horas de oración y la ausencia de responsabilidades le proporcionaron tal paz espiritual que le parecía que llevaba un año fuera de su casa. En la calle, la nieve seguía cubriéndolo todo.

CARMEN: Perdón, hermana, no quería interrumpirla.

SOR ENEIDA ( Levantando la cabeza del libro, observa curiosa a la escritora .) Escuche esto, por favor, y dígame qué le parece:

“Alaben la soledad

las almas experimentadas:

las que en dichosa quietud

a su tierno esposo abrazan.

La estrecha conversación

que tienen con Dios las almas

en la soledad alegre,

las hace humildes y sabias,

porque el Espíritu Santo,

cuando ama mucho a las almas,

las lleva a la soledad

y a los corazones habla.”

CARMEN mira fijamente a los ojos de SOR ENEIDA. Su rostro muestra un gesto de sorpresa y agrado ante la bella voz con que recita los versos. Desde este momento, toda la escena se desarrolla en un tono críptico, con tintes de confidencia y dobles sentidos .

CARMEN: Para mí son palabras esperanzadoras, hermana. De hecho, he venido al convento buscando esa soledad de la que habla su poema. Esa cercanía con Dios, esa alegría del alma es la que busco conservar en mi corazón.

SOR ENEIDA: ¿Teme usted perderla o no saber conservarla?

CARMEN ( Acercándose a la mesa, se sienta frente a ella.) Hasta hace muy poco no atendía a las cosas de la religión, hermana.

Vivía mi vida de forma mecánica como quien forma parte de un engranaje que se mueve siempre igual, por inercia, por el mero hecho de existir.

Pero hace unos meses, sin entender el porqué, experimenté una sensación que nunca había sentido.

Lo vi todo tan claro, hermana. Vi una luz que iluminó las partes que estaban borrosas y me inundó con tal vendaval de alegría que creí desmayarme.

SOR ENEIDA ( Mirándola con interés .) Vaya, usted se está refiriendo a que ha sido bendecida con la Gracia del Señor.

CARMEN ( Con alegría confusa .) Sí, eso es lo que creo, hermana.

Yo, que nunca he sido especialmente espiritual, ni siquiera buena para los míos, he sentido muy dentro una transformación en el momento mismo de producirse.

Y ahora, las cosas que antes me importaban, mi carrera, los libros que he escrito, ya no me importan.

Y por eso he venido al convento, para profundizar en esto tan nuevo y tan grande que siento y que me ha empapado, para sentirme más cerca de Dios que me lo ha dado sin yo esperarlo.

SOR ENEIDA ( Curiosa .) ¿Puedo preguntarle, si no es indiscreción, dónde estaba y qué hacía cuando sintió esa Gracia divina?

CARMEN: Esa tarde había quedado en la iglesia con una amiga que me ha ayudado mucho en los últimos tiempos.

Ella me hablaba de Dios, de cómo nos ama a todos porque, a pesar de nuestros defectos, Él nos ama y nunca reniega de nosotros.

Ella ya había recorrido ese camino milagroso que nos acerca al cielo estando en la tierra.

Esa tarde, al verla y escucharla hablarme con tanta pasión, cogiéndome fuerte las manos, viendo resbalar sus lágrimas de felicidad…

Yo no lo entendía muy bien, hermana, o no podía entenderlo, no lo sé.

El caso es que no se trataba de entender sino de sentir.

SOR ENEIDA: Y entonces lo sintió tal y como me lo ha descrito.

CARMEN: Sí, de camino a casa, volviendo sin ver las calles ni a las personas que tenía alrededor porque me asaltó ahí mismo. Me abrumó su presencia tan rotunda, una alegría de vivir inmensa y unas ganas de gritárselo al mundo. ¿Usted me entiende, hermana? ¿Lo ha sentido alguna vez?

SOR ENEIDA ( La mira fijamente. Su pensamiento se escapa a un episodio de su pasado, maravilloso y cruel. Tarda un rato en responder .) Sí, lo he sentido tal y como lo describe.

CARMEN ( Con una gran sonrisa de agradecimiento .) Entonces entenderá por qué he venido al convento en busca de esa soledad de la que habla su poema y que necesito tanto, aunque algunos no lo entiendan.

SOR ENEIDA: Parece que se refiere a alguien en concreto.

CARMEN: Tengo esposo y tres hijas preciosas. Mi marido se cree que me ha dado un arrebato de locura mística y que estoy dejando de lado mis obligaciones de madre. Se cree que estoy huyendo.

SOR ENEIDA ( Queriendo indagar .) ¿Y de qué ha de estar huyendo? Si lo que siente es verdaderamente la Gracia de Dios no hay razón para ese miedo. La oración seguramente la acercará más a su familia y fortalecerá el amor a su esposo. ¿No lo cree?

CARMEN ( Triste y pensativa .) Lo cierto es que… esa palabra… “amor” me resuena lejos, como si fuera un eco, a veces me parece que es una palabra de una lengua muerta… ( Se para un momento .) pero otras veces, sin embargo, creo que todo lo puedo: trabajar, cuidar y ser una buena esposa.

Se miran fijamente. Se escuchan de nuevo voces de las hermanas cantando en el coro.

SOR ENEIDA: Quizás estos días de soledad la ayuden a encontrar lo que realmente está buscando. Ya lo decía una de nuestras más insignes hermanas trinitarias, escuche otra vez:

“En la soledad se quitan

las nubes grandes y opacas,

y el alma, llena de luz,

toda la verdad abraza.

En la soledad se vencen

las pasiones mal domadas,

los sentidos se componen,

los apetitos se matan”.

SOR ENEIDA ( Se levanta. Da la vuelta a la mesa y se coloca detrás de Carmen. Con suavidad le cede el libro .) Tome, lea usted lo que nos falta.

CARMEN ( Se vuelve para mirarla. Coge el libro, traga saliva un poco turbada y lee mirando al público ):

“En la soledad se gozan

favores y glorias tantas

que, si no tuviera fe,

por eternas las juzgara.

En fin, todas las virtudes,

todos los dones y gracias,

en la soledad feliz

se comunican al alma.

Entrad, pues, madres gozosas,

fervorosas y animadas,

que el Señor que dio las celdas

también dará lo que falta.

Que si faltase el espíritu

y la oración en el alma,

más que santa religiosa,

será mujer encerrada.

A todas sus reverencias

comunique Dios su gracia

para que, viviendo solas,

estén bien acompañadas”.

CARMEN ( Maravillada .) Son como un refugio, como un remanso de agua transparente. ¿Quién escribió estas palabras?

SOR ENEIDA: Sor Marcela de San Félix. ¿La conoce, Carmen?

CARMEN ( Se estremece al escuchar su nombre en boca de la monja.) No tengo el placer.

SOR ENEIDA ( Recupera el libro, vuelve a su asiento y lo deja sobre la mesa .) Aún no ha sido reconocida como merece, pero lo será, sin duda, cuando la loe algún sabio de los que sientan cátedra.

Fue una de las hijas del gran poeta y dramaturgo Lope de Vega y de la actriz Micaela de Luján.

Si le complace, mañana le contaré su historia.

CARMEN: Me gustaría mucho, hermana. Y, si lo tiene a bien, me gustaría conocer la suya propia, la de ese momento en que experimentó usted la Gracia.

SOR ENEIDA ( Con mirada penetrante .) Si así lo desea… lo haré, pero ahora debemos irnos, no podemos llegar tarde a vísperas.

CARMEN asiente, cada vez más intrigada por SOR ENEIDA. Se levantan y salen.

Las voces del coro comienzan a inundar el escenario.

Oscuro .