ESCENA 5
Ya han rezado las completas y el convento reposa bajo un silencio absoluto.
Carmen se encuentra en su celda, pero no puede dormir.
El encuentro con SOR ENEIDA en la bibliotec a ha despertado en ella una emoción que no sabe nombrar.
Sentada ante el sencillo escritorio, a la luz de unas velas, enciende un cigarro y comienza a escribir una carta para su amiga, la escritora Elena Fortún.
En el escenario, Carmen escribe la carta y se escucha su propia voz leyendo el contenido de la misiva.
Queridísima Elena mía:
Te escribo desde mi retiro espiritual en un convento en el corazón de Madrid. Estoy rezando tanto por ti, para que recobres la salud y podamos vernos pronto. Esta experiencia está siendo algo totalmente distinto a la vida en sí, a la real que nos ha tocado enfrentar.
Las hermanas son amables (casi todas) y parecen ser felices encerradas entre estos muros que las protegen de todo lo malo que hay fuera, en el mundo de los hombres.
Puede haber quien considere absurda esta vida que llevan, incluso a mí misma me lo parecía, pero confieso que resulta tentador abandonarse al silencio y la oración, dejando de lado las responsabilidades y obligaciones que nos esperan en casa.
Aquí, cada hermana tiene un lugar, una misión y un refugio.
No es difícil entender por qué se consagran a su comunidad y a Dios.
Hay quienes las ven como esclavas, pero yo las veo como mujeres libres que han elegido.
Estando aquí, en esta celda que es solo mía, en la que puedo respirar sin compartir el aire con nadie más que yo, resulta razonable envidiar un poco su independencia.
Es una bonita ensoñación que siento como una caricia en el alma, pero que no va más allá del plano de la fantasía.
Las fantasías, para cumplir con su labor sanadora, deben quedarse en la dimensión del ensueño.
Sin embargo, reconozco que esta soledad elegida es beneficiosa en momentos de gran agitación como en el que me atravieso.
Como sabes, desde hace unos meses, siento el inmenso destello de una bendición que no merezco, pero me aferro a ella para no perderme porque podría hacerlo fácilmente y eso me aterra.
Sé que tú también la has sentido y que por eso me entiendes.
Pienso mucho en ti y en tus sabios consejos de buena amiga. Tú has sido mi faro muchas veces.
Llevo tres días aquí, rezando, meditando, intentando hablar con Dios, y siento que en otra vida o en otro tiempo, quizás hubiese considerado este camino como la opción menos mala para mí.
Pero hoy mi misión es otra. Me debo a mis hijas.
Y aunque esta experiencia está siendo reveladora, siento ganas de abrazarlas.
Solo quien ha perdido a su madre siendo una niña sabe lo mucho que se la necesita.
Además, como ya te he dicho en otra carta, he decidido que voy a escribir una nueva novela, una que me ilusiona más que todo lo anterior y que ojalá sirva de vehículo para que otras personas alcancen este conocimiento de la alegría al que tú y Lilí habéis contribuido tanto.
Elena mía, ojalá reciba pronto noticias tuyas, de tu mejoría, porque estoy pidiéndole a Dios con todas mis fuerzas que podamos reunirnos y abrazarnos. Rezo mucho para que no sientas más dolor y sé que tú rezas por mí porque lo siento dentro y eso me hace muy feliz.
Con todo mi cariño, desde esta república de las mujeres, recibe un abrazo inmenso de tu
Carmen.
CARMEN se asoma y observa el jardín del claustro azotado por un viento poderoso.
La tormenta sacude las ventanas del cenobio y las hace temblar como ramas que se resisten a ser descoyuntadas del tronco.
La escritora apura el cigarro y restriega la colilla en el alféizar.
El silbido de las ráfagas huracanadas la obliga a retirarse hacia la celda.
Un trueno retumba en lo alto. La escritora se estremece antes de apagar las llamas que cimbrean sobre el escritorio.
Al convento aún no llega la luz eléctrica, así que deben alumbrarse con cirios y candiles de aceite.
En la oscuridad, se sienta sobre la cama palpando las mantas que la protegerán durante la noche.
Ya acostada, siente como un clavo el frío del invierno en su cuerpo menudo.
Se frota los brazos en busca de calor. Entonces, percibe un sonido lejano que se acerca por el pasillo.
Alguien que trata de ocultar el ruido de sus pasos sobre el suelo empedrado se acerca a la puerta de su celda. Se oyen dos suaves golpes.
Carmen se incorpora, encuentra una cerilla en el cajón y vuelve a encender las velas. Con el candelabro en la mano, abre la puerta. La lumbre sutil y vaporosa ilumina el rostro de la joven novicia, SOR REBECA, que está nerviosa y asustada.
SOR REBECA: Por favor, señora Laforet, necesito su ayuda.
Oscuro.