La Gobernanta que Desafió al Empresario Solitario 9 - Aquello que No Debería Existir
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9 - Aquello que No Debería Existir

A la mañana siguiente de la tormenta, Mariana bajó a la cocina veinte minutos antes de lo habitual.

Se dijo a sí misma que necesitaba comprobar una entrega de frutas, aunque sabía perfectamente que doña Elisa ya se había ocupado de aquello el día anterior.

La verdad era más sencilla y mucho más incómoda: Mariana no quería encontrarse con Arthur.

Todavía podía sentir su cercanía junto a la ventana de la biblioteca, sus dedos apartándole el cabello y, sobre todo, escuchar la frase que había cambiado por completo su manera de verlo todo.

«Porque quiero besarte». No había sido producto de su imaginación, una broma ni una conclusión precipitada.

Arthur la deseaba. Y Mariana había admitido que sentía lo mismo.

Después de aquello, seguir discutiendo sobre el café como si nada hubiera ocurrido parecía imposible.

Entró en la cocina esperando encontrar únicamente a doña Elisa.

En cambio, Arthur estaba sentado a la mesa con una taza entre las manos.

Mariana se detuvo en la puerta. Arthur levantó los ojos.

Llevaba una camisa clara, todavía sin la chaqueta que probablemente se pondría más tarde, y parecía haber dormido tan poco como ella.

—Buenos días —dijo él.—Buenos días.Doña Elisa apareció junto a los fogones sosteniendo una sartén.

—Mariana, siéntate. He preparado demasiados huevos.

—No tengo mucha hambre.—Curioso —comentó Arthur—.

Normalmente esa excusa es mía.Mariana le lanzó una mirada rápida.

—Y normalmente yo no la acepto.—Entonces sería incoherente utilizarla.Doña Elisa colocó un plato delante de ella antes de que pudiera protestar.

Mariana se sentó en el extremo opuesto de la mesa.

Durante unos minutos, los tres comieron en silencio.

Cuando doña Elisa se alejó para buscar pan, Arthur habló en voz baja:—¿Has dormido bien?

—Perfectamente.—Realmente eres una pésima mentirosa.Mariana estuvo a punto de sonreír.

—¿Y usted?—Perfectamente.—Tampoco se le da muy bien.

La conversación terminó allí, pero aquella mañana estableció una nueva rutina.

Arthur comenzó a aparecer para desayunar con una frecuencia que doña Elisa consideraba demasiado sospechosa para ser una coincidencia.

Algunas veces llegaba antes que Mariana; otras, aparecía pocos minutos después.

Ninguno de los dos mencionaba la noche de la tormenta.

Hablaban del tiempo, de las reformas, de Clara o de algún detalle de la casa.

Aun así, cada conversación parecía tener una segunda capa que solo ellos comprendían.

Cuando Mariana extendía la mano para coger el azúcar y Arthur hacía lo mismo, ambos retrocedían demasiado deprisa.

Cuando él pronunciaba su nombre, ella lo notaba.

Cuando Mariana se reía de algo que contaba doña Elisa, Arthur la miraba durante demasiado tiempo.

Era absurdo cómo el intento de crear distancia parecía producir exactamente lo contrario.

Cuanto más conscientes eran de los límites, más conscientes se volvían también de todo aquello que existía más allá de ellos.

Mariana empezó a encontrar motivos para entrar en el despacho.

Correspondencia que podría haber dejado sobre una mesa era entregada personalmente.

Preguntas sobre horarios que doña Elisa podría haber respondido eran formuladas directamente a Arthur.

Una tarde, entró para preguntar si un equipo podía empezar a trabajar más temprano en el ala norte y terminó pasando casi veinte minutos discutiendo con él sobre un plano arquitectónico abierto encima de la mesa.

—¿Entiendes esto? —preguntó Arthur cuando Mariana señaló un pasillo dibujado en el proyecto.

—No demasiado. Pero sé reconocer cuando una puerta está en un lugar extraño.

—La puerta tiene que estar ahí por la estructura.

—Entonces quien entre tendrá que atravesar la mitad de la habitación para llegar a la otra sala.

—Es una circulación técnica.—Sigue siendo mala.Arthur tomó un lápiz.

—¿Qué harías tú?Mariana señaló otra posición.

Él la analizó durante unos segundos.—Funcionaría.

—¿Está admitiendo que tuve una idea mejor?

—No exageres. Solo he dicho que funcionaría.

Fue en momentos como aquel cuando Arthur comprendió lo peligrosa que Mariana se había vuelto para sus defensas.

Ella no se impresionaba cuando él explicaba el valor de un proyecto ni parecía interesada en cifras millonarias.

Observaba cosas que los profesionales a menudo ignoraban porque pensaba en las personas que realmente utilizarían los espacios.

Arthur empezó a pedirle su opinión deliberadamente.

Sobre la distribución de una sala. Sobre un jardín interior.

Sobre la restauración de un antiguo salón de la mansión.

Mariana siempre respondía, primero con desconfianza y después con entusiasmo.

En una de aquellas tardes, se inclinó sobre la mesa junto a él mientras analizaban un dibujo.

Su cabello cayó sobre el hombro y estuvo a punto de rozar el brazo de Arthur.

Él tuvo que apartarse discretamente. Mariana lo notó.

Se enderezó. Durante unos segundos, el plano entre ambos dejó de tener importancia.

—Creo que debería volver al trabajo —dijo ella.

—Probablemente.Ninguno de los dos se movió inmediatamente.

Unos días después, un equipo de restauración necesitaba sustituir parte de la moldura superior de una de las grandes ventanas del salón.

Los muebles fueron apartados y una escalera ancha quedó colocada en el centro de la estancia.

Mariana subió unos cuantos peldaños para comprobar si las cortinas habían sido retiradas correctamente.

—Señorita Alves, no necesita subir ahí —dijo uno de los trabajadores.

—Solo son cuatro peldaños.—La última vez que dijiste eso casi te tiraste unas toallas encima de la cabeza.Mariana miró hacia abajo.

Arthur acababa de entrar en el salón.—¿Cómo sabe eso?

—Doña Elisa posee un sistema de información muy eficiente.

—Eso se llama cotilleo.—En administración lo llamamos comunicación interna.Los trabajadores rieron discretamente.

Mariana negó con la cabeza y terminó de revisar el soporte.

Cuando comenzó a bajar, la escalera se desplazó unos centímetros sobre el suelo protegido por una lona.

Arthur llegó hasta ella antes incluso de que fuera necesario.

Sujetó su mano con una de las suyas y apoyó la otra en el lateral de la escalera.

—Despacio.—Estoy bien.—Lo sé. Baja.Mariana puso el pie en el siguiente peldaño.

La mano de Arthur permaneció cerrada alrededor de la suya.

Cuando llegó al suelo, él todavía no la había soltado.

Ninguno de los dos se dio cuenta inmediatamente.

Los trabajadores seguían ocupados al otro lado del salón, pero para Mariana toda la estancia pareció quedar en silencio.

Los dedos de Arthur eran cálidos, firmes sin apretar.

Ella levantó los ojos. Él ya la estaba mirando.

—Ya he bajado —murmuró.—Me he dado cuenta.

—Entonces puede soltarme.—Puedo.Aun así, tardó un segundo más.

Cuando finalmente soltó su mano, Mariana echó de menos el contacto casi de inmediato.

Arthur dio un paso atrás.—La próxima vez, pide ayuda a alguien del equipo.

—¿Eso ha sido una orden?—Sí.—Entonces probablemente la ignore.La respuesta hizo sonreír a ambos, pero la tensión permaneció.

Aquella tarde, Arthur intentó trabajar y no pudo.

El recuerdo de la mano de Mariana dentro de la suya seguía absurdamente presente.

No había sido un gesto íntimo. Podría haber sujetado a cualquier persona que estuviera bajando de una escalera inestable.

El problema era saber que no habría tardado tanto en soltar a cualquier otra persona.

Arthur cerró una carpeta y caminó hasta la ventana.

Llevaba días repitiéndose los motivos por los que nada debía ocurrir.

Mariana trabajaba para él. Existía una diferencia de edad, posición y dinero que no podía ignorarse.

Además, su propia vida seguía desordenada.

El accidente, los documentos, la empresa, Renato.

No tenía derecho a arrastrar a otra persona a todo aquello.

Pero la palabra «derecho» empezaba a sonar como una excusa.

Tal vez estuviera utilizando la prudencia para esconder algo más antiguo y sencillo: miedo.

Mariana también intentó convencerse de que aquel gesto no había significado nada.

Fracasó. Al final de la jornada fue hasta la cocina y encontró a doña Elisa preparando masa para hacer pan.

—¿Puedo preguntarle algo? —dijo Mariana.

—Puedes.—¿Cómo sabe cuándo está haciendo algo muy equivocado?

Doña Elisa continuó amasando.—Normalmente, cuando necesito hacerme esa pregunta, ya conozco la respuesta.Mariana suspiró.

—Excelente consejo.—No he terminado.Doña Elisa se limpió las manos en el delantal.

—A veces algo parece estar mal porque realmente lo está.

Otras veces parece estar mal porque da miedo.

Son problemas diferentes.—¿Y cómo distingue uno del otro?

—Preguntándote quién saldría herido si siguieras adelante.Mariana pensó en Arthur.

Pensó en el empleo, en su madre, en Renato y en Beatriz.

—Mucha gente podría hablar.—No te he preguntado quién podría hablar.

Te he preguntado quién saldría herido.Mariana no respondió.