8 - Una Noche de Lluvia
La lluvia comenzó poco antes del anochecer, primero como un ruido delicado contra las ventanas y después como una espesa cortina que borró los contornos de los jardines.
Mariana observaba la tormenta desde la cocina mientras ayudaba a doña Elisa a guardar la vajilla de la cena.
El viento agitaba con fuerza las ramas de los árboles y los truenos lejanos hacían vibrar los cristales de vez en cuando.
Arthur había cenado temprano y había regresado a la biblioteca privada con una pila de documentos.
Desde la visita de Beatriz, ambos mantenían una cordialidad cautelosa.
No estaban exactamente distanciados, pero evitaban cualquier conversación que pudiera llevarlos de nuevo a la pregunta que Mariana había hecho en la lavandería.
«¿Y entre nosotros existe algo?». Ninguno de los dos había parecido capaz de responder.
Doña Elisa cerró una ventana y miró hacia el cielo.
—Esta tormenta va a empeorar.—Eso parece.
—Si se corta la electricidad, las velas están en el armario del pasillo.
El generador suele activarse rápido, pero esta casa es vieja y le gusta recordárnoslo.
A las nueve y veinte, doña Elisa ya se había retirado.
Mariana estaba en su habitación hablando con su madre cuando un trueno especialmente fuerte retumbó sobre la propiedad.
Las lámparas parpadearon dos veces y se apagaron.
El silencio que siguió duró apenas unos segundos, sustituido por el intenso sonido de la lluvia y el viento.
Algunas luces exteriores volvieron cuando se activó el generador, pero buena parte del ala antigua permaneció a oscuras.
Mariana terminó la llamada, encendió la linterna del teléfono y bajó.
Encontró el armario que había mencionado doña Elisa y sacó varias velas gruesas, colocándolas en unos candelabros que estaban guardados allí.
Cuando atravesó el salón, escuchó un ruido procedente del pasillo de la biblioteca.
—¿Arthur? —llamó.—Aquí.La voz surgió de la oscuridad.
Segundos después, él apareció sosteniendo una pequeña linterna.
Llevaba pantalones oscuros y una camisa blanca sin corbata, con los dos primeros botones desabrochados y las mangas remangadas.
—¿El generador no debería alimentar esta parte de la casa?
—preguntó Mariana.—Debería. Probablemente la reforma afectó alguna conexión antigua.
—¿Puedo llamar a alguien?—¿Con esta tormenta?
No. Mañana lo solucionaremos.Arthur señaló las velas.
—¿Preparada para una ceremonia?—Doña Elisa me lo ordenó.
—Naturalmente. Estaría preparada hasta para el fin del mundo.Mariana sonrió.
—¿Y usted?—Tengo una linterna.—Impresionante.
—También tengo fósforos.—Entonces estamos salvados.Un relámpago iluminó el pasillo durante un segundo, seguido de otro trueno.
Arthur caminó hacia la biblioteca.—Voy a terminar unos documentos.
—¿A oscuras?—Hay velas.Mariana levantó los candelabros.
—¿Ahora le interesan?—Solo profesionalmente.Ella lo acompañó hasta la biblioteca, diciéndose a sí misma que únicamente debía dejar allí unas velas y regresar a su habitación.
La biblioteca parecía otro lugar sin electricidad.
Las estanterías desaparecían parcialmente entre las sombras y el resplandor de las velas dibujaba los lomos de los libros, los marcos y los objetos antiguos.
La lluvia golpeaba las ventanas con tanta fuerza que para conversar tenían que elevar ligeramente la voz.
Mariana distribuyó tres velas por la habitación mientras Arthur intentaba utilizar el portátil.
—La batería está casi agotada —dijo él.—Tal vez sea una señal.
—¿De qué?—De que deje de trabajar.Arthur la miró.
—Consigues convertir cualquier acontecimiento en un argumento contra mi trabajo.
—No estoy en contra de su trabajo. Estoy en contra de que trabaje como si estuviera huyendo de algo.La frase escapó con naturalidad.
Arthur cerró el portátil.—¿Y si lo estoy haciendo?
Mariana guardó silencio. Él mismo pareció sorprendido por su respuesta.
—Entonces quizá debería averiguar si aquello de lo que huye todavía sigue detrás de usted.
Arthur se recostó en la silla.—¿Siempre hablas así?
—¿Así cómo?—Como si conocieras a las personas desde hace años después de unas pocas semanas.
—No lo conozco.—Pero crees que me entiendes.
—Algunas partes.Él señaló el sillón frente al escritorio.
—Siéntate.Mariana vaciló.—¿No debería volver a mi habitación?
—Probablemente.—No parece una orden muy convincente.
—Porque no era una orden.Ella se sentó. Durante algunos minutos hablaron de asuntos triviales.
La reforma, la tormenta, Clara y el desastroso intento de Arthur de preparar chocolate caliente.
Poco a poco, la conversación perdió su formalidad.
Tal vez fuera la ausencia de otras personas, quizá la tormenta que los aislaba todavía más del mundo.
O quizá ambos estuvieran cansados de fingir que no había preguntas esperando entre ellos.
—¿Qué quería hacer antes del accidente? —preguntó Mariana.Arthur hizo girar lentamente un lápiz entre los dedos.
—Construir.—Eso ya lo sé.—No solo edificios.
Quería transformar algunas zonas antiguas de las ciudades en lugares donde la gente realmente quisiera vivir.
Restaurar edificios, crear plazas, viviendas, comercios.
A mi padre le parecía bonito, pero poco rentable.
Renato lo consideraba demasiado romántico.
—¿Y usted?—Yo creía que una empresa de ese tamaño podía ganar dinero sin construir únicamente aquello que generara mayores beneficios.Arthur miró uno de los planos.
—Horizonte debía demostrarlo. Tendría zonas públicas, jardines, espacios culturales.
Pasé casi dos años diseñando partes de aquel proyecto.
—Entonces no era solamente un negocio.—No.
Probablemente era el proyecto más personal que había hecho nunca.Mariana comprendió de pronto por qué la culpa tenía raíces tan profundas.
Arthur no solo había perdido la confianza después del accidente.
También había perdido el sueño que asociaba con su propio trabajo.
—¿Y después? —preguntó ella.—Después dejé de creer que debía decidir dónde vivirían otras personas.
—¿Porque algo salió mal una vez?—Porque mis decisiones tuvieron consecuencias.
—Todas las decisiones las tienen.Arthur la miró fijamente.
—Simplificas demasiado.—Y usted lo complica todo.
—Tal vez.Sonrió discretamente.—¿Qué querías hacer tú?
Mariana se sorprendió.—¿Yo?—Antes de tener que trabajar para ayudar a tu madre.
¿Qué imaginabas para ti?Ella miró sus manos.
Hacía mucho tiempo que nadie le preguntaba aquello.
—Quería estudiar administración hotelera.
—¿Hostelería?—Me gustaba la idea de cuidar lugares donde las personas llegaran y se sintieran bienvenidas.
Hoteles pequeños, posadas. Mi madre decía que organizaba hasta las visitas familiares como si estuviera recibiendo huéspedes importantes.
—Eso explica muchas cosas.—¿Qué cosas?—Llegaste aquí y decidiste administrar mi casa. —Alguien tenía que hacerlo.
Los dos rieron, y el sonido pareció extraño y agradable dentro de la biblioteca oscura.
Mariana contó que había comenzado a trabajar muy joven y que había aplazado sus estudios cuando la salud de su madre empezó a exigir más atención.
No hablaba con amargura. Simplemente como alguien que había aprendido muy pronto que los sueños podían esperar cuando las personas importantes la necesitaban.
—Tengo miedo de esperar tanto que algún día deje de tener sentido —confesó.
—¿Tus estudios?—Todo. Estudiar, tener mi propia vida, quizá abrir una pequeña posada.
A veces parece que siempre estoy intentando resolver el mes siguiente.Arthur se puso serio.
—Todavía tienes veinticinco años.—Lo sé.
—No hables como si tu vida ya estuviera decidida.Mariana arqueó una ceja.
—Es interesante escuchar eso del hombre de treinta y seis años que decidió pasar el resto de su vida escondido en esta casa.Arthur soltó una risa baja.
—No desaprovechas ninguna oportunidad.—Ninguna.
Un fuerte trueno hizo estremecer una de las ventanas.
Mariana se levantó al darse cuenta de que una de ellas estaba mal cerrada.
Arthur se levantó al mismo tiempo. Ambos llegaron juntos hasta el cristal.
Una corriente de aire entró cuando Mariana intentó ajustar el cierre, apagando una de las velas.
—Sujeta aquí —pidió Arthur.Mariana apoyó las manos en el marco mientras él forzaba la pieza antigua.
Los dos quedaron demasiado cerca. Arthur estaba detrás de ella, con un brazo junto a su hombro, y Mariana sintió el calor de su cuerpo contrastando con el aire frío que entraba.
—¿Lo consiguió? —preguntó, pero su voz salió más baja.
—Casi.El cierre finalmente cedió. Arthur debería haberse apartado.
No lo hizo de inmediato. Mariana volvió el rostro y la distancia entre ambos se redujo a apenas unos centímetros.