5 - La Habitación que Nadie Abría #2
Arthur se pasó una mano por el rostro y se alejó.
Mariana comprendió que había superado el punto en el que debería haberse detenido, pero ahora veía claramente una inconsistencia.
—¿Dónde estaba usted cuando comenzaron los problemas?
—En otra obra durante parte de aquella semana.
—¿Y quién quedó a cargo del proyecto?La pregunta provocó un silencio inmediato.
Arthur la miró. Mariana supo la respuesta antes de que él la pronunciara.
—Renato.—¿Su hermano?—Él administraba la parte financiera y operativa mientras yo supervisaba otro proyecto.
Pero eso no cambia nada.—Tal vez no. —Mariana volvió a mirar las cajas—.
O tal vez cambie algo.Arthur se acercó.—No meta a Renato en esto.
—No estoy metiendo a nadie. Solo he hecho una pregunta.
—Mi hermano pasó meses intentando mantener la empresa funcionando mientras yo...
Interrumpió la frase.—¿Mientras usted se alejaba?
—Mientras intentaba comprender lo que había ocurrido.
Mariana recordó inmediatamente la conversación con Renato en el vestíbulo.
La educada advertencia. La manera en que había mencionado la fragilidad de su hermano y la necesidad de estabilidad.
Hasta entonces, había parecido únicamente la arrogancia de un hombre rico protegiendo a su familia.
Ahora había una sombra diferente en aquel recuerdo.
Aun así, Mariana no tenía nada más que preguntas.
—Arthur, no estoy diciendo que su hermano haya hecho algo.
—Tampoco debería estar pensándolo.—No puede decirme lo que debo pensar.
—Puedo decirle que este asunto no es de su incumbencia.La frase sonó más dura que las anteriores, aunque no había agresividad en su voz.
Mariana sintió el impacto. Enderezó los hombros.
—Tiene razón. No lo es. Entré porque la puerta estaba abierta.
Me quedé porque usted empezó a hablar.Arthur comprendió inmediatamente lo que había hecho.
—Mariana...—No necesita explicarse.—No quería...
—Está bien.Esta vez, sin embargo, no lo estaba.
Ella caminó hasta la puerta. Antes de salir, miró por última vez la fotografía que había encontrado.
Arthur joven, sonriendo frente al proyecto que más tarde se convertiría en el origen de su culpa.
—Solo una cosa —dijo Mariana.—¿Qué?—La culpa y la responsabilidad no siempre son lo mismo.Arthur permaneció junto a la maqueta.
—Para quienes sufren las consecuencias, esa diferencia puede no importar.
—Tal vez. Pero debería importarle a quien pretende pasar el resto de su vida castigándose.Mariana salió antes de que él pudiera responder.
Cerró la puerta y caminó por el pasillo sintiendo el corazón acelerado.
No sabía por qué aquella historia la afectaba tanto.
Quizá porque empezaba a comprender que la mansión no era el escondite de un hombre indiferente.
Era la penitencia de alguien que creía no merecer salir de allí.
Arthur permaneció solo en la habitación.
Durante varios minutos no consiguió tocar los documentos.
La presencia de Mariana parecía haber alterado incluso el aire de aquel lugar.
Caminó hasta una de las cajas y sacó una carpeta gruesa.
En la portada estaba escrito «Informes Técnicos — Horizonte».
La abrió y encontró páginas que conocía casi de memoria.
Firmas, fechas, evaluaciones. Su nombre aparecía repetidamente.
Arthur cerró la carpeta. Durante años se había negado a buscar excusas porque temía que cualquier intento por comprender los detalles no fuera más que cobardía.
Resultaba más fácil asumir toda la culpa.
Más sencillo cargar solo con aquel peso que repartir responsabilidades y descubrir que quizá había confiado en las personas equivocadas.
Sin embargo, la pregunta de Mariana permanecía en su mente.
«¿Pero usted lo sabía?». Arthur caminó hasta la ventana cerrada.
Afuera, varios hombres trabajaban en la restauración de una pared.
Durante un instante pensó en Renato. Después apartó inmediatamente aquella idea.
Durante la cena, Arthur no apareció. La bandeja regresó intacta por primera vez en varios días.
Mariana estaba en la cocina cuando doña Elisa la recibió y se dio cuenta inmediatamente.
—¿Habéis discutido?Mariana continuó secando una fuente.
—No exactamente.—¿Qué significa «no exactamente»?
—Significa que entré donde no debía y que hice preguntas que no debía hacer.Doña Elisa se puso seria.
—¿La habitación del pasillo?Mariana se detuvo.
—¿Usted lo sabe?—Conozco esta casa desde hace muchos años.
Claro que lo sé.—¿Por qué guarda todo allí?
—Porque algunas personas tiran lo que les hace daño.
Arthur lo guarda. Quizá para no permitir que el dolor disminuya.Mariana colocó la fuente en el armario.
—De verdad cree que fue responsable.—Lo cree.
—¿Y usted?Doña Elisa dudó antes de responder.
—Yo creo que hay historias que se contaron demasiado deprisa cuando todos estaban desesperados por encontrar una explicación.
Durante los días siguientes, la distancia entre Mariana y Arthur se volvió imposible de ignorar.
Él volvió a pedir que le sirvieran las comidas en el despacho, aunque ahora se las comía.
Dejó de aparecer por la cocina y comenzó a utilizar pasillos diferentes cuando sabía que Mariana estaba trabajando.
Cuando necesitaba pedir algo, hablaba con doña Elisa.
Mariana respetó su decisión. No llevó café, no dejó notas ni buscó excusas para pasar cerca de la biblioteca privada.
Si Arthur quería límites, ella se los daría.
Aun así, la ausencia de aquellas pequeñas discusiones volvió a transformar la mansión.
Una tarde, Mariana abrió las ventanas del salón restaurado y se dio cuenta de que no había nadie que protestara por el tiempo que permanecerían abiertas.
Aquello debería haber sido más fácil. En cambio, le pareció extrañamente vacío.
Doña Elisa observaba todo en silencio. Sabía que Arthur no estaba evitando a Mariana porque estuviera enfadado.
La evitaba porque aquella joven se había acercado demasiado a una parte de él que nadie tocaba desde hacía años.
Al cuarto día de silencio, Mariana encontró una taza sobre la encimera de la cocina.
A su lado había un papel doblado. Reconoció la letra antes incluso de abrirlo.
«El café estaba flojo hoy». Se quedó mirando la frase, intentando decidir si aquello era una queja o un intento torpe de romper la distancia.
Tomó un bolígrafo y escribió debajo: «Considere masticar los granos».
Dobló el papel y lo dejó en el mismo lugar.
Cuando regresó una hora después, había desaparecido.
Mariana sonrió contra su voluntad. En la planta superior, Arthur guardaba la nota en el mismo cajón donde había colocado la primera.
No estaba preparado para hablar de la habitación, de Renato ni de todo lo que Mariana le había hecho cuestionarse.
Tampoco estaba preparado para permitir que ella volviera a acercarse.
Pero empezaba a comprender que alejarla exigía un esfuerzo mucho mayor de lo que había esperado.
Porque algunas personas entran en nuestra vida por la puerta equivocada y, aun así, terminan encontrando exactamente la habitación que llevamos años intentando mantener cerrada.