La gemela silenciosa Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

El pánico se apoderó de mí. ¿Lo sabía Lisa?

¿Era eso lo que quería que recordara? La miré de reojo, pero ella no me estaba mirando.

Contemplaba mi lápida mientras las lágrimas le recorrían el rostro, lidiando con sus propios recuerdos de mí.

Era imposible que conociera la verdad. Estaba tan convencida de que yo era Elizabeth como lo había estado yo.

Era como si hubiera estado viviendo en un sueño y hubiera llegado el momento de despertar. Me asaltó el recuerdo de nuestra última noche. Las imágenes surgían de mi inconsciente y se abrían paso violentamente hacia mi mente consciente sin mi permiso.

Era yo quien conducía. Elizabeth estaba sentada a mi lado, llorando. Odiaba cuando lloraba. No lo hacía muy a menudo y quizá por eso resultaba devastador.

–¿Qué más da? No es más que un tío. No es como si fueras a casarte con él o algo parecido. ¿Cuántos líos de instituto acaban en matrimonio? –le pregunté.

No me gustaba que Elizabeth estuviera tan pendiente de su nuevo novio.

Cada vez pasaba más tiempo con Marc y menos conmigo.

Incluso cuando estaba conmigo, tenía la sensación de que estaba distraída, como si no estuviera del todo presente.

No era que tuviera novio lo que me molestaba, sino que lo hubiera mantenido en secreto.

Se suponía que no teníamos secretos entre nosotras.

La oí prometerle por teléfono que pronto me hablaría de él, pero que estaba esperando el momento adecuado porque tenía miedo de cómo reaccionaría yo.

Me molestaba que pensara que era tan frágil que no podría soportar que tuviera pareja.

Escuchaba sus conversaciones a escondidas y cada vez con más frecuencia. No podía soportar la voz que ponía cuando hablaba con él. Sonaba falsa e impostada; nunca la había oído reírse como cuando hablaba con él. Poco tiempo después, empezó a terminar las llamadas con un «Yo también te quiero».

Puede que ella le quisiera, pero era imposible que él la quisiera a ella.

No se puede amar a alguien si no se le conoce, y era imposible que él conociera a Elizabeth.

Nadie aparte de mí la conocía. Si empezaba a pensar que otra persona la entendía, quizá dejaría de necesitarme tanto, y no iba a permitir que eso ocurriera.

Me había propuesto demostrarle que Marc no la conocía tanto como ella creía.

Mi plan era muy sencillo: me haría pasar por ella y le besaría.

Si estaba enamorado de verdad, se daría cuenta de que estaba besándome a mí y no a ella.

Y si no podía distinguir entre nosotras, entonces no era el hombre adecuado, y Elizabeth no debía estar con alguien que no lo fuera.

Había ido a la fiesta con uno de sus vestidos y me había alisado el pelo como ella solía hacerlo.

No soportaba cómo se nos encrespaba cuando lo dejábamos con su rizo natural, pero a mí nunca me molestó.

Tampoco es que quisiera esforzarme demasiado por hacerme pasar por ella.

Esa no era la cuestión: nuestro aspecto exterior no debería importar.

Si amabas a alguien, se suponía que sabías cómo era por dentro.

La seguí hasta la fiesta. Me había mentido diciéndome que iba a la biblioteca a estudiar, pero yo había estado leyendo sus correos electrónicos durante toda la semana, así que sabía que había quedado con él allí. Esperé a que fuera al baño y me acerqué a él.

–Hola, cielo –le dije, rodeándole con el brazo.

Se volvió para mirarme.

–Qué rapidez.

–Ven aquí.

Le sonreí, señalando la puerta abierta de la habitación contigua al cuarto de baño. Él alzó las cejas.

–¿Lo dices en serio?

Le hice un gesto para que se acercara y él me siguió ansiosamente hasta el dormitorio.

–Llevo mucho tiempo queriendo hacer esto. –Acerqué su rostro hacia mí, pero se apartó antes de que pudiera besarle–. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

–No quiero hablar.

Lo agarré y empecé a besarlo con pasión. Me devolvió el beso, metiéndome la lengua en la boca con avidez. Solo hicieron falta un par de segundos para que gimiera y sus manos se deslizaran por debajo de mi camisa.

Y entonces Elizabeth entró. Exactamente como había planeado.

Se quedó blanca; parecía a punto de vomitar.

Marc se apartó de mí y nos miró a las dos.

No tenía ni idea de quién era quién ni con cuál de nosotras debía hablar.

Elizabeth no dijo nada. Furiosa, se dio la vuelta y salió por la puerta.

La seguí, pero se negó a subir conmigo al coche y se fue calle abajo andando.

Conduje a su lado con la ventanilla bajada.

–Por favor, Bethy, entra en el coche, anda –le supliqué una y otra vez mientras avanzaba por la carretera–. Puedo explicártelo. Déjame que te lo explique.

Le insistí hasta que por fin accedió. Cuando se sentó en el asiento del acompañante, empezó a sollozar histéricamente; yo no sabía qué hacer. No había previsto que reaccionara con tanta intensidad.

–¡No es un simple capricho! –me gritó desde su asiento–. ¡Le quiero!

–¡No te quiere! –exclamé–. Me ha besado. ¡Me ha besado y no tenía ni idea de que no eras tú!

–¿Qué se supone que tenía que hacer? –me preguntó Elizabeth–.

Has venido vestida exactamente igual que yo.

¡Nunca nos vestimos igual! ¡Jamás! Eres igual que yo.

Incluso te has alisado el pelo cuando tú nunca te lo alisas.

¡Sabías exactamente lo que estabas haciendo!

No mientas. ¡¿Cómo has podido?! ¿Cómo has podido hacerme esto?

Elizabeth nunca me había levantado la voz y ahora me estaba gritando. No sabía cómo hacer que parara ni cómo podría sentirse mejor. Era ella la que sabía arreglar las cosas.

–¡Él debería haberlo sabido! ¡De eso se trataba!

–¿Cómo has podido hacerme esto?

Estaba a punto de hiperventilar.

–Bethy, no te pongas así. Estaba tratando de protegerte, de verdad.

Tienes que entenderlo. Sabía que no sería capaz de distinguirnos porque en realidad no te conoce ni te quiere.

Tenía que demostrártelo. –Sus hombros seguían agitándose por el llanto–.

¿No te das cuenta? Lo he hecho por nosotras, porque iba a interponerse entre nosotras.

Ya lo estaba haciendo. –Estaba desesperada por lograr que se calmara.

Nunca había estado tan enfadada conmigo–.

Por favor, perdóname. Entiéndeme. ¿No lo ves?

Estaba pensando en lo que era mejor para ti…

Iba a acabar por hacerte daño. Siempre lo hacen.

–Me gustaba de verdad. Mucho.

Elizabeth giró la cabeza hacia el otro lado.

–Por favor, mírame. No te enfades. Te lo ruego.

Yo también había empezado a llorar. No podía soportar que se enfadara conmigo. No sabía cómo gestionarlo y empezaba a perder la razón. Elizabeth seguía con la cabeza vuelta hacia la ventana, negándose a mirarme.

Alargué la mano para tocarle el hombro, pero la apartó de un manotazo.

–Déjame en paz, Emily. Lo único que quiero es que me dejes en paz.

–Vamos, no te pongas así. No puedes enfadarte conmigo. Por favor, Elizabeth, mírame.

Traté de tocarla de nuevo. Me apartó con un gesto y se alejó aún más de mí.

Y entonces pasó. Todo ocurrió muy deprisa: las luces brillantes y deslumbrantes en mi cara, cegándome; el estruendo del claxon gritándome; el rechinar de los neumáticos, los chirridos, el crujido ensordecedor… y después, la oscuridad.

Abrí los ojos lentamente. Me costaba respirar. El airbag me aplastaba la cara. Me dolía la cabeza. El cinturón de seguridad me desgarraba como si me fuera a partir en dos. Me giré para mirar. Había desaparecido.

–¡Elizabeth! ¡Elizabeth!

El parabrisas estaba hecho añicos. Destrozado. Empujé la puerta para abrirla. Los faros me cegaban. El claxon seguía resonando en mis oídos. Un semirremolque yacía de lado a nuestro lado. Había humo por todas partes y me quemaba los ojos. Me dolía muchísimo la cabeza.

–¡Elizabeth!

Empecé a correr por la carretera a oscuras, gritando, buscándola desesperadamente.

Me ardían los pulmones y el dolor punzante de las piernas era insoportable, pero no me importaba.

Ya nada importaba. Nada excepto encontrarla.

Vi un cuerpo a un lado de la carretera. Deformado.

Retorcido. Grotescamente contorsionado. Corrí hacia él.

Me arrodillé. Tenía la cara salpicada de sangre.

Su ropa estaba hecha jirones. Sus brazos y piernas estaban colocados en ángulos extraños, como si se hubieran partido por la mitad.

Tenía el vientre abierto y trozos de sus entrañas se desparramaban a nuestro alrededor, esparciéndose por el arcén.

Tenía los ojos muy abiertos y una expresión llena de terror.

Acerqué mi cara a la suya. Nada. Sabía incluso antes de tocarla que estaba muerta. Le puse la mano en el cuello, luego en la muñeca y finalmente en el pecho. Nada.

Elizabeth estaba muerta y yo la había matado. Mi vida había terminado.

Apoyé la cabeza en su pecho, sollozando. De mi interior brotaron sonidos primitivos, de un lugar que no sabía que existía. Su sangre se acumulaba alrededor de mi cabeza. La gente corría, gritaba, se llamaba unos a otros. Luces rojas parpadeaban. Las sirenas aullaban. Y el humo. Tanto humo.

Unas botas grandes y negras frente a mi rostro. Un brazo fuerte zarandeándome. Otra vez.

–Señorita, ¿cómo se llama? ¿Cuál es su nombre?

No podía moverme. No podía respirar. No podía vivir.

–¿Cuál es su nombre? ¿Recuerda cómo se llama? –me preguntó de nuevo, iluminándome los ojos con una linterna.

Levanté lentamente la cabeza de su pecho y asentí al agente de policía.

–Me llamo Elisabeth. Elizabeth Rooth.