Capítulo 23
Polly me vio en la cama de Rose cuando llamó a la puerta durante la ronda matutina para despertarnos, pero no dijo nada. Volví corriendo a mi habitación; no quería poner a prueba su indulgencia. Al cabo de unos minutos llamó a mi puerta.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó.
No importaba que nadie respondiera nunca a su pregunta; ella no dejaba de hacerla. Yo estaba segura de que ya sabía adónde iría esa mañana. En el hospital no había secretos. Me encogí de hombros. Me alegré de que no hiciera ningún comentario sobre haberme encontrado en la habitación de Rose.
Me duché y, por primera vez desde que había entrado en el hospital, me puse a pensar en lo que me iba a poner.
Miré qué había metido Dalila en la maleta: elegí unos vaqueros y mi camiseta favorita.
Me recogí el pelo en una coleta. Estaba lista para salir.
Sentía cómo el estómago me daba vueltas, así que ni siquiera me molesté en intentar desayunar.
En su lugar, me senté y observé cómo todos a mi alrededor daban buena cuenta del suyo, deseando que Rose pudiera comer con nosotros.
–No puedo creer que te hayan dado permiso para salir hoy –dijo Shelly–. ¡Estoy celosa!
–Yo también –añadió Denise.
Denise siempre estaba de acuerdo con Shelly. Podía decir que Denise tenía los ojos naranjas y, aunque en realidad eran verdes, ella asentiría con la cabeza.
–¿Adónde vas?
–A ver a mi hermana.
–¿Tienes una hermana? No lo sabía. –Shelly se levantó de donde estaba sentada y se acomodó en la silla que había a mi lado–. ¿Mayor o más pequeña?
–Mayor.
No mencioné que por tan solo tres minutos para que no me hiciera más preguntas.
Tobi se unió al interrogatorio:
–¿Qué haréis? ¿Cómo puede ser que os dejen estar juntas? ¿Es algún tipo de emergencia familiar? Normalmente solo te dejan salir si es por una cuestión urgente.
–No es una emergencia. Solo una visita.
Odiaba cuando me acorralaban y no estaba Rose. A ella se le daba mucho mejor hacerlas callar y que volvieran a ocuparse de sus asuntos. ¿Cómo iba a escabullirme de sus preguntas sin ella?
–¿Adónde vais a ir? –preguntó Shelly.
–No lo sé.
No tenía ni idea de adónde nos dirigíamos. Supuse que Emily estaba enterrada cerca de allí, pero también era posible que los Rooth tuvieran un cementerio familiar en algún otro lugar.
Lisa llegó antes de que terminara la hora del desayuno y, a diferencia de mí, parecía descansada. Le brillaban los ojos; tenía el rostro resplandeciente y el pelo cuidadosamente recogido hacia atrás.
–¿Estás lista? –me preguntó.
No lo estaba en absoluto, pero, si me esperaba a estarlo, no iría nunca.
Me levanté y la seguí hasta la estación de enfermería. Rellené un formulario en un portapapeles con mi firma, la hora de salida y con quién me iba. Lisa garabateó su nombre en otro papel.
La seguí a través de la primera puerta cerrada sintiéndome como si fuera otra persona.
Era como si dentro de mi cabeza hubiera una escalera por la que me hubiera deslizado, saliendo de mí misma, y desde algún lugar por encima estuviera observando cómo mi cuerpo actuaba.
Me vi caminando junto a Lisa mientras ella charlaba y nos adentrábamos por cada pasillo anguloso, pasando cada puerta cerrada con llave, con la mirada clavada en mis vaqueros azules desteñidos y llenos de agujeros, preguntándome cuándo me había crecido tanto el pelo. Fuimos hasta el ascensor y bajamos.
Al salir, el sol cegador me devolvió a mi cuerpo. Hacía tanto que no salía que la luz me hacía daño en los ojos y me obligaba a entrecerrarlos. El aire olía distinto, más vivo, como ese olor que queda justo después de la lluvia. Todo se veía más brillante y vibrante.
–He aparcado enfrente del edificio para no pagar el aparcamiento.
Lisa se rio y señaló al otro lado de la calle.
Su coche era un Honda Accord rojo. Me subí y, al hacerlo, me inundaron los recuerdos de todos los almuerzos que Thomas y yo habíamos compartido en su coche.
Cuando Lisa se marchó anoche, ya era demasiado tarde para la cita telefónica que habíamos programado, y había echado de menos oír su voz.
No pude evitar preguntarme si alguna vez volveríamos a almorzar en su Honda.
No pregunté adónde íbamos. Me limité a mirar por la ventana, viendo pasar los árboles y las casas.
Observé cómo los semáforos parpadeaban y cambiaban de color a medida que los dejábamos atrás.
El mundo había seguido existiendo y había continuado su marcha.
Una parte de mí creía que el mundo había quedado en modo de espera, pero el tiempo no se había detenido mientras yo estaba en el hospital.
El tiempo no me había esperado. Había seguido avanzando y seguiría haciéndolo, lo quisiera yo o no.
–¿Hay algún sitio en el que quieras parar antes de que lleguemos? ¿Te apetece tomar un café?
Aprecié el gesto, pero lo único que quería era acabar con aquello de una vez. Tenía miedo de que, si el coche se detenía y yo me bajaba, empezaría a correr en dirección contraria sin mirar atrás. Ni siquiera sabía si iba a ser capaz de bajar del coche cuando llegáramos.
Lisa aminoró la marcha cuando pasamos junto a la catedral St. John’s y puso el intermitente antes de tomar la entrada.
Era la iglesia a la que Dalila y Bob nos habían llevado todos los domingos hasta los dieciséis años, aunque ninguno de los dos creía en Dios.
Con esa edad nos permitieron decidir si queríamos seguir yendo o no, y así se acabaron nuestros domingos en la iglesia.
Por muchas veces que Thomas me había pedido que le acompañara, no había vuelto a poner un pie en una desde entonces.
Giró a la izquierda y siguió el camino de entrada hasta la parte trasera, donde se abría a un aparcamiento grande.
Detrás había un pequeño cementerio. El aparcamiento estaba vacío.
Aparcó junto a la verja y apagó el motor.
Ninguna de las dos hizo ademán de bajar.
–¿Has estado aquí antes? –le pregunté.
En cuanto le hice la pregunta, comprendí la respuesta. Lisa había mencionado haber estado en el funeral.
–Estuve a tu lado durante el entierro. Fue un servicio precioso.
–¿Tengo que hacerlo?
Sentí miedo. Lisa me puso la mano en la rodilla.
–No tienes que hacer nada que no quieras hacer. Podemos volver al hospital si quieres o quedarnos aquí sentadas un rato, pero creo que sería una buena idea que vieras su tumba. En cualquier caso, te apoyaré decidas lo que decidas. La decisión es tuya. Puedes tomarte todo el tiempo que necesites.
Me quedé un buen rato mirando por la ventanilla las hileras de lápidas. Costaba imaginar que cada una de esas piedras señalaba a alguien que había muerto, y que la lápida de Emily estaba en algún lugar entre ellas. Justo ahí fuera.
Sentía las piernas de plomo. La sensación de estar bajo el agua había vuelto.
–No sé si voy a poder salir. Me encuentro fatal.
–Sé que tienes miedo y entiendo lo duro que debe ser esto para ti.
Aunque tu cerebro no recuerde haber estado aquí, tu cuerpo sí, así que es normal esa sensación.
¿Recuerdas que ayer hablamos de la posibilidad de que estar aquí activara tu memoria?
–Asentí–. Mi consejo es que te centres en lo que está ocurriendo en tu cuerpo en este momento y que no lo ignores; puede que te ayude a ponerte en contacto con tu experiencia.
Date permiso para sentir y deja que afloren los recuerdos.
No estaba segura de querer hacerlo. La idea de salir del coche y ver la tumba de Emily me hacía sentir fatal.
–Quiero volver al hospital… No puedo.
Me puse a llorar. Lisa me acercó a ella y me estrechó, acariciándome el brazo.
–No tenemos que hacerlo. Podemos volver al hospital.
No te obligaré a hacer nada. –Se apartó un poco de mí y me cogió la cara con las dos manos, mirándome a los ojos–.
Quiero que sepas algo: eres la persona más valiente que conozco.
Si alguien puede afrontar esto, eres tú.
No te habría traído aquí si no pensara que puedes hacerlo y que te podría ayudar.
–¿De verdad lo crees?
–Completamente.
–¿Estás segura? –me preguntó Lisa.
No lo estaba, pero aun así iba a hacerlo.
Salí del coche y caminé hacia la parte delantera. Ella hizo lo mismo y se acercó a mí. Me tomó de la mano.
–Puedes hacerlo.
Me apretó la mano y echó a andar. Caminé a su lado robóticamente, como si estuviera en trance. Entramos y salimos de los pasillos de lápidas, con cuidado de no pisar ninguna de las tumbas. Había tantas que me fue fácil evitar leer las inscripciones.
Lisa se detuvo, así que yo también lo hice.
Bajó la mirada y yo la imité, pero no me atreví a seguir la dirección de sus ojos.
En su lugar, me fijé en mis pies: unas Converse negras nuevas.
No me atrevía a mirar la losa. No estaba preparada para alzar la vista.
Lisa posó una mano en mi espalda. Me sudaban las palmas y sentía un rubor ardiente, como si tuviera gripe.
El corazón me latía con tanta fuerza que estaba segura de que, si alguien me miraba el pecho, vería cómo se agitaba.
Respiré hondo y levanté la mirada lentamente. Ahí estaba:
EMILY ROOTH (1991-2009) QUERIDA HERMANA. AMADA HIJA. TE LLEVAMOS SIEMPRE EN EL CORAZÓN.
Me quedé mirando la lápida y volví a leer la primera línea: «Emily Rooth (1991-2009)».
Una certeza enfermiza me inundó el cuerpo y me dejó sin aire.
Me agaché y froté el relieve de la cicatriz que «Emily» me había marcado en la cara interna del muslo, el tatuaje que me había hecho con una cuchilla de afeitar el día que cumplimos catorce.
Lisa siempre me había preguntado por qué me grababa mi nombre o lo escribía con sangre cada vez que me cortaba.
La respuesta era sencilla: lo hacía para recordarme quién era y que estaba viva.
«Soy Emily Rooth».