Capítulo 22 #2
–Entonces, ¿se supone que debo olvidarlo?
–¿Es importante para ti saber por qué lo hiciste? ¿Crees que te ayudará a mejorar?
–¿Tú no querrías saber por qué intentaste suicidarte? –le pregunté.
–Sí, seguramente sí. ¿Quieres saber lo que yo creo que ocurrió?
–No esperó a que le respondiera–. Creo que actuabas como Emily cuando intentaste quitarte la vida.
Habías actuado como Emily durante tanto tiempo que la línea entre dónde acababas tú y dónde empezaba ella se había difuminado completamente.
Era prácticamente inexistente. Y Emily tenía muchas ganas de morir incluso cuando estaba viva.
Supongo que intentaste suicidarte cuando eras Emily, aunque tú no quisieras morir.
No tratabas de matarte, pero no fuiste capaz de volver a cruzar la línea hacia Elizabeth a tiempo para impedirlo. ¿Te parece que tiene sentido?
Me encogí de hombros.
–Supongo que podría haber pasado así. ¿Cómo pudo encontrarnos alguien? Bueno, encontrarme.
–Tomaste pastillas y te cortaste en las muñecas.
Me miré los brazos y vi las costras y las grapas que me subían por el brazo como una escalera. Por alguna razón, ver esas heridas por primera vez no fue tan sorprendente como cuando me vi las piernas. No me provocaron ninguna reacción. Era como si ya estuviera esperando que el daño estuviera allí.
Ahora sabía por qué Shelly y Tobi se comportaban como lo hacían siempre conmigo, con los ojos en blanco y sus miradas cómplices.
Veían mis brazos. Siempre lo habían hecho.
Pensaban que les estaba mintiendo o tomándoles el pelo.
Y Rose. Mi dulce Rose. Ella también había visto mis heridas, pero sabía lo suficiente como para no decir nada.
Para no presionarme hasta que estuviera preparada para hablar. Eso hizo que la quisiera aún más.
–Estabas en la bañera cuando lo hiciste y perdiste el conocimiento antes de cerrar el grifo.
Habías llamado a Dalila aquella misma tarde y algo en vuestra conversación la había hecho sentir inquieta.
Fue a ver cómo estabas y oyó que corría el agua, pero no consiguió que abrieras la puerta ni que contestaras al teléfono.
Convenció al conserje para que la dejara entrar en el apartamento.
Fueron ellos quienes te encontraron. –Hizo una pausa antes de continuar–: Estabas inconsciente y no respirabas.
Tuve una visión fugaz de la bañera de porcelana blanca de nuestro apartamento salpicada de sangre. Un brazo colgando por un lado. Palabras escritas con sangre en la pared de azulejos que no pude distinguir antes de que la imagen desapareciera.
–Unos minutos más y…
–Ya no estaría aquí –terminé la frase por ella.
Pobre Dalila. Debió de ser horrible para ella; sin duda, verme así le hizo revivir el momento en que encontró a Emily en la bañera.
Volvimos a sentarnos en silencio, cada una sumida en sus pensamientos. Lisa rompió el silencio:
–¿Crees que te ayudaría visitar la tumba de Emily?
Se me revolvió el estómago.
–Es algo que no me había planteado.
–El doctor Larson opina que sería buena idea que lo hicieras –me dijo.
Me explicó que había hablado con él un par de veces desde la visita del día anterior.
Me aseguró que únicamente habían hablado de mi progreso y de cómo podría ayudarme en mi proceso de recuperación.
La idea de visitar la tumba de Emily me hizo contener la respiración y sentí como si alguien me hubiera puesto un peso en el pecho.
Me había acostumbrado a decir que Emily había muerto y cada vez que lo decía me resultaba más fácil, pero sentía que ver físicamente su tumba lo haría demasiado real.
Ya no habría vuelta atrás. Sería una despedida, una manera de dejarla ir.
–No estoy segura de querer hacerlo. ¿Crees que debería?
–Podría ser una buena idea. Puede que te ayude a sanar y te permita superarlo.
Su mirada era seria. Nunca la había visto tan seria.
–Es posible que ver su tumba te ayude a recordar su muerte y a llenar algunas lagunas de tu memoria. O puede que no, pero podría ayudarte a aceptar mejor su muerte y darte la motivación suficiente para poder avanzar.
«Avanzar». Thomas había dicho lo mismo la noche anterior.
–¿Cómo lo haríamos?
Aún no había visto a nadie salir del hospital. No sabía si se podía hacer.
El doctor Larson ya le había dado permiso a Lisa para acompañarme.
Había redactado la solicitud, obtenido la aprobación del equipo y solo faltaba que ella le dijera cuándo.
Estaba entusiasmada con la idea, insistía en lo mucho que podría ayudarme y en cómo favorecería mi progreso.
Incluso había logrado autorización para asistir a la reunión del equipo después de nuestra visita a la tumba, de modo que pudiera estar presente cuando procesáramos la experiencia.
Al parecer, el doctor Larson y los demás habían cambiado de opinión sobre permitir que un terapeuta ajeno al hospital formara parte del equipo de tratamiento.
Yo, en cambio, aún no tenía claro que visitar su tumba fuera una buena idea.
–¿Cuándo iríamos? –le pregunté.
Empezaba a sentir que no tenía elección. ¿Estaban el doctor Larson y el resto del equipo involucrados? ¿Pensarían que no estaba progresando si no iba? ¿Me enviarían al hospital estatal si me negaba?
–Podríamos ir mañana por la mañana.
–¡¿Mañana por la mañana?!
Me quedé sin habla ante esa respuesta tan inesperada.
Pensé que diría que en un par de días o en una semana. No estaba preparada. Necesitaba más tiempo.
–Creo que deberías aprovechar que estás aquí.
Este es uno de los mejores centros y no hay forma de predecir cómo reaccionarás al ver la tumba de Emily.
Hacerlo mientras estás aquí te brinda una red de seguridad para trabajar en tu respuesta emocional.
Pronto te irás, y queremos ayudarte en todo lo posible antes de que llegue ese momento. Este es un entorno muy seguro para ti.
Odiaba admitirlo, pero tenía razón. Allí me sentía segura y protegida.
Mi mundo se había reducido a las cuatro paredes de la sala de estar, y esas paredes me contenían.
Resultaba extrañamente reconfortante estar rodeada de personas con trastornos mentales graves: hacía que yo no me sintiera tan jodida.
Me había acostumbrado a que todos compartieran episodios terribles de su pasado; nunca antes había conocido a nadie con un trauma parecido al mío, y eso me aliviaba.
Me habitué a vivir en ese mundo diminuto.
Me gustaba hacer cada día lo mismo, de la misma manera.
Di un salto de fe con la esperanza de que tuviera razón.
–Vale. Iré a la tumba de Emily.
Si ella creía que me ayudaría, probablemente tenía razón. Ver la tumba de Emily podría impulsarme a dar los pasos necesarios para construir una nueva vida fuera del hospital, por muy aterradora que me pareciera. Una vida sin ninguna versión de Emily.
Me eché a llorar, aunque no quería.
–¿Me sentiré así siempre? Odio ponerme a llorar y desmoronarme continuamente.
– Ojalá pudiera decirte cuándo pasará, pero no puedo.
Lo que sí puedo asegurarte, por experiencia, es que cada vez será un poco más fácil.
He llorado por la infancia que perdí durante años, y aún hay momentos en los que necesito permitirme hacerlo, pero ya no me resulta tan abrumador ni aplastante como antes.
Estoy segura de que ahora tú sientes algo muy parecido.
–Siento como si todo esto me fuera a engullir.
–Te entiendo.
Sabía que lo entendía: había pasado los cinco primeros años de su vida buscando comida en los cubos de basura.
Su hermano mayor cuidó de ella mientras vivieron en la calle, igual que yo había cuidado de Emily.
Me alargó un par de pañuelos de la caja que tenía en mi escritorio.
Me sequé los ojos y me soné la nariz mientras me explicaba que se encargaría de organizarlo todo para el día siguiente y que yo no tenía que preocuparme por nada, salvo intentar descansar.
Aquella noche no fui capaz de conciliar el sueño.
Me quedé despierta hasta tarde como si me hubiera bebido dos jarras de café antes de acostarme.
Mi mente estaba frenética. Cada vez que cerraba los ojos revivía fragmentos de la vida de Emily y de la mía.
Veía imágenes de Emily y de mí en nuestro apartamento.
En algunas yo estaba sentada a la mesa, trabajando en mis tareas, y ella en la cocina, riendo y bromeando mientras preparaba la cena. Le encantaban los fines de semana.
Repetía las escenas una y otra vez. Nosotras en el cine.
Nosotras de compras, como cuando no estaba deprimida, hurgando entre montones de ropa en busca de la prenda perfecta.
Su codazo para que me levantara después de que la alarma hubiera sonado tres veces, mientras yo me cubría la cabeza con la almohada.
Rebobiné hasta nuestra infancia, recordando las historias que nos contábamos.
Cuentos de princesas con caballeros que velaban por ellas y las protegían del mal.
Imaginando caramelos que crecían en los árboles y helados de nata montada.
Recordé lo felices que fuimos cuando comenzamos a vivir con los Rooth.
Nuestra primera Navidad con regalos. Ir juntas a la escuela.
Aprender a montar en aquellas bicicletas con serpentinas rosas y una cesta con flores violetas.
Pero no solo volvieron los buenos momentos.
Los recuerdos de sus batallas y de su dolor fueron apareciendo, hasta eclipsar los instantes en los que era feliz.
El diario lleno de escritos con sangre que encontré escondido en su armario cuando teníamos dieciséis.
La carne rosada de sus heridas. Las horas que pasé abrazándola mientras sollozaba, prometiéndole que todo iría bien y escuchando cómo me repetía que nunca sería así.
Sus súplicas para que la dejara morir mientras yo luchaba por hacerla vomitar las pastillas que había tomado, metiéndole el dedo en la garganta porque ella no podía hacerlo.
Lisa había llamado a Emily «alma torturada» y tenía razón.
Sin importar cuánto pudiese amarla yo, ella seguía odiándose a sí misma.
Nunca se recuperó de lo que nuestra madre nos había hecho; los amigos especiales habían hecho algo más que violar su cuerpo.
Habían violado lo más íntimo de su ser de un modo en que yo nunca les había permitido que hicieran conmigo.
Emily estaba mucho más dañada que yo. Llevaba diciendo que quería morirse desde que teníamos nueve años e intentando acabar con su vida desde los trece.
Quizá había llegado el momento de darle lo que siempre había deseado.
Estuve dando vueltas en la cama. No me sentía cómoda en ninguna posición. Me repetía que no mirara el reloj, pero solo conseguía mirarlo más. A las cuatro de la mañana renuncié a la idea de dormir.
Aparté las sábanas y me levanté. Eché un vistazo por la puerta: el pasillo estaba vacío y en penumbra, iluminado solo por las pequeñas luces del suelo.
La estación de enfermería seguía encendida.
Había una sola enfermera detrás del mostrador, concentrada en el ordenador.
Abrí un poco más la puerta y me deslicé fuera.
Avancé de puntillas por el pasillo hasta detenerme tres puertas más allá.
Volví a mirar por encima del hombro para asegurarme de que la enfermera seguía ocupada, y solté el aire al comprobar que no se había movido.
Crucé la puerta sigilosamente. Rose estaba estirada en la cama y parecía que hubiera estado luchando en sueños.
Me acerqué a su cama.
–Rose –susurré–. Rose…
Esperé. Nada.
La sacudí por el hombro. Dio un respingo y se volvió para mirarme.
–¿Elizabeth? –preguntó. Se frotó los ojos.
Me sentí avergonzada, como una niña pequeña entrando sigilosamente en la habitación de sus padres por la noche después de haber tenido una pesadilla.
–Siento haberte despertado. No podía dormir.
Se incorporó y dio unas palmaditas en la cama para que me sentara.
–Estoy muy asustada –dije con voz temblorosa.
Me agarró la mano y me la apretó.
Nos quedamos sentadas en silencio, temiendo hablar por si alguien entraba y me encontraba en su habitación. Recosté la cabeza en su regazo y ella me acarició el pelo. Finalmente, me quedé dormida escuchando el zumbido del aire acondicionado.