La gemela silenciosa Capítulo 22
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Capítulo 22

Lisa vino a verme durante el horario de visitas, tal como me había prometido la noche anterior. Pasé la primera parte de nuestro encuentro poniéndola al corriente de la crisis que había tenido en el despacho del doctor Larson.

–Estoy segura de que fue horrible, pero estoy de acuerdo con él.

Tiene razón en cuanto a tu capacidad de disociación y a lo de remontarte en el tiempo hasta el momento en que empezó.

Es la única manera de afrontarlo si quieres mejorar.

Por muy doloroso que sea, vas a tener que empezar a hablar de tu infancia para poder superarla.

Nunca había hablado con nadie de los amigos especiales de mi madre. Jamás. Ni siquiera con Emily. Ni siquiera habíamos hecho un pacto para no hablar de ello, no había hecho falta. Lo que nos había pasado era innombrable.

–Es demasiado horrible.

Mi voz volvió a sonar extraña, como me había sucedido en la consulta del doctor Larson.

Tomó mi mano entre las suyas y la apretó suavemente.

–¿Por qué no lo intentas conmigo?

–Nuestra madre no fue la única que nos hizo daño. Solo empezó a dejarnos salir de nuestro dormitorio para que otras personas pudieran hacernos cosas.

–¿Te refieres a los amigos especiales?

–Dios mío…, ¿lo sabes? ¿Cómo lo sabes?

–Emily me lo contó.

¿Cuándo se lo había contado Emily? ¿Y por qué no me dijo que se lo había contado? Nunca me dijo nada al respecto.

–Vaya…

No sabía qué otra cosa decir.

–Siempre hemos sabido que habíais sufrido abusos sexuales.

Lo incluyeron en el informe médico. Pero nunca supimos quién lo hizo.

Bob y Dalila estaban convencidos de que había sido tu madre, pero yo siempre sospeché que había otras personas implicadas.

Ellos creyeron que no importaba quién lo había hecho y yo respeté sus deseos. Nunca los presioné.

–¿Cuándo te lo contó?

–¿Recuerdas cuando las dos volvisteis a terapia después de que descubrieran que se autolesionaba?

Asentí.

–Esas no fueron las últimas sesiones que tuve con Emily. Empezó a venir a verme durante vuestro penúltimo año en el instituto. Estuvimos haciendo terapia durante los años siguientes. Trabajamos juntas hasta que murió.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Me sentía traicionada. ¿Por qué Emily no me había dicho que iba a ver a Lisa? ¿Por qué lo mantuvo en secreto? Me invadió la ira.

–Pareces molesta –me dijo.

–Lo estoy. –No quería estarlo, pero lo estaba–. Emily contó el único secreto que compartíamos, mientras que yo siempre había guardado todos los suyos.

–Le daba vergüenza haber vuelto a terapia.

Pensó que la hacía débil. Por eso no te lo contó.

–Su voz estaba cargada de emoción–. Elizabeth, ¿sabes lo duro que era para ella tener que luchar tanto mientras tú lo llevabas tan bien?

Hablaba de ello en nuestras sesiones. Quería tener tu fuerza.

Odiaba quién era y las cosas que hacía. Se avergonzaba y se mortificaba por su comportamiento con los chicos.

Durante años se había metido en problemas por su comportamiento con los chicos.

En el colegio la sorprendieron en el patio con varios compañeros de clase y, en secundaria, empezó a tener encuentros sexuales con ellos.

Perdió la virginidad a los trece años con un chico de diecisiete que había conocido por internet.

Él la llevó a un restaurante de comida rápida y luego al asiento trasero de su coche; después de aquello, no volvió a verlo.

En el instituto discutía constantemente con otras chicas por acostarse con sus novios.

Bob y Dalila la habían pillado más de una vez publicando fotos desnuda en internet y chateando con hombres mayores.

Pasó la mitad de su adolescencia castigada, sin acceso a internet ni teléfono.

No me ocultaba nada de lo que hacía con ellos. Estaba orgullosa y lo contaba sin parar. Juraba que lo disfrutaba, y cuanto más escabrosa era la conquista, más se excitaba. Yo la creía. Pensaba que la que tenía un problema era yo, no ella; que algo me pasaba por no querer que nadie me tocara.

Hasta que un día, de repente, dejó de hacerlo.

Ya no quedaba con nadie ni hablaba de hombres.

Le pregunté varias veces y ella se rio; dijo que estaba pensando en cambiar de orientación sexual.

Supuse que era otra consecuencia de su depresión, como si hubiera renunciado a algo más que le gustaba, igual que cuando dejó de pintar.

–Recuerdo cuando dejó de hacerlo. Era el verano de nuestro penúltimo año. Hasta entonces había estado loca por ellos, y de repente ya no le interesaban.

–Aunque desde fuera lo pareciera, Emily nunca estuvo realmente loca por los chicos.

No entendía que, en realidad, estaba reaccionando a los abusos sexuales que sufrió en la infancia.

Hablamos mucho de cómo el abuso condiciona la sexualidad.

Cuando una menor pasa por una experiencia así, suele reaccionar de dos formas: o se vuelve extremadamente promiscua o evita cualquier conducta sexual y aparta el sexo de su vida.

Dediqué mucho tiempo a explicarle esta relación.

Le consolaba saber que, teniendo en cuenta lo que había vivido, su comportamiento encajaba en un patrón.

Yo era el otro extremo del que hablaba Lisa. Me deshice del nudo que se me había formado en la garganta.

–Pasamos meses aplicando una forma de terapia conocida como terapia cognitivo-conductual, centrada en el trauma.

Es un tipo de terapia que puede ayudar a superar los abusos sexuales y los traumas que crean.

La ayudó mucho y fue capaz de detener su comportamiento autodestructivo con los hombres.

–Los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas–.

Aunque nuestro trabajo le ayudó a dejar de comportarse así con los hombres, no conseguí impedir que siguiera haciéndose daño.

No importaba el tipo de terapia ni las técnicas que probáramos: la autolesión era algo a lo que no podía renunciar. Nunca me había sentido tan impotente.

Dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas. Comprendía su impotencia y tal vez ella fuera la única persona que comprendía la mía. Esta vez fui yo quien le tomó la mano.

Nos quedamos sentadas en silencio unos instantes.

–Emily era un alma torturada, pero tú no tienes por qué serlo. Siempre he insistido en la importancia de veros como dos personas distintas y separadas.

Debía de habérselo dicho miles de veces a los Rooth a lo largo de los años, y probablemente otras tantas a mí durante nuestras sesiones privadas.

–¿Recuerdas cuando viniste a verme la semana antes de intentar suicidarte y me contaste que querías a Thomas?

Era evidente que necesitabas permiso para querer a alguien más aparte de Emily.

Dalila me llamaba constantemente para contarme que estabas convencida de que Emily seguía viva y actuabas como si realmente lo estuviera, aunque hacía meses que habías dejado de hacerlo.

Di por hecho que por fin habías aceptado su muerte y ya no continuabas comportándote como si siguiera aquí.

Cuando nos vimos aquel día, me pareció que estabas mejor que nunca.

Te habías enamorado y necesitabas permiso para dejarla marchar.

–Hizo una pausa, mirándome fijamente–. Te doy de nuevo ese permiso.

Está bien que te liberes del control que ejerce sobre tu vida y empieces otra, sin ella.

Pero liberarse no era tan fácil. Seguía teniendo preguntas que no iban a desaparecer.

–Lo que no entiendo es qué ocurrió aquella última noche. En última instancia, traté de suicidarme a pesar de no tener ningún motivo para hacerlo. Si estuviera inventando la historia de Emily, ¿no tendría que reescribir el guion? ¿O dejar de fingir que estaba viva? ¿Por qué tenía que morir yo?

Había vivido como si fuera dos personas para mantener viva a Emily, y resultaba sorprendentemente lógico, sobre todo teniendo en cuenta que todos los gemelos sobre los que había leído hacían algo parecido.

Quizá no hasta el extremo al que yo había llegado, pero todos se esforzaban por retener a su gemelo y no afrontar su pérdida.

Yo no quería enfrentarme a la muerte de Emily, así que fingí que no había sucedido, y luego creé una Emily imaginaria y la encarnaba cada vez que la necesitaba.

Esa parte de la historia ya no me resultaba un problema, por extraño que pareciera.

El hecho de haber intentado matarme era la pieza del rompecabezas que no encajaba en la explicación.

–Creo que por fin estabas preparada para dejar marchar a Emily –dijo Lisa.

Seguía sin responder a la pregunta más importante.

–Pero, entonces, ¿por qué intenté suicidarme?

Me di cuenta de que nunca me había parado a pensar en ese aspecto de la situación.

La explicación sobre la creación de una Emily imaginaria para no tener que renunciar a ella era comprensible.

La necesidad de abandonar el espejismo de su existencia tras haberme enamorado de Thomas también encajaba perfectamente con la explicación.

Todo cuadraba, excepto mi intento de suicidio.

¿Era la única que veía un problema en esta parte del rompecabezas?

Aquella mañana había planteado esa misma pregunta en la reunión del equipo y tampoco entonces habían sabido responderme. Solo me miraron fijamente hasta que por fin alguien habló:

–Esa es una muy buena pregunta. Esperamos que puedas responderla una vez que empieces a sentirte más cómoda –dijo una de las psicólogas.

Todos los demás habían asentido con la cabeza, como de costumbre.

La respuesta de Lisa fue similar a la suya:

–Supongo que tú eres la única que sabe por qué lo hiciste.

Puede que tardes en recordar el motivo o que, por desgracia, no llegues a hacerlo nunca.

Es posible que jamás sepas qué pasó ni por qué actuaste así.

Hay personas que nunca recuperan los recuerdos de ciertos traumas, y puede que, en tu proceso de recuperación, tengas que aceptar esa posibilidad: aprender a vivir sin llegar a saberlo.