La gemela silenciosa Capítulo 21 #2
88%

Capítulo 21 #2

Seguí hipando y mi cuerpo siguió temblando hasta que por fin cesaron los sollozos. Estaba vacía. Me sentía como una mujer a la que le hubieran arrancado un bebé del vientre.

Aparté la mano del doctor Larson de mi rodilla.

–¿Puedo volver a mi habitación? –pregunté, rehusando mirarle, avergonzada por mi reacción.

–No estoy seguro de que sea una buena idea.

–Por favor, déjame ir. Por favor.

Hizo un gesto hacia la puerta. Salí arrastrando los pies y recorrí el pasillo. Me moví a cámara lenta, camino de mi habitación. Me desplomé sobre las ásperas sábanas del hospital y me acurruqué sobre un costado, abrazándome las rodillas contra el pecho.

«Tal como hacía Emily», pensé.

Me incorporé y miré a mi alrededor, esperando verla. Me había tumbado en la misma posición en la que me la había encontrado a ella tantas veces en los últimos dos años. Solo que no era ella. Siempre era yo.

–Así es como me tumbo cuando soy Emily –dije en voz alta.

Era reconfortante, casi familiar. Me vi en nuestro piso, tumbada exactamente igual, sola. La imagen era nítida. Los párpados me pesaban y no me resistí: los cerré y me dejé envolver por la oscuridad. Era como estar bajo una manta caliente.

Me desperté sobresaltada cuando Rose me sacudió el hombro.

–¿Estás bien? ¿Estás enferma? ¡Levántate! Vamos, antes de que te metas en un lío…

Me incorporé, frotándome los ojos.

–Tengo sueño. ¿Cuánto tiempo he dormido?

Tiró de mí para incorporarme.

–No lo sé. Una hora. Tal vez dos. No estabas cuando volví del desayuno y luego me di cuenta de que el doctor Larson estaba reunido con Darin, pero tú no estabas por ninguna parte. Elizabeth, levántate o tendrás problemas… Aún no se han dado cuenta de que estás aquí.

Gruñí. Quería volver a meterme en la cama, pero la seguí hasta la sala de estar.

Me hice un ovillo en el extremo del sofá.

Ella se sentó a mi lado y me rodeó con los brazos.

Shelly y su cuadrilla nos miraban fijamente desde sus puestos en la mesa.

Shelly le susurró algo al oído a Tobi y esta no tardó en acercarse al sofá. Hundí la cabeza en el pecho de Rose.

–¿Qué está pasando? –preguntó Tobi–. ¿Está bien?

No me hizo falta levantar la vista para saber que fingía una preocupación exagerada o que Shelly aguzaba el oído intentando oír la conversación.

–Lárgate. Déjala en paz –dijo Rose.

–Solo queremos ofrecerle nuestro apoyo.

–Te he dicho que te vayas. ¡Hablo en serio!

Oí sus pasos alejándose.

Rose me acarició la cabeza, jugueteando con mi pelo como solía hacer yo con Emily. Su gesto hizo que rompiera a llorar de nuevo.

–¿Qué ocurre? –me preguntó–. ¿Te ha pasado algo? ¿Quieres que hablemos de ello?

–Mi sesión con el doctor Larson ha sido muy intensa. Hemos hablado de mi infancia.

Rose puso los ojos en blanco.

–Les encanta hablar de la infancia. Te lo juro, me han hecho contarla hasta el cansancio. Mi psiquiatra de fuera del hospital está obsesionado con que le hable de cuando me violaron a los nueve años, pero en realidad eso ya lo tengo más que superado. He…

Me incorporé y la miré.

–¿Te violaron?

–No he conocido a ninguna chica aquí que no haya sido violada.

–¿Lo dices en serio?

–Ya has oído lo que cuentan todas en las sesiones de grupo. Siempre es así. Nadie acaba aquí a menos que haya pasado por cosas muy duras. ¿Es la primera vez que has hablado de tu infancia?

–Sí. Pero en realidad no he hablado. Me rompí en su despacho en cuanto empezó a hacerme preguntas al respecto.

Alargó la mano para acercarme de nuevo a ella.

–Se hace más fácil a medida que hablas de ello. Te lo aseguro. Pero entiendo lo que quieres decir. La primera vez es muy intensa y luego, una vez que lo has sacado, ya no puedes volver a meterlo dentro.

Me eché a llorar de nuevo. Mi secreto había salido a la luz. Esta vez mis sollozos eran suaves y silenciosos. No había violencia en ellos, tan solo una tristeza abrumadora.

–Shh… shh… Todo va a ir bien. Vas a estar bien.

La manera en que Rose me tranquilizaba me recordaba a cómo había consolado yo a Emily durante los dos últimos años, pero en cuanto pensaba en Emily quería gritarme a mí misma que dejara de fingir.

No la había estado consolando a ella. Me había consolado a mí misma. Yo era la que sufría y la salvadora.

Rose no me hizo más preguntas. Se limitó a seguir abrazándome.

–Lo siento –murmuré.

–¿Lo sientes? ¿Por qué te disculpas?

–Por ser un desastre.

–Buf, todos hemos pasado por eso.

Levanté la cabeza. Shelly y Tobi seguían mirándome, susurrando entre ellas.

Sus miradas de preocupación habían desaparecido y las habían reemplazado miradas de adolescentes malcriadas, como si las hubiera insultado.

Rose también reparó en ellas y les lanzó una mirada gélida.

Ni siquiera fingieron que les molestaba. Siempre era igual.

–¿Quieres oír buenas noticias? –me preguntó Rose–. ¿Algo que no sea tan deprimente?

–Por supuesto.

–No te lo vas a creer –me dijo–. ¡Vuelvo a casa!

Se le dibujó una sonrisa en el rostro. Los ojos le brillaban.

–¿Hablas en serio?

–¿Te acuerdas de la reunión de la que te hablé ayer?

Era por eso. Mi madre ha venido esta mañana y, por supuesto, estaba furiosa, seguramente porque ha tenido que faltar a alguna cita en el juzgado o lo que sea, pero me da exactamente igual.

La doctora Heimer estaba allí, y Mark también.

Me soltaron un discurso larguísimo sobre cómo el equipo cree que todavía no estoy preparada para volver a casa, pero que mi seguro ya no cubre más tiempo aquí.

—Seguía sonriendo—. Quieren que vaya a un centro de tratamiento intensivo para trastornos alimentarios, pero mi madre tendría que pagarlo.

Es uno de esos centros lujosos, así que cuesta una fortuna.

¿Y adivinas? Mi madre no quiere. Dice que está harta de gastar dinero para que no mejore.

–¿Y qué harás? –le pregunté.

–Oh, esto se pone aún mejor. Me voy a ir a vivir a mi propio piso. Mi madre no quiere que vuelva a casa. Odia tener que estar pendiente de mí, así que me va a pagar un apartamento. Me independizo. ¡Estoy emocionadísima!

No pude evitar acordarme de todas aquellas veces que me decía que odiaba que su madre estuviera siempre fuera, porque la obligaba a quedarse sola, y ella no soportaba estar sola. Lo repetía constantemente. Pero supongo que vivir sola era mejor que seguir en el hospital.

–Probablemente no será hasta dentro de un par de días. Hay un montón de papeleo y mi madre todavía tiene que encontrarme un piso, pero voy a empezar a hacer las maletas. ¿Te apetece ayudarme? A lo mejor te viene bien para distraerte.

Asentí. Temía que si empezaba a hablar me echaría a llorar de nuevo. ¿Qué iba a hacer yo cuando se fuera? ¿La volvería a ver?

–Polly –dijo Rose dirigiéndose a la estación de las enfermeras–. ¿Puedes acompañarnos a mi habitación?

Polly nos siguió hasta la habitación de Rose y se sentó delante de la puerta a seguir leyendo su libro.

Yo nunca había estado allí. Una pared entera estaba cubierta por un collage elaborado que debía de haberle llevado horas.

Estaba lleno de fotos de supermodelos escuálidas mezcladas con poesía oscura y deprimente.

Me dejé caer en su cama y la vi arremeter contra su propia obra de arte, arrancando las imágenes, haciendo bolas con el papel y tirándolo todo a la basura.

–No pienso llevarme nada de esto. No quiero tener nada que me recuerde a este lugar. –Siguió arrancando fotos de la pared–. Es decir, claro que quiero acordarme de ti. Quiero seguir en contacto contigo. Te llamaré por teléfono y así podrás ponerme al corriente de todos los dramas cotidianos.

Le devolví la sonrisa, sintiéndome repentinamente extraña. Quería alegrarme por ella, pero no era capaz. Quería que se quedara aquí conmigo.

–Te voy a echar de menos.

–Se me ocurre una idea. –Rose saltó a la cama junto a mí y me sujetó por los hombros–. Podríamos vivir juntas. Seríamos compañeras de piso. Dios mío, ¡sería tan divertido!

–¿En serio?

No tenía ni idea de qué haría cuando saliera.

Lo único claro era que no pensaba volver al piso que había compartido con Emily.

No podría vivir con sus recuerdos mirándome a la cara todos los días.

Solo de imaginarlo volvía a sentir esa opresión, como si estuviera bajo el agua, igual que antes en la consulta del doctor Larson.

Si de verdad quería empezar de nuevo, tenía que hacerlo desde cero.

Puede que vivir con Rose fuera justo lo que necesitaba.

Me puse a ayudarla a desmontar el collage mientras ella hablaba sin parar de cómo decoraríamos el piso, de los colores del baño y de los muebles del salón.

Quería pintar el baño de amarillo y su habitación de azul.

Hablaba de todas las pelis que veríamos juntas y de los restaurantes a los que iríamos, como si estuviera dispuesta a volver a salir a cenar.

Todo sonaba tan normal… y me encantaba la idea.