Capítulo 21
Pensé que esa noche también me iba a costar conciliar el sueño, pero, para mi sorpresa, descansé como no lo había hecho desde que me quitaron los somníferos.
Desde que llegué al hospital y hasta hacía dos días, había estado tomando dos pastillas al día.
Una blanca por la mañana y una rosa por la noche.
Pero, incluso sin la pastilla para dormir, me quedé dormida en cuanto apagaron las luces y encendieron la iluminación tenue del pasillo.
–Tengo mucha curiosidad por saber cómo te fue anoche con Lisa –empezó a decir el doctor Larson mientras caminábamos por el pasillo, que cada día me resultaba más familiar.
Me parecía increíble que así fuera, pero empezaba a gustarme la rutina estructurada de hacer todos los días las mismas cosas exactamente de la misma manera. Me sentía cómoda en un entorno en el que todo permanecía inmutable.
–Me dijo que Emily lleva muerta dos años –dije en cuanto cerró la puerta tras nosotros.
–¿Cómo te sientes al respecto?
Estaba tan acostumbrada a su pregunta favorita que no me sorprendió cuando fue lo primero que salió de su boca.
–Intento recordar la noche en que murió de verdad.
–Permíteme aclararlo: ¿me estás diciendo que ahora ya crees que Emily murió hace dos años y no hace unas semanas?
Asentí.
–Es solo que…
El doctor Larson me interrumpió:
–¿Te das cuenta de que es la primera vez que reconoces que la muerte de Emily ocurrió hace dos años?
Este es un avance muy importante. –Parecía contento, como si quisiera chocarme los cinco–.
Creo que ayudaría que lo dijeras otra vez en voz alta en primera persona, no afirmando que te lo ha dicho alguien.
Sé que lo acabas de decir, pero me gustaría que fueras tú quien reconociera que Emily lleva muerta dos años.
Es importante que lo conviertas en tu verdad.
Tragué con dificultad. Volví a tragar.
–Emily lleva muerta dos años.
Desde el momento en que me había visto las piernas en el baño y había descubierto las cicatrices, supe que lo que me estaban contando no era una estrategia para poner a prueba mi cordura.
Si podía autolesionarme sin conservar ningún recuerdo al respecto, entonces podía convencerme de que mi hermana seguía viva aunque estuviera muerta.
–¿Cómo te hace sentir eso? –Me encogí de hombros–.
Elizabeth, quiero que hagas un esfuerzo por conectar con la pérdida.
Parte de la razón por la que creaste a Emily fue porque no podías afrontar el dolor de perderla.
Es importante que pases el duelo para que puedas empezar a sanar.
Tienes que dejarla ir de una forma que tenga sentido.
Parte de ese proceso es permitirte sentir las emociones que has estado enterrando.
Es la única manera de que puedas superarlo y, al fin y al cabo, eso es lo que quieres, ¿no?
Me observó desde el otro lado de la mesa.
Me sentía culpable, pero así era. Volver a ver a Thomas me había recordado por qué me había arriesgado a empezar a distanciarme de Emily.
Estar cerca de alguien capaz de corresponderme me hacía sentir bien.
No recordaba la última vez que mi relación con Emily había sido recíproca, pero sin duda hacía mucho más de dos años.
La había perdido cuando entramos en la adolescencia.
Se había abandonado a su dolor y nunca fui capaz de recuperarla.
No del todo. Llevaba mucho tiempo sobreviviendo con fragmentos y breves momentos de lo que ella había sido.
En los días anteriores a mi ingreso en el hospital, había empezado a creerme capaz de desligarme de ella y empezar a vivir mi propia vida.
Quería volver a sentirme así y no sentirme culpable por ello.
Mi motivación iba más allá de lo que sentía por Thomas y de las ganas de recuperar lo nuestro.
Rose era mi primera amiga de verdad que no era Emily, y me encantaba estar con ella.
Con ella sentía que también podía caerle bien a otras personas, que alguien querría estar a mi lado incluso sabiendo lo mal que estaba.
Nos reíamos, hacíamos bromas, y por un rato todo dejaba de ser tan serio.
La carga de Emily siempre había sido enorme y lo ocupaba todo.
Siempre. ¿Y si pudiera vivir sin ese peso encima?
¿Y si Lisa y Dalila hubieran tenido razón desde el principio al decir que la dejara ir y siguiera adelante?
No tenía por qué hacerlo sola. Otros gemelos habían conseguido lo que yo estaba intentando hacer.
Habían pasado por lo mismo que yo y, de algún modo, lo habían superado.
Habían aprendido a estar medio vivos. Si ellos habían podido, ¿había alguna posibilidad de que yo también pudiera?
–Quiero estar bien.
Decirlo me hizo sentir bien. Por fin estaba dejando ir, permitiendo que tuviera lugar el proceso de recuperación.
– Recuperarte va a ser de las cosas más difíciles que hayas hecho en tu vida.
Una parte clave es llegar a la raíz de tu disociación.
La disociación nace de un trauma, y tenemos que volver al momento en que empezó.
Pudiste desconectar de la muerte de Emily y crearte una realidad alternativa porque tienes una enorme capacidad para separarte del dolor.
Estoy casi segura de que esa forma de protegerte ya estaba ahí antes de perderla, probablemente desde la infancia.
Tenemos que mirar hacia atrás y encontrar esos momentos en los que te desconectaste para poder seguir adelante.
Como siempre, estaba volviendo a perderme.
–No lo entiendo.
–La disociación es un mecanismo de protección.
Aprendiste a desconectar de la realidad cuando eras una niña a causa de las cosas por las que tuviste que pasar.
Vas a seguir disociando a menos que volvamos a tu infancia y tratemos el trauma que sufriste.
Tenemos que restablecer la conexión con la realidad que se rompió en aquel momento.
–¿Es necesario?
Asintió con la cabeza.
–Es importante. Podemos empezar poco a poco. ¿Fuiste víctima de abusos sexuales de pequeña?
Eso no era empezar poco a poco. En absoluto. No había ninguna necesidad de hablar de lo que me había ocurrido cuando vivía con nuestra madre. Aquello tenía nada que ver con lo que estaba pasando ahora.
Negué con la cabeza.
–Es hora de empezar a hablar de lo que te ocurrió de niña. Elizabeth, ahora estás a salvo.
Quería que volviéramos a hablar de Emily. Podíamos trabajar lo que él quisiera, pero eso no. Cualquier cosa menos eso.
Me quedé inmóvil, con la mente paralizada.
–Los niños que han pasado por un trauma muchas veces cuentan que sienten como si salieran de su cuerpo. Describen que se ven desde fuera, haciendo cosas, pero sin notar casi nada por dentro, como si no fueran ellos. ¿Te ha pasado algo así alguna vez?
«¿Cómo ha podido saberlo?», pensé.
Me vinieron a la mente las placas del techo del dormitorio de nuestra madre, donde me escondía y miraba cómo los amigos especiales jugaban con mi cuerpo.
Estaban llenas de pequeños agujeros y yo elegía uno en el que concentrarme y al que enviar mi cerebro.
A veces contemplaba cómo hurgaban y se metían en mi cuerpo, introduciendo su maldad dentro de mí, partiéndome en dos.
Otras veces desaparecía en la nada durante un tiempo.
–Sí.
No reconocía el sonido de mi voz.
El doctor Larson habló despacio, pronunciando cada sílaba:
–Háblame de ello. Trata de recordar dónde estabas y qué ocurrió. Cómo te sentiste. Ahora estás a salvo. Está bien hablar de ello.
–Yo… eeeh… estaba…
Recordé el dolor abrasador que me recorría todo el cuerpo; parecía que estuviera ardiendo, era como si me estuvieran quemando las entrañas.
Volví a ver la cara de Emily llena de terror y su pequeño cuerpo temblando violentamente mientras me miraba desde la esquina del dormitorio de nuestra madre, sabiendo que ella sería la siguiente si el monstruo no se saciaba conmigo.
«No puedo hacerlo. Me dije que nunca lo haría. No quiero recordarlo. Por favor, no me obligues…, por favor», supliqué para mis adentros.
El doctor Larson se levantó y puso su silla junto a mí, en mi lado de la mesa. Estaba demasiado cerca y no me gustaba que lo estuviera. No podía respirar.
¿Qué estaba haciendo?
–Ahora estás a salvo. Nadie va a hacerte daño. Esta es una parte importante del proceso. Dale permiso a tu cerebro para recordar.
«No puedo. No quiero».
Sentía como si alguien me hubiera metido la cabeza bajo el agua.
«No puedo respirar. No hay suficiente aire».
Me vi a mí misma de niña tumbada en la cama, con los monstruos cerniéndose sobre mí. Donde deberían estar sus ojos había dos piedras negras. Mis pensamientos corrían tan rápido que no podía discernirlos.
–Me hacían daño –susurré, como si los amigos especiales estuvieran en la habitación con nosotros y pudieran oírme–. Hombres malos. Hombres realmente malos.
Empecé a toser y a asfixiarme. Tenía algo en la garganta. Sentí arcadas, pero no salió nada. Traté de expulsarlo de nuevo y esta vez, cuando abrí la boca, unos gemidos desgarradores atravesaron el aire. Fuertes alaridos de animal procedentes de algún lugar en la profundidad de mis entrañas.
«No puedo dejar de gritar. Por favor, haz que pare».
Los gritos continuaron.
El doctor Larson se acercó a mí y me puso suavemente la mano en la rodilla.
No me abrazó ni me estrechó, como habría hecho Lisa.
Se limitó a permanecer alerta mientras yo me desmoronaba.
Mientras me rompía en pedazos. Sentía dolor en todo el cuerpo.
Las entrañas me ardían. Los sollozos me atravesaban una y otra vez.
Las lágrimas me aguijoneaban los ojos mientras en mi mente se reproducían imágenes de Emily y yo acurrucadas en nuestra habitación después de que los monstruos se hubieran ido.
El dolor me estaba devorando. Mi cuerpo temblaba como si estuviera convulsionando.