Capítulo 20
A pesar de lo mucho que lo habría necesitado, no podía quedarme sola en mi habitación una vez que Lisa se hubo marchado.
Si bien el personal blandía ante nosotros el privilegio de poder pasar tiempo a solas en nuestras habitaciones, a nadie se le concedía.
Estaba agotada, pero me puse en la cola del teléfono, esperando a que Shelly colgara, porque le había prometido a Thomas que le llamaría.
A diferencia de los demás, que susurraban y hablaban en voz baja cuando llamaban a alguien, Shelly se aseguraba de que todo el mundo oyera sus conversaciones.
–Vamos, cariño. Ya sé que sigues pensando que estoy buena –dijo, soltando una risita–. Sé lo mucho que lo deseas. Claro que lo haré. Sí… Oh, cariño… aquí no… no puedo. Aquí no… Sí, estoy tan cachonda…
No dejaba de mirarme para cerciorarse de que la estaba oyendo. Era imposible no hacerlo; incluso las enfermeras parecían incómodas. Por suerte, la había pillado durante los últimos minutos de su llamada.
Cuando me llegó el turno, Thomas contestó al segundo timbrazo.
–¡Ey!
–Hola.
–¿Cómo te ha ido el día? –me preguntó.
–Largo y complicado…
–¿Qué ha pasado? ¿Quieres que hablemos? Pero no tienes por qué contármelo si no quieres. No te sientas presionada.
No sabía cómo explicárselo. Quería hablar con él en persona, pero esa noche y la siguiente tenía clases, así que no podría verle hasta el jueves.
Thomas no podía permitirse perder más clases: ya había faltado durante toda una semana mientras yo estaba en cuidados intensivos y aún estaba tratando de ponerse al día con todas sus tareas.
No me quedaba más remedio que intentar explicárselo ahora.
Me apresuré a contárselo, ya que solo disponía de diez minutos antes de tener que ceder el teléfono a la siguiente persona de la cola.
–Anoche me pasó algo muy extraño cuando estaba en el lavabo con Rose. No sé muy bien cómo explicarlo. Ni yo misma lo entiendo, pero estoy trabajando en ello. Estoy tratando de averiguar qué me pasa.
¿Cómo podía decirle que yo no era la persona que él creía que era? Le había estado mintiendo desde el momento en que nos conocimos, pero, a diferencia de la mayoría de los mentirosos, yo no había sido consciente de ello. ¿Se podía mentir si no eras consciente de que lo estabas haciendo?
–Estoy loca. Es necesario que lo sepas.
No quería hacerle más daño del que ya le había hecho.
–No estás loca.
–Sí que lo estoy. No te haces una idea. Emily lleva muerta realmente dos años y yo he hecho algo más que fingir que estaba viva.
He estado haciendo lo mismo que hacía ella.
–La voz se me quebró–. Me he estado haciendo cortes en las piernas.
Si no te lo crees, deberías verlas… Te las enseñaré el jueves.
Entonces entenderás por qué nunca me has visto desnuda.
Se quedó en silencio. Lo único que oía era el sonido de su respiración.
–Ya te he visto desnuda –murmuró.
–¿Cómo dices? –le pregunté.
Se aclaró la garganta.
–He dicho que ya te he visto desnuda.
–¿Eh? ¿Cuándo? ¡¿De qué estás hablando?!
–No lo recuerdas, ¿verdad?
–No…, no sé de qué me hablas.
–Sabía que no recordabas haber tenido relaciones sexuales.
Siempre decías que no lo habías hecho, pero yo pensaba que tal vez te sentías mal por ello, así que hacías como si nunca hubiera ocurrido.
Y, bueno, para serte sincero, yo también me sentía culpable, así que me era más fácil hacer como que no había pasado nada y seguirte el juego.
Pero siempre he tenido la sensación de que realmente no tenías ni idea de que lo habíamos hecho.
No recordaba nada de todo eso. ¿Cómo podía no acordarme de haber tenido sexo?
–¿No soy virgen? –dije en voz alta.
No podía creer que hubiéramos tenido relaciones.
–Se podría decir que todavía lo eres. O sea, lo intentamos… pero… eh… no… no acabó de funcionar.
¿Cómo podía no funcionar el sexo?
–¿Cuándo lo hicimos? O lo intentamos. ¡O lo que sea! ¿Cuándo pasó?
–Fue la primera vez que te quedaste a dormir.
–¿Me quedé a dormir?
Nunca me quedaba a dormir en ninguna parte. Jamás. Siempre me había dado miedo dejar a Emily sola en casa por lo que pudiera hacer mientras yo estaba fuera.
–¿No recuerdas colarte en la residencia?
–No.
Me explicó que habíamos decidido pasar la noche juntos porque su compañero de habitación se había ido a casa para estar con su familia durante un puente de febrero.
Muchos otros chicos colaban a sus novias para pasar la noche, así que ya existía una estrategia bien elaborada para conseguir que las chicas entraran en la residencia.
Los chicos se turnaban para hacer de señuelo ante las cámaras de la puerta principal, dando saltos y lanzándose contra la pared para bloquear la visión.
A nosotros también nos función; me colé sin ser delatada.
Al parecer, nos dejamos llevar por el momento y lo hicimos. Le pedí que me contara todos los pormenores de la historia por segunda vez, pero yo seguía sin recordar nada.
–Tengo que contárselo a Lisa.
–¿Cuándo has hablado con ella? –preguntó.
–Después de verme las piernas, me asusté tanto que apenas pude dormir.
Sabía que necesitaba hablar con alguien, pero ya conoces al doctor Larson; es imposible hablar con él.
Además, él no conoce ni mi historia ni la de Emily.
Me reconforta hablar con alguien que llegó a conocerla.
He llamado a su consulta esta mañana temprano y ha venido a verme esta noche.
Me trajo una vieja muñeca con la que jugaba cuando hacíamos terapia de niña.
Lisa me había dejado a Annabelle para que la tuviera durante mi estancia en el hospital. Incluso me dejó el peine. Si por mi fuera seguiría abrazándola en ese momento, pero no quería que Shelly y Tobi se burlaran de mí.
–Le conté lo de mis piernas.
–¿Puedo hacerte una pregunta?
–Por supuesto.
El corazón me empezó a latir con fuerza.
–Tus piernas. ¿Nunca te mirabas las piernas?
Podía oír la incredulidad en su voz. No le culpaba.
Yo tampoco me lo creería si alguien me contara lo mismo.
Parecía imposible. No sabía cómo podía ser, pero era la verdad.
Llevaba todo el día yendo al baño a mirármelas para asegurarme de que no me había equivocado.
Había confirmado mi autoengaño más de diez veces.
–Por supuesto que me miraba las piernas. Me las miraba continuamente. Simplemente no veía las marcas y tampoco recuerdo habérmelas hecho. Por eso estoy loca. Por eso llamé a Lisa. Tenía que hablarlo con ella.
–¿Qué te dijo? –me preguntó.
–Me contó que Emily y yo tuvimos un accidente de coche después de nuestra graduación en el instituto y que así fue como murió. Cree que su muerte llevó mi cerebro al límite, así que seguí fingiendo que estaba viva.
–Tiene sentido. Debe de ser estupendo sentir que ya puedes empezar a avanzar.
No tenía la sensación de estar avanzando. De hecho, me sentía más perdida y confusa que nunca. Me encogí de hombros.
–Supongo…
–¡Me toca! ¡Me toca!
Doris estaba plantada delante de mí.
–Me toca. Me toca.
–Oye, tengo que dejarte –le dije–. Se me ha acabado el tiempo.
Me aparté de Doris todo lo que pude.
Se le iba la cabeza un par de veces al día, como mínimo.
Sus arranques de rabia casi siempre acababan con algo volando por los aires o con alguien llevándose un golpe.
Hasta ahora yo había conseguido mantenerme al margen de sus ataques, pero Tobi no había tenido tanta suerte.
El día anterior, en la hora de la comida, se llevó un bandejazo en el ojo izquierdo y ahora iba por ahí con un ojo a la funerala.
–Vale. ¿Puedo ir el jueves? Mañana no puedo, pero…
Me sorprendió que aún quisiera verme.
–Claro que puedes venir –respondí rápidamente.
Doris empezó a mascullar más alto, paseando su rabia arriba y abajo delante de mí. Tuve que colgar a toda prisa.
–Vale. Adiós.
Le hice un gesto con la cabeza a Doris, pero ella no se percató de mi presencia. Pasó por mi lado y cogió el auricular de la pared. Entré en la sala de estar y me senté junto a Rose. No se molestó en levantar la vista.
–Hola –le dije.
Me ignoró.
–¿Rose? ¿Podemos hablar?
–Ah, ahora quieres hablar.
–Escucha… Ya sé que se me fue un poco la olla después de lo de anoche. He tenido un día muy raro. Lo siento. ¿Me dejas que te lo explique? ¿Puedo contarte qué ha pasado?
Alzó la vista hacia el techo, pero me dejó contarle todo lo que había pasado en las últimas veinticuatro horas.
Esta vez lo hice mejor que cuando se lo expliqué a Thomas, y además con ella resultaba más fácil, porque entendía perfectamente lo que era vivir con una enfermedad mental.
Le conté, con el máximo cuidado para no hacerle daño, cómo la noche anterior, en el baño, me había fijado en las marcas de mis piernas y había llegado a la conclusión de que solo podía haberme las hecho yo misma.
Para cuando terminé, se había ido acercando poco a poco y ahora casi estaba sentada encima de mí.
–Guau… Qué locura. ¿Así que Emily ha estado muerta todo este tiempo? ¿Unos dos años? ¿Y tú estabas convencida de que estaba viva?
Asentí.
–Todavía no acabo de entenderlo. Nada de todo esto. Lo único en lo que puedo pensar es que nadie ha estado intentando engañarme ni jugar con mi mente. Emily lleva muerta dos años. Dos años completos. Nada de lo que he estado viviendo con ella ha pasado de verdad.
–Recuerdo haber leído un libro sobre algo parecido cuando estaba en el instituto.
¿Cómo se llamaba? En cualquier caso, no tiene importancia.
En el libro no eran gemelas, pero a la protagonista se le moría la hija.
No recuerdo cómo moría; creo que se ahogaba o algo así.
Da igual… Pero era un poco como tú. Seguía viendo a su hija y hablaba con ella día sí, día también. Pensaba que estaba viva.
Siguió describiéndome el libro y explicándome los distintos momentos, pero yo ya había dejado de prestarle atención.
Estaba demasiado ocupada buscando en mi mente cualquier tipo de imagen o recuerdo de Emily muriendo más allá de la noche en que yo creía que había muerto.
Nada. Mi mente siempre volvía a la noche en el apartamento cuando la encontré en el baño. Lo recordaba vívidamente.
¿Cómo podía parecer tan real y no serlo?
Tenía muchas preguntas. ¿Cómo podía haber discutido con alguien que no existía?
¿Cómo había podido llegar a fingir que estaba viva?
¿Había sido una decisión consciente? ¿Me había despertado un día tras el funeral y me había decidido a hacerlo? ¿Lo había estado meditando?
–¿Qué opinas? ¿Te ha servido de ayuda? –Rose interrumpió mis pensamientos.
–Claro –le respondí, aunque no tenía ni idea de lo que me estaba hablando.
–¿Te he dicho que mi madre vendrá mañana para reunirse con el equipo? –me dijo.
–No. ¿En serio? ¿Para qué?
–No tengo ni idea. La doctora Heimer me lo ha comentado durante nuestra sesión. Quería contártelo esta mañana, pero me has ignorado todo el día.
Me hizo pucheros en un gesto exagerado. Solté una risita.
–Lo siento. Pero lo entiendes, ¿verdad? Quiero decir, ¿no te explotaría también la cabeza un rato si descubrieras que habías estado destrozándote las piernas y no recordaras haberlo hecho?
Rio.
–Supongo. Por esta vez te perdono. Pero que no vuelva a suceder.