Capítulo 19 #2
–Estoy divagando, ya lo sé… Lo que estoy intentando decirte, de preguntarte…
no sé… Lo que quiero decir… Es algo muy extraño, y muy duro.
No sé… Es una locura o tal vez sea yo la loca.
Lo que quiero decir es que creo que realmente estoy loca y no sé qué está pasando.
He pensado que si hablaba contigo… si lo hablábamos…
no sé… Había pensado… había pensado que, ya sabes, que hablando contigo…
Lisa se levantó de la silla y se sentó a mi lado en la cama. Me rodeó el hombro con el brazo.
–Elizabeth, respira hondo.
Traté de hacerlo, pero sentí como si el aire fuera a ahogarme.
–No sé qué está pasando.
Volví a respirar hondo. Esta vez el aire pasó por mi garganta y me llegó a los pulmones. Lo dejé escapar lentamente.
–Vale. Emily se cortaba. Lo recuerdas, ¿verdad? ¿Recuerdas la primera vez que la descubrieron?
Lisa asintió. Suspiré, contenta de que se acordara.
Había mantenido mi promesa de no contarle nunca a nadie cómo Emily se autolesionaba.
Al principio no ocurría con demasiada frecuencia, así que le resultaba fácil ocultarlo.
Su lugar favorito eran los muslos, porque nadie aparte de mí le veía las piernas.
No nos gustaba que nos vieran desnudas y, desde que aprendimos a bañarnos, Dalila y Bob siempre respetaron nuestra intimidad y nos dejaron hacerlo solas.
Al principio, los cortes eran superficiales y no sangraban demasiado.
Siempre me enseñaba sus heridas; sentía un extraño orgullo por ser capaz de hacerlo y se mostraba extrañamente emocionada cuando me enseñaba sus rasguños y arañazos.
A veces pasaban meses sin que volviera a repetirse.
Yo siempre tenía la esperanza de que no lo hiciera nunca más, pero solo era cuestión de tiempo que regresara con un nuevo trofeo.
Emily siempre había sido muy sensible. Cualquier cosa podía hacerla llorar; a veces no estaba pasando nada y ella rompía a llorar.
Cualquier enfado le provocaba una crisis.
La parte positiva de su fragilidad emocional era que también tenía la capacidad de experimentar una felicidad extrema.
Tenía una risa contagiosa que nos hacía felices a todos los que la rodeábamos y, cuando se sentía bien, estaba tan llena de vida que irradiaba energía y entusiasmo.
Los momentos en los que tocaba fondo emocionalmente eran asumibles porque eran fugaces.
Pero algo ocurrió cuando cumplimos trece años.
Ya no lograba superar tan fácilmente ni la tristeza ni las emociones negativas.
Se sumía en periodos de profunda desesperación y angustia en los que yo ya no podía llegar a ella.
Lloraba de manera descontrolada, como siempre, pero, a diferencia de antes, ahora era inconsolable.
Aquella felicidad y aquella luz que antes irradiaba con tanta intensidad se habían extinguido.
Empezó a autolesionarse casi a diario. Tenía en la mochila una bolsa morada de terciopelo con una cuchilla de afeitar y un trozo de cristal.
Siempre la llevaba consigo. Durante la hora del almuerzo o del estudio, se colaba en el baño y se cortaba la piel en silencio.
Los cortes eran cada vez más profundos, hasta el punto de que era difícil contener la hemorragia.
Me convertí en su enfermera. Veía vídeos en YouTube para aprender a limpiar y vendar sus heridas y, enseguida, me hice experta en crear puntos de mariposa y vendajes apretados para detener el sangrado lo mejor posible.
Nunca olvidaré el día en que Dalila la encontró en la bañera.
Yo estaba en la cocina preparándome un bocadillo de mantequilla de cacahuete y mermelada, mi tentempié favorito para después del colegio.
Emily llevaba una hora encerrada en el baño.
Nunca la molestaba cuando estaba allí dentro.
Sabía lo que hacía, pero no soportaba verlo.
Mi trabajo consistía en estar allí cuando terminaba.
El grito de Dalila fue estremecedor y resonó por toda la casa.
Solté el plato y el eco de la porcelana haciéndose añicos contra el suelo aún retumbaba cuando subía las escaleras de dos en dos.
Entré corriendo en el cuarto de baño y encontré a Dalila de pie, paralizada de terror, mirando el cuerpo desnudo y ensangrentado de Emily en la bañera.
Tenía en la mano un largo cuchillo de carnicero, cogido del bloque de madera de la cocina, y las piernas abiertas de par en par, una a cada lado de la bañera.
De ellas manaban regueros de sangre que se acumulaban en el centro, como si estuviera en medio de un espantoso aborto.
En el pecho se había garabateado su nombre con sangre.
Aparté a Dalila de un empujón y corrí hacia ella. Emily miraba al techo con una expresión de pura felicidad en los ojos, como si la hubieran catapultado a otro mundo. La sacudí, tratando de sacarla de su letargo.
Su cabeza se inclinó hacia un lado para mirarme, con la mirada perdida, como si estuviera drogada, y susurró:
–Bethy…, hola. Te quiero muchísimo…
–Yo también te quiero, Em –le dije–. Vamos a limpiarte un poco.
Dalila no se había movido. Seguía allí, quieta como una estatua, conmocionada, mientras yo abría el grifo de la bañera y borraba la palabra «Emily» de su pecho, mientras sus piernas seguían sangrando.
Cuando llegué a la «i», los ojos de Emily se cerraron y Dalila volvió a la vida.
–¡Oh, Dios mío! Jesús bendito. Tenemos que llamar a alguien.
Salió corriendo del cuarto de baño.
Dalila tembló entre sollozos silenciosos durante todo el trayecto hasta el hospital.
Estaba demasiado alterada como para facilitar los datos de Emily en urgencias, así que tuve que hacerlo yo por ella.
Fue la primera vez que tuvieron que ponerle puntos: le dieron veinte en la cara interna del muslo derecho y cuarenta y dos en la del izquierdo.
Los médicos dijeron que había sido una suerte que la encontráramos cuando lo hicimos, porque ya había perdido mucha sangre.
Emily juró y perjuró que no trataba de suicidarse y que solo lo había hecho para sentirse mejor.
Dijo que hacerse tanto daño la había asustado lo suficiente como para no repetirlo.
Prometió que no volvería a hacerlo. Emily tuvo que firmar un contrato de «no autolesión» para evitar que la ingresaran en un hospital psiquiátrico y Dalila aseguró a los médicos que le conseguiría ayuda psicológica.
Habíamos dejado las sesiones de terapia con Lisa unos años antes, pero tras el incidente de Emily las retomamos.
Emily se negaba a reunirse con Lisa si yo no iba con ella, así que la acompañaba a todas sus sesiones.
Dalila no dejó que Emily fuera a la escuela durante dos semanas y se ausentó del trabajo para cuidarla.
Cada dos días nos llevaba y nos traía de la consulta de Lisa.
–Aunque le dijimos a todo el mundo que había dejado de hacerlo, Emily siguió cortándose.
No tardó mucho tiempo en volver a hacerlo.
Al principio lo hizo en el estómago en lugar de en las piernas, por si alguna vez le pedían que las enseñara, pero nadie lo hizo.
No sé por qué Dalila nunca se lo pidió o por qué nunca le examinó el cuerpo para ver si lo seguía haciendo.
Creo que simplemente prefería creer que Emily estaba mejor.
No creo que llegara a superar aquel día.
Nunca volvió a mirarla de la misma manera.
A partir de entonces, Emily se cuidó mucho de ocultar siempre su cuerpo.
Nunca se puso pantalones cortos ni iba a nadar; no era verdad que tuviera miedo al agua.
–Siempre protegiste su secreto, ¿no es así? –preguntó Lisa.
Asentí.
–Autolesionarse era cosa de Emily. Yo nunca lo hice.
Eso es lo que lo hace tan extraño. Ayer estuve en el cuarto de baño con Rose, una amiga que he hecho aquí.
Es anoréxica y está convencida de que está gorda y, le digas lo que le digas, ella sigue creyéndolo.
Pensé que si la hacía mirarse al espejo vería que realmente no lo está.
Me había parecido una idea estupenda.
–Se desnudó frente a mí. Lo cierto es que está aún más delgada de lo que había imaginado.
Le pedí que me mostrara dónde veía la grasa y ella siguió mirándose en el espejo, señalándose todo el cuerpo.
Me sorprendía cómo era posible que pudiera mirarse y ver algo que no estaba allí.
Pero entonces, en ese momento… simplemente lo supe.
Ni siquiera sé cómo lo supe. Lo entendí de golpe. Puedes ver cosas que no están ahí…
Lisa esperó unos minutos a que continuara, pero no pude.
–¿Viste algo que no estaba ahí?
Negué con la cabeza. Las lágrimas caían sobre mis vaqueros favoritos. No me había dado cuenta de que estaba llorando. Lisa me tomó la mano.
Finalmente, recuperé la voz. Tenía que contárselo a alguien.
–Tengo cortes en las piernas. Por todas partes. Como los suyos, como los de Emily.
Sentía el cerebro embotado, como si estuviera a medio camino entre la vigilia y el sueño. Lisa me apretó la mano varias veces, cada vez con más fuerza. Empezaba a sentirme menos aturdida.
–¿Por qué crees que tienes cortes en las piernas? –me preguntó.
Encogí los hombros y sacudí la cabeza de un lado a otro.
La miré.
–Por favor, Lisa, ayúdame. Me pasa algo muy grave. Estoy realmente mal. No sé lo que está pasando. Me siento perdida y estoy muy asustada.
Lisa me estrechó entre sus brazos del mismo modo que Dalila lo había hecho cientos de veces, pero, en lugar de rechazarla, me entregué a su abrazo. No tenía elección, porque temía que, si no lo hacía, me caería de la cama. Annabelle había quedado atrapada entre nosotras.
–Vamos a hablar de ello, juntas, y veamos si podemos averiguarlo. ¿Quieres?
Esperó a que asintiera antes de continuar.
–¿Estás segura?
Asentí de nuevo.
–Sé que los médicos te han explicado que Emily lleva muerta dos años, pero ¿te ha explicado alguien qué es lo que pasó?
Negué con la cabeza.
–¿Quieres saber qué le ocurrió a Emily? –me preguntó.
–Sí.
Quizá si supiera lo que le había ocurrido a ella podría averiguar qué me pasaba a mí.
–Fue una semana después de que ambas os graduarais en el instituto.
Uno de vuestros amigos dio una fiesta y fuisteis juntas.
De vuelta a casa tuvisteis un accidente de coche.
Fue un accidente muy grave. –Hizo una pausa, dándome tiempo para que asimilara y procesara sus palabras antes de continuar–.
Emily salió despedida del coche. Por desgracia, ella no sobrevivió.
Pero tú sí. Estabas devastada. No hablaste durante tres días. Ni una sola palabra.
–Dios mío… Es horrible. ¿Salió disparada del coche?
Lisa asintió.
–¿Recuerdas algo de todo esto?
Cerré los ojos, deseando que me volvieran los recuerdos. Pero nada.
Sacudí la cabeza. Lisa me soltó la mano y me acarició la pierna.
–Perder a Emily fue más de lo que podías soportar.
Probablemente nadie pueda entender del todo lo que esa pérdida significó para ti.
A veces, cuando alguien sufre un trauma importante, su cerebro se desconecta para protegerse del dolor.
Tras el accidente, tu mente se desconectó durante un tiempo porque necesitaba apagarse.
Eso que describía era exactamente lo que me había pasado dos semanas antes, cuando desperté en el hospital convencida de que había perdido a Emily. Todo mi sistema se había apagado y apenas ahora empezaba a volver en sí.
–Lo que más sorprendió a todos los que te rodeaban fue lo rápido que pasaste de estar catatónica a caminar y hablar como si todo fuera bien apenas unas semanas después del funeral.
Habías estado destrozada por la pena y, de repente, zas, volvías a comportarte como si no hubiera pasado nada.
Estabas decidida a irte de casa de Bob y Dalila.
Bob intentó disuadirte, pero tú estabas convencida de que era lo que tenías que hacer.
Dalila seguía conmocionada por la pérdida de Emily y estaba tan absorbida por su propio duelo que no fue capaz de acompañarte como necesitabas.
Si hubiera podido estar más presente, quizá habría logrado hacerte cambiar de opinión.
Poco después de que te mudaras, Bob me llamó para decirme que acababa de hablar contigo por teléfono y que hablabas de Emily como si siguiera viva.
Me quedé desconcertada; no tenía ni idea de qué hacer.
Me vino a la mente una imagen de mí misma haciendo cajas en el antiguo dormitorio de Emily en casa de Bob y Dalila.
Recordé cómo había empaquetado toda su ropa y había elegido cuidadosamente qué novelas policíacas me llevaba y cuáles no, porque eran demasiadas como para meterlas todas en nuestro nuevo apartamento.
Si Emily hubiera estado viva, lo habría hecho ella misma.
Nunca habría permitido que fuera yo quien eligiera sus libros porque era muy exigente con ellos.
Lisa alargó la mano y me acarició la cabeza.
–El cerebro humano es una herramienta poderosa.
Extremadamente poderosa. Te sorprendería lo que es capaz de hacer.
Esto no es más que mi opinión y podría estar equivocada, pero lo que he visto con pacientes que han sufrido una pérdida traumática es que el cerebro no permite que el cuerpo muera de pena, aunque queramos hacerlo y nos parezca que va a ocurrir.
Tarde o temprano, el cerebro nos obliga a funcionar de nuevo.
Que Emily estuviera muerta era más de lo que tu cerebro podía procesar y para poder funcionar tenías que actuar como si Emily siguiera viva.
Te convenciste de que seguía viva. Y para ti realmente lo estaba.
Tu cerebro continuó dando vida a Emily. Hace dos años que eres a la vez Emily y Elizabeth.
Digerí sus palabras lentamente.
Continué tragando, intentando despegar la lengua del paladar.
«Por eso la has hecho venir. Tienes que preguntárselo».
–He sido yo quien ha hecho esos cortes en mis piernas, ¿verdad?
Asintió con la cabeza, confirmando lo que ya había comprendido la noche anterior.
Del mismo modo que Rose se miraba al espejo y veía una grasa que no existía, yo llevaba dos años mirándome al espejo y viendo una piel lisa, sin marcas, que tampoco existía.
En realidad, Rose no tenía ni un ápice de grasa y yo tenía las piernas destrozadas, como si hubiera saltado por una ventana y me hubiera cortado con las esquirlas.
Rose no había sido capaz de ver su realidad, pero yo sí que había visto la mía. Y era aterradora.