Capítulo 19
Me quedé tumbada en la cama, mirando las placas del techo, sin dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía mis piernas.
«Mis piernas. Mis heridas. Mis cicatrices. Mi cuerpo».
¿Cómo había podido hacerme eso? ¿Cómo había podido cortarme así las piernas y no recordar haberlo hecho? Mi cerebro me había estado engañando del mismo modo que el de Rose la engañaba a ella. ¿Qué me pasaba?
Hacía unas horas había sentido los primeros destellos de esperanza, pero se habían hecho trizas en el baño.
Una cosa era fingir y creer que Emily estaba viva y otra muy distinta destrozarme así las piernas y no recordar haberlo hecho.
Estaba aterrorizada. Si había sido capaz de hacerme algo tan horrible y no recordarlo, ¿qué más podía haber hecho?
¿Había otras cosas que tampoco recordaba?
El miedo me recorría el cuerpo una y otra vez.
Hablar con el doctor Larson quedaba completamente descartado.
Si llegaba a enterarse de lo que me había hecho, nunca saldría del hospital.
Se lo contaría al equipo y me enviarían al hospital estatal.
Podría contárselo a Thomas, pero en nuestras conversaciones sobre lo que había ocurrido antes de ingresar apenas habíamos arañado la superficie.
Me escucharía, pero no tendría ni idea de cómo ayudarme.
Debían de ser las tres de la madrugada cuando caí en la cuenta de que podía hablar con Lisa.
Ella conocía mi historia, me comprendía y yo confiaba en ella.
Bob me había dicho que quería venir a verme cuando me sintiera preparada, y ahora lo estaba más que nunca.
Pensar en ella me tranquilizó lo suficiente como para poder quedarme dormida.
A la mañana siguiente, durante la sesión con el doctor Larson, no esperé a que me preguntara cómo me sentía.
–Quiero trabajar con mi antigua terapeuta –le dije antes de que siquiera tuviera tiempo de sacar su cuaderno.
–¿Tu terapeuta? ¿Te refieres a Lisa?
Seguía pareciéndome una buena idea.
–Sí. Me gustaría verla.
–Lo siento, pero la política del hospital es que los pacientes trabajen con los psicólogos que tenemos en el equipo.
Parecía ofendido.
–¿Por qué?
–Todo el equipo está trabajando intensamente para proporcionarte una atención coordinada. Es muy importante que la atención que recibas esté consensuada entre todos los cuidadores.
Su discurso me sonaba a basura psicológica y esa era justo la razón por la que quería ver a Lisa. Ella me hablaba como una persona normal. No pensaba rendirme.
–¿Y qué impide que Lisa trabaje de manera consensuada?
Nunca le había llevado la contraria y eso le sorprendió.
–No forma parte del equipo –me dijo–. No tiene acceso a tu historial ni a ninguno de los planes de tratamiento que hemos creado durante tu estancia aquí.
Podrás verla como tu terapeuta externa cuando salgas.
Estaré encantado de ayudarte a organizarlo; de hecho, creo que sería una gran idea.
Podremos hablar sobre cómo hacerlo cuando se acerque el momento de tu alta.
Pero, antes de llegar a ese punto, tenemos mucho trabajo por hacer.
–Quiero verla ahora. Creo que me sentiría más cómoda hablando con ella.
–Lo siento, pero es la política del hospital. –Se encogió los hombros–. Quizá podríamos hablar sobre por qué te sentirías más cómoda hablando con ella que conmigo o con otro de los terapeutas que tienes a tu disposición.
No lo entendería por mucho que se lo explicara. Me miró como si yo fuera una célula en una placa de Petri.
–¿Puede venir a visitarme? No a hacer terapia conmigo, ya que violaría la política del hospital, pero ¿puede venir durante las horas de visita?
Frunció el ceño.
–Supongo que sí, si la añades a tu lista de visitantes. No puedo controlar quién viene a verte, pero no te lo recomendaría. Creo que podría causarte confusión.
Nuestra sesión transcurrió a toda prisa. No presté atención a nada de lo que él quería hablar, porque estaba concentrada en contar los minutos que faltaban para que terminara.
Cuando por fin lo hizo, me levanté de un salto de la silla y corrí hacia la estación de enfermería.
Llamé a la enfermera más cercana y le dije que necesitaba mi registro de visitas; garabateé en él el nombre de Lisa.
Luego me fui corriendo hacia el teléfono.
Quedaban cuarenta y cinco minutos para que empezara el horario de llamadas, así que era la primera de la cola.
Mientras esperaba, busqué su número en las Páginas Amarillas.
Golpeteé con los pies mientras el teléfono sonaba.
–¿Puedo hablar con Lisa? –pregunté cuando contestó la recepcionista.
–Lo siento, no está disponible en este momento.
–Es una emergencia –le dije–. Necesito hablar con ella.
–Lo siento. Está en una sesión y no puedo interrumpirla. ¿Quiere dejar un recado?
–Se lo pido por favor, de verdad que es una emergencia. En serio, tengo que hablar con ella. No podré volver a llamarla.
–Entiendo perfectamente que se trate de una emergencia; Lisa tiene muchas emergencias. Pero puedo tomar nota de sus datos y decirle que la llame.
Su voz denotaba que se estaba empezando a enfadar.
–De acuerdo.
–Adelante –dijo ella.
–Bien. Dígale que ha llamado Elizabeth Rooth y que estoy en el Memorial Kennedy Hospital, en el pabellón psiquiátrico, en Galston. Necesito que venga a visitarme. Esta misma noche, a ser posible. No sé el número de teléfono de este sitio. Joder, ¡no tengo ni idea!
–Estoy segura de que ya lo tiene. ¿Cuál es el horario de visitas?
–De seis a siete. ¿Puede transmitirle el mensaje? ¿Le dirá que es sumamente importante?
–Por supuesto. ¿Algo más?
–No.
–Perfecto. Que tenga un buen día.
Fin de la conversación. No me quedaba otra que esperar.
Volví a la sala de estar y me acomodé mientras deseaba que acabara el día.
–¿Qué te pasa hoy? –me preguntó Rose.
Me encogí de hombros.
–Nada.
–Llevas muy rara todo el día. –Se puso de morros–. ¿Estás enfadada conmigo? ¿He hecho algo mal? Aún no me has dicho por qué saliste corriendo del baño anoche. ¿Tan horrible era?
–No todo gira en torno a ti, ¿vale? –le solté.
–Vale –resopló, cogiendo una de sus revistas–. Yo tampoco quiero hablar contigo.
Había herido sus sentimientos, pero no tenía fuerzas para tratar de hacerla sentir mejor. Hoy no. El pánico amenazaba con apoderarse de mí. Seguía viendo mis piernas cuando cerraba los ojos y, cada vez que lo hacía, me invadía un torrente de terror que me hacía sentir como si fuera a vomitar.
Aquel día fue el más largo desde que había entrado en el hospital, incluso más que el primero.
Cada minuto se eternizaba. Me repetía que no tenía que mirar el reloj, pero eso solo hacía que lo mirara más.
Cuando creía que había pasado mucho tiempo, levantaba la vista y descubría que solo habían transcurrido unos pocos minutos.
Era angustioso. Ojalá hubiera un botón de avance rápido que pudiera apretar hasta la hora de visitas.
Tenía tanto miedo de que viniera Lisa como de que no viniera.
Durante todo el día tuve una conciencia aguda de todo lo que me rodeaba.
Las luces brillaban demasiado y las voces de todos a mi alrededor eran demasiado altas.
La mayoría de los días ni siquiera notaba que estaban ahí, pero aquel día incluso podía oír a las enfermeras hablando entre ellas en la estación.
La risa exagerada de Shelly resultaba tan estridente que quería taparme los oídos para ahogarla.
Podía oír los latidos de mi corazón retumbando en la cabeza.
Cuando llegó la hora de visitas, estaba agotada. No pude cenar. Me alegré de no haber comido, porque a las seis de la tarde estaba en el cuarto de baño, vomitando grumos de mucosidad amarilla y verde en el retrete. Me topé con Lisa en la estación de enfermeras al salir del baño.
–Hola, Elizabeth.
–Has venido.
Sentí el cuerpo zumbar. Me rodeó con los brazos y me estrechó entre ellos.
–Me ha alegrado mucho que llamaras.
–Y a mí que hayas venido.
Solo ver a Emily me habría alegrado más.
–¿Vamos a tu cuarto y hablamos? –me preguntó, enlazando su brazo con el mío.
Asentí y nos dirigimos a mi habitación en silencio.
Cerró la puerta tras nosotras y la habitación me pareció mucho más pequeña.
Nunca me habían dejado cerrar la puerta, ni siquiera por la noche, pero me alegré de que pudiéramos estar a solas y sin interrupciones.
Lisa debía de tener privilegios por ser terapeuta.
Me acomodé en la cama y ella tomó la silla del escritorio y se sentó. Me sonrió. A diferencia del doctor Larson, no empezó preguntándome cómo me sentía.
Metió la mano en el bolso y sacó a Annabelle. Cuando me la entregó, se me cortó la respiración.
–He pensado que te podría ser útil.
Antes de que hubiera terminado de pronunciar aquellas palabras, yo ya estaba sollozando.
Sujeté a Annabelle y la estreché contra el pecho.
Nos quedamos sentadas unos minutos mientras yo lloraba.
Finalmente, Lisa me pasó el familiar peine blanco y empecé a acariciarle el cabello del mismo modo que hacía cuando era pequeña.
Mi respiración se fue relajando lentamente, igual que entonces.
Fui yo quien tomó la iniciativa:
–Tengo algunas preguntas que hacerte.
–De acuerdo. Me encantará responderlas –me dijo.
–No sé cómo explicártelo, pero voy a intentarlo.
Emily siempre fue la que se cortaba. Yo nunca lo hice.
Nunca. Se cortaba desde que éramos niñas, pero yo no, solo ella.
Yo no era capaz. Lo intenté más de una vez, solo porque quería que ella entendiera cómo me sentía yo.
Pero… nunca pude hacerlo, o al menos pensé que nunca podría.
Sentí que iba a vomitar otra vez. Tenía el sabor de la bilis en el fondo de la garganta.