La gemela silenciosa Capítulo 18
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Capítulo 18

–Veo que has recibido visitas –dijo el doctor Larson con una sonrisa nada más empezar nuestra sesión el martes por la mañana.

Era la primera vez que le veía sonreír. No le pegaba.

–Visitas no. Solo Thomas.

–¿Cómo fue? –me preguntó–. ¿Disfrutaste de la compañía?

Me sonrojé y bajé la mirada.

–Fue bien.

–Tengo buenas noticias. Durante nuestra reunión de equipo de esta mañana, hemos decidido retirarte la supervisión personal –me dijo–. Creemos que ya no es necesario vigilarte tan de cerca.

Me entraron ganas de aplaudir. Su revelación me hizo sentir mejor que aquella vez que gané el concurso de deletreo en la escuela.

Estaba muy orgullosa de mí misma. Me quedaba mucho camino por recorrer, fuera cual fuera el extraño sendero que estaba transitando, pero a ojos del equipo había avanzado.

No sabía qué había hecho para demostrarles que ya no era una amenaza para mí misma, pero no me importaba.

Lo único que importaba era que había dado un paso adelante.

–He pensado que podríamos retomar la charla del viernes sobre tu diagnóstico. ¿Has encontrado alguna información útil al respecto?

«¿Debería contarle lo del libro de Rose?», pensé.

–Lo busqué en un libro, pero no le encontré mucho sentido.

–¿Lo has buscado en el DSM? –preguntó.

–No, creo que no. Era un libro lleno de estadísticas con más de novecientas páginas sobre trastornos mentales.

Volvió a sonreír. Estaba completamente fuera de lugar esa segunda vez.

–Ese es. El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales . Lo llamamos DSM.

–¿Se supone que no debía hacerlo? –le pregunté.

–Imaginé que lo harías. La mayoría de los pacientes acaban por desarrollar la capacidad de leerlo y de moverse por él mejor que algunos de nosotros.

Es muy normal sentir curiosidad por tu diagnóstico y aquí no hay forma de buscarlo en Google.

–Primero había sonreído y ahora trataba de ser gracioso.

Era la primera vez que parecía humano–. ¿Tienes alguna pregunta ahora que lo has leído?

–No entendí nada. El diagnóstico de Rose resultaba muy claro y la describía casi a la perfección, pero el mío sonaba como si estuviera poseída por el diablo o algo por el estilo.

–Los trastornos disociativos pueden ser muy confusos incluso para nosotros.

Clasificamos los trastornos en función de los síntomas.

Hay un montón cuyo síntoma común es la disociación.

Para que se te pueda diagnosticar un trastorno, tienes que cumplir una serie de criterios.

Tomemos el ejemplo de Rose y su anorexia: seguramente cumplía con todos los síntomas enumerados, ¿verdad?

Asentí.

–Como tiene todos los síntomas de la lista, podemos atribuirle con toda tranquilidad ese diagnóstico, pero a ti te hemos diagnosticado con un trastorno disociativo no especificado.

Aquí es donde la cosa se vuelve confusa.

Básicamente, el TDNE implica que tienes muchos de los síntomas de un trastorno, pero no los suficientes para que nos sintamos seguros de diagnosticarte uno en concreto.

Por desgracia, tu caso se complica todavía más porque tienes síntomas que podrían cumplir los criterios de muchos de los trastornos disociativos, pero no los suficientes como para asignarte ninguno en particular.

A medida que avancemos, puede que encontremos más información que nos permita precisar mejor tu diagnóstico, pero por el momento este parece ser el más adecuado.

¿Te ha ayudado algo de lo que te he dicho?

–Sí. Gracias –mentí.

Seguía confundida.

–Bien. –Hizo una pausa–. Me alegro mucho de que estés retomando tu relación con Thomas. Creo que te será de mucha ayuda durante el tratamiento. ¿Has pensado si estás preparada para volver a ver a Bob y Dalila?

Thomas me había dicho que le llamaban todos los días para ver si tenía noticias mías o si le había permitido visitarme.

Él había estado evitando sus llamadas durante los dos últimos días porque no quería decirles que me había visto, pero tampoco quería tener que mentirles y fingir que no lo había hecho.

Estaba convencida de que volverían a llamarle hoy y no sabía cuánto tiempo más podría seguir esquivándolos.

–Supongo que debería verlos –respondí.

No quería que fuera Thomas quien tuviera que decírselo. No era justo.

–No vas a poder quedarte en el hospital para siempre. Parte de nuestro objetivo es prepararte para el alta y, cuando eso ocurra, queremos asegurarnos de que dispones de una red de apoyo. Creo que Bob y Dalila podrían ser de ayuda si les dieras la oportunidad.

–No sé si estoy preparada.

–¿Y si llamaras a Dalila en vez de que venga a verte? ¿Crees que podrías al menos intentar hablar con ella? ¿O te resultaría más fácil hablar con Bob?

Si tenía que llamar a uno de ellos, preferiría que fuera a Bob, pero lo cierto era que nunca lo había llamado porque sabía que no le gustaba hablar por teléfono y a Dalila siempre le dolía que mostrara preferencia por él.

–Podría llamar a Bob, pero entonces tendría que lidiar con el hecho de que Dalila se ofenda porque no la he llamado a ella.

–Dalila es una adulta y es responsable de sus sentimientos, no tú. Si prefieres llamar a Bob en vez de a ella, es perfectamente aceptable.

–¿En serio?

Para mí ambos eran como una sola entidad y nunca me había planteado tener relaciones individuales con ninguno de los dos. Pensar en llamar a Dalila me agobiaba y me deprimía, pero la idea de llamar a Bob me hacía sentir bien. Era parecido a lo que había sentido cuando llamé a Thomas.

–No tiene nada de malo preferir hablar con Bob en vez de con Dalila. Quizá ambos podríais empezar a plantearos cómo os gustaría que fuera vuestra relación.

Pasamos el resto de la sesión hablando de lo que le diría a Bob cuando llamara y de los temas de los que podría conversar con él sin sentirme incómoda, pero la verdad es que no estaba demasiado interesada ni concentrada.

Estaba emocionada por contarle a Rose las historias de gemelos que había leído.

La noche anterior me sentía demasiado sensible como para explicarle nada, pero esa mañana me moría de ganas de ponerla al día de lo que había averiguado.

–¿Estás bien? –me preguntó en cuanto me senté a su lado tras mi sesión con el doctor Larson.

–Sí, estoy bien.

–Pues me alegro mucho. De verdad –me dijo.

Se giró hacia el otro lado. La miré y me di cuenta de que le temblaba el labio inferior.

–¿Qué te pasa?

Sacudió la cabeza.

–Es una tontería. No me hagas caso.

–¿Ha ido mal el pesaje? –le pregunté.

Siempre estaba de un humor pésimo después de pesarse.

Se rio y volvió a sacudir la cabeza.

–Ya te lo he dicho, es una tontería. Lo que pasa es que pensaba que eras como yo.

«¿Como ella? ¿Como ella cómo?», me pregunté. Levanté las cejas.

–No te entiendo.

–Yo no tengo amigos.

Ella nunca llamaba por teléfono ni tenía visitas. Durante la semana que yo llevaba allí, nadie había venido a visitarla. Ahora me tocaba a mí reírme.

–¿De verdad crees que tengo amigos? He tenido una sola amiga en toda mi vida. Eres la primera amiga que tengo que no es Emily.

–Ya te he dicho que era una tontería, pero incluso los más pirados tienen quien los llame. –Señaló al resto del grupo, cada uno en su respectivo emplazamiento en la sala, dejando que el tiempo pasara–. Y tú tienes a tu novio. Un novio de verdad. Yo nunca he tenido uno.

–Hablas como si yo hubiera tenido muchos. En serio, es mi primer novio. Y me refiero a jamás de los jamases. Ya te he dicho que todavía soy virgen. Está más que claro que no tengo ninguna experiencia en lo que respecta a los tíos.

–¿Os enrollasteis cuando estuvo aquí?

Había vuelto a ser la misma de siempre en un abrir y cerrar de ojos. Le puse los ojos en blanco.

–Faltaría más. Nos quedamos en pelotas mientras el personal nos miraba.

–Yo nunca podría quitarme la ropa delante de un chico. Nunca. ¿Puedes imaginarte lo que pensarían de mí?

Se estremeció.

–Créeme, estarían encantados de que no llevaras ropa. Y además estás estupenda.

–Lo que estoy es gorda.

Volví a poner los ojos en blanco.

–Ven, levántate.

–¿Por qué?

–Vamos, levántate. Quiero enseñarte una cosa.

La tomé de la mano y tiré de ella para que se levantara del sofá.

–¿Adónde vamos? –me susurró.

–Sígueme. –Me volví para mirar a Felicia y la llamé–. Vamos al baño. Volveremos en cinco minutos.

Felicia asintió.

–¡¿Te han levantado la restricción?!

–Sí. Desde esta mañana, soy libre de moverme sin que me sigan. –Continué tirando de ella por el pasillo hasta el baño de mujeres–. Y vamos a celebrar mi libertad.

Empujé la puerta del cuarto de baño que había a la derecha de la estación de las enfermeras. Rose me miró, desconcertada, pero me siguió de todos modos. Cerré la puerta detrás de nosotras y miré por debajo de la puerta de cada cabina para asegurarme de que no asomaban zapatos.

–Quítate la ropa –le dije.

Rose se echó a reír.

–¿De qué estás hablando?

–Que te quites la ropa. –Solté una risita–. Vamos, quítatela. Siempre me estás diciendo que quieres enseñarme cómo eres desnuda. Quiero verlo.

–¿Lo dices en serio?

–Muy en serio. ¿Cuántas veces has dicho que no te he visto nunca desnuda? Bueno, pues ha llegado el momento de que te vea.

–Ahora verás.

Se quitó la camiseta y me la lanzó con una gran sonrisa en la cara.

Pero yo la miré horrorizada.

No llevaba sujetador, pero no lo necesitaba porque no tenía pechos, solo pezones. Parecía el cuerpo de un niño de doce años. Podía ver todas y cada una de sus costillas y su vientre era cóncavo. Se le metía hacia dentro tan profundamente que casi podía caberle una sandía en el hueco.

–Eres la persona más delgada que he visto en mi vida.

Se le iluminó la cara.

–¿En serio?

–Sí.

No sabía que fuera posible estar así.

Se quitó los pantalones y se quedó en ropa interior. Sus piernas, delgadas como palos, se arqueaban como si fueran a romperse. Parecía increíble que pudieran sostenerle el cuerpo. ¿Cómo podía caminar sin romperse?

–¿Qué te parece? –me preguntó con las manos en las caderas, que le sobresalían como huesos de dinosaurio.

–Que necesitas engordar un poco.

–Buf, así que de eso va esto.

Se agachó para recoger la camisa mientras fruncía el ceño.

–No, para. –Le arrebaté la camisa–. No haces más que decir que estás gorda, así que quiero que me enseñes dónde está la grasa.

–Fácil. –Levantó el brazo y señaló por debajo del antebrazo–. ¿Ves esta cosa flácida? Parece gelatina.

No veía nada.

–¿Y esto? –Se agarró parte de la piel del vientre y tiró de ella–. Esto es lo que he ganado desde que estoy aquí.

Lo único que sujetaba entre los dedos era piel.

Trató de pellizcarse los muslos, pero no logró agarrar nada, así que les dio unos manotazos.

–Mira cómo tiemblan cuando les doy con la mano. Es asqueroso. –La piel no se movió. La tenía tan tensa que los huesos amenazaban con atravesarla–. ¿Lo entiendes ahora?

Se le llenaron los ojos de lágrimas al mirarse en el espejo.

La rodeé con el brazo.

–No, Rose, cariño, no lo entiendo. No tienes una pizca de grasa en el cuerpo. Ahí no hay nada. Te estoy mirando y no hay nada.

Sacudió la cabeza, incrédula.

–Solo tratas de ser amable. Me miro en el espejo y está ahí. Lo estoy viendo.

Miré su cuerpo demacrado en el espejo, con la cabeza sobredimensionada pegada a su huesudo cuello. Ella no veía lo que yo. Para ella, la grasa de su cuerpo era real, aunque no existiera. Veía cosas que no estaban allí.

El corazón empezó a latirme con fuerza y el estómago se me subió a la boca.

Me quedé mirándola en el espejo mientras ella se pellizcaba.

Su cerebro la estaba engañando. Hipnóticamente, empecé a desabrocharme los vaqueros y los dejé caer al suelo lentamente mientras ella seguía parloteando, enumerando cada zona de grasa que encontraba.

Me miré fijamente a los ojos en el espejo, temerosa de observar mi cuerpo.

«Hazlo. Mira. Solo mira».

Me sentí mareada y el aire me abandonó. Me agarré al lavamanos que tenía delante, obligándome a respirar, y luego bajé la mirada hacia mis piernas. Estaban mutiladas. Unos cortes rojos irregulares atravesaban la piel, creando deformidades dignas de una película de terror.

«Esas son mis piernas», pensé.

Cerré los ojos con fuerza, conté lentamente hasta diez y luego los abrí de nuevo.

Me obligué a mirar otra vez, esperando haberme equivocado.

Las cicatrices rojas, enfurecidas, seguían allí, gritándome.

Unas marcas enmarañadas subían y bajaban desde la cadera hasta la pantorrilla; algunas eran caóticas, como si se hubieran hecho con furia, y otras metódicas y limpias, como si estuvieran trazadas con toda la intención.

La adrenalina me recorrió las venas como una bala disparada por un revólver.

Me apresuré a coger los vaqueros y me los subí tan rápido como pude, tratando de abrochármelos torpemente, como si tuviera dos años.

Y entonces salí corriendo. Corrí todo lo que pude, porque necesitaba salir de aquel baño y alejarme del espejo.