La gemela silenciosa Capítulo 17
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Capítulo 17

Me senté junto a Thomas en mi cama con un desconocido de guardia en la puerta, más nerviosa que en nuestra primera cita.

Me puse a llorar en cuanto entró en la unidad.

Había llorado delante de Rose y ahora también lloraba delante de Thomas.

Tenía miedo de abrir la boca e intentar decir algo por si me ponía a llorar otra vez.

–Tienes mejor aspecto que la última vez que te vi –dijo, y sonrió.

–Tú también.

Le devolví la sonrisa. Sus ojeras habían desaparecido.

Nos sentamos sin tocarnos. Me miró fijamente mientras yo clavaba la vista en la pared blanca frente a mí. Sentía la piel caliente, como si tuviera fiebre.

–Me alegro de que por fin me hayas permitido venir a visitarte. Ya estaba maquinando cómo conseguir que me encerraran aquí para poder verte.

Me cogió la mano. Entrelacé mis dedos con los suyos, como solíamos hacer en su Honda durante nuestras pausas para comer. Sus manos estaban tan sudorosas como las mías.

–Bob y Dalila parecen buenas personas. –Asentí. Todavía no había recuperado la voz–. Bob me recuerda un poco a un Papá Noel flacucho.

–Es verdad…

Sonreí. Me sentía bien a su lado.

Me acerqué para que nuestros muslos se tocaran.

–Siento mucho todo lo que ha pasado. Todo esto. Y todo lo de antes. No sabía lo que estaba pasando. Aún no lo sé. Lo que quiero decir es que…

Me puso la mano sobre los labios.

–Shhh, no pasa nada. De verdad. No hace falta que intentes explicarme nada. Lo entiendo, de verdad, y sé que todo va a ir bien.

Yo no estaba tan segura de que todo fuera a ir bien, pero oírselo decir me hizo sentir mejor.

–¿Quieres que te traiga algo, cualquier cosa? –me preguntó.

–La llave para salir de aquí.

Era una broma malísima, pero aun así nos reímos para romper la tensión.

–¿Sabes? Si yo estuviera en tu lugar, ahora mismo estaría perdiendo la cabeza. Entiendo perfectamente que no quieras seguir preocupándote por mí ni por nuestra relación, pero ¿podemos al menos ser amigos?

Se me hizo un nudo enorme en la garganta.

–Creo que ahora mismo me vendría muy bien un amigo.

Me eché a llorar de nuevo. Estaba sufriendo y ya no me importaba que todos lo vieran.

Me tomó entre sus brazos y me aferré a él como quien se agarra a un salvavidas para no ahogarse.

Me abrazó durante mucho rato hasta que se me pasaron las lágrimas.

No se preocupó de hablar, porque no había palabras que pudieran arreglar lo que estaba pasando.

Nos quedamos abrazados, hablando de la universidad y del trabajo, hasta que llegó el momento de que se marchara.

Volvió el lunes por la noche, en horario de visitas.

Su presencia me resultó reconfortante; era casi como estar en su dormitorio, solo que el zapato en la puerta había sido sustituido por una persona sentada en una silla.

Estaba tan acostumbrada a tener a alguien siguiéndome que, fuera quien fuera, lo veía más como una estatua que como un ser vivo.

Le conté anécdotas de la unidad y, cuando le dije que Doris había anunciado que iba a matar a su madre en mi primera sesión de terapia de grupo, se rio hasta que se le saltaron las lágrimas.

También coincidió en que era absurdo lo mucho que se arreglaban Shelly y su cuadrilla todos los días.

Me trajo un bocadillo con extra de queso y jalapeños, justo como a mí me gustaba. Era lo primero que comía en casi dos semanas que no salía de la cocina del hospital, y me supo mejor que un filete de primera. Me dio pena cuando llegó la hora de que se fuera.

–Te he traído algo –dijo, cogiendo la mochila que había dejado junto a la cama.

–¿En serio?

Aún recordaba el primer regalo que me había hecho. Fue por mi cumpleaños; me había regalado Mujer fenomenal , de Maya Angelou. Esta vez sacó una gruesa carpeta azul y me la entregó.

–Espero que no te enfades. No puedo imaginar cómo te sientes, pero creo que, si yo estuviera en tu lugar, me sentiría muy solo.

Eso me hizo darle vueltas y me puse a buscar cosas por internet.

Encontré un foro de apoyo para personas que han perdido a su gemelo y me pareció increíble.

Son personas que han pasado por lo mismo que tú, cuentan lo que han vivido, sus historias, todo eso.

Pensé que te gustaría leerlo, así que me he gastado media tinta de la impresora en sacar todo esto.

–Su rostro se transformó en esa amplia sonrisa tan familiar.

La echaba de menos–. Espero que lo leas y te ayude a no sentirte tan sola.

Cogí la carpeta y me la apoyé en el regazo, colocando las manos sobre ella.

–Gracias.

Rose, Tobi, Shelly y Denise lo miraron fijamente mientras se alejaba.

El día anterior, Tobi y Shelly no se habían cruzado con él porque sus familias habían ido a visitarlas; Denise había estado durmiendo y, como faltaba tan poco para la cena, Rose ya se encontraba en su sesión privada.

Le había sabido muy mal no haber podido verlo.

En cuanto salió por la puerta, las cuatro se pusieron a gritar.

–Dios mío, es tan mono… –dijo Rose.

–Absolutamente –dijo Denise.

Shelly se puso a dar saltitos junto a Tobi.

–¡¿Cómo ha ido?!

–Bien. Realmente bien.

Pensaba contárselo todo a Rose cuando estuviéramos a solas, porque no me fiaba de las demás.

La tele estaba encendida y todos se agolpaban a su alrededor.

–Ni siquiera sabía que esa cosa funcionaba.

El resto miraba una película antigua de Tom Hanks; incluso habían hecho palomitas. A mí no me interesaba en absoluto, pero quería desviar su atención de mí porque estaba impaciente por ver qué había dentro de la carpeta. Nos unimos al grupo y empecé a leer mientras los demás miraban la pantalla.

Los folios estaban llenos de historias de gente que, como yo, había perdido a un gemelo.

Había cientos de casos. Devoré aquellos relatos como una niña hambrienta a la que dan de comer por primera vez.

Eran desgarradores y me reconocí en la profundidad de su desesperación, como si alguien se hubiera metido en mi cabeza y hubiera escrito el guion de mi vida.

Todos decían sentirse como medias personas sin su gemelo.

Describían la sensación de ser una sola alma en dos cuerpos y la lucha por seguir adelante sin su otra mitad.

Algunos no conseguían superarlo; otros se negaban siquiera a intentarlo.

Muchos se planteaban el suicidio y algunos lo habían intentado.

Rompí a llorar al leer la historia de un hombre que había tratado de quitarse la vida después de perder a su hermano por una sobredosis de heroína.

En los comentarios, otros que también habían pensado en suicidarse tras perder a su gemelo volcaban en él todo su apoyo.

Me fascinaba cómo contaban que habían intentado mantener vivos a sus hermanos.

Algunos le hablaban al espejo como si fuera su gemelo; otros se vestían como ellos.

Una chica de diecisiete años explicaba que ella siempre había llevado el pelo largo y su hermana, corto, pero que en las semanas siguientes a su muerte se lo había cortado.

Algunos llevaban un diario en el que escribían cartas a su gemelo fallecido y fingían que este les contestaba.

Las lágrimas me corrían por las mejillas.

Ya no estaba sola. No era un bicho raro por fingir que Emily seguía viva.

Todos ellos, como yo, habían sido incapaces de hacer frente al enorme pesar de perder a su gemelo y habían hecho algo para mantenerlo con vida hasta que fueron lo bastante fuertes como para empezar a vivir sin él.

Aún no sabía cómo lo había hecho ni cómo funcionaba nada de aquello, pero empezaba a ver que era posible.

Mi cerebro no era capaz de asimilar la cantidad abrumadora de detalles y no sabía si alguna vez llegaría a un punto en el que pudiera imaginarme viviendo sin Emily, pero empezaba a asumir que Emily llevaba muerta dos años.

Aquella noche me dormí abrazando aquellos papeles contra el pecho, como si fueran un osito de peluche.