Capítulo 16
Llevaba cinco días en el psiquiátrico y no había hecho ni una sola llamada, lo cual era inusual, porque allí todo el mundo se peleaba por usar el teléfono.
Solo había dos en la unidad y teníamos un límite de diez minutos, así que siempre había alguien gritándole a otro que colgara el teléfono porque se le había acabado el tiempo.
Incluso Darin y Rick lo usaban. No podía imaginar me con quién hablaban, pero lo utilizaban.
Entre semana solo teníamos dos horas de teléfono, pero era domingo, y se podían usar hasta que apagaban las luces a las diez.
Los domingos todo seguía una rutina más relajada porque los médicos habituales no trabajaban.
Permanecían de guardia por si surgía alguna emergencia que el personal de siempre no pudiera manejar.
Me sentí aliviada al saber que el equipo tampoco estaba allí los domingos.
En lugar del grupo de siempre con Mark, teníamos algo llamado «terapia ocupacional».
Una mujer llamada Teresa, vestida con pantalones de yoga como si acabara de salir del gimnasio, nos condujo a una sala que parecía un aula de arte de primaria.
Allí donde miraras había cajas de plástico llenas de materiales para manualidades.
Purpurina, telas y pegamento se amontonaban sobre las dos mesas largas que ocupaban el centro de la sala.
–Muy bien –dijo Teresa mientras sacaba cajas y las dejaba sobre la mesa–. Podéis expresaros libremente. Tratad de sintonizar con vuestras emociones y reflejadlas aquí.
Empezó a sacar ceras, lápices de colores, plantillas y pinceles y se los entregó a Rick y Darin. Tobi se acomodó junto a Teresa. Shelly y Denise tomaron asiento junto a ella.
–Quiero seguir trabajando en mi caja de Dios –anunció Tobi.
–Muy buena idea –dijo Teresa–. Te la traigo. Shelly, ¿quieres la tuya también?
Shelly asintió.
Teresa se acercó a una estantería y sacó dos cajitas cubiertas de cartulinas y recortes de revistas.
Shelly y Tobi se pusieron a trabajar. Doris no estaba allí.
Se había descontrolado mientras se vestía y aún se estaba recuperando de la inyección.
Normalmente, tardaba bastante en resucitar después de que la pusieran a dormir.
Arlene también estaba desaparecida. Llevaba dos días enferma y no había salido de su habitación.
–Arlene está fingiendo estar enferma para no tener que ir al hospital estatal –dijo Shelly durante el desayuno–.
Sabe que los médicos la quieren trasladar allí, así que pretende fingir que tiene una enfermedad terrible para que no la envíen.
Pero lo harán. No va a funcionar. Nunca funciona.
La última vez que estuve aquí trasladaron a un tío con sida al estatal.
Si lo mandaron a él, lo harán con cualquiera.
No me fiaba demasiado de lo que me decía Shelly, pero estaba bastante segura de que tenía razón en lo de que trasladarían a Arlene.
Se había arrancado tanto pelo que parecía que estuviera en quimioterapia.
Ninguno de los medicamentos que los médicos le obligaban a tomar servía de nada.
También había empezado a tener «accidentes» y le daban ataques de histeria si alguna de las enfermeras se lo mencionaba o trataba de limpiarla.
Por su culpa, la sala del grupo olía fatal.
Miré a Rose y sacudí la cabeza mientras Denise seguía su ejemplo y afirmaba que ella también quería hacer una caja de Dios.
Rose puso los ojos en blanco y me dijo:
–Faltaría más.
No tenía ni idea de lo que era esa caja, pero la mención de Dios me hizo pensar de nuevo en Thomas. Rose y yo nos sentamos, sin coger ninguno de los materiales artísticos. A Teresa no pareció importarle que no hiciéramos manualidades.
–Voy a llamar hoy a Thomas –le dije.
–¿Quién es Thomas? –me preguntó.
–Mi novio, supongo. Al menos lo era. No he hablado mucho con él desde que entré aquí.
–¿Cómo? ¿Tienes novio? Estoy oficialmente celosa. ¡Háblame de él, quiero saberlo todo! –dijo, dando saltitos en la silla.
–No hay mucho que contar, en realidad. Hace un año que salimos. Nos conocimos en el trabajo.
–¿Y? Cuéntame lo interesante, ¡el drama! ¿Te ha puesto los cuernos? ¿Te apoya ahora que estás enferma?
–No hay ningún drama. Es el primer novio que tengo que me dura más de unos meses. Probablemente sea el chico más bueno que exista. Estaba bastante loca por él antes de este incidente…
El «incidente» era la forma en que Rose y yo nos referíamos a lo ocurrido antes de que me metieran en el hospital.
–¿Al menos el sexo era bueno?
Thomas y yo nunca nos habíamos acostado.
Yo era virgen, pero no por una profunda convicción religiosa de esperar al matrimonio, como en su caso.
Simplemente, no me gustaba el sexo. Nunca me había gustado.
Quería que me gustara, porque se supone que es algo que todo el mundo hace, pero al intentarlo mi cuerpo siempre se quedaba paralizado.
–¿Me estás diciendo que no te parece horrible que siga siendo virgen? –me preguntó Thomas después de contarme lo suyo.
Era inusual, pero no horrible.
Durante nuestra relación pasamos muchas noches viendo películas. Yo elegía y él fingía que tenía que aguantar otra de mis comedias románticas, aunque estaba bastante segura de que, en el fondo, le encantaban.
–No, no me lo parece.
Aquel día, en el trayecto en coche de vuelta a mi casa, me planteé si debía contarle mi situación. Siempre había dado a entender que ya había tenido relaciones, pero con Thomas me arriesgué a decir la verdad.
–Yo también soy virgen –anuncié.
Se había pasado los últimos veinte minutos del trayecto exponiéndome sus convicciones religiosas, pero yo no las compartía, así que mi anuncio le resultó chocante.
–¿En serio? ¿Puedo preguntarte por qué?
–No me gusta el sexo.
–¿Cómo lo sabes si nunca lo has hecho?
–He hecho otras cosas.
Había dejado que los chicos exploraran mi cuerpo en el instituto.
Les dejaba que me toquetearan y me manosearan.
Les permitía que me agarraran los pechos, estrujándolos y tirando de ellos hasta hacerme daño, mientras gemían de excitación.
Consentía que me masturbaran, pero sus maniobras me producían tanto placer como colocarme un tampón.
–¿Y no disfrutabas nada de eso? No debían tener ni idea de lo que hacían –dijo con la seguridad de quien da por hecho que él sabría hacerlo.
Ya lo había oído otras veces. Era algo que decían todos los tíos con los que había salido.
–Creo que estoy entumecida de cintura para abajo.
Nunca había sentido nada. A diferencia de mí, a Emily le encantaba el sexo y nunca tenía suficiente.
Incluso se acostaba con desconocidos; nunca llegué a entender qué obtenía de eso.
Me contaba con todo detalle lo que se suponía que tenía que sentir e incluso me convenció para que probara a masturbarme.
Lo intenté exactamente como ella me dijo, pero seguía sin sentir nada.
Thomas pertenecía al club del «Vale todo menos la penetración».
Puede que no llegara a ser él quien me quitara la virginidad, pero estaba decidido a ser el primero en darme un orgasmo.
Besarlo, en cambio, sí me gustaba; besaba muy bien.
Los chicos con los que había salido antes lo hacían con prisas, como si el beso fuera solo un trámite que había que superar para llegar a lo que de verdad querían.
A Thomas le gustaban los besos tanto como a mí y no tenía prisa por ir más allá.
Yo me negaba a quitarme los pantalones, así que nos frotábamos por encima de la ropa como dos adolescentes, y mi primer orgasmo llegó por sorpresa una de esas veces, estando completamente vestida.
No se lo conté hasta pasado más de un mes porque me sentía ridícula.
Cuando al fin lo hice, me puse roja como un tomate: me parecía algo casi infantil.
Pero él estaba eufórico. Le daba igual cómo había pasado; solo le importaba ser quien me hubiera llevado hasta ahí.
No tardó mucho en seguir mi ejemplo. Teníamos mejor sexo completamente vestidos que mucha gente en situaciones «normales».
–Nunca hemos llegado a la penetración, pero hemos jugueteado bastante, y eso se nos da muy bien.
–¿Qué le vas a decir cuando le llames? –me preguntó–. ¿Vas a pedirle que venga hoy?
No había pensado en eso.
–¿Podría venir hoy? –le pregunté.
–Sí. Los domingos puedes recibir visitas en el momento que quieras. Incluso se pueden quedar a comer contigo si te apetece. Pueden traerse su propia comida o pedir una bandeja del hospital.
Corrí hacia el teléfono en cuanto terminó la terapia ocupacional.
Me daba miedo perder el temple si no lo hacía enseguida.
Llegué la primera a la fila y, antes de darme cuenta, estaba marcando su número.
Además del número de teléfono de Bob y Dalila, el suyo era el único que me sabía de memoria.
El corazón me latía con fuerza mientras sonaba.
Tenía la garganta seca y las palmas de las manos mojadas sobre el auricular. No paraba de secármelas.
Estaba a punto de colgar antes de que saltara su buzón de voz cuando contestó:
–¿Hola? –dijo entre resuellos.
–Hola… Soy… soy Elizabeth.
–Oh. Hola. ¿Qué tal?
Podía oír la emoción en su voz.
–He estado pensando mucho en ti. Te diría que he estado rezando por ti, pero sé lo mucho que te enfadas cuando te lo digo. –Reí nerviosamente. Hubo un silencio incómodo–. ¿Cómo va el trabajo? –le pregunté.
–Va bien, lo mismo de siempre. Todos me preguntan por ti… Ya sabes cómo les gusta el cotilleo.
–Ajá…
–No les he contado nada. Todos piensan que estás de baja médica o algo así. Estoy seguro de que Josh te readmitirá en cuanto salgas de ahí.
–Genial.
Otra larga pausa.
–¿Cómo estás?
–Estoy bien. Gracias por preguntar. –Su voz sonó muy atenta–. ¿Y tú?
–Yo también estoy bien.
Más silencio incómodo. Esta vez, aún más largo.
–Estoy... estoy muy contento de que me hayas llamado.
Quería llamarte o escribirte una carta, pero Lisa me dijo que debía darte espacio y que te pondrías en contacto conmigo cuando estuvieras preparada.
Estoy muy contento de que me hayas llamado.
Ay, eso ya lo he dicho… –Rio nerviosamente–.
Espero que no te enfades porque haya hablado con Lisa, pero es que me ha estado ayudando mucho.
–No pasa nada.
–Bien. Me gusta mucho hablar con ella. No soporto hablar con ese doctor Larson; me siento como un completo idiota cada vez que lo hago. Quiero decir, ¿le costaría mucho comportarse como una persona normal?
Me eché a reír. Thomas me hacía sentir bien.
–Me gustaría mucho poder visitarte otra vez. Te echo de menos.
–¿De verdad? ¿Después de todo lo que ha pasado? ¡Con lo chiflada que estoy!
–Te quiero aún más que antes.
El corazón se me derritió. Seguía queriéndome a pesar de estar en un psiquiátrico.
–¿Puedo ir a verte? ¿Por favor? Solo yo. Sin Bob ni Dalila. Ni siquiera tenemos por qué hablar. Simplemente podemos sentarnos juntos. Me encantaría poder sentarme a tu lado.
–Sí, por favor, ven.