Capítulo 15
Estaba impaciente por buscar mi diagnóstico en el libro de Rose y ver si podíamos darle sentido juntas.
Quería hacerlo en privado, pero, por desgracia, no fue posible; seguían vigilándome de cerca.
Yo era la única de la unidad con vigilancia.
Me habían asegurado que me levantarían las restricciones en cuanto estuvieran convencidos de que ya no era una amenaza ni para mí misma ni para nadie.
Me inquietaba que todavía pensaran que pudiera ser una amenaza, pero no podía hacer nada al respecto.
Estábamos de suerte, porque ni Polly ni Felicia tenían turno.
A ninguna de las dos se les escapaba nada, especialmente a Polly.
Había momentos en que parecía que no prestaba atención, pero siempre estaba al tanto de todo.
El sustituto era el tipo hippy que había visto hacía un par de noches.
Se llamaba James y tenía los ojos enrojecidos, casi cerrados.
Rose agarró el ejemplar; un libro de texto grande, gris y muy grueso.
Me lo entregó. En el anverso se podía leer: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales .
Me sorprendió lo enorme que era. Lo hojeé rápidamente y descubrí que tenía más de novecientas páginas.
¿Cómo era posible que hubiera novecientas páginas de trastornos mentales?
Tenía el Santo Grial en mis manos. Por primera vez desde que había empezado mi calvario, iba a tener una idea de lo que creían que me pasaba. Tendría acceso a los conocimientos que ellos poseían. Sentí que eso me daría algo de control sobre mi situación.
–Flipante, ¿no? –Rose soltó una risita–. Deberías verte la cara. ¡Yo puse la misma! –Tomó el libro–. Déjame enseñarte lo que creen que me pasa a mí.
Fue pasando páginas con soltura y se detuvo en una; estaba segura de que ya había consultado cientos de veces. Señaló un apartado.
–Esta soy yo.
Las gruesas letras negras rezaban: «Criterios diagnósticos para 307.1: Anorexia nerviosa».
–¿Qué significa el número? –le pregunté.
Se encogió de hombros.
–No tengo ni idea. Se lo he preguntado a varios médicos y todos me han dicho que no es más que un método de clasificación, signifique lo que signifique. Vete tú a saber.
Debajo del encabezado había unas listas con letras de lo que supuse que eran los síntomas. Había cuatro criterios y, conforme los leía, me sorprendió la precisión con la que el libro describía a Rose. Hice una lista de comprobación mental a medida que avanzaba:
«Negativa a mantener el peso corporal en o por encima de un peso mínimamente normal para la edad y la estatura». Sí.
«Miedo intenso a ganar peso o a engordar, aunque se esté por debajo del peso normal». Sin duda.
«Negación de la situación de bajo peso corporal». También. Realmente pensaba que tenía sobrepaso y, aunque ya había sufrido un infarto, se reía de ello.
«Ausencia de al menos tres ciclos menstruales consecutivos».
–¿Te viene la regla? –le pregunté.
–No –dijo, con una sonrisa de orgullo–. Desde hace casi dos años. ¿Qué te parece la suerte que tengo?
Se veía venir. Otro «sí» rotundo.
–¿Es peligroso?
–En realidad no. Los médicos tratan de darle importancia, pero esencialmente no puedo quedarme embarazada, lo que sería un gran método anticonceptivo si realmente tuviera relaciones sexuales.
–Se dio una palmada en los muslos–. Pero seamos sinceras: ¿quién va a querer meterse en la cama con estas moles?
–¿De verdad crees que tus muslos son grandes? –le pregunté–. Tus piernas son del tamaño de mis brazos. Incluso menos.
Me dio un puñetazo en el brazo.
–Calla, calla. Tendrías que verme desnuda. Son fofas, créeme. Puedo pellizcarlas casi tres centímetros.
–¡De piel! Es imposible que tengas un solo gramo de grasa. Lo que tienes es piel y la piel es elástica. Eso es todo lo que estás pellizcando.
–Lo que usted diga, doctora. El día que no tenga que estar siguiéndote alguien allá donde vayas te enseñaré cómo soy desnuda. Entonces entenderás de qué te hablo.
–Trato hecho.
La idea de buscar mi trastorno me resultaba emocionante, habida cuenta de la exactitud del suyo. Le devolví el libro.
–¿Cómo encontramos el mío?
–Vale, dime otra vez lo que ha dicho que tienes.
Volví a relatarle nuestra conversación, como había hecho antes al salir de la sesión. El nombre se me había quedado grabado para siempre. Mientras yo hablaba, ella avanzaba por el libro con la facilidad de una profesional.
–Aquí está –me dijo.
Le arrebaté el libro. Había estado esperando este momento todo el día. Mis ojos recorrieron rápidamente la página y se posaron en el título en negrita: «300.15: Trastorno disociativo no especificado».
Sin embargo, mi trastorno no estaba tan ordenado en una lista concisa de síntomas como el suyo. Empezaba con un pequeño párrafo en el que se leía:
En esta categoría se incluyen los trastornos en los que la característica predominante es un síntoma disociativo (es decir, una alteración de las funciones habitualmente integradas de consciencia, memoria, identidad o percepción del entorno) que no cumple los criterios de ningún trastorno disociativo específico.
A continuación, se enumeraban seis ejemplos.
Los seis ejemplos utilizaban palabras que nunca había oído, como «desrealización» y «despersonalización».
Se indicaba un «trastorno de trance disociativo» y la explicación más detallada utilizaba palabras prestadas de otros idiomas, como «amok» y otra que parecía un montón de letras unidas al azar: «pibloktoq».
–Esto no tiene ningún sentido. Parece chino.
–Déjame ver –dijo Rose, cogiéndome el libro–. A veces se tarda un poco en encontrarle el significado…
Se puso a leer y fue arrugando la frente a medida que avanzaba. De pronto, soltó una carcajada y con una voz altisonante recitó:
–«El trance de posesión implica la sustitución del sentido habitual de una identidad personal por una nueva identidad atribuida a la influencia de un espíritu, poder, deidad u otra persona». Suena a posesión diabólica.
–Qué fuerte… –Me incliné para examinar el texto con ella–. Entonces no solo me lo parece a mí, ¿no? Tú tampoco le ves el sentido.
–No. En absoluto. Pero algunas cosas de las que pone aquí son bastante confusas, así que tampoco me sorprende demasiado. Esperaba que te tocara uno más fácil.
Albergaba la esperanza de que el doctor Larson me lo explicara si se lo pedía, pero era poco probable.
Parecía más interesado en hacer preguntas que en dar respuestas.
Incluso cuando respondía, no lo hacía a la pregunta formulada.
Como ayer durante la reunión del equipo, cuando le pregunté si iba a dejar de estar vigilada individualmente y me respondió que eso dependía, sin aclarar de qué dependía.
Rose me había ayudado más que él o que cualquiera de los médicos del equipo. A pesar de toda la formación que tenían, no sabían cómo hablar con la gente. No eran como Lisa. Ella sí sabía.
Se me encogió el corazón. Había depositado mis esperanzas en ponerle nombre a mi diagnóstico. Había pensado que me ayudaría a que las cosas empezaran a tener sentido. Incluso si no hubiera sido capaz de encajar todas las piezas, al menos habría sido un punto de partida. Me entraron ganas de llorar.
¿Qué pensaría Thomas? Él, que siempre era tan lógico y práctico, ¿qué diría si le contara todo lo que estaba pasando? ¿Cuánto sabía ya? Por primera vez, lo eché de menos.
Mi motivo para no verlo durante las horas de visita era distinto del que tenía para evitar a Bob y a Dalila.
En general, me culpaba a mí misma por todo lo que estaba pasando, pero había una pequeña parte de mí que lo culpaba a él.
Si no me hubiera enamorado de él y no me hubiera insistido tanto en que conociera a Emily, nada de esto habría ocurrido.
No era lógico ni racional, pero eso no cambiaba las cosas.
de mí se había hecho añicos. No podía imaginar lo que debía de pensar ahora: seguramente me vería como una especie de bicho raro.
Y aun así, si alguien era capaz de ver más allá de algo así, era él.
¿Existía la posibilidad de que llegara a verme otra vez como antes?
No esperaba que siguiera queriendo estar conmigo, pero había sido un gran amigo, alguien con quien podía hablar de cualquier cosa, y echaba de menos esas conversaciones.
Aunque ya no pudiéramos volver a lo de antes, quizá aún quedara una oportunidad de seguir siendo amigos y de poder hablar como solíamos hacerlo.
Durante el último año, Thomas se había convertido en mi gran apoyo.
Cuando algo me entusiasmaba, era a él a quien se lo contaba, y si alguien me hacía enfadar en la universidad, esperaba con ganas el momento de relatarle cada detalle.
Aunque no pudiera hablar con él de cómo iban las cosas en casa con Emily, siempre encontraba la forma de hacerme sentir que todo saldría bien.
Me recordaba que no pasaba nada por no sacar un sobresaliente en un examen y me hacía reír cuando no conseguía cerrar ninguna venta en el trabajo.
Por mucho que me costara admitirlo, Thomas había ido ocupando poco a poco el lugar de Emily como mi confidente.
No recordaba la última vez que, tras un mal día en el trabajo o en la universidad, ella me hubiera consolado o animado.
Todo giraba en torno a ella y a sus cambios de humor.
Me pasaba el día caminando de puntillas alrededor de su estado de ánimo, que marcaba lo que yo podía hacer o decir.
A la Emily que conocí la había perdido hacía mucho, y llevaba años llorando por ella.
Esa había sido una de las razones por las que me resultó tan fácil enamorarme de Thomas.
En aquel momento no había sabido verlo, pero, en el fondo, me sentía sola.
Si el doctor Larson tenía razón y yo había estado creando a Emily durante los dos últimos años, ¿por qué la imaginé enferma y con una vida tan miserable?
Si la había inventado porque no era capaz de dejarla marchar, ¿por qué construir un escenario que nos asfixiaba a las dos y me hacía sentir todavía peor, casi sin escapatoria?
Quería hablar de todo esto con Thomas. No esperaba que tuviera respuestas para mis preguntas, pero necesitaba conocer su punto de vista. Me dije que lo llamaba porque quería su ayuda, pero, sobre todo, necesitaba oír su voz.