La gemela silenciosa Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Rose me dijo que era imposible que yo no tuviera un diagnóstico. Tenía un manual de medicina; lo único que teníamos que hacer era averiguar cuál era mi diagnóstico y entonces podríamos buscar información sobre él.

–¿Mi diagnóstico está relacionado con el tema del apego? –le pregunté.

–Tu diagnóstico es muy complejo –me respondió el doctor.

–¿Y cuál es?

–¿Conocer tu diagnóstico es importante para ti?

Esa era una pregunta muy tonta. Por supuesto que lo era. ¿Quién no querría saber qué le pasa?

–Sí –dije.

–¿Y por qué crees que es importante?

–Si tú y el equipo de médicos habéis decidido que me pasa algo, que tengo algún tipo de trastorno mental o como queráis llamarlo, me gustaría saber cuál.

¿Acaso era un secreto? ¿No le explicaría un médico a su paciente que tiene cáncer?

–Echémosle un vistazo.

Parecía reservado al respecto, como si no quisiera hablarme de ello. La puerta que se había abierto durante nuestra conversación sobre Dalila estaba empezando a cerrarse.

–Te hemos diagnosticado un trastorno disociativo.

Los trastornos disociativos, como la mayoría de las enfermedades mentales, se mueven dentro de un espectro.

Pueden ir desde una afectación leve hasta una afectación grave.

Tu trastorno encajaría como afectación grave, porque está afectando negativamente a tu vida en múltiples niveles.

Es muy serio. Tu caso es único, es algo que no hemos visto nunca.

Tu elemento central es la disociación, pero no cumples los criterios de algunos de los trastornos disociativos más comunes que vemos.

Es un trastorno disociativo no especificado.

No tenía ni idea de lo que estaba hablando.

–¿Qué es un trastorno disociativo?

–Es variable. Y depende del trastorno específico que padezcas.

Sin embargo, es posible padecerlo y funcionar perfectamente en tu entorno.

Mucha gente lo hace. Es posible ser una persona totalmente funcional pero no recordar haber hecho ciertas cosas.

De alguna manera, la persona se fragmenta respecto a sí misma.

Se produce una desconexión o disociación de uno mismo y del entorno.

Seguía sin tener sentido. No parecía muy seguro y me daba la impresión de que no sabía de qué estaba hablando o qué intentaba explicarme.

–Quizá esto te ayude. ¿Alguna vez has tenido lagunas temporales? ¿Te ha ocurrido alguna vez que, estando despierta, hayas hecho algo que no recordabas haber hecho o que no recordaras dónde estabas?

Asentí con la cabeza. Quizá hubiera algo de verdad en su batiburrillo de palabras, porque, efectivamente, tenía lagunas temporales sin saber por qué.

Habían empezado cuando aún vivía con nuestra madre.

Había ocasiones en que sus amigos especiales me llevaban al dormitorio y luego no recordaba nada de lo que había pasado mientras estábamos allí.

Era consciente de haber entrado en el dormitorio, pero lo siguiente que recordaba era estar de nuevo en el salón viendo la televisión como si no hubiera pasado nada.

Pero no solo ocurrían con los amigos especiales.

Incluso cuando vivíamos con los Rooth, había veces que hacía cosas que no recordaba haber hecho.

Me costó mucho tiempo armarme de valor para contárselo a Emil; no le hablé de ello hasta que estuvimos en el instituto.

–¿Puedo hacerte una pregunta?

Había iniciado la conversación de camino a la parada del autobús. Era esa época en la que ya no queríamos que Dalila nos dejara en la puerta del edificio.

–Claro –me respondió.

–¿Recuerdas que hace unas semanas te enfadaste mucho conmigo por hablar con Chrissy después de clase y tuvimos aquella bronca tan tremenda?

Emily miró al cielo y asintió.

–Por supuesto que me acuerdo. Y seguimos sin hablar con ella.

A Emily le costaban los números. Siempre le habían costado y, cuanto más difíciles se ponían, más le costaban.

Al principio del trimestre, cuando empezamos con el álgebra, dividieron el curso en clases en función de nuestros conocimientos matemáticos.

Los profesores trataron de disimular que no era eso lo que estaban haciendo, pero todos sabíamos que era exactamente así.

A Emily la pusieron en una clase con otros alumnos con dificultades con la materia, pero, a diferencia de ella, que aprobaba el resto de asignaturas, esos otros chicos de la clase lo suspendían casi todo.

Eran los chicos de los que todo el mundo se burlaba desde primaria por no ser lo suficientemente inteligentes.

Cuando llegamos al instituto, ya tomaban pastillas, faltaban a clase y mostraban una actitud hostil hacia todo lo relacionado con la escuela. Emily se sintió como una perdedora.

Después de la clase en la que nos habían dado las listas, Chrissy la señaló en el pasillo.

–Parece que te han puesto con los lerdos –entonó, con sus dos mejores amigas plantadas a su lado, sonriendo burlonamente.

Emily la fulminó con la mirada y no dijo nada.

–Qué pena. A mí me han puesto en la clase avanzada. Supongo que ya sabemos quién va a ir a la universidad y quién va a acabar en McDonald’s.

Todos se rieron y Emily se puso roja como un tomate.

Aquella noche me hizo jurar que no volvería a hablar con Chrissy.

Me costó muy poco prometérselo: hacerle daño a Emily era como hacerme daño a mí.

Sin embargo, unos días después, Emily me había encontrado en el pasillo conversando con Chrissy y sus amigas.

Se enfadó mucho conmigo por romper mi promesa, pero el problema era que yo no recordaba haber hablado con ella.

Recordaba haber salido del comedor y lo siguiente que supe fue que estaba en clase.

Tenía una laguna de dos horas y, en lugar de decirle a Emily que no recordaba nada, le dije que Chrissy solo pretendía ser amable y encontrar la manera de disculparse con Emily por lo que había dicho.

Esa mentira me estuvo carcomiendo por dentro, así que decidí que tenía que decirle la verdad a Emily.

–El problema es que en realidad no recuerdo haber hablado con Chrissy en el pasillo. Lo digo en serio. No tengo ningún recuerdo de haberlo hecho. No es la primera vez que me pasa… Me ocurre constantemente. ¿Te ha pasado alguna vez?

Emily me rodeó con los brazos y me dio un fuerte abrazo.

–Dios mío, no tenía ni idea de que también te pasara a ti. ¡Tendría que habértelo dicho! Quería hacerlo. Lo intenté, pero era algo que me hacía sentir muy incómoda. A mí me pasaba lo mismo cuando éramos pequeñas.

La tomé de la mano mientras caminábamos, sintiendo una oleada de alivio.

–¿Recuerdas cuando Bob me pillaba robándole el almuerzo cada dos por tres?

Asentí. En aquella época en la que Emily no era capaz de saciarse por mucha comida que hubiera en la casa y todos los armarios y la nevera estaban cerrados a cal y canto, había empezado a robar comida.

La habían pillado en más de una ocasión con restos de bocadillos y de bolsas de patatas fritas bajo la cama procedentes de los almuerzos que Dalila le preparaba a Bob.

Ella siempre lo negó, pero nadie se creyó nunca que no fuera cosa suya. Ni siquiera yo.

–Verás, sabía que lo había hecho. Del mismo modo que todos sabíais que había sido yo. Pero te prometo que no recordaba haberlo hecho. Nunca fui consciente de haberle robado ningún almuerzo. Ni una sola vez. Bethy, te entiendo perfectamente.

Estuvimos contándonos historias de nuestras lagunas mentales, sobre todo de las que nos daban miedo, y se convirtió en otra de esas cosas que teníamos en común pero que nunca le habíamos contado a nadie más.

Nadie me había preguntado al respecto hasta ese momento.

–Las lagunas son un factor importante de tu diagnóstico.

Tu psique está desconectada y fragmentada en diferentes pedazos.

A veces, en los estados disociativos, las personas actúan de forma muy distinta a la que les es propia.

Cuando ese estado se vuelve muy grave, algunas personas desarrollan otros estados del ser o incluso pueden actuar como si fueran una persona diferente.

Por un momento, pensé que lo había entendido, pero había vuelto a perderme. ¿Mi psique estaba fragmentada?

–¿Qué hace que una persona padezca un trastorno disociativo? –le pregunté.

–Casi siempre tiene su origen en un trauma grave.

Es habitual que una disociación extrema como la que he descrito se manifieste tras sufrir el tipo de negligencia y abusos que padeciste de niña.

Sin embargo, has demostrado una increíble capacidad de resiliencia al conseguir recuperarte de ello en un entorno de apoyo y cariño.

En lo que respecta a la resiliencia, sabemos que hay ciertos factores que sirven como mecanismos de protección y que pueden ayudar a predecir lo bien que responderá una persona al trauma.

En tu caso, creo que la razón por la que pudiste demostrar un nivel tan alto de resiliencia es porque Emily era tu mecanismo de protección.

Eso explica por qué su muerte te hizo disociarte de la realidad.

–Sigo sin entenderlo.

Realmente quería entenderlo. Necesitaba entender qué era lo que pensaban que me pasaba.

–Déjame que intente explicártelo de otra manera.

Tu trauma infantil te predispuso a desarrollar un trastorno disociativo, pero, gracias a tu relación con Emily, pudiste conservar una cierta estabilidad.

Su muerte fue más de lo que tu frágil psique pudo soportar, así que, en lugar de enfrentarte a la realidad de su muerte, seguiste adelante como si estuviera viva.

–¿De verdad lleva muerta dos años?

–Sí. Puedo asegurarte con total certeza que Emily falleció hace dos años.

–¿Y esto no es ningún tipo de prueba? ¿No estás tratando de engañarme?

–Todo lo contrario, estoy intentando ayudarte.

–Se detuvo, buscando alguna pista en mis ojos–.

No voy a mentirte. Tu nivel de afectación es elevado.

Nunca he visto a nadie capaz de estar tan desconectado de la realidad pero aun así mantener una vida relativamente estable y normal de la forma en que tú lo has hecho.

Si lo que decía era cierto, entonces yo tampoco sabía cómo lo había hecho. Emily aún me parecía real. En ese momento era tan real para mí como lo había sido hacía dos semanas.

Ojalá hubiéramos estudiado los trastornos disociativos en clase de Introducción a la Psicología. No habíamos abordado nada parecido a lo que él describía.

–¿Por qué no seguimos hablando de todo esto en la próxima sesión? Nos estamos quedando sin tiempo –dijo el doctor Larson–. Estoy muy satisfecho con tu progreso de hoy.