Capítulo 14
–He observado que anoche volviste a negarte a recibir visitas –dijo el doctor Larson a la mañana siguiente, dando inicio a la conversación.
Asentí. La enfermera me dijo que Bob, Dalila y Thomas se habían presentado durante la hora de las visitas. Cuando llegaron, yo ya estaba dormida.
–¿Puedo preguntarte por qué?
La idea de estar allí sentada en mi habitación pensando en cosas que decirles me resultaba demasiado agotadora.
El dolor y el rechazo habían estado presentes desde que fuimos a vivir con ellos, pero ahora se les había sumado la inmensa pena de haber perdido a Emily, lo que hacía que estar cerca de ella fuera insoportable.
Y seguía enfadada porque habían celebrado el funeral de Emily sin mí.
–Ahora mismo me resulta demasiado difícil –le respondí.
–Parecen realmente preocupados por ti. Dalila llama dos veces al día para saber cómo estás. Por la mañana y por la noche. Parece dispuesta a hacer lo que haga falta para ayudarte.
Esa era una de las cosas que la convertían en una madre increíble.
Había consagrado su vida a nosotras. Nos colmaba de amor y afecto, besándonos y abrazándonos siempre que estábamos a su alcance.
Nos enseñó a movernos en el mundo y cuidó de nuestra salud con la pericia de la enfermera más experimentada.
Nuestra lista de problemas médicos era interminable y, como nos resultaba tan incómodo que nos toquetearan, ella aprendió a tratarlos todos.
Se opuso a que los médicos nos inmovilizaran para ponernos las vacunas, así que aprendió a hacerlo ella misma bajo la dirección de nuestro pediatra.
Durante nuestros primeros meses con ellos estuvimos muy enfermas, ya que teníamos el sistema inmunitario de un bebé, y ella se pasaba noche tras noche sin dormir poniéndonos paños fríos en la frente, frotándonos los huesos doloridos, masajeándonos el pecho y cantándonos canciones de cuna.
Nos apuntó a todo tipo de actividades, porque no quería que perdiéramos más oportunidades de las que ya habíamos perdido, y se aseguró de que lo probáramos todo al menos una vez.
Ninguna de las dos aprendimos a nadar a pesar de todas las clases que tomamos, pero se nos daba bien el kung-fu y nos gustaba todo lo relacionado con el arte.
Contrató a profesores particulares para que trabajaran con nosotras cada tarde y no tardamos en recitar el abecedario y en contar hasta veinte como si nunca hubiéramos hecho otra cosa.
Cuidarnos suponía tener dos trabajos a tiempo completo, pero nunca se quejó.
El amor de Dalila rebosaba, lo que solo hacía que nuestro rechazo fuera más doloroso.
No la rechazábamos a propósito. Éramos amables con ella y nunca le dijimos una palabra desagradable.
Le estábamos agradecidas por todo lo que hacía por nosotras.
Durante el primer año, le dábamos las gracias cada vez que nos daba de comer hasta que acabó convenciéndonos de que no hacía falta.
Éramos consideradas y respetuosas. Nos convertimos en niñas bien educadas y, para sorpresa de todos, empezamos a medrar en nuestro entorno, a pesar de nuestro horrible inicio de vida.
Pero nunca fuimos capaces de responder a su amor y afecto de una forma genuina.
Hacíamos todo lo que se esperaba de nosotras, pero, por mucho que lo intentamos, no pudimos darle lo único que ella quería: que le correspondiéramos con el amor que una hija siente por su madre.
–Has vuelto a hacer llorar a Dalila después de la cena –me susurró Emily una noche mientras nos lavábamos los dientes antes de acostarnos.
–Lo sé –le dije–. No era mi intención.
Todavía no teníamos la certeza de si podríamos quedarnos con los Rooth. Todo parecía demasiado bueno para ser verdad. Vivíamos con el temor constante de hacer algo mal y que nos mandaran de vuelta con nuestra madre.
Aquella noche se me había derramado la leche en la mesa y me encogí instintivamente cuando Dalila se apresuró a coger un paño del fregadero.
–Oh, cariño… –me había dicho con dulzura mientras limpiaba la leche de la mesa–. Ha sido un accidente. No tienes por qué asustarte.
Me abrazó y yo me tensé, preparándome para los golpes que inmediatamente se sucedían en casos como este. Vi la expresión de dolor en sus ojos antes de apartarse de mí. Era una mirada que cada día me resultaba más familiar.
Sentí los ojos de Emily clavados en mí y me volví para mirarla.
No nos hacía falta hablar. Sus ojos me decían que me levantara y que fuera a abrazar a Dalila.
Habíamos estado hablando de lo importante que era para Dalila que la abrazáramos.
Las últimas semanas nos habíamos estado esforzando para hacerlo; nos lo recordábamos la una a la otra constantemente.
Emily lo tenía más presente que yo y sus abrazos eran mejores.
Me puse en pie de un salto. Me acerqué a Dalila en el fregadero y la rodeé con los brazos por detrás, abrazándola torpemente por la espalda.
Me sentía incómoda, pero me obligué a mantenerme en esa posición porque siempre que ella nos abrazaba lo hacía durante mucho rato.
Conté hasta veinte antes de soltarla y volver a mi asiento.
Cuando me volví, pude ver cómo se secaba las lágrimas de los ojos. Emily también debió de verlo.
No sabía cómo describirle al doctor Larson lo que sentía por Dalila.
Probablemente, debía de suponer que Dalila había hecho algo malo que yo no le había contado, pero no era así.
Ella solo había hecho lo correcto, pero ni Emily ni yo sentíamos la necesidad de conectar con una madre a un nivel íntimo.
Tal vez ese deseo podría haber sobrevivido si nos hubieran alejado antes de nuestra madre, pero habíamos tenido que aplacar nuestros impulsos y deseos de amor maternal durante tanto tiempo que finalmente habían dejado de existir.
Ambas habíamos anhelado tener una madre y habíamos acudido a ella una y otra vez en busca de cualquier brizna de amor y atención que pudiera ofrecernos.
Nos contentábamos con cualquier migaja que nos diera, pero lo máximo que recibíamos eran unas palmaditas en la cabeza, como las que se le dan a un cachorro con la intención de apaciguarlo y que deje de molestar.
No podía contar las veces que le había tendido los brazos para que me levantara o me abrazara y ella me había ahuyentado como a una mosca que se hubiera metido accidentalmente en casa al dejar la puerta abierta.
A veces, cuando volvía después de haber estado fuera mucho tiempo, entraba en la habitación para ver cómo estábamos.
En esas ocasiones, lloriqueábamos y tratábamos de aferrarnos a ella cuando se inclinaba sobre la cuna.
Nos respondía con bofetadas y nos gritaba que nos tumbáramos, así que aprendimos a evitarla.
Si le pedíamos algo o intentábamos gatear hasta ella, nos agarraba por los brazos y nos volvía a meter en la cuna como si no pesáramos nada.
Con el tiempo, aprendimos a quedarnos quietas cuando aparecía por la puerta, sin importar lo desesperadas que estuviéramos.
No recordaba cuándo había ocurrido ni cuántos años teníamos cuando renunciamos a intentar conectar con ella.
Yo fui la primera; a Emily le costó mucho más darse por vencida.
–Sé que tienes razón sobre Dalila. Es una gran persona y estoy segura de que nunca ha habido una madre mejor, pero no soy capaz de conectar con ella.
No quería que el doctor Larson pensara mal de ella.
–¿Ha sido siempre así? –Asentí–. Entiendo.
¿De verdad?
–En la infancia, hay etapas críticas del desarrollo en las que deben darse ciertas situaciones importantes.
Una de las más importantes es establecer el apego hacia el cuidador principal.
Los psicólogos sabemos que se trata de uno de los procesos más relevantes que deben ocurrir durante los cinco primeros años de vida.
Cuando no se produce, los niños crecen incapaces de crear vínculos afectivos con otras personas o desarrollan lo que llamamos «apego desorganizado».
Creo que en tu caso, por culpa de los abusos que sufriste, se vio dañada tu capacidad de formar un vínculo recíproco con una figura materna.
También es una de las razones por las que tu conexión con Emily era tan fuerte.
Mientras que la mayoría de los niños forman sus vínculos más fuertes con uno o ambos progenitores a una edad temprana, tu necesidad instintiva de apego se dirigió a Emily.
–Se aclaró la garganta–. Lo que trato de decirte es que no es culpa tuya.
Tu conducta hacia Dalila tiene sentido si se toma en consideración tu infancia.
Era la primera vez en todas nuestras conversaciones que me proporcionaba información útil y no se limitaba a confundirme. Quizá había otras cosas en las que podía ayudarme, como explicarme lo que los médicos creían que me pasaba.
El día anterior Rose me había dicho que era necesario tener un diagnóstico para que te hospitalizasen.
Me explicó que la lista de epítetos que todos pronunciaban en las sesiones de grupo tras decir su nombre era su diagnóstico oficial.
Siempre había pensado que Rick y Darin eran los que estaban peor porque oían voces y hablaban con gente que no estaba allí, pero empezaba a pensar que Shelly y Tobi estaban igual de mal.
Incluso me preguntaba si no estarían peor, porque enumeraban tres o cuatro diagnósticos después de decir su nombre, y Shelly me daba más miedo que cualquier otra persona en la unidad.
Tenía la misma expresión en los ojos que había visto en nuestra madre justo antes de golpear a Emily con la percha o aquella vez que me hizo beber lejía en lugar de agua.
A Rick y Darin los perseguían demonios que eran reales para ellos, aunque los demás no pudiéramos verlos, pero Shelly no estaba reaccionando a ninguna voz en su cabeza.
Respondía al mal que había en su interior, tal como hacía nuestra madre.