La gemela silenciosa Capítulo 13
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Capítulo 13

–No me voy. Estaré aquí al menos once días más.

–No puede ser, ¿en serio? Pensaba que te dejarían salir en setenta y dos horas. A mí me parece que estás perfectamente. –Rose se acercó y me dio un apretón breve–. No te lo tomes a mal, pero me alegro de que sigas aquí. Me gusta tenerte cerca.

Por mucho que Rose me cayera bien, yo no habría dicho lo mismo.

No podía soportar estar allí más días. Me habían succionado la vida y sentía como si el cerebro me fuera a estallar en cualquier momento, desparramándose en pedazos por todo el suelo.

El día era infinito; era mucho peor que cualquier turno que hubiera tenido en el trabajo.

Nuestro grupo de la mañana se centró en Shelly.

–Me muero de ganas de beber –dijo, saltándose su larga lista de trastornos.

–¿Por qué crees que te apetece beber? –le preguntó Mark–. ¿Qué ha sido el detonante?

–No tiene por qué haber un detonante. Tal vez solo quiera beber. ¿No se te había pasado por la cabeza? Esta mierda es estresante.

–Quizá podrías buscar una forma más sana de lidiar con el estrés. –Mark miró alrededor de la sala–. ¿Alguien tiene alguna idea para Shelly sobre cómo podría afrontar el estrés de otro modo?

Shelly no esperó a escuchar nuestras respuestas:

–No podría beber aunque quisiera. ¡Estoy en un puto manicomio!

–Recuerda que preferimos no emplear ese lenguaje aquí.

–«Preferimos no emplear ese lenguaje» –repitió, burlándose de él del mismo modo que se burlaba de cualquiera que la molestara.

–No estoy dispuesto a pelearme ni a hablar contigo si me faltas al respeto, Shelly. Creo que será mejor que pasemos a otra persona. Ya hemos hablado de esto otras veces… Tobi, por favor.

Tobi empezó a hablar, pero la interrumpieron los fuertes sollozos de Shelly.

–Lo siento mucho. No sé por qué actúo así –se lamentó, llorando cada vez con más fuerza–. Nadie me entiende. ¡Nadie! Por una vez, solo por una vez, me gustaría que alguien supiera lo que es ser yo. ¿Por qué nadie lo entiende?

Tobi extendió la mano hacia ella e intentó abrazarla, pero Shelly la apartó de un manotazo.

–¡No me toques!

La rabia de Shelly activó una especie de interruptor en la sala, poniendo a todos en movimiento.

Arlene empezó a mecerse rítmicamente y a tirarse del pelo.

Rick y Darin cobraron vida, como si alguien los hubiera enchufado.

Tobi empezó a sollozar tan fuerte como Shelly.

Denise las miraba a las dos, tratando de decidir a quién debía consolar primero y claramente temiendo equivocarse.

–Callaos. Callaos. Callaos –se unió Doris al coro.

Aparte de Matt, que no parecía darse cuenta del alboroto, Rose y yo seguíamos sentadas en silencio.

Observé cómo Mark trataba frenéticamente de mantener las cosas bajo control.

Yo era la más nueva y me preguntaba si acabaría teniendo mi propio rol dentro del grupo después de pasar allí unos días más.

¿Reaccionaría a su agitación del mismo modo que ellos reaccionaban a la agitación de los demás?

¿Cuánto tardaría en unirme a sus filas? ¿En qué punto me encontraría pasados once días?

Me volví hacia Rose, que los observaba, igual que hacía yo, pero sin participar. ¿Cómo conseguía mantenerse tan normal en medio de todo aquello? Era la que llevaba más tiempo, así que ¿no debería ser la que estaba peor? Tenía curiosidad por conocer su historia.

Una vez consiguió que todo el mundo se calmara sin tener que llamar a al personal, Mark dio por terminada la sesión antes de tiempo.

No sabía cómo lo había hecho, pero había recorrido metódicamente el círculo hablando con voz apresurada a cada uno mientras se las arreglaba para aparentar que no iba acelerado. Le había funcionado.

Empecé a hacerle preguntas a Rose en cuanto regresamos a nuestros puestos habituales. Habló de ello sin ningún tipo de problema: allí todo el mundo compartía detalles íntimos de su vida como si no les importara.

–Los únicos amigos que tuve de niña eran imaginarios –me dijo después de explicar que era hija única y que había crecido sin más niños alrededor.

–Yo tengo una gemela.

–¿Qué dices? ¿En serio? ¡¿Sois idénticas o mellizas?!

–Idénticas.

–Debéis de estar muy unidas. Qué envidia me das.

–Lo estamos… lo estábamos…

No sabía cómo hablar de Emily.

–¿Vendrá a visitarte esta noche con tu familia? ¿Puedo conocerla?

Sacudí la cabeza. La expresión de Rose cambió.

–No es que no quiera que la conozcas. Es que está… está… muerta.

Mis palabras se iban apagando a medida que hablaba. «Muerta» salió como un susurro. Los ojos de Rose se agrandaron.

–¡Oh, Dios mío! ¿Cuándo? ¿Cómo? Dios mío, lo siento mucho por ti.

¿Cómo debía responder a sus preguntas? Lo único que sabía con seguridad era que Emily estaba muerta. Era lo único en lo que todos estábamos de acuerdo.

–Es complicado –dije.

Mi cerebro aún no se había recuperado del día anterior.

Trataba de pensar con lógica sobre lo que el doctor Larson y el equipo habían dicho, pero mi mente estaba confundida.

Quería recordar algo, cualquier cosa que me ayudara a comprender lo que estaba pasando, pero era como cavar en arenas movedizas.

Cada vez que sentía que lograba abrir un pequeño agujero en mi memoria, lo engullía rápidamente una sensación de pánico.

–¿Estabais muy unidas?

–Muchísimo. Lo era todo para mí.

–Probablemente yo también querría morir si perdiera a mi gemela.

–Así es como me siento. Nada tiene sentido sin ella.

Se me hizo un nudo enorme en la garganta. Rose se acercó más a mí.

–Lo siento muchísimo.

Sus palabras fueron simples, pero hasta entonces nadie se había preocupado en reconocer mi pérdida y eso me conmovió. Aquellas palabras se abrieron paso hasta mis entrañas y, por primera vez en mi vida, lloré delante de alguien que no era Emily.

Me limpié las lágrimas.

–Está bien llorar.

Rose me rodeó con el brazo. Fue como si sus palabras me hubieran quitado de encima un saco de piedras.

Comencé a sollozar como nunca lo había hecho. Rose no dijo nada; se limitó a abrazarme y yo me hundí en su abrazo, llorando contra su hombro. Mi llanto provenía de algún lugar profundo en mi interior.

No me di cuenta de que Shelly, Tobi y Denise se habían acercado por detrás hasta que oí la voz de Tobi:

–¿Qué le pasa? –preguntó.

–Dejadnos solas, por favor –dijo Rose con voz suave–. Por favor…

No sabía si se habían ido o si seguían allí, pero no me importaba.

Rose me sostuvo entre sus brazos hasta que mi llanto, desgarrado y angustioso, se transformó en un sollozo apenas audible.

Y continuó abrazándome incluso cuando la aflicción dejó de expresarse en lágrimas o sonidos, para hundirse en lo más profundo de mi ser, en un lugar del que sabía que nunca se iría.

Permanecí inerte entre sus brazos, como una muñeca sin vida.

Nunca había dejado que nadie que no fuera Emily me consolara ni me viera llorar.

Ni siquiera Thomas. Había aprendido a contener las lágrimas desde muy pequeña.

Descubrí que la única forma que tenía nuestra madre de saber que me había hecho daño era verme llorar, y decidí que, hiciera lo que hiciera, no volvería a dárselo.

A los cinco años ya había dejado de llorar cada vez que nos pegaba.

Desde entonces, no volví a derramar una sola lágrima ni a mostrar emoción alguna.

Lo mismo ocurría con los amigos especiales.

Emily lloraba en silencio cuando le tocaba jugar, pero yo me negaba.

Miraba lo que me hacían sin hacer ruido ni mover un músculo de la cara y, cuando todo había terminado, me volvía a poner la ropa, agarraba a Emily de la mano y salía de la habitación.

A veces el dolor era demasiado grande y tenía que llorar para liberarlo, pero solo lo hacía delante de ella o a solas.

Siempre había sido capaz de contener mis emociones. Hasta ese momento.

Algo había cambiado.

Ese momento de intimidad con Rose la obligó a hablarme más de su historia.

Se pasó el resto del día compartiendo conmigo detalles sobre sí misma que nunca le había contado a nadie, ni siquiera a ninguno de sus terapeutas.

Me dijo que nunca había tenido ningún tipo de relación con su padre.

Se había marchado cuando ella solo tenía seis meses para estar con una chica de dieciocho años con la que había tenido una aventura cuando su madre estaba embarazada.

–Mi madre decía que era una niñata insignificante, tonta y a quien solo le interesaba su dinero. Pero era joven y guapa, y supongo que eso era lo único que a él le importaba.

Desde entonces, no lo había vuelto a ver ni a hablar con él.

–¿Tu madre te ha hablado de él alguna vez? –le pregunté.

–No. Era como si nunca hubiera existido. Se refería a él como «mi donante de esperma», y tengo la impresión de que muchas personas llegaron a creer que había sido concebida por fecundación in vitro .

Nunca había recibido un regalo de Navidad ni una tarjeta de cumpleaños de su padre, pero al menos sabía quién era. Yo, en cambio, no tenía ni idea de quién era el mío. Nuestra madre nunca hablaba de él: no lo nombraba, ni siquiera para referirse a él de forma negativa.

Antes de vivir con los Rooth, Emily y yo no sabíamos lo que era un padre.

Ni siquiera imaginábamos que se podía tener más de un progenitor.

Durante el proceso de adopción, los Rooth obtuvieron nuestras partidas de nacimiento.

En el espacio reservado para la firma del padre, donde debía reconocer la paternidad, solo aparecía una palabra: «Desconocido».

Cuando le preguntaron a nuestra madre por él, no obtuvieron más que evasivas.

Aseguró que no sabía quién era y que no tenía el menor interés en averiguarlo.

–¿Tenía alguna relación? –le pregunté a Rose, recordando el flujo constante de hombres en la vida de nuestra madre.

–No. O sea, estoy segura de que tenía hombres con los que se acostaba, pero nunca trajo a nadie a casa y no mantuvo una relación seria con nadie. Jamás. Se preocupaba demasiado de sí misma y de su trabajo.

–¿A qué se dedicaba?

–Era abogada. –Rose puso los ojos en blanco–.

De la peor calaña. Defendía a criminales.

No le importaban los delitos que hubieran cometido mientras le llenaran la cuenta bancaria.

Nunca entendí por qué le importaba tanto el dinero, ya que nunca lo utilizaba para hacer nada divertido.

Toda su vida era el trabajo y no la veía nunca.

–¿No te sentías sola?

–No te haces una idea. Era horrible tener que vivir sola en una casa enorme y vacía. Por no hablar de que estaba tan limpia que era como vivir en un museo.

Describió cómo a su madre le encantaba coleccionar antigüedades y obras de arte que tenía expuestas por toda la casa y cómo a ella no se le permitía tocar absolutamente nada. Incluso su dormitorio estaba lleno de muñecas coleccionables con las que no podía jugar. Solo tenía permitido mirarlas.

–Mi madre se enfadó mucho porque no fui a la universidad –me dijo cuando salimos de la sesión de grupo aquella tarde.

A diferencia del día anterior, aquel día se prolongó hasta tarde. Mark pasó la primera mitad intentando que alguien confesara haberle robado el móvil a una enfermera, pero nadie lo hizo.

–¿A qué universidad solicitaste el ingreso? –le pregunté.

–A ninguna. Eso fue lo peor que pude haberle hecho. Se lo tomó como algo personal. –Y luego añadió, como si se le acabara de ocurrir–: Quizá fuera algo personal.

Aunque su madre siempre estuviera ausente, había gente que cuidaba de ella.

Había tenido cuidadoras –de las que habló como meras canguros venidas a más– desde su segunda semana de vida.

Cuando cumplió los trece años, se quedó sola y pudo hacer lo que quiso.

Pero ella lo único que quería era adelgazar.

Empezó a dejar de comer a los nueve años, empeñada en matarse de hambre.

Su madre tardó un año en darse cuenta, pese a que la cuidadora llevaba tiempo advirtiéndole, una y otra vez, que algo no iba bien.

Su primer intento de suicidio fue a los once: trató de ahorcarse en el armario.

El cinturón se rompió y ella terminó en el suelo.

No murió; se ganó, en cambio, su primera escayola.

Poco después, su madre comenzó a mandarla a centros psiquiátricos.

–¿Cuántos años tenías cuando te encerraron por primera vez?

–Doce. Era un sitio completamente diferente a este. Solo era para chicas con trastornos alimentarios. Una panda de ricas engreídas. Y todas me odiaban.

–¿Cuánto tiempo estuviste allí?

–Seis meses. Y mi madre no vino a visitarme ni una sola vez.

Hizo una mueca extraña.

Le concedí el mismo permiso que ella me había otorgado antes:

–Está bien llorar.

–Ya he llorado bastante por mi madre. –dijo con un tono que daba a entender que no quería hablar más del tema–. ¿Sabías que se puede jugar a picas con solo dos personas? ¿Quieres jugar hasta la hora de cenar?

Intenté concentrarme en el juego de naipes, pero mi mente era incapaz de centrarse en nada. Estaba agotada. No creía que fuera posible estar más cansada que ayer, pero lo estaba. Ya no podía seguirle la conversación a Rose. Sus palabras empezaron a entremezclarse.

En cuanto terminó la cena, le dije a Felicia que no quería recibir visitas y le pregunté si podía acostarme temprano. Me sorprendió que accediera.

Tendida en la cama, y ya superado el límite de las setenta y dos horas, sentía que la amenaza de una fatalidad inminente seguía revoloteando a mi alrededor, como lo había hecho durante toda la mañana.

No poder volver a casa lo había cambiado todo.

Traía consigo la certeza de que aquello no era temporal, de que no iba a salir de allí pronto.

Eso significaba que tendría que seguir viviendo, y hacerlo de una forma en la que nunca antes había tenido que vivir. La idea de esa nueva manera de vivir resultaba más aterradora que cualquier expectativa de muerte.