La gemela silenciosa Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Estaba harta de que todo el mundo me preguntara cómo me encontraba. ¿Tenían que repetirse cada día las mismas cosas?

–Cansada.

–Imagino... –Cruzó las manos sobre el escritorio–. ¿Hay algo de lo que quieras hablar?

No quería hablar ni responder a ninguna de sus preguntas. No sabía cómo me sentía y no me interesaba en absoluto averiguarlo. Quería que tanto él como todos los demás dejaran de mirarme y de jugar con mi mente. Lo único que quería era marcharme.

–Me gustaría saber si hay algún papel que deba firmar antes de irme. ¿Hay algo que deba resolver con mi seguro?

El doctor Larson ladeó la cabeza y me miró inquisitivamente.

–Lo siento, pero no sé de qué me estás hablando.

–Hoy es mi tercer día. Llevo aquí setenta y dos horas.

–Sigo sin entenderlo.

–Pensaba que me iban a dar el alta hoy.

–¿Qué te ha hecho pensar eso?

La expresión en la cara del doctor me llenó de pavor.

–He oído que la gente que intenta suicidarse solo pasa aquí setenta y dos horas.

Se me encogió el corazón al ver cómo cambiaba su semblante y sacudía la cabeza.

–Cada caso es diferente y el tuyo es muy atípico. Nos queda mucho trabajo por hacer antes de que estés lista para irte.

La idea de tener que pasar otro día como el de ayer me daba ganas de llorar y me provocaba ansiedad.

–Creo que estoy lista para irme. ¿Qué pasa si no quiero quedarme?

–¿No te lo ha explicado nadie? –me preguntó.

Una horrible sensación de fatalidad me envolvió. La habitación se hizo aún más pequeña. Sacudí la cabeza; mi voz se había ido.

–Cuando estuviste en el hospital, tu terapeuta, Lisa, estuvo colaborando estrechamente con Dalila y Bob en representación tuya.

Ayudó a Dalila a completar los trámites necesarios para obtener poder notarial sobre ti.

Esto significa que Dalila es responsable de todas tus decisiones médicas y de tus cuidados.

Lisa le aconsejó que te retuvieran según el código 5150 y Dalila siguió su sugerencia.

Me miró expectante, como si de algún modo debiera saber de qué me estaba hablando. Estaba segura de que Rose lo habría entendido, pero yo no tenía ni idea.

–No lo entiendo…

–Un 5150 se emite para recluir a una persona en un centro psiquiátrico cuando es una amenaza para sí misma o para los demás.

Eso permite hospitalizar a una persona contra su voluntad.

En muchas situaciones, es solo durante setenta y dos horas, pero en ciertos casos puede prolongarse hasta catorce días.

En tu caso, hemos considerado que necesitas más tiempo.

–¿Me tengo que quedar once días más aquí?

–No es tan sencillo. Si creemos que estás preparada para irte después de ese periodo de tiempo, te daremos de alta. Pero, si seguimos pensando que es necesario que estés aquí, podremos retenerte.

No me iba a ir. Estaba aquí atrapada.

Sentí agua helada recorriéndome las venas.

–Seguro que te sientes abrumada. Ayer pasaste por muchas cosas… Pero todos estamos aquí para ayudarte. ¿Qué puedo hacer hoy por ti?

Me encogí de hombros.

Nos quedamos en silencio unos instantes. Era enervante.

–Vamos a tener que empezar a hablar de Emily. Creo que un buen punto de partida sería empezar por lo más sencillo. Quizá no sea lo más fácil, pero al menos sí lo más sencillo. –Hizo una pausa–. En el pasado, hiciste mucha terapia con Lisa, ¿verdad?

Asentí.

–¿Qué te parece si me cuentas cómo fue tu experiencia de terapia con Lisa?

–¿Qué quieres saber?

–Lo que te sientas cómoda compartiendo.

Comencé a hablar de Lisa. Fue la primera vez que me resultó fácil hablar con el doctor Larson. Le expliqué que al principio me daba miedo, pero que eso no era nada inusual, porque en aquella época me daba miedo establecer contacto con cualquiera que no fuera Emily.

Lisa era diferente de todos los demás que habían intentado ayudarnos.

Quienes nos conocían sentían pena por nosotras y nos miraban con lástima, pero Lisa nunca lo hizo.

Incluso Dalila y Bob nos miraban de ese modo, aunque fuera de forma desintencionada.

Nuestras sesiones individuales eran el único sitio donde me sentía como una niña normal.

Era un respiro que no me trataran como alguien diferente y frágil.

Las sesiones seguían siempre la misma estructura.

La primera parte consistía en apretujarnos a los Rooth, a Emily, a Lisa y a mí en una habitación tan pequeña que parecía que estábamos sentados unos encima de otros.

No me gustaban esas sesiones familiares porque se esperaba que Emily y yo nos quedáramos quietas escuchando mientras los Rooth y Lisa hablaban de cosas que yo no entendía.

Se dedicaban a hablar durante esos primeros minutos antes de que empezara la actividad.

Aunque había muchos juguetes en la habitación, solo podíamos jugar con ellos cuando formaban parte de algo que hacíamos todos juntos.

Repasábamos una y otra vez los gráficos, las normas y las consecuencias.

Pero, después de eso, Emily y yo teníamos cada una nuestro momento especial con Lisa y nos quedábamos a solas con ella en la habitación.

Era el único momento en que toleraba estar lejos de Emily.

Durante ese rato, yo no tenía que estarme quieta ni callada.

Podía jugar con todos los juguetes que quisiera y como quisiera.

Lisa jugaba conmigo y dejaba que me inventara las reglas.

Mientras jugábamos, me hablaba de cosas o me hacía preguntas, pero nunca me obligaba a decir nada si yo no quería.

Se contentaba con sentarse en silencio mientras peinábamos una muñeca o le cambiábamos la ropa a los peluches.

Tenía una muñeca favorita de la que me enamoré durante nuestra primera sesión por su preciosa melena rubia.

La bauticé Annabelle y rara vez pasaba una sesión sin coger el cepillo y pasárselo por el pelo desde las raíces hasta las puntas.

Tenía un efecto calmante sobre mí. En cuanto me alteraba por algo de lo que estábamos hablando, Lisa detectaba rápidamente mi ansiedad y me tendía a Annabelle y su cepillo. No tardaba mucho en relajarme.

Dejamos de tener esas sesiones cuando cumplimos los once años, pero ella nunca desapareció de nuestras vidas. Se convirtió en una amiga íntima de la familia que de vez en cuando venía a cenar y siempre estaba presente en cualquier acontecimiento especial en la escuela.

Unos años después, cuando Emily entró en una espiral de depresión, volvimos a las sesiones con ella, pero esta vez la atención se centraba en Emily, no en las dos, y ya no teníamos sesiones familiares.

Aunque Lisa siempre me dedicaba unos minutos para ver cómo estaba, la terapia era con Emily.

Al principio me quedaba en la sala con ellas, pero con el tiempo, cuando Emily se sintió lo bastante cómoda, me sentaba en la sala de espera a hacer los deberes o a leer un libro mientras ellas se reunían.

Nunca le pregunté de qué hablaban y Emily nunca me lo dijo.

Parecía avergonzada, así que nunca la presioné.

No me importaba de qué hablaban; lo único que me importaba era que Emily estaba de mejor humor cuando terminaban.

Fue fácil hablar con el doctor Larson sobre la terapia con Lisa.

Las palabras fluían con total libertad y no tenía la sensación de estar sometida a un escrutinio continuo para decir lo correcto.

Tal vez fuera porque hablaba del pasado y el pasado no parecía tan cuestionable ni tan aterrador como lo que estaba ocurriendo en ese momento.

–Parece que te sentías segura cuando estabas en su despacho –dijo cuando terminé de contarle cómo solíamos jugar al «Juego de las emociones».

Era parecido al juego de la oca: cada color representaba una emoción y, cuando caías en un color determinado, tenías que dar un ejemplo de cuándo habías sentido esa emoción.

Me encogí de hombros.

–¿Crees que podríamos conseguir que la terapia conmigo te aportara el mismo tipo de seguridad que sentiste con Lisa? –me preguntó.

–Es posible –le dije.

Era imposible que creyera que le decía la verdad.

La terapia con Lisa era diferente de cualquier tipo de terapia que habíamos seguido.

Me sentía cómoda con ella porque era la única persona que no me había mirado como si me pasara algo malo.

Pero no había duda de que el doctor Larson pensaba justo lo contrario.

Y aún más importante, Lisa me permitía estar en silencio y no me presionaba para decir más allá de lo que yo quería compartir.

El doctor no solo me presionaba, sino que me llevaba al límite.

A Lisa nunca se le habría ocurrido actuar así.

–Muy bien. –Juntó las manos sobre el escritorio–. Me alegra mucho que lo veas así. Creo que podríamos avanzar mucho si te permitieras abrirte.

Parecía satisfecho. Quizá sí que se lo había creído.

–Entiendo que ayer fue un día muy intenso para ti. Podemos hablar de ello si te apetece, pero también entiendo que prefieras tomarte un tiempo para asimilarlo todo antes de seguir con el proceso. ¿Qué opinas?

¿Qué debía opinar? Ayer me había dicho que Emily llevaba muerta dos años, aunque yo había vivido con ella a diario.

La insinuación de que había estado muerta cuando estaba viva era inconcebible.

Lo que no entendía era por qué todos los médicos me mentían.

¿Por qué intentaban hacerme creer algo que no era cierto?

La doctora Heimer dijo que no me estaban poniendo a prueba, pero ¿qué otra cosa podía estar pasando?

Tenía que haber otro motivo para que me mintieran respecto a Emily.

–No me apetece hablar de Emily.

–Me parece comprensible. ¿Hay algo de lo que te gustaría hablar? ¿Tienes alguna pregunta?

Sacudí la cabeza.

–Estoy siempre a tu disposición para resolver cualquier duda que tengas.

Me alegró que la sesión hubiera terminado.

Sin embargo, sabía que al día siguiente volvería a sentarme en esa misma silla, repitiendo la misma rutina.

Tal vez entonces encontraría alguna pregunta que hacerle, pero hoy no.

Habíamos terminado, y lo único que quería era salir de aquella habitación cuanto antes.