Capítulo 12
Cuando salimos de la sesión de grupo, el doctor Larson me estaba esperando en el pasillo.
–¿Cómo ha ido el grupo?
–Ha estado bien –le respondí.
Me habían dejado en paz tras el momento de obsesión inicial de Shelly.
El foco de atención se había desplazado hacia Tobi, que se había pasado la mayor parte de la hora llorando y hablando de cómo su marido la maltrataba verbalmente y de su frustración por no poder dejarle a pesar de todo.
Lo achacó al hecho de que su padrastro le pegara cuando era niña: empezó a golpearla con una pala de madera cuando tenía tres años y a violarla cuando tenía nueve.
A los catorce la dejó embarazada y su madre la obligó a abortar.
Al parecer, se casó con su marido a los diecisiete años para poder irse de casa.
Me sorprendió que pudiera hablar de sus vivencias tan abiertamente con gente a la que apenas conocía.
–Perfecto –respondió, como si eso le hiciera feliz–. El equipo te está esperando.
Por un momento, pensé que empezaría a vomitar de nuevo, pero logré controlarlo.
El doctor Larson avanzó por el pasillo y yo le seguí.
No era una invitación, ni siquiera una petición, porque, aunque nadie me lo hubiera tenido que decir explícitamente, tenía claro que nada era opcional en aquel lugar.
Me había bastado un día para entender que debía seguir al líder en todo momento y hacer lo que se me pidiera.
Cuando llegamos a la puerta, me sentía mareada y aturdida, como si hubiera corrido cincuenta metros para llegar allí. El corazón me latía cada vez más rápido.
El equipo estaba dispuesto de la misma manera que el día anterior. Parecía que todos se habían sentado en el mismo sitio, pero no podía estar segura. No recordaba ninguno de sus nombres. Me senté y todas las miradas se clavaron en mí.
Tenía que estar atenta. Mantener la concentración.
El doctor Larson no tardó en empezar:
–Sabemos que has tenido una mañana bastante dura. Todos nos preguntamos cómo has digerido lo que hemos hablado en nuestra sesión individual de esta mañana.
Hubo una larga pausa.
–Queremos saber cómo te sientes –insistió.
–Eh… yo… Lo siento. No me había dado cuenta de que era una pregunta. Supongo que… estoy bien.
–¿Sí? –dijo la mujer que estaba a mi derecha, enarcando las cejas.
Eché un vistazo a la placa con su nombre: KAREN HEIMER, DOCTORA EN FILOSOFÍA . Llevaba el pelo recogido en la misma coleta apretada de ayer.
–Eso creo. Me he sentido mejor después de acostarme un rato.
¿Qué se suponía que tenía que decir?
–Quizá podrías hablarnos un poco sobre tu sesión de hoy –añadió la doctora Heimer.
En esta ocasión, tenía claro que me estaba haciendo una pregunta y que tenía que responder.
«Piensa, Elizabeth. Piensa».
–Hemos estado hablando de Emily –le respondí.
Hubo otra larga y prolongada pausa y varios intercambios de miradas, Algunos garabatearon en sus cuadernos y el resto siguió mirándome fijamente a la cara. El reloj de la pared marcaba su tictac. Los bolígrafos rascaban los papeles.
La doctora Heimer rompió el silencio:
–Cuéntanos más.
Me aclaré la garganta:
–Creo que el doctor Larson trataba de saber si estoy loca o no. Creo que quería comprobar si soy capaz de distinguir la realidad.
La doctora Heimer miró a su compañero y, después, se volvió hacia mí.
–¿Y cómo lo ha hecho?
Aparté la mirada de sus ojos penetrantes y la fijé en la mesa de mármol negro que tenía delante.
–Me ha dicho que Emily lleva muerta dos años.
La cabeza empezó a darme vueltas, a desconectarse. Pero hice todo lo posible para que se quedara conmigo.
–¿Por qué crees que ha podido decirte algo así? –preguntó ella.
No me gustaban ni ella ni sus preguntas. Quería que me dejara en paz. ¿Por qué no le pasaba la palabra a otra persona?
Me obligué a responder:
–Como he dicho, creo que quería saber si estaba loca.
–¿Crees que decir que Emily lleva muerta dos años es una prueba para ver si estás loca?
Pronto terminaría todo.
–Si podía convencerme de algo tan ridículo como que Emily lleva dos años muerta, significaría que yo no soy capaz de entender lo que está pasando ni de diferenciar la realidad de la fantasía. Básicamente, me ha puesto a prueba para ver si soy psicótica, como algunos de los que están aquí.
Estaba orgullosa de mí misma. Era una gran respuesta; nadie podía rebatirla.
–Elizabeth, quiero que me escuches atentamente –la doctora Heimer hablaba despacio, articulando perfectamente cada sílaba, como si yo tuviera dificultades para oír–. El doctor Larson no pretendía ponerte a prueba ni engañarte. Lo que te ha dicho es verdad: Emily falleció hace dos años.
La odiaba. Quería abalanzarme por encima de la mesa, coger un bolígrafo y clavárselo.
–¿Has entendido lo que te he dicho? –dijo, sin apartar la mirada–. Emily murió hace dos años.
–¡Basta ya! –grité, levantándome de un salto de la silla–. Estás haciendo lo mismo. Estáis todos en el ajo. ¿Qué clase de monstruos sois? ¿Cómo podéis jugar con la cabeza de las personas de esta manera? ¿Por qué me estáis haciendo esto?
–No pretendemos hacerte daño –dijo otra voz–. Intentamos ayudarte. Nadie te está mintiendo ni está tratando de engañarte. Tu hermana lleva muerta mucho tiempo.
–¡Cállate! –exclamé. Necesitaba que se callara.
Me abalancé sobre la doctora Heimer.
Vi cómo la saliva me salía de la boca y cómo me temblaban los puños mientras acercaba la mano a su garganta para intentar estrangularla.
La habitación a mi alrededor cobró vida.
Los médicos de la sala se precipitaron sobre mí para sujetarme, pero yo también les gritaba a ellos.
Les arañaba como si fuera un animal salvaje que acabara de liberarse de su cautiverio.
Uno de ellos pulsó un botón de la pared y tres hombres corpulentos entraron corriendo en la habitación.
Me apartaron de ella, tratando de inmovilizarme mientras yo seguía agitando brazos y piernas.
Mis gritos habían dejado de ser comprensibles.
Me arrastraron hasta mi habitación. Vi cómo me clavaban una aguja en el brazo y entonces me relajé. Mientras la oscuridad me envolvía, los gritos se apagaron.
Abrí los ojos de golpe.
«Tengo que salir de aquí», pensé.
Intenté incorporarme, pero me vi impulsada bruscamente de nuevo hacia la cama.
Luché contra mí misma. Podía moverme, pero no desplazarme.
Miré a la derecha y luego a la izquierda.
Una correa atada a mis muñecas y sujeta a la barandilla de la cama impedía que pudiera mover los brazos.
No alcanzaba a verme las piernas completamente, pero estaba segura de que también estaban atadas porque tampoco podía moverlas.
Gemí y, al instante, Polly apareció junto a mi cama.
–¿Cómo te encuentras? –me preguntó.
No quise a responder.
–Te han puesto correas por si seguías forcejeando cuando te despertaras –me dijo–. Puedo quitártelas, pero te las volverán a poner si no te comportas.
Nunca en mi vida me había metido en ningún tipo de lío. Nunca. Siempre había seguido las normas, por lo que asentí, dándole a entender que me portaría bien. Me soltó primero los brazos y me incorporé mientras me desabrochaba las correas de los tobillos.
–Te has perdido la cena, pero te he guardado un plato. ¿Lo quieres?
Sacudí la cabeza.
–Solo faltan un par de minutos antes de que lleguen tus visitas, así que podemos esperar aquí y…
–No quiero ver a nadie.
–¿Estás segura? Deberías sentirte afortunada de tener gente que quiera venir a verte…
–Nada de visitas.
No tenía ningunas ganas de ver a los Rooth ni a Thomas. La única cosa más horrible que verlos ahora mismo sería volver a reunirme con el equipo. No quería ver ni hablar con nadie.
–De acuerdo, pues. Como quieras. Nos quedaremos en la sala de estar con los demás.
Me sonrió como si fuéramos amigas.
Shelly y su cuadrilla estaban en su sitio habitual jugando a las cartas. Se detuvieron a mirarme cuando entré en la sala e intercambiaron miradas. Busqué a Rose en la habitación, quien me miró como si me hubiera estado esperando. Me senté a su lado en el sofá.
Me sonrió cuando la miré a los ojos.
–Ahora ya eres una de nosotros.
No entendía nada de lo que había pasado con los médicos, pero sí que comprendía una cosa: Rose tenía razón. Era una de ellos. No sabía cuándo me había convertido en uno de ellos o si siempre lo había sido, pero no había duda de que ahora lo era. Había sido iniciada en esta extraña sociedad.
Rose no me preguntó por qué había perdido el control, sino que empezó a parlotear sobre famosos y maquillaje.
Agradecí no tener que ver a los Rooth ni a Thomas porque estaba demasiado agotada para soportar una nueva batalla emocional.
Estaba más cansada de lo que lo había estado nunca.
Me sentía como si pudiera dormir durante días.
Al final, me quedé dormida en el sofá escuchando hablar a Rose hasta que nos permitieron volver a nuestras habitaciones para dormir.
La mañana llegó demasiado pronto. Quería quedarme tumbada en la cama en un estado de absoluto vacío. Y entonces recordé que era mi tercer día.
Mis setenta y dos horas estaban a punto de acabarse y todo este calvario iba a terminar pronto.
Lo había conseguido. Rose tenía razón cuando dijo que serían los tres días más largos de mi vida; me sentía como si hubieran pasado semanas.
Había sido como estar inmersa en una guerra psicológica que por fin estaba a punto de terminar.
Pronto no tendría que volver a pensar en ninguna de sus preguntas ni en sus tortuosos trucos mentales.
Había recuperado el entusiasmo por salir de la cama, así que fui una de las primeras en llegar a la sala de estar.
Salvo por Matt y Arlene, estaba vacía. Cogí mi café de la bandeja del desayuno y decidí sentarme cerca de Matt, pues sabía que no me molestaría.
Pero el doctor Larson me llamó antes de que pudiera terminar de comer.
Ocupamos nuestros lugares habituales en su despacho.
–¿Cómo te sientes esta mañana?