La gemela silenciosa Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

–Estoy bastante segura de que no se referían a mí. No estoy en ningún grupo especial.

Las dos se miraron, luego a mí y finalmente sonrieron como si compartieran un secreto. Miré a Rose en busca de algún tipo de explicación o ayuda. Se encogió de hombros.

–Tobi, ¿qué es lo más hondo que has llegado?

–Yo…

–Señoritas, creo que es hora de que cambiemos de tema –interrumpió Polly.

A veces me olvidaba de que estaba allí.

–Lo que tú digas –respondió Shelly sacándole la lengua.

–¿Queréis jugar a las picas? –preguntó Denise.

–Claro –dijo Rose–. Elizabeth puede ser mi pareja.

–No sé jugar.

–Yo te enseño –me dijo.

Nos trasladamos a la mesa. Me explicaron en qué consistía el juego y se turnaron para enseñarme las reglas.

Agradecí la distracción. Jugamos una ronda de prueba una vez estuvieron convencidas de que sabía lo que hacía.

Se reían de mis errores y bromeaban entre ellas sobre sus maridos y las otras veces que habían estado en el hospital.

Parecía que se reían de verdad, pero yo no podía entender cómo podían ser felices allí.

Por la cantidad de heridas que tenían en el cuerpo, sabía que en su interior habitaba un dolor inmenso.

¿Cómo habían acabado en esta tierra extraña y quiénes eran antes de entrar?

Jugamos hasta que llegó la hora de la merienda. Un trabajador de la cafetería del hospital apareció con un carro lleno de bandejas a la vez que otro hombre llamó a Rose para que le acompañara.

–Mi momento favorito del día –dijo, levantándose de la mesa–. Nos vemos después de que haya engordado otros dos kilos.

–Es increíble lo delgada que está y que ella se vea gorda –susurró Shelly–. Las chicas con TCA son tan extrañas…

–¿«TCA»? –pregunté.

–Ah, claro. Perdona, olvidaba que es tu primera vez aquí. –Shelly se rio–. «Trastorno de la conducta alimentaria». Todas las chicas con TCA que he conocido son unos bichos raros. Incluso me dan un poco de miedo.

Yo no compartía esa opinión. Rose me parecía la persona más normal de la planta.

–Bueno, ¿y qué hay de ti? –preguntó Shelly.

La pregunta me pilló por sorpresa. Me ruboricé.

–Yo… eh… supongo que simplemente… estoy aquí.

–Simplemente estás aquí –repitió Tobi, poniendo los ojos en blanco como si le hubiera faltado al respeto–. No meten a nadie aquí porque sí. Tienes que estar bastante jodida. Si no, te meten en alguna de las otras unidades.

Parecía orgullosa.

–¿Me trajeron del hospital?

Sonó como si estuviera pidiendo permiso para algo. Shelly y Tobi intercambiaron otra mirada.

–Ya nos enteraremos de tu historia, señorita reservada –dijo Shelly–. Sabemos todo lo que pasa aquí.

Shelly debía de rondar los cuarenta años, pero me recordaba a las chicas malas del instituto, aquellas a las que les gustaba meterse con Emily por suspender Matemáticas o por liarse con chicos a los que apenas conocía.

Como el día anterior, Shelly se había peinado y maquillado como si fuera a ir a la discoteca.

Sus largas pestañas eran evidentemente postizas y tenía el pintalabios pegado a los dientes.

Tobi estaba sentada a su lado. Tenía los brazos cubiertos de tatuajes y el nombre de su marido estampado en el pecho.

A diferencia de Shelly, que tenía el pelo corto y rubio, Tobi lo tenía largo y oscuro.

Se lo echaba hacia atrás por encima de los hombros y se lo retorcía constantemente.

Iba peinada y maquillada igual que Shelly y, aunque hacía bastante frío, llevaba una camiseta escotada de tirantes.

Denise era la más callada de las tres. También iba arreglada, pero no de forma tan espectacular.

Las tres parecían estar compitiendo, pero no podía imaginarme en qué consistía el premio.

Las observé mientras mojaban sus galletas en la leche.

Yo no era capaz; aún tenía el estómago demasiado débil.

–No tienes por qué sentarte ahí si no vas a comer –dijo Shelly como si yo estuviera haciendo algo mal.

Hacía un momento estábamos riéndonos y pasándolo bien jugando a las cartas, pero ahora me miraba como si no me soportara y yo no tenía ni idea de qué había hecho para ofenderla.

Me levanté y regresé al sofá. Rose aún no había vuelto.

Matt era el único que tampoco estaba comiendo.

Aún no le había visto probar bocado, pero, a diferencia de lo que pasaba con Rose, a nadie parecía importarle.

Se limitaba a mirar por la ventana como una estatua.

Su cara era una pizarra en blanco. ¿Hablaba alguna vez?

¿Era eso lo que me iba a pasar si me quedaba aquí?

¿Acabaría haciéndole compañía junto a la ventana?

La idea de ser como él me parecía menos aterradora que acabar como Rick y Darin.

Ellos estaban completamente atormentados y al límite en todo momento, pero a Matt no le afectaba en absoluto su entorno.

Tal vez Matt había abandonado permanentemente su cuerpo. ¿También tenía la mente vacía?

Rose se dejó caer a mi lado.

–¿Me has echado de menos?

–Sí.

Me sentía más cómoda cuando ella estaba cerca. Era una sensación nueva, porque la única amiga que había tenido hasta el momento había sido Emily.

–Siento que hayas tenido que comer con esas tres –susurró, señalando la mesa donde Shelly y su cuadrilla seguían comiendo galletas–. Están como una cabra. –Se rio–. Ya me entiendes. Todos estamos locos aquí, pero cada uno con su propia versión. Algo así como «elige tu propia aventura».

–Shelly es muy rara. Me hace sentir muy incómoda –le devolví el susurro–, no me fío de ella en absoluto. No entiendo cómo les cae tan bien a Tobi y a Denise. Nunca se separan.

–Yo tampoco lo entiendo. Se mete en tu vida a la que le das la oportunidad.

Llegó aquí antes que ellas y no habló con nadie durante mucho tiempo.

Lo único que hacía era lamentarse y amenazar con suicidarse.

Era un drama con patas. Se tiraba por los suelos sollozando histéricamente y gritando que se iba a cortar hasta que el personal llegaba corriendo.

Entonces un día llegó Tobi y se calmó totalmente.

Desde entonces son mejores amigas. Creo que Denise solo se junta con ellas porque quiere tener amigas, pero se nota que a veces Shelly le hace pasar vergüenza.

–Se inclinó aún más–. Creo que Shelly y Tobi están liadas.

Una vez las pillé besándose… Y ambas están casadas.

–Rose, ya está bien –la voz de Polly la interrumpió.

¿Qué más daba si Rose hablaba de ellas?

–No lo estoy haciendo –se quejó Rose.

–Te he estado observando desde que te has sentado. Sabes que no te está permitido.

Miré por encima del hombro a Polly y de nuevo a Rose. Cruzó las manos sobre el regazo y frunció el ceño.

–Bueno, vale –dijo Rose.

Estuvimos sentadas en silencio durante unos minutos, salvo por los ocasionales suspiros exagerados de Rose.

–No se me permite moverme después de comer. Creen que hago ejercicio moviendo las piernas o algo así –me explicó–. Es otra de mis normas

Tenía las manos cruzadas sobre las pantorrillas. Cada pocos segundos, una de sus piernas sufría un espasmo y luego se detenía. Parecía que estuviera sufriendo y que le dolía si no se movía.

–¿Alguna vez haces ejercicio?

–No. Nunca.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

Quería darle permiso para saltar y correr por la habitación. El ejercicio no podía ser tan malo para ella. La dejaría dar algunas vueltas de vez en cuando para que se desahogara.

Le acaricié la espalda, sintiendo sus huesos afilados y puntiagudos bajo la mano.

–Bueno, ¿y a ti qué tal te va? –me preguntó.

–Yo… –Me detuve antes de soltar alguna mentira–. No lo sé…

Esa era la primera cosa sincera que había dicho sobre cómo me sentía desde que me había despertado en el hospital.

Me hizo sentir bien, porque odiaba mentir, no lo soportaba.

Después de ver a mi madre mentir más de lo que jamás llegó a decir la verdad, me había prometido que yo nunca lo haría.

Prefería no decir nada antes que decir algo que no fuera cierto.

–Te entiendo… Es duro estar aquí. Pero al menos ya no estás vomitando. Si yo vomitara, me pondrían aún más restricciones.

–Ah, ¿tú no vomitas? Pensaba que todo el mundo con un trastorno alimentario vomitaba.

–No. Pero tal vez debería empezar –respondió–. ¿Me has oído, Polly? Le decía que voy a empezar a vomitar.

Me quedé asombrada ante la capacidad de Rose para hacer bromas todo el tiempo.

Se había adaptado tan bien a estar aquí que no podía ni imaginarme cómo lo hacía.

¿Se habría sentido como yo la primera vez que llegó?

¿La sometieron los médicos a las mismas pruebas mentales a las que me sometían a mí?

¿Las pasó? ¿Había pasado la mía esta mañana?

¿Iba yo a tener alguna vez una idea de cuáles eran las respuestas correctas?

Apareció Mark, el chico que había guiado la sesión de grupo de ayer, y todos se pusieron de pie para agolparse a su alrededor.

Recorrimos el pasillo del mismo modo que lo habíamos hecho el día anterior.

Tomamos asiento y me sentí más preparada para el extraño ritual que estaba a punto de repetirse.

Empezó poco después de instalarnos, con los ojos de todo el mundo puestos en Mark como si fuera una especie de dios al que había que venerar, aunque yo no estaba segura de qué había hecho para ganarse semejante estatus.

–Empecemos con las presentaciones.

Repitió la misma estructura. Uno tras otro, nos llegó el turno.

Todos fueron repitiendo sus nombres, seguido de una lista de enfermedades mentales, y luego concretaban cuántos días llevaban en el hospital.

Cuando me tocó, seguí el mismo esquema de la vez anterior.

Confié en que me dejaran en paz como el día anterior, pero, en su lugar, la atención se mantuvo en mí.

–Trataste de suicidarte, ¿verdad? –dijo Shelly, mirándome desde el otro lado de la habitación.

Se la veía aún más enfadada que antes. No entendía cómo había conseguido enojarla de nuevo sin saberlo.

–¿Significa eso que tienes depresión?

Sacudí la cabeza.

–¿Eres alcohólica?

Volví a sacudir la cabeza.

–¿Cuál es tu problema, entonces?

Sus ojos se entrecerraron hasta no ser más que pequeñas ranuras y sus labios se apretaron para lanzar un desafío silencioso.

Me encogí de hombros.

–Creo que no sé a qué te refieres.

Shelly levantó los brazos y se volvió para mirar a Denise, quien asintió con la cabeza.

–Esta tía me saca de quicio.

Mark intervino:

–Shelly, ese lenguaje.

Le hizo un gesto con la cabeza, como dándole permiso para continuar. Yo no acababa de entender por qué se lo permitía.

–¿Sabes al menos dónde estás? –me preguntó ella.

Asentí.

–Sí, lo sé.

Confié en que mi respuesta fuera lo suficientemente satisfactoria como para que centrara su atención en otra persona.

–Estás en un psiquiátrico. Y no precisamente uno de esos de «Pobre de mí, me he pasado con las pastillas porque mi novio ha roto conmigo». Estamos hablando de estar a un paso del hospital estatal. Ahí es donde estás. Y, como ya te he dicho antes, uno no acaba aquí por accidente.

¿Había distintos tipos de pabellones psiquiátricos? ¿Quién sabe ese tipo de cosas? ¿Y por qué le importaba tanto? Quería preguntárselo, pero no quería enfadarla más porque tenía miedo.

–Déjala en paz –se inmiscuyó Rose.

–Déjala en paz –la imitó Shelly como si fuera una niña de cinco años.

Sus amigas, apostadas a su lado, soltaron una risotada. Hacía escasos minutos habíamos estado jugando juntas a las cartas, pero ahora Shelly me miraba como si quisiera arrancarme los ojos.

–Mira, en realidad no tiene ni idea de por qué está aquí ni de lo que está pasando –dijo Rose.

¿Era eso cierto? ¿Debería sentirme insultada?

La cara de Shelly se relajó y su expresión se transformó en curiosidad.

–¿Rollo psicótica? ¿Quieres decir que se le va la cabeza? No tiene pinta de estar tarada…

–Voy a tener que volver a pedirte que cuides tu lenguaje –interrumpió Mark por segunda vez.

–¿Estaba siendo malhablada?

–Más o menos –contestó Rose, volviéndose para mirarme con tono de disculpa.

–Oh…

Shelly se relajó en la silla, como si al fin se hubiera quedado satisfecha.

Una parte de mí pensó que debería ofenderme porque Rose se había referido a mí como si no estuviese bien, lo que nunca es plato de buen gusto, independientemente de dónde te encuentres.

Pero por alguna razón no me ofendí. Solo me alegraba de que aquel momento hubiera pasado y la atención ya no estuviera puesta en mí.