Capítulo 11
Pasé la tarde sentada en el sofá, mi rinconcito habitual en la sala de estar, esperando la reunión con el equipo. Nos reuníamos con ellos una vez al día y aún no me había llegado el turno.
Todo el mundo tenía su especio concreto en la sala de estar.
Rose se sentaba siempre a mi derecha, normalmente con la cabeza hundida en una revista.
Estaba obsesionada con ellas. Le daba igual si eran nuevas o no, las hojeaba una y otra vez hasta desgastar las páginas.
Arlene y el hombre que todavía no había dicho una sola palabra ocupaban las dos mecedoras de madera.
Se llamaba Matt, pero nadie sabía nada más de él.
Rick y Darin conversaban con sus respectivos amigos imaginarios en el otro sofá frente a Rose y a mí.
Yo apenas era consciente de su incesante parloteo.
Shelly, Tobi y Denise no se movían de su mesa a menos que apareciera un enfermero o un médico guapo en la estación de enfermeras.
Cuando eso ocurría, una de ellas siempre se acercaba al mostrador como si se tratara de un bar y coqueteaba con él descaradamente, a pesar de que todas estaban casadas.
Doris era la única que no se sentaba. Deambulaba sin descanso y caminaba varios kilómetros al día sin salir nunca al exterior.
Me quedé mirando el reloj que colgaba sobre el televisor que nadie encendía nunca.
Los minutos pasaban. Estaba muy nerviosa.
Ayer a estas horas ya había hablado con el equipo.
Rose me había dicho que no había un horario fijo; nunca sabías a qué hora te iba a tocar ni cuándo iban a venir a buscarte.
Miraba cómo el minutero daba vueltas alrededor del reloj de marco negro.
No me parecía bien que el equipo no se ajustara a un horario.
No deberían tratarnos así: tener que quedarnos ahí sentados, preguntándonos cuándo nos tocaría.
Estaba temblando. El corazón me latía con fuerza y la sensación de presión en el pecho había vuelto.
Me sudaban las manos y tenía la garganta seca.
Sin embargo, no bebía agua porque, si lo hacía, vomitaría.
¿Qué pasaría en la reunión? ¿Sería como con el doctor Larson?
¿Me dirían lo mismo que me había dicho él?
¿Era así como funcionaba todo esto, un grupo de personas contándote cosas sobre tu vida que no eran ciertas para comprobar tu estabilidad mental?
¿Era así como podían saber si eras como Rick o Darin?
Me fijé en ellos. Mi mirada iba de ellos al reloj y de nuevo a sus bufonadas.
Al igual que ayer, estaban enzarzados en una conversación infinita.
A veces hablaban en voz baja y otras gritaban, siempre gesticulando airadamente y señalando con el dedo.
¿Con quién hablaba? ¿Y de qué? ¿Les respondían las voces?
¿Habían sido los médicos los que los habían hecho ser así?
¿Y esas voces habían aparecido por culpa de los médicos?
¿Era eso lo que ocurría cuando los médicos le metían mano al cableado de tu cerebro y empezaban a toquetearlo todo? ¿Era eso lo que me iba a pasar a mí?
La bilis me subió a la garganta.
–¡Voy a vomitar!
Me levanté de un salto. La brusquedad de mis movimientos hizo que la bilis se agitara de nuevo y se abriera paso hasta mi boca, llenándola de un fluido de horrible sabor.
Me tapé la boca con la mano. El estómago volvió a subirme a la boca, obligando a lo que ya había en ella a salir disparado como un aspersor a través de los dedos.
Rose se levantó de un salto.
–¡Polly! ¡Está vomitando!
–¡Llévala al baño!
Polly saltó de la silla, me cogió de la mano y tiró de mí por el pasillo.
Abrió la puerta del baño de un empujón y yo me precipité hacia el retrete que quedaba delante.
Vacié lo que me quedaba en la boca en la taza del váter.
Rose se arrodilló a mi lado, acariciándome la espalda con la mano en pequeños círculos.
Las náuseas me sacudieron el cuerpo una y otra vez.
Me salieron mocos y agua por la nariz y la boca hasta que no quedó nada; sin embargo, el estómago no cesaba de agitarse.
Sentía un martilleo en la cabeza que no se asemejaba a ningún otro dolor que hubiera tenido nunca.
–Todo está bien… Vas a estar bien…
Rose no se había apartado de mi lado.
Cogió una toalla, la mojó en el fregadero y me la presionó en la frente. La sensación de frío ayudó a que se me asentara el estómago. Volvió a levantarse y esta vez volvió con un vaso –hecho de espuma de poliestireno– lleno de agua. Me lo entregó.
–Toma. Enjuágate la boca. No te bebas el agua, solo enjuágate. No creo que sea una buena idea que tragues nada ahora mismo.
Lo cogí con las manos aún temblorosas. Seguía sintiendo náuseas, pero ya no vomitaba. No supe cuánto tiempo estuvimos sentadas las dos junto al retrete, pero sentía los párpados pesados y me ardían los ojos. Tenía la garganta irritada.
–Polly, ¿por qué no la llevas a la cama? –preguntó Rose.
Me había olvidado de Polly, mi omnipresente sombra.
–No. Ya sabes que a los pacientes no se les permite estar en su habitación durante el día –dijo desde algún lugar detrás de nosotras.
–Sí, excepto cuando alguien enferma. Y estoy bastante segura de que está enferma. Venga ya, Polly, no seas tan cabrona.
Ella se echó a reír.
–¿Has pensado alguna vez en trabajar aquí?
–Dios santo, creo que debería planteármelo. Sin duda paso suficiente tiempo aquí dentro –respondió Rose con una risita.
–¿Crees que puedes levantarte? –me preguntó Polly.
Rose me agarró de las manos y tiró de mí para ponerme en pie.
–Ven, deja que te ayude.
Me sentía tambaleante. Puso el brazo alrededor de mi cintura. Me sorprendió lo pequeño que era su cuerpo. Me sostenía contra sus huesos, pero de algún modo juntas me mantuvieron en pie. Salimos del cuarto de baño y pasamos por delante de varias habitaciones hasta llegar a la mía.
–Tienes que hacer algo con esta habitación –dijo Rose, pero rápidamente añadió–: Solo si al final tienes que quedarte. Pero estoy segura de que eso no pasará… así que no hace falta que nos preocupemos ahora. Olvídalo.
Quise sonreír, pero mis labios estaban bloqueados en una línea recta. Me metí en la cama y se oyeron los mismos crujidos que la noche anterior. No me importó llevar los vaqueros puestos. Solo quería cerrar los ojos. Descansar.
–Estaré justo al otro lado de la puerta. Te dejaré dormir durante una hora, ¿de acuerdo? Vendré a ver cómo te encuentras después.
Yo oía la voz de Polly desde el otro lado de mis párpados.
–Y ya sabes dónde estoy yo. No voy a irme a ningún sitio –añadió Rose.
Me concentré en la oscuridad de mis párpados y en nada más.
No permití que ningún pensamiento entrara en mi cabeza.
Los desterraba en cuanto trataban de infiltrarse.
El sueño llegó con fuerza y con él las visiones de mi última noche con Emily.
La misma escena una y otra vez, como un disco en bucle, reproduciendo los momentos anteriores a que la encontrara en el cuarto de baño.
Recorría el pasillo una y otra vez. Cada vez que ponía la mano en el pomo para abrir la puerta, me veía empujada de vuelta al principio del pasillo y tenía que rehacer el camino.
Cada vez estaba más desesperada por llegar.
Por abrir la puerta y verla. Pero siempre ocurría lo mismo: no llegaba a abrir la puerta ni a ver a Emily.
Me desperté bruscamente, sintiéndome completamente alerta al instante. Vi a Polly sentada en una silla ante la puerta de mi habitación, tecleando en su teléfono.
Levantó la vista al percibir mi movimiento y se metió el teléfono en el bolsillo. Yo yacía en silencio sobre la cama. Me sentía vacía y hueca, como si me hubieran sacado las entrañas y las hubieran desechado.
–¿Te encuentras mejor?
–Sí –mentí.
No sabía cómo me sentía. Era una extraña en mi propia piel.
–Estaba a punto de despertarte. –Dobló la esquina de una página del libro que tenía sobre el regazo–. Siento que hayas tenido una mañana tan difícil. Todo esto tiene que estar siendo muy duro para ti. ¿Te ayudaría un abrazo?
Sacudí la cabeza.
–¿Quieres hablar de ello?
Volví a sacudir la cabeza.
–Vamos, entonces. Volvamos a la sala de estar con los demás.
La seguí hasta la sala. Mis ojos buscaron a Rose y me sorprendió ver que Shelly, Tobi y Denise habían movido las sillas de la mesa y las habían levantado para formar un semicírculo frente a ella en el sofá.
Shelly tenía una manga remangada, dejando el brazo al descubierto.
Todas se lo estaban mirando. No pude evitar mirar mientras me sentaba junto a Rose.
Su brazo me recordó a Emily: estaba cubierto de las mismas cicatrices demenciales, como si se lo hubiera destrozado algún tipo de máquina.
–Esto es de la última vez antes de entrar en el hospital –explicó Shelly, señalando una parte de su brazo, pero no pude distinguir entre los cortes que señalaba y el resto.
–Eso no es nada –dijo Tobi mientras se subía la pernera del pantalón y dejaba al descubierto los agujeros de su piel. Algunos eran pequeños, pero otros del tamaño de una moneda.
–Así que te quemas, ¿no? –preguntó Rose–. Nunca he llegado a entender lo de quemarse. Lo de cortarse lo pillo, porque puedes obligarte a hacerlo y quedarte quieta, pero ¿cómo te quedas quieta mientras te estás quemando? ¿No te apartas por instinto cuando sientes el calor en la piel?
–No. Es todo mental. Eso es lo bonito.
Los ojos de Tobi se llenaron de orgullo. Había visto esa mirada también en los ojos de Emily.
–Tienes que ir en contra de la reacción natural de tu cuerpo. Es muy potente. Es una sensación maravillosa.
Shelly se volvió hacia mí.
–¿Y qué hay de ti? ¿Te cortas?
Sacudí la cabeza.
–Ah, ¿y qué es lo tuyo? –me preguntó Shelly con cara de sorpresa.
–¿Qué quieres decir?
La miré sin comprender.
–Estábamos hablando del grupo de autolesión –explicó Tobi–. Hemos oído que te vas a unir a nosotras, así que tienes que hacerte algo para entrar.