Capítulo 10 #2
¿De qué me estaba hablando? ¿«Escisión»? ¿«Trauma»? ¿Por qué utilizaba esas palabras? ¿Por qué me estaba diciendo eso? Quería taparme los oídos con las manos para ahogar el sonido de su voz resonándome en la cabeza. Sus ojos se clavaban en mí.
«Cierra la boca, gordo asqueroso. Cállate de una vez. No quiero oír lo que tienes que decirme».
–La realidad es que Emily está muerta. Hace dos años que murió y…
Mi cerebro era como un globo. Mi cuerpo era un cordel. El cordel que me unía al suelo. La mano de Emily. Su mano, pero me había soltado y yo estaba flotando. Flotando mientras mi cuerpo colgaba por debajo.
–Desrealización…
Yo seguía flotando.
«¿Puedo atraparla? ¿Está ahí? ¿Hay alguna manera de salir de esta sala?».
–Disociación… extrema… en algunos casos…
El punzante dolor fantasma.
«Siento cómo me voy estirando. ¿Estoy despierta? Esta mañana me he levantado de la cama. Sí, lo he hecho. Me he tomado un café».
Miré al doctor Larson al otro lado de la mesa.
Seguía hablando. Sus labios se movían y sus manos gesticulaban.
Nunca le había visto mostrar ninguna emoción, pero ahora su rostro estaba cargado de ellas.
Estaba segura de que sus palabras tenían sonido, pero ya no llegaban a mis oídos.
Mis superpoderes estaban tomando el control.
Hacía mucho tiempo que no los utilizaba, desde los amigos especiales de madre, pero con los años había descubierto que también funcionaban en otras situaciones.
Tomaban el mando automáticamente cuando Emily y yo teníamos que acudir al juzgado.
Nos sentábamos en una gran sala vacía bordeada de filas y filas de bancos de madera que hacían que la sala del tribunal pareciera la nave de una iglesia.
Nos sentábamos en unas frías sillas de aluminio en una larga mesa en la parte de enfrente, cogidas de la mano, con un desconocido a cada lado.
Emily y yo nunca decíamos una palabra a menos que alguien nos lo pidiera.
Teníamos mucha práctica en guardar silencio y también sabíamos que no debíamos comportarnos mal en presencia de adultos.
La presencia de mamá en la otra mesa, al otro lado del corredor, era un recordatorio constante de lo que podía ocurrir si nos pasábamos de la raya.
La jueza de la sala era antipática y destacaba sobre el resto de nosotros desde su posición en lo alto de un escritorio de caoba en la parte anterior.
Le dijo cosas horribles a nuestra madre; llegó incluso a hacerla llorar.
Yo nunca la había visto llorar. ¿Practicaba su llanto en el espejo del mismo modo que la había visto practicar su sonrisa?
Miraba su rostro preguntándome si las lágrimas eran reales. Si las probara, ¿serían saladas?
Ella siempre se sentaba al otro lado de la sala. Nunca nos miró siquiera. El hombre sentado junto a nosotras desprendía olores extraños. A veces olía a estofado de ternera y Emily y yo nos reíamos de ello cuando estábamos solas en nuestra cama en casa de los Rooth.
En ocasiones, la jueza bajaba la vista desde su enorme escritorio y empezaba a hacernos preguntas a Emily y a mí.
Cuando hablaba con nosotras se comportaba como una señora encantadora, incluso sonreía a veces.
Parecía sincera, pero nosotras íbamos con cuidado porque habíamos visto lo mala que era y no queríamos hacerla enfadar.
Tampoco queríamos decir nada que pudiera enfadar a nuestra madre.
Las cicatrices que teníamos en el cuerpo eran un recordatorio constante de lo que ocurriría si lo hacíamos.
A veces, cuando la jueza hablaba, dejaba de oír su voz y, al poco tiempo, no solo desconectaba de ella, sino que ya no oía ninguna de las otras voces que resonaban en la inmensa sala vacía.
Había una pequeña ventana en el lado derecho de la sala.
Cruzaba toda la parte superior de la cabeza de nuestra madre.
Yo abandonaba mi cuerpo y salía a través de esa ventana.
Llegaba hasta el árbol, aquel gran árbol con todas esas enormes hojas verdes.
Trepaba por él lo más alto que podía hasta encontrar un sitio en el que quedarme.
Un sitio en el que sentarme sin tener miedo a caerme, en el que simplemente quedarme sentada y mirar.
Mirando fijamente al sol. Sintiendo la brisa contra el rostro.
Arrancando hojas y dejándolas caer. Viéndolas revolotear hasta el suelo.
Volví a subirme a aquel árbol y empecé a coger hojas. Dejé caer una, roja y grande. Cuando tocó el suelo, me sobresalté. Había movimiento a mi alrededor. Otras personas. Rose estaba sentada a mi lado, parloteando sobre algo.
«Ya no estoy en la sala con el doctor Larson. He escapado. Sigo respirando. Puedo oír la voz de Rose. Ha terminado. Gracias a Dios ya ha terminado», me dije.
Me obligué a volver, centrándome en la voz de Rose. A veces, cuando salía de mi cuerpo, era difícil volver a entrar.
–Y ya no me dan más pases. ¿Te lo puedes creer? Una sola cagada, un mal día y te lo quitan todo. Como si no hubiera hecho nada desde que estoy aquí. Odio este sitio.
Asentí con la cabeza en señal de acuerdo.
Estaba encantada de estar libre y de que la reunión hubiera acabado. El doctor Larson se había ido y ya no tenía que oír su voz ni escuchar sus estúpidas palabras ni sus ridículas ideas.
–¿Ya te has entrevistado con el equipo? ¿Te han dicho cuándo puedes irte? –me preguntó
–No. Nadie me ha dicho nada.
Lo único que habían hecho era contarme mentiras.
Había oído decir que los psicólogos trasteaban con tu cabeza, pero la única psicóloga que había conocido hasta ahora era Lisa y ella nunca había intentado ningún jueguecito mental.
El doctor Larson estaba intentando enredarme, pero ¿por qué?
¿Por qué iba a hacer algo así? ¿Qué sentido tenía eso?
–Este sitio es una casa de locos –dije. De algún modo, sentía que podía confiar en ella. Y necesitaba confiar en alguien–. Estos médicos sí que te joden la cabeza.
Echó la cabeza hacia atrás, riendo.
–Y que lo digas. Entiendo perfectamente cómo te sientes. La primera vez que estás aquí es la peor. Una no tiene ni idea de cómo jugar a sus estúpidos juegos. Se tarda un poco, pero al final aprendes. Al menos has podido saltarte la sesión de grupo de esta mañana.
–¿Teníamos sesión esta mañana?
–Sí. No te has perdido nada emocionante. No ha sido como ayer… –Volvió a reírse–. Si te digo la verdad, me encanta cuando la cosa se desmadra. Me entretiene.
«Emily…».
Me detuve.
¿Por qué me había dicho el doctor Larson que Emily llevaba muerta dos años? Era imposible que fuera cierto. Yo no estaba loca; tendría que estarlo para creer que Emily estaba viva si estaba muerta.
¿Cómo podía haber estado viviendo con ella dos años si estaba muerta?
Había estrechado su cuerpo todas las noches.
Había oído los latidos de su corazón cuando la sostenía entre mis brazos y había sentido su cálido aliento en el cuello.
El doctor no podía estar diciendo la verdad.
Otras personas también la habían visto y habían hablado con ella, como el hombre de la gasolinera, quien siempre le ofrecía un Marlboro Red cuando ella cruzaba la puerta.
Nuestros vecinos también la conocían y habían hablado con ella las veces que salía a coger el correo, sobre todo la señora Jasberson.
Incluso los camareros de la cafetería que había al final de la calle de nuestro apartamento se relacionaban con ella con frecuencia.
Aquel era el único lugar al que iba sin mí, incluso en los momentos en los que se encontraba peor.
Me preguntaban por ella cuando no venía conmigo y sabían perfectamente lo que solía pedir, del mismo modo que sabían lo que solía pedir yo: un café con leche desnatada y vainilla grande.
Era imposible que todos hubieran estado fingiendo que seguía existiendo. Bob y Dalila eran dos de las personas más cuerdas que conocía y habían hablado con ella por teléfono infinidad de veces, incluso si ella se negaba a verlos.
La historia de que Emily llevaba muerta dos años era absurda. Tenía que estar pasando otra cosa, y estaba dispuesta a averiguar qué era.