La gemela silenciosa Capítulo 10
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Capítulo 10

La mañana siguiente me despertó Polly inundando mi cuarto de luz fluorescente.

Quise taparme la cabeza con las sábanas, pero en su lugar apoyé los pies en el suelo.

Cogí mi bolsa de viaje de la silla donde Felicia la había dejado la noche anterior.

Dalila lo había empaquetado todo bien. Mis camisetas y vaqueros favoritos estaban allí.

Polly no se dio la vuelta mientras me cambiaba como había hecho Felicia la noche anterior, pero no me importó.

–Es la hora del desayuno. Ya te han traído la bandeja.

Como anoche te acostaste pronto, no pudiste cumplimentar tu menú para hoy, así que te han preparado el desayuno estándar –dijo Polly mientras entrábamos en la sala de estar–.

No te olvides de rellenar el menú esta noche.

Todos los pacientes lo hacen la noche anterior.

La comida me daba igual. Me sentía como en trance cuando tomé asiento en la sala. Todos estaban ya sentados, excepto Rose. Me pregunté dónde podía estar, pero entonces recordé que la habían condenado a aislamiento durante las comidas.

Me senté sola en un rincón. No hice contacto visual con nadie.

Esa mañana no tenía ningunas ganas de dar conversación.

Miré la bandeja que tenía delante: cereales, tortitas, huevos revueltos y tostadas.

La sola idea de tener que tragar algo me revolvía el estómago.

Me conformé con el café y lo sorbí lentamente, aunque estaba tibio.

Ayer tenía un plan, pero esta mañana no tenía nada.

Lo único que me había ayudado a superar el día había sido tratar de salir a tiempo de aquí para que me enterraran con Emily.

Ahora no parecía haber motivo para insistir en ello.

Si ella ya estaba enterrada, ya no era posible un funeral conjunto.

Me enterrarían sola. Es posible que ni siquiera me pusieran junto a ella.

Deseaba volver a meterme en la cama y dormir.

Por primera vez entendí por qué Emily se pasaba tanto tiempo durmiendo: era lo más cerca que se podía estar de la muerte sin morir físicamente.

Me decía que, aunque no pudiera ser enterrada con ella, la seguiría en breve.

Lo repetía una y otra vez mientras me tomaba el café porque temía dejar de funcionar si no lo hacía o incluso ponerme a llorar y no detenerme nunca.

Por un breve instante, el dolor que había visto reflejado en el rostro de Dalila pasó ante mí y comprendí lo terriblemente egoísta que era mi plan.

No pude evitar preguntarme si los enfermos terminales se sentían como yo cuando decidían poner fin a sus vidas.

Había leído historias sobre personas que sufrían tanto que tomaban la decisión meditada de morir antes que seguir luchando contra su miserable existencia.

Hasta ese momento, no había entendido esas historias.

Emily y yo éramos dos partes que formaban un todo y yo no era más que media persona sin ella.

Vine al mundo con esta relación ella; nunca había vivido mi vida sola.

Ni un solo día. Durante los siete primeros años de mi vida, había pasado cada momento con Emily.

Nunca había estado a más de un metro de mí.

Era como si nuestras mentes estuvieran cosidas y no hubiera un punto en el que yo acabara y empezara ella.

Incluso después de que nos apartaran de nuestra madre y todo el mundo intentara separarnos, fue imposible.

Nunca habíamos pasado ni una noche alejadas en nuestros veinte años.

Terminábamos las frases de la otra y podíamos predecir lo que iba a hacer antes de que lo hiciera.

Había veces en que nos poníamos a cantar la misma canción en el mis mo momento.

Podíamos ver a través de los ojos de la otra, sentir lo que la otra sentía y compartir los mismos pensamientos.

Podíamos comunicarnos sin hablar. Era como si fuéramos siamesas que no hubieran separado al nacer.

Ahora me sentía como si de repente me hubieran cortado una parte del cuerpo y me había quedado el insoportable dolor fantasma de mi miembro perdido.

Quienes perdían una parte de su cuerpo seguían sintiendo un dolor ardiente y palpitante como si aún estuviera allí, y el vacío que había dejado Emily nunca me abandonaría.

A diferencia de aquellos que aprendían a vivir con ese dolor, yo nunca lo conseguiría.

Me terminé el café y renuncié a la idea de comer.

Tenía un nudo en la garganta y en el estómago.

Desplacé distraídamente los huevos por el plato.

Me pregunté cuánto tiempo podría rechazar la comida hasta que empezaran a alimentarme a la fuerza, como hacían con Rose.

Esperaba que lo intentaran primero con métodos más amables antes de meterte un tubo por la nariz.

–¿Elizabeth?

La voz del doctor Larson me llamó desde una esquina de la sala.

Alcé la vista. Me hizo un gesto para que le siguiera y me levanté rápidamente, moviéndome en su dirección. Seguí su traje marrón mientras me guiaba por el pasillo y entraba en la misma sala en la que nos habíamos reunido ayer. Me senté en el mismo sitio y él hizo lo mismo.

No malgastó el tiempo en conversaciones banales:

–Así que la visita familiar de ayer no acabó de ir bien, ¿no?

Me encogí de hombros.

–No del todo.

–¿Quieres que hablemos de ello?

No quería hablar de nada. No sabía qué guion debía seguir y me costaba demasiada energía articular las palabras. Me sentía vacía y agotada, pero tenía que decir algo o él seguiría mirándome en silencio hasta que lo hiciera.

–Fue raro. Primero se alteró Dalila y luego me alteré yo. Creo que lo está pasando muy mal por la muerte de Emily y le cuesta hablar conmigo de ello.

–¿Qué más ocurrió?

Hasta el momento no había sacado su cuaderno de notas. No sabía si era una buena o una mala señal.

–Acabé perdiendo bastante los papeles. A Bob se le escapó que ya habían celebrado el funeral de Emily.

–¿Por qué te afectó ese hecho?

«¿No es evidente?», pensé.

–Quería estar presente.

Cambió de tema:

–Elizabeth, ¿por qué crees que estás aquí?

¿Por qué me hacía la misma pregunta una y otra vez? El guion de Rose estaba mal. No funcionaba.

–Porque intenté suicidarme. Encontré a Emily muerta y enloquecí. Pero ahora ya lo veo todo con más claridad. No pienso volver a hacer una estupidez así.

Mis palabras no podían ser más falsas.

–Vamos a empezar con tu tratamiento. El equipo decidió ayer que es hora de empezar con el trabajo.

No entendía a qué se refería y estaba demasiado cansada para hacer nada.

–¿Te has preguntado por qué todo el mundo te hace las mismas preguntas respecto a por qué estás aquí? –Me había leído la mente. Asentí–. ¿Cómo te sientes al respecto?

–Se me hace extraño. Me da la sensación de que me están haciendo un examen.

–No hay respuestas correctas.

Era evidente que las había o no seguirían haciéndome las mismas preguntas.

Puso las manos sobre la mesa y entrelazó los dedos, inclinándose hacia delante. Sus ojos marrones se encontraron con los míos, pero su mirada era tan intensa que tuve que desviar la mía. Realmente estaba intentando leer todos y cada uno de mis pensamientos.

–Me gustaría que hablemos de Emily. ¿Estás preparada para ello?

No. No quería hablar de Emily y no iba a mantener una conversación sobre ella con un perfecto extraño que nunca la había conocido y no sabía nada de ella.

–Supongo –mentí.

–Muy bien.

Se aclaró la garganta. Cruzó una línea invisible en el escritorio, invadiendo mi espacio. Su aliento apestaba a café rancio y calcetines sucios.

–Quiero empezar diciéndote que esto va a ser muy duro. Sin embargo, es algo que tiene que ocurrir si quieres ponerte bien…

Yo no estaba enferma.

–¿Se te ocurre alguna razón por la que Dalila pudiera haberse alterado tanto ayer por lo de Emily?

Me gustaba más la terapia con Lisa de pequeña. Quería hacer dibujos. Jugar a juegos. A cartas. Lo que fuera. No responder a sus preguntas.

–No quería hablar del funeral. Probablemente porque sabía lo mucho que me afectaría –le dije.

–¿El qué exactamente?

Empecé a retorcerme las manos debajo de la mesa. Estaba empezando a incomodarme. No se podía decir que fuera muy bueno en su trabajo. Me irritaba tener que explicárselo todo hasta el más mínimo detalle.

–Sabía que me molestaría que no se hubieran esperado a que saliera del hospital para celebrar su funeral. Sabía que me enfadaría por no haber podido ir.

Ahí lo tenía. ¿Se lo había masticado lo suficiente?

–Elizabeth, quiero que escuches lo que voy a decirte y que hagas todo lo posible por estar aquí y ahora.

No podía ir a ningún sitio.

–La razón por la que Dalila estaba tan alterada por la conversación de ayer es porque el funeral de Emily ocurrió hace mucho tiempo y tú estuviste presente.

Mi cabeza daba vueltas por la habitación como si estuviera a punto de caer al suelo.

¿De qué me estaba hablando? Tal vez él no fuera realmente mi terapeuta.

¿Y si en el fondo era uno de los pacientes?

O tal vez no era más que una manera de poner a prueba mi concepto de la realidad.

Sin duda estaba comprobando si podía confundirme.

–¿Has entendido lo que te he dicho?

Habló lentamente, sin dejar de mirarme intensamente.

Estaba loco. Miré hacia la puerta. Estaba cerrada y él tenía la llave. Estaba atrapada en una habitación con un loco.

Siguió hablando:

–Antes te he advertido de que iba a ser duro y complicado… proceso… pequeños pasos…

«¡Cállate! –quise gritar, pero apreté la mandíbula para no hacerlo–. No va a parar. Va a seguir haciéndolo.»

–Todo esto tiene que ser muy confuso para ti. A veces, cuando una persona experimenta un trauma grave, crea un mundo propio para alejarse de lo que realmente está ocurriendo…

Él no tenía ni idea de lo que estaba pasando. No entendía nada.

–El cerebro es una herramienta poderosa. Creo que el trauma de perder a Emily te causó una escisión de la realidad…