La gemela silenciosa Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

–Buena suerte –dijo Rose, sin levantar la vista de la revista.

–Gracias –le respondí, y me apresuré a acercarme a la estación de las enfermeras.

Dalila, Bob y Thomas estaban allí, mirando en mi dirección.

Tanto Thomas como Dalila lucían mejor que el día anterior.

Se los veía aseados. Ella se había maquillado, tratando de ocultar con habilidad la peor parte de sus erupciones, y llevaba el pelo muy rizado, en un peinado que había mantenido durante los últimos veinte años.

Las ojeras de Thomas se habían suavizado, aunque seguía teniendo un aspecto un poco espectral.

Bob llevaba la camisa por dentro de los vaqueros, algo que reservaba para las ocasiones especiales, y no pude evitar sentir amor hacia él por aquel gesto.

Llevaba un manojo de flores que chorreaban agua.

–Se han quedado con el jarrón –me explicó, disculpándose, cuando me vio mirando las flores mojadas–. Me han dicho que no puedes tener nada de vidrio, así que han ido a buscar un recipiente de poliestireno.

Los tres tenían una sonrisa dibujada en el rostro. Se turnaron para abrazarme y esta vez se lo permití.

–Puedes ir con tus invitados a tu cuarto –nos indicó una de las enfermeras–. Permitidme que os coja las flores. Encontraremos un lugar donde ponerlas.

Bob se las entregó y otra enfermera salió de detrás del mostrador y nos condujo al pasillo de las mujeres. Se dirigió a una de las puertas de la derecha, quitó el cerrojo y la abrió.

–La puerta tiene que estar abierta. Lo siento.

Entré en mi habitación por primera vez desde que me habían trasladado a la unidad.

Todo estaba atornillado al suelo. Había una cama de hospital contra la pared con un botón para llamar a las enfermeras junto a ella y una pequeña cómoda metálica enfrente con tres cajones.

En la otra pared había un pequeño escritorio con una silla.

La silla era lo único que no estaba atornillado al suelo.

Las paredes estaban pintadas de blanco y tenía el mismo suelo institucional que el resto del espacio.

Todos nos quedamos mirando la habitación con recelo.

Dalila fue la primera en romper el silencio:

–Es una habitación muy agradable. Aunque le vendría bien un poco de color. Tal vez podría traer algunos cuadros.

–No hace falta. No voy a estar aquí mucho tiempo.

Estábamos todos de pie, lo que hacía que el espacio pareciera aún más pequeño.

–¿Qué tal te ha ido el día, cariño? –me preguntó Bob.

–Ha sido extraño. Todos los que están aquí tienen muchos problemas… A la mayoría no les va demasiado bien. Y eso me ha hecho sentir mejor con los míos, que parecen poca cosa en comparación.

–¿Tú crees? –preguntó Bob.

Lanzó una mirada a Dalila, enarcando las cejas. Ella se encogió de hombros.

–Sí. Estoy bastante segura de que la mayoría oye voces, y pierden el control continuamente. Supongo que puedo dar gracias por no estar tan mal.

Mis palabras se quedaron flotando en el aire, expectantes.

–Lisa dice que aquí trabajan algunos de los mejores psicólogos del Estado, así que estás en buenas manos –apuntó Bob–. Quiere venir a visitarte cuando te hayas instalado.

Ver a Lisa sería estupendo, pero tenía una extraña habilidad para hacerme hablar de cosas de las que no quería hablar y no podía correr el riesgo de soltar accidentalmente que pensaba suicidarme en cuanto saliera.

–No creo que vaya a estar aquí el tiempo suficiente como para que pueda venir a verme. Estoy segura de que saldré pronto.

–Parece un lugar agradable –comentó Dalila por segunda vez.

Volvió a hacerse el silencio. Me senté en la silla del escritorio. Los tres se sentaron juntos en el borde de la cama. Bob rodeó a Dalila con el brazo en muestra de apoyo. Thomas estaba a su derecha, en el extremo de la cama. Se le veía más relajado. Parecían tres viejos amigos.

Esta vez fue Thomas quien rompió el silencio:

–He estado rezando por ti. He incluido tu nombre en nuestra lista de oraciones. No te preocupes: respeto mucho tu privacidad. No he dado ningún detalle sobre lo que te pasa ni nada por el estilo. Solo he mencionado que necesitabas ayuda.

Me sentí irritada. No porque me hubiera incluido en la lista de rezos de su iglesia, sino porque se había infiltrado en ámbitos muy privados de mi vida y no había sido yo quien le había invitado.

–La comida no está mal –dije.

–Eso está bien.

Bob se dio unas palmadas en su gran barriga, que le sobresalía de la cintura, efecto que quedaba especialmente pronunciado con la camisa metida por dentro del pantalón. Todos se rieron y yo volví a sonreír. Bob siempre encontraba la forma de hacerme sonreír.

La incomodidad se hizo palpable en la habitación.

No teníamos ni idea de cómo estar juntos en circunstancias normales y menos aún en circunstancias tan extrañas como aquellas.

No había estado en un mismo espacio con Bob y Dalila desde las últimas Navidades.

Incluso entonces solo había hecho una breve aparición.

Había fingido que tenía que terminar un proyecto académico durante las vacaciones y solo estuve allí el tiempo suficiente para dejar los regalos.

Rara vez hablaba con Bob por teléfono porque él odiaba los teléfonos y, como la última vez que hablé con Dalila me ofendió lo que había dicho de Emily, solo hablaba con ella cada pocas semanas.

Me quedé mirando a Thomas. Estaba demasiado ocupado paseando la mirada de Dalila a Bob para darse cuenta de que yo le miraba a él.

Se hacía difícil pensar que hacía poco más de una semana había estado cantando canciones de amor en el coche pensando en él.

Ahora me sentía molesta, como si me hubiera engañado para que me enamorara de él para poner en marcha todo este calvario.

–Dalila, ¿cuándo será el funeral de Emily? –pregunté. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Bob le tomó la mano entre las suyas y empezó a acariciársela–. Sé que es difícil, pero es algo de lo que tenemos que hablar.

–No puedes hacerte a la idea de lo duro que está siento todo esto –dijo Dalila con las lágrimas corriéndole por la cara. Los senderos de rímel le llegaban hasta la barbilla.

–Quizá no sea el mejor momento para hablar de eso –dijo Thomas.

–¿Y cuál sería el mejor momento? –repliqué con tono tajante.

–Creo que lo mejor será dejar que primero los médicos hablen de Emily contigo –respondió, cauteloso.

–¿Eso crees? Bueno, yo estoy bastante convencida de que los médicos no saben tanto de Emily como su familia.

Mi tono había pasado de cortante a airado. Le miré fijamente hasta que apartó la vista.

–Piensoo como Thomas –dijo Bob.

–Ni siquiera conoces a Thomas. Acabáis de conocerle. ¿Desde cuándo sois mejores amigos?

–Pero, cielo, pensé que querrías tener a Thomas cerca. Pasas mucho tiempo con él. Es decir, apenas hablas con nosotros. No tenemos ni idea de lo que te pasa. No teníamos ni idea de que estuvieras tan mal. Pensamos que él sabría más que nosotros –dijo Dalila–. Thomas ha sido…

–No pasa nada –intervino Thomas–. Entiendo que esté enfadada. Puedo esperar fuera.

Empezó a levantarse, pero Dalila le puso la mano en la pierna.

–No, cariño, no hace falta que salgas.

Estaba enfadada con él, pero tampoco quería que se fuera.

–Perdona si he sido brusca contigo, Thomas.

Mi irritación con él seguía sorprendiéndome.

–No te preocupes. Lo entiendo.

Se encogió de hombros. Me alegré de que entendiera algo, porque en ese momento yo no entendía nada de lo que estaba pasando.

–Realmente quisiera que habláramos del funeral de Emily.

–Por Dios, Elizabeth, ¿no puedes dejarlo estar? Te lo ruego. Deja ya esta locura –sollozó Dalila.

–No es mi intención hacerte daño. Te lo aseguro. Solo quiero que lo comentemos. No tengo ni idea de los preparativos y quiero asegurarme de que podré ir. Me dejarán salir de aquí antes del entierro, ¿no?

Le estaba haciendo daño, pero teníamos que hablar de ello. Hablar del funeral de Emily hacía que la pérdida fuera real para ella del mismo modo que ver su dolor ayer había hecho que fuera real para mí. Deseaba mitigar su dolor, pero no podía.

–Lo que tú… lo que tu madre… Yo… –intentó decir Bob. Siempre tartamudeaba cuando se ponía nervioso.

–¡Basta, Bob! –gritó Dalila–. Estoy cansada de esto. Estoy harta. No puedo soportarlo más. ¡No puedo!

Era la primera vez que la oía gritar. No lo hacía nunca, por muy enfadada o frustrada que estuviera.

Jamás la había oído levantar la voz. Había tenido muchas ocasiones para perder el control, pero nunca lo hizo.

Mis sentimientos amenazaron con aflorar a la superficie, pero me los tragué tan rápido como habían aparecido. Tenía que centrarme.

–Siento haberte hecho sentir mal. De verdad.

Me levanté de la silla y me acerqué a ella. La abracé, acariciándole la espalda, algo que no estaba segura de haber hecho nunca, pero me sentía responsable de haberla angustiado.

–Tal vez si le enseñáramos la tumba –murmuró Bob desde atrás.

Me volví bruscamente, como si me hubieran abofeteado, mirando fijamente a Bob.

–¿Qué has dicho? –le pregunté.

–N… n… nada –balbuceó. La cara se le puso de un rojo brillante–. No he dicho nada.

–Has dicho algo de su tumba. Lo he oído. –La cabeza me daba vueltas–. Dime, ¿qué has dicho?

–Bob, cariño, quizá…

–¿Qué has dicho?

Solté a Dalila y me incorporé para mirar a Bob.

–No es nada. De verdad.

Sus ojos se movían de un lado a otro, entre Dalila y Thomas.

Thomas tenía los ojos desmesuradamente abiertos y Dalila se aferraba a la cama como si fuera a desplomarse de no hacerlo.

Lo había oído aunque no quisiera repetirlo.

Había dicho que debían llevarme a la tumba de Emily.

Ya la habían enterrado. La habían metido bajo tierra sin mí.

¿Cómo habían podido hacerlo? ¿Cómo era posible que no me hubieran esperado? Me puse en pie de un salto.

–¡Fuera! Salid. Todos. ¡Ahora mismo! –les grité, señalando la puerta–. La habéis enterrado. ¡La habéis enterrado sin mí! ¿Cómo habéis podido? ¿Por qué lo habéis hecho?

Los tres avanzaron hacia mí con los brazos extendidos con la intención de tocarme. Me aparté de ellos como si fueran zombis y me deslicé bajo el pequeño escritorio, haciéndome un ovillo.

–¡Largo! ¡Fuera! ¡Dejadme en paz!

Empecé a aporrear el suelo de linóleo repetidamente. Ellos seguían intentando tocarme, sujetarme. No se detuvieron. Sus palabras no llegaban hasta mí. Los gritos retumbaban en mi cabeza como esquirlas de cristal.

–Creo que la visita ha terminado –dijo una voz de hombre a lo lejos, como si estuviera al final de un largo túnel.

Apreté las rodillas contra el pecho, rodeándolas con los brazos, y apoyé la cabeza en ellas.

Trataron de despedirse de mí, pero les di la espalda.

No podía oír sus palabras. Quería que se fueran; me daba igual no volver a verlos.

Cuando por fin levanté la cabeza, todo el mundo se había ido, excepto el hombre hippy .

Estaba de pie, con los brazos cruzados, apoyado en mi cama.

–¿Puedo irme ya a la cama, por favor?

Tenía la voz estrangulada. Me dolía al hablar. Me latía la cabeza.

–Claro. Deja que llame a una auxiliar.

Esperé mientras él pulsaba el botón situado junto a mi cama y una corpulenta mujer afroamericana apareció en mi puerta. Llevaba una bolsa de viaje negra. Era mía, pero no recordaba haberla preparado.

–Hala, ya puedes irte, guapote –le ordenó con una amplia sonrisa en la cara.

Salió de la habitación arrastrando los pies.

–Soy Felicia. ¡Lo mejor que hay en este lugar! –Me entregó la bolsa, dejándola a mis pies–. Has tenido un día muy largo, ¿verdad?

No tenía ganas de hablar. Se me habían acabado las palabras para ese día.

Tenía un enorme nudo en la garganta y el rostro de Emily seguía estallándome en la mente sin que pudiera evitarlo.

Su sonrisa. Sus ojos verdes y centelleantes, que se iluminaban y brillaban cuando estaba feliz.

Aquella risa que brotaba de ella, contagiando a todos los que tocaba. Las imágenes me hacían daño.

–No hablas demasiado, ¿no? No pasa nada. Ya hablo yo por las dos. A mí nunca se me acabarán las palabras... Incluso puede que prefieras ponerte a hablar solo para hacerme callar. –Se rio de buena gana–. ¿Vas a quedarte ahí debajo o vas a salir y ponerte el pijama?

Salí gateando de debajo del escritorio. Abrí la cremallera de la bolsa y encontré mi ropa perfectamente doblada en su interior. Dalila debía de habérmela preparado. Saqué una camiseta blanca y mis pantalones de pijama favoritos. Me puse en pie, sujetándolos entre las manos.

–Lo siento, pero por el momento tengo que estar presente mientras te cambias. –Felicia se encogió de hombros–. Pero puedo darme la vuelta. No te voy a espiar. Prometido.

Me quité rápidamente la bata de hospital y me puse el pijama.

–Ya estoy.

Me sentí bien llevando mi propia ropa.

–¡Qué rapidez!

Volvió a darse la vuelta. Me dio una pequeña pastilla rosa y un vasito de papel.

–Toma. Esto te ayudará.

Me tragué la pastilla sin preocuparme de lo que estaba tomando y le devolví el vasito.

–Ahora métete en la cama y descansa un poco. Estaré justo al otro lado de la puerta. Si me necesitas, solo tienes que gritar, ¿vale? –me dijo.

Me arrastré bajo aquellas sábanas blancas de hospital. El colchón crujió bajo el peso de mi cuerpo.

Todo estaba rígido, pero no me importó. Me quedé dormida enseguida, mucho antes de que apagaran las luces de la unidad.