Capítulo 9
La cena fue tan extraña como la sesión de grupo.
Esta vez fue Rose la que se descontroló sin motivo.
Estaba sentada a mi lado en la mesa de la cafetería, moviendo su comida por el plato y hablando efusivamente de lo mucho que le gustaba la nueva canción de Taylor Swift cuando, de repente, arrojó la bandeja contra la pared.
–¡No pienso comerme esto!
Polly pareció no inmutarse por ese arrebato y pulsó el botón del interfono situado al lado de la puerta sin mirar a Rose.
–No quiere comer.
–De acuerdo –respondió una voz.
Antes de que pudiera decirle nada para intentar calmarla, la puerta se abrió de golpe y aparecieron los mismos hombres con aspecto de portero de discoteca que habían inmovilizado a Doris ese mismo día.
–Vamos, Rose, acompáñanos –dijo el más bajito de los dos–. Ya conoces las reglas.
Rose se quedó en su silla, con los brazos cruzados sobre el pecho, y los miró fijamente.
–No hagamos esto más difícil de lo necesario –añadió.
Pero ella siguió sin moverse.
Dieron un paso hacia ella y, en un movimiento rápido, se abalanzaron sobre ella, sujetándola por ambos brazos.
Rose se resistía a zarpazos, como un gato al que hubieran arrojado a un barreño lleno de agua, mientras intentaban levantarla de la silla.
La silla cayó hacia atrás y ella la pateó violentamente con sus piernecitas de palo.
La sacaron de allí llorando y gritando, del mismo modo que habían sacado a Doris.
Su arrebato me impactó porque la impresión que tenía de ella era la de una chica dócil y tímida.
–Menudo bicho raro, ¿no crees? –dijo Tobi desde el otro lado de la mesa en cuanto la puerta se cerró tras Rose–. Quiero decir, ¿es que no podemos cenar en paz ni un solo día?
–A algunos nos gusta comer –dijo Shelly.
Se echaron a reír junto con la otra chica, Denise, que estaba sentada a su lado.
–Tal vez no le apetece comer –dije. Quise decirles que les vendría bien no comer, pero habría sido muy mezquino y no quería ser así. En lugar de eso, les dije–: No tenéis ni idea de por lo que está pasando.
Shelly levantó las cejas en tono de burla.
–¿Y tú sí?
Me encogí de hombros. Tenía razón. Conocía a Rose desde hacía menos de veinticuatro horas.
Después de la cena, me sorprendió encontrarla de nuevo en el sofá de la sala de estar, absorta en sus revistas como si no hubiera pasado nada. Me senté junto a ella.
–Joder, tía. ¡Qué manera de resistirse!
Me había desconcertado que hubieran hecho falta tres hombres enormes para sujetar a una chica tan pequeña.
Levantó la vista. Sus ojos estaban enrojecidos e hinchados. Todavía los tenía llenos de lágrimas. Sus pupilas eran del tamaño de un alfiler.
–Pues hasta aquí lo de comer con vosotros. De vuelta a la alimentación forzada en solitario.
–Menudo palo…
Sabía lo que era que te obligaran a comer.
Durante los primeros meses con los Rooth, Bob me sujetaba la mandíbula para mantenerme la boca abierta mientras Dalila la llenaba de comida todo lo rápido que podía.
Luego Bob me echaba la cabeza hacia atrás y me cerraba la boca, obligándome a tragar.
Pero todo lo que entraba volvía a salir, de modo que acababan cubiertos de la misma comida que tanto se habían empeñado en hacerme engullir.
–¿Cómo te obligan a comer?
Resopló.
–Es horrible. Me dan unas bebidas proteínicas enormes que saben a tiza.
Pero lo peor es que esas bebidas tienen más de mil calorías.
¿Te lo puedes creer? Tengo que beberme una de esas, además de lo que sea que me pongan en el plato.
No estarán satisfechos hasta que me convierta en una gorda asquerosa.
–¿Qué pasa si no te lo comes? ¿Te hacen tragar la comida a la fuerza?
La garganta se me cerró en un acto reflejo.
–Ya les gustaría a estos cabrones… –Rose soltó un bufido–. Si no como, me volverán a poner la sonda.
–¿Un tubo? Dios mío, ¿cómo?
–Antes me la ponían por la nariz, pero yo me la sacaba una y otra vez y eso hacía que se me infectara. Así que ahora me la ponen directamente en el estómago. –Se subió la camisa y me señaló un costado–. Mira.
Me incliné para verlo mejor. En el costado derecho tenía tres grandes heridas punzantes, como si la hubiera mordido un vampiro.
Nunca había visto nada igual.
–¡Guau! ¿Y no sería más fácil si comieras y ya está?
Me miró como si le hubiera sugerido que matara a alguien. Se bajó la camisa y cruzó los brazos sobre el pecho.
–¿Viene alguien a visitarte?
–Sí –le respondí.
Se inclinó un poco más y, en un susurro, me dijo:
–Tienes que saber que el equipo también habla con tu familia. Les preguntan cómo creen que te va. Así que tal vez quieras, ya sabes…
Asentí para indicarle que la había entendido.
Entonces me volví para mirar a Polly y comprobar si lo había oído, pero ya no estaba allí.
La habían sustituido por un tipo corpulento de aspecto hippy y que llevaba unas sandalias Birkenstock.
Estaba demasiado ocupado mirando a Shelly, Tobi y Denise, que jugaban a las cartas en medio de la sala de estar, como para fijarse en nosotras.
Cada pocos minutos, una de ellas soltaba una sonora carcajada y se volvía para dirigirle una sonrisa.
Él les devolvía las sonrisas, agradeciendo su atención con gesto bobalicón.
No tenía ningunas ganas de ver a Bob, Dalila y Thomas.
Iba a ser raro e incómodo verlos juntos, pero no tenía elección porque necesitaba hablar con Dalila sobre el funeral.
Quería saber dónde se iba a celebrar y cómo iban a vestir a Emily.
Quería que me enterraran junto a ella y, si me suicidaba en cuanto me dieran el alta, podrían organizar un funeral directamente para las dos.
Era lo único que me importaba en ese momento. Necesitaba un plan infalible.
Dispararme sería rápido y fácil, pero no sabía cómo conseguir un arma.
Y, aunque lo supiera, tardaría semanas en conseguirla.
No disponía de tanto tiempo. Las pastillas eran otra posibilidad, pero no siempre funcionaban.
Había visto a Emily tragarse las suficientes como para saber que la mayoría de las veces no te mataban, simplemente te ponías muy enferma, las acababas vomitando y te despertabas con resaca.
Pero despertarse no era una opción. La última vez me había despertado y no tenía intención de volver a hacerlo.
Cortarme era otra opción. Pero ¿y si no daba con la vena adecuada o no lo hacía lo bastante profundo? Pensarlo me dio escalofríos. ¿Qué método había usado Emily esta última vez?
No me había permitido recordar la noche en que ocurrió.
Era demasiado doloroso, pero quería saber cómo lo había hecho porque quizá tendría éxito si la copiaba.
Contuve la emoción y me preparé para intentar recordar aquella noche como si fuera un científico, reproduciendo la escena como si se tratara de una película protagonizada por otros personajes.
Había pastillas por todas partes y había vómito, lo que significaba que debía de haber tomado muchas.
En el pasado, siempre que había tomado muchas pastillas, había acabado vomitando, pero esta vez habían conseguido matarla.
También había sangre, pero ¿se debía a los cortes que se hacía habitualmente o esta vez lo hizo lo suficientemente profundo como para matarse?
¿Hizo alguna otra cosa que yo no supiera?
Tal vez ambas cosas a la vez. Tal vez esa fuera la clave de todo y yo pudiera hacer lo mismo.
De repente, caí en la cuenta de que ya lo había intentado antes.
Estaba en el hospital por haber tratado de suicidarme, pero no recordaba nada de aquella noche.
Rebusqué en mi cerebro y seguí intentando hacer aflorar algo a mi mente consciente, pero fue inútil.
Solo veía imágenes de Emily. Podía remontarme en mi memoria hasta el momento en que abría la puerta del baño y descubría su cuerpo retorcido, pero eso era todo.
Su cuerpo y luego nada más que oscuridad.
¿Quién nos había encontrado y cómo había llegado al hospital?
¿Había llamado a alguien? ¿Cómo podía asegurarme de no volver a fallar?
No podía soportar la idea de despertarme otra vez en un hospital y descubrir que yo seguía viva y ella muerta.
Mi plan tenía que funcionar. Tenía que ser mucho mejor que la última vez.
Decidí que buscaría a alguien que me comprara alcohol de camino a casa desde el hospital, aunque odiaba beber y me estremecía al pensar en cómo me quemaba en la garganta.
Me detendría en una farmacia y me cargaría de Tylenol.
La mayoría de la gente no es consciente, pero ese analgésico es un gran asesino.
Emily me había explicado una vez que te desconectaba el sistema.
Tomar Tylenol y alcohol haría que me resultara más fácil, pero tendría que cuidarme de no beber demasiado, porque no debía ni desmayarme ni vomitar.
No podía echar a perder el plan. La bebida implicaba un riesgo, pero la necesitaba porque temía no ser capaz de cortarme sin ella.
Me metería en la bañera, como hacía Emily, para no llenarlo todo de sangre.
Pero, cuanto más pensaba en mi plan, menos factible me parecía.
Si lo hacía en mi apartamento, ¿cómo iban a encontrarme?
No podía llamar a nadie antes porque podrían detenerme antes de que todo acabara.
La única persona con la que quedaba con regularidad era a Thomas y él estaba acostumbrado a no verme durante días.
Podría transcurrir una semana antes de que empezara a preocuparse y para entonces ya sería demasiado tarde; el funeral de Emily ya se habría celebrado.
Hacerlo en casa no era la solución. No si quería que me enterraran con ella, y eso era lo que más deseaba.
Lo único que me mantenía en pie era superar la detención de setenta y dos horas: tenía dos días más para idear un buen plan.
Una voz gritando mi nombre por el altavoz interrumpió mis pensamientos. Mis visitantes habían llegado.