La gemela silenciosa Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Caminamos tras él como si fuéramos un rebaño, cruzando el pasillo del fondo y entrando en una sala situada frente a aquella en la que había estado antes con el doctor Larson, aunque esta era más grande.

Estaba pintada del mismo azul apagado y había sillas plegables de plástico dispuestas en círculo. Me senté junto a Rose.

–De acuerdo –dijo el hombre, uniendo las manos frente al pecho–. ¿Quién quiere empezar?

Entorné los ojos tratando de leer la etiqueta con su nombre: MARK UNDERWOOD .

Debajo ponía: PSICÓLOGO CLÍNICO . Parecía demasiado joven para ser psicólogo, con el afeitado impecable y unos ojos azules brillantes.

Me costaba imaginar que hubiera pasado por ningún problema serio, y no pude evitar preguntarme cómo se suponía que iba a ayudar a una sala llena de pacientes psiquiátricos.

Me resultaba difícil empatizar con quienes habían tenido una vida fácil y fingían saber cómo ayudar a quienes no la habían tenido.

Por eso me gustaba Lisa: se había pasado los primeros cinco años de su vida viviendo en la calle con sus padres drogadictos, así que sabía lo que era enfrentarse a auténticas dificultades.

–De acuerdo, Arlene –le indicó–. Adelante.

–Me llamo Arlene. Soy bipolar. Pero sobre todo tengo depresión. Llevo aquí catorce días y hoy me siento triste.

–Muy bien, Arlene. Siguiente.

Señaló al hombre que estaba sentado a su lado: el hombre blanco del sofá.

–Rick. Esquizofrenia. Veintiún días. Estoy bien.

El siguiente era el joven que miraba al vacío a través de la ventana. Se lo saltaron sin ningún tipo de indicación. No pareció ni darse cuenta.

–Soy Shelly, pero eso ya lo sabéis todos, ¿no?

Soltó una risita. Era una de las mujeres que habían estado jugando a las cartas.

–A ver, esta vez llevo aquí casi una semana. Tengo una depresión grave, un trastorno de ansiedad y soy alcohólica en recuperación. Diecisiete días sobria. ¡Genial!

La mujer que estaba sentada a su lado, otra de las otras jugadoras de cartas, le acarició la espalda.

–Tengo estrés postraumático. Me autolesiono. Y sí, también tengo trastorno límite de la personalidad. –Movió la cabeza adelante y atrás mientras decía esto último y la mujer que estaba a su lado se rio a carcajadas como si fuera hilarante–. Hoy me siento muy feliz. Y esperanzada.

Le tocó el turno a la mujer que estaba a su lado y su intervención fue tan larga como la de Shelly.

Su nombre era Tobi y también entonó «trastorno límite de la personalidad» al final de su lista, lo que hizo que ambas volvieran a desternillarse de risa.

Yo no lo encontré gracioso. Me alegré de no ser ellas.

La última de las jugadoras de cartas era Denise, bastante más discreta que las otras dos. Su lista era mucho más corta. Dijo que estaba deprimida y que solo llevaba allí cuatro días.

«Cuatro días. Bien…», pensé. Me resultó alentador.

El hombre negro del sofá fue el siguiente.

–Domingo. A veces me compro un jersey morado el domingo, pero ¿qué pasa con Diana Ross? Tengo que hablaros de Italia. No pasa nada. Nunca me ha importado demasiado. Mi madre sí. Pero huele raro. Siempre.

–Gracias, Darin –intervino Mark y este cerró la boca de golpe–. Veamos qué tiene que decir Sally.

Me quedé observando a Darin mientras Sally, la mujer que estaba a su lado, iniciaba su presentación en este extraño ritual.

En cuanto ella empezó a hablar, él abrió la boca.

Pude ver cómo sus ojos recorrían nerviosamente la habitación.

No emitía ningún sonido, pero sus labios se movían animadamente.

La siguiente fue Rose.

–Soy Rose. Y soy anoréxica. –Pronunció la palabra como si se tratara de una maldición–. Llevo aquí cuatro semanas y dos días. Hoy me siento muy triste porque estoy gorda.

Finalmente me llegó el turno. Cada partícula de mi ser deseaba que me saltaran como habían hecho con el otro tipo.

–Me llamo Elizabeth. Llevo aquí un día. Hoy me siento… me siento… ¿abrumada?

–¿Y por qué estás aquí? –preguntó Mark.

–Porque he intentado suicidarme.

Mark me hizo un gesto con la cabeza y siguió adelante. Acababa de anunciar que había intentado suicidarme y todo el mundo reaccionó como si hubiera proclamado que me cepillaba los dientes con Colgate.

La mujer que habló después de mí se presentó como Doris. No dijo por qué estaba aquí ni cómo se sentía. Hablaba con un acento que no pude distinguir.

Cuando todos hubieron terminado sus presentaciones, Mark se dispuso a hablar:

–Me he dado cuenta de una cosa mientras hablabais.

Algunos habéis dicho «soy bipolar» o «soy anoréxica».

Me gustaría que recordarais que no sois vuestra enfermedad mental.

Vuestra condición es solo una parte de vosotros.

Quiero animaros a todos a que digáis vuestro nombre y luego añadáis «con tal trastorno».

Por ejemplo, si tuviera depresión, podría decir: «Soy Mark y tengo depresión».

O, si tuviera ansiedad, podría decir: «Soy Mark y tengo ansiedad».

Es importante mantener separados quiénes somos de nuestro diagnóstico.

Dicho esto, ¿hay algún tema referente a esta unidad que alguien estime necesario comentar en el grupo?

Durante un minuto, todos estuvimos en silencio mientras mirábamos alrededor de la sala.

–Las he oído hablar de mí –soltó Rick de pronto–. Dicen cosas feas sobre mí.

–¿A quién te refieres, Rick? –dijo Mark, inclinándose hacia delante.

Señaló a las tres jugadoras de cartas.

–¿Habéis hablado hoy de Rick de forma negativa? –les preguntó Mark.

Las tres sacudieron la cabeza al unísono.

–En absoluto –replicó Shelly. En sus ojos se podía ver un cierto enfado–. No hemos dicho nada de él. ¡Es un puto paranoico!

Tobi y Denise asintieron con la cabeza.

–Las he oído. Decían que debería suicidarme, ahorcarme en mi habitación. Que soy un inútil de mierda. Que debía morirme.

–Rick –empezó a decir Mark con voz pausada–, no creo que hayan dicho esas cosas. Lo que has oído es horrible y mezquino. No creo que nadie aquí piense esas cosas terribles de ti. ¿Puede ser que lo que oíste formara parte de tu enfermedad mental?

–Quizá haya sido Arqueo –respondió Rick.

Miré alrededor de la habitación. ¿Faltaba alguien?

Mark asintió.

–Creo que tienes razón, Rick. Probablemente no fueron las señoras. ¿Acaso Arqueo no suele hablar mal de ti y decirte que te hagas daño?

Rick movió la cabeza arriba y abajo. Volvió a su sitio.

–Cállate. Ya está.

–De acuerdo. Me gustaría que hiciéramos otra ronda; esta vez quisiera que cada uno de vosotros nos hablara un poco de sus objetivos con el tratamiento y de los progresos que está haciendo para alcanzarlos –señaló Mark–. Esta vez empezaremos con Doris.

Doris miró alrededor de la habitación, fijó la mirada en la puerta y, finalmente, se volvió hacia Mark.

– He madado a mi made –murmuró en voz baja.

No logré distinguir sus palabras, pero me pareció que decía que había matado a su madre. Supuse que no era eso lo que Mark tenía en mente cuando dijo que debíamos hablar de nuestros objetivos de tratamiento.

–¿Puedes hablar más alto para que podamos oírte todos?

–¡He matado a mi madre! –gritó. Esta vez sus palabras no admitían error.

Mark mantuvo la calma y habló en un tono uniforme:

–Doris, sabes que no está bien matar a tu madre, ¿verdad?

Doris llevaba un muumuu rosa con estampado floral y casi podías sentir el dolor cuando se golpeaba la pierna con el puño. Sonaba como si estuviera abofeteando la piel.

Miré alrededor: todos estaban en calma y algunos ni siquiera prestaban atención.

Shelly estaba ocupada cuchicheando con Tobi mientras Rick y Darin habían vuelto a sus conversaciones con gente que solo ellos podían ver.

No parecía importarles demasiado si esta mujer estaba enloqueciendo porque quería matar a su madre o si ya lo había hecho.

Empezó a mecerse adelante y atrás en la silla, sin dejar de golpearse en la pierna y canturreando con su extraño y marcado acento.

–Doris, tengo que pedirte que te calmes. Necesito que respires hondo. Practica los ejercicios que hemos trabajado en la sesión.

Sus palabras no tuvieron ningún efecto en ella. Era como si no las hubiera oído. De pronto, se levantó de un salto, cogió su silla y la lanzó en dirección a Mark. Aterrizó a sus pies y a continuación se abalanzó sobre él.

Mark reaccionó rápidamente, se levantó de un salto y pulsó un botón metálico redondo que había en la pared. Doris llegó hasta donde estaba y agitó los brazos airadamente, tratando de agarrarle la cara. Mark intentó sujetarla por los brazos y retenerla, pero era demasiado rápida.

Ahora todo el mundo estaba atento. Todos movieron sus sillas hacia atrás.

Shelly lloraba, sujetándose la cara con las manos.

Tobi y Denise la abrazaban mientras seguían la acción con los ojos muy abiertos.

Rick y Darin se levantaron y empezaron a moverse por la sala, murmurando y maldiciendo en voz baja.

–Madre mía, ya estamos otra vez… –susurró Rose a mi lado.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe.

Tres hombres enormes entraron corriendo, placando a Doris.

Ella pataleaba y gritaba. Parecía que esos tipos se pasaban horas en el gimnasio y, aun así, tuvieron que esforzarse para contenerla, a pesar de que no podía pesar mucho más de treinta kilos.

Les daba patadas, les mordía y les arañaba.

La inmovilizaron contra el suelo, pero ella les escupía gritando que los mataría.

Mark seguía pidiéndole que respirara, pero Doris ya había pasado esa pantalla.

Una enfermera entró corriendo en la habitación, le subió la manga a Doris y la pinchó rápidamente con una aguja.

Supuse que con eso se calmaría. En las películas siempre funcionaba, y yo tenía la sensación de estar en una versión moderna de Alguien voló sobre el nido del cuco .

Pero el fármaco que le administraron no le hizo ningún efecto.

Ella trató de zafarse con aún más ahínco.

Le pusieron otra inyección, pero seguía resistiéndose.

Hizo falta todo el personal de la sala para levantarla, a pesar de que la habían enrollado en una especie de esterilla extraña de yoga.

La sacaron al pasillo pataleando y gritando.

Sus gritos siguieron resonando por el pasillo hasta que terminaron por desvanecerse.

Entraron más enfermeras en la habitación.

Dos de ellas empezaron a hablar con Darin y Rick.

Se paseaban de un lado a otro junto a ellos.

Otra puso un brazo alrededor de Shelly con la intención de calmarla y empezó a frotarle la espalda, tal como estaban haciendo sus amigas.

Arlene empezó a tirarse de los pelos de nuevo, mientras que Sally permanecía quieta como una estatua junto al chico, que ni siquiera había pestañeado a pesar del caos que se había desatado a su alrededor.

Miré a Rose con los ojos llenos de preguntas y ella soltó una carcajada.

–Bienvenida a otro emocionante día de terapia de grupo.