Capítulo 8
A pesar de la advertencia de Rose, nada podría haberme preparado para lo intimidada que me sentí al reunirme con el equipo.
En la sala había una larga mesa de conferencias rodeada de sillas de oficina negras de respaldo alto, todas ocupadas, lo que me hizo sentir como si estuviera en medio de una importante reunión ejecutiva.
Nueve desconocidos, con los que nunca había hablado, excepto el doctor Larson, ocupaban esas sillas y eran quienes decidirían cómo sería mi tratamiento.
Se suponía que mi sitio se encontraba en la cabecera de la mesa, con el doctor a mi derecha. Se me erizó la piel al sentarme. Tal vez podría engañarlo a él haciéndole creer que estaba bien, pero ¿a una sala entera?
Me senté a la espera de que empezara aquella horrible reunión, fuera como fuera.
–Elizabeth, esta reunión es para que tengas la oportunidad de conocer al equipo. Antes que nada, hagamos las presentaciones –dijo Larson.
Uno tras otro fueron diciendo su nombre y su cargo.
Había un psiquiatra. Tres terapeutas: dos hombres y una mujer.
Una mujer delgada, con el pelo recogido en una coleta apretada, se presentó como la trabajadora social asignada a mi caso.
Otra mujer, que parecía tener más o menos mi edad, dijo que era mi terapeuta ocupacional, y una doctora explicó que estaba a cargo de mi atención médica.
Un hombre calvo comentó que era terapeuta familiar.
Y, por último, un hombre mayor anunció que era el asesor supervisor asociado.
No tenía ni idea de lo que significaba ninguno de sus títulos ni del tipo de atención que ofrecían. Cuando todos terminaron de presentarse, me di cuenta de que no recordaba ninguno de sus nombres.
–Elizabeth, ¿por qué no nos hablas un poco de ti? –preguntó una de las mujeres de la izquierda.
–Tengo veinte años. Estudio a tiempo completo en el Galston Community College.
Mi plan es cambiarme de universidad al final de este curso.
Trabajo como teleoperadora en una empresa de venta por catálogo.
Es un poco aburrido, pero puedo compatibilizar mis turnos con el horario de clases.
Tengo un novio, Thomas; trabajamos juntos. Y me gusta ver películas y tomar café.
Tenía la garganta seca. ¿Les había contado demasiado? ¿Demasiado poco? Todos me miraban fijamente.
–Elizabeth, me he dado cuenta de que no has dicho nada sobre tu infancia –dijo la mujer de la coleta.
¿Por qué decían mi nombre cada vez que me hablaban? ¿Cuál era el motivo?
La sala estaba en silencio. Todas las miradas estaban clavadas en mí.
–Yo… mmm… no he dicho nada sobre mi infancia porque no he pensado que fuera importante.
–¿Por qué has creído eso? –me preguntó el calvo.
–No lo sé. Por supuesto que la infancia es importante.
Estaban empezando a irritarme. Todos garabateaban en cuadernos, exactamente como lo había hecho el doctor Larson. ¿Qué escribían? ¿Algún día llegaría a verlo?
–¿Puedo saber qué escriben? –pregunté sin poder evitarlo.
–¿Te incomoda? –preguntó el doctor Larson.
–Sí. –Rápidamente cambié de respuesta–. No…, es decir, no demasiado. Solo me lo preguntaba.
Siguieron garabateando. Bajando la cabeza y luego volviéndola a levantar.
–¿Puedes hablarnos de Emily?
Ya no sabía quién me hacía las preguntas. Me llegaban de todas partes.
–Emily y yo somos gemelas idénticas. Nació tres minutos antes que yo.
Nuestra madre nos odiaba y nos mantenía encerradas en el apartamento…
No nos daba de comer: a veces pizza , pero casi siempre solo pan.
Ah, y bebíamos mucha leche maternizada. Le gustaba pegarnos con una percha cuando se enfadaba o nos metíamos en algún lío.
Fue realmente horrible, pero Emily y yo nos teníamos la una a la otra, así que conseguimos sobrevivir. Hasta que un día provoqué un incendio.
Me di cuenta de inmediato de que decir que había provocado un incendio no había sido muy buena idea y que tenía que explicarme, así que seguí:
–No a propósito…, no lo provoqué a propósito. Fue un accidente. Los servicios sociales nos sacaron de allí y nos entregaron a los Rooth, Bob y Dalila, quienes nos adoptaron.
Me detuve. Nadie dijo nada. Supuse que querían oír más.
–Los Rooth nos trataron muy bien. Hicimos terapia con Lisa, mucha terapia, y nos ayudó muchísimo.
Fui a verla hace unos días, pero tuve que ir sola porque Emily se negó.
A pesar de haber empezado tan mal en la vida, conseguimos llegar a la edad adulta bastante bien.
Cuando terminamos el instituto, nos mudamos juntas a un apartamento.
Era un sitio muy bonito y, en general, nos iba bastante bien… aunque a Emily le costaba un poco más.
–¿Por qué crees que le resultó tan difícil?
Me había hecho la misma pregunta muchas veces en los últimos dos años y nunca había sido capaz de encontrar una respuesta satisfactoria. Pero ahora tenía que intentarlo.
–Habíamos tenido una vida muy difícil y creo que estaba muy deprimida.
Eché un vistazo a todas las caras alrededor de la mesa buscando algún tipo de pista o señal de cómo lo estaba haciendo, pero no encontré nada. Solo un grupo de rostros inexpresivos que me devolvían la mirada, absolutamente impasibles.
–Elizabeth, te hemos hecho muchas preguntas. ¿Quieres preguntarnos tú algo? –intervino una mujer al final de la mesa.
–¿Pueden decirme cuándo podré irme a casa?
–Eso depende –dijo el doctor Larson.
«¿De qué? ¿Qué significa eso? ¿Qué clase de respuesta es esa?», pensé. Pero asentí con la cabeza como si me hubiera dado una respuesta razonable.
–Podrías volver y…
–Espera –interrumpió la mujer del otro extremo de la mesa–. Me he dado cuenta de que no has preguntado por el funeral de Emily. ¿Por qué?
–Supongo que he dado por hecho que podría ir.
Mis palabras quedaron suspendidas en el aire. Finalmente, el doctor Larson hizo un gesto hacia la puerta. Me levanté de un salto y salí casi corriendo.
Polly me estaba esperando y me acompañó de vuelta a la sala de estar, sentándose a mi lado. Estaba sudando y me temblaban las manos. Esperaba no tener que participar en una reunión de equipo cada día. Solo de pensar en ello se me revolvía el estómago. Me repetía que tenía que respirar.
Me resultó extraño que, al final de la reunión, aquella mujer hubiera mencionado el funeral de Emily.
Tenía que poder ir. Bob y Dalila no podían enterrarla sin mí.
Era imposible. Sería demasiado cruel. ¿Dónde se guardaban los cadáveres?
¿Podían quedarse allí todo el tiempo que hiciera falta, esperando a que se celebrara el funeral?
Estaba al borde del pánico, pero el pánico no era un lujo que pudiera permitirme porque, si me abandonaba a él, gritaría y no pararía nunca.
Solo me tranquilizó recordar que Dalila vendría a visitarme hoy, porque estaba segura de que tendría todos los detalles sobre el funeral de Emily.
–¿A qué hora podemos recibir visitas de la familia? –le pregunté a Polly.
–Después de la cena. El horario de visita es de seis a siete cada día –me dijo–. ¿Estás bien? Te veo un poco pálida.
–Estoy bien. Solo algo cansada.
–¿Hay algo de lo que quieras hablar? A veces a los pacientes os resulta más fácil hablar con nosotras que con los médicos. Supongo que intimidamos menos. Podemos tener conversaciones un poco más normales…, ya me entiendes.
Miré alrededor de la habitación en busca de Rose. Estaba sentada al otro lado de la sala, en uno de los sofás, leyendo una revista.
–¿Puedo ir a hablar con ella? –dije, señalándola.
Pedir permiso me resultó extraño, pero pensé que era lo más apropiado.
–Claro. No hace falta que preguntes.
Me levanté y me dirigí al sofá.
–Ha sido tan terrible como me dijiste –le comenté al sentarme.
Rose rio.
–Te lo advertí. Yo siempre acabo medio desquiciada. Me miran todos con tanta insistencia que me entran unas ganas locas de soltar cualquier disparate, solo para arrancarles alguna reacción.
–Totalmente de acuerdo.
Sonreí y al instante me sentí culpable por haberlo hecho.
–Fíjate en ella –dijo Rose, mostrándome la revista y señalando a Jennifer Aniston–. Es tan guapa y tan delgada… ¿Cómo lo hará para estar tan delgada?
La miré a ella, no a la foto.
–Sabes que estás muy delgada, ¿verdad?
–Gracias, pero no hace falta que digas nada. Ya sé que he engordado desde que estoy aquí. –Me dio la impresión de que se iba a poner a llorar–. Pero deberías haberme visto antes de que me trajeran al hospital. ¡Entonces sí que estaba delgada!
Me hizo un gesto para que me acercara a ella.
–Puedo enseñarte cómo era cuando estaba delgada. Tengo una foto, pero no puedes contarle a nadie que la tengo. Se supone que no puedo tenerla –me susurró al oído.
Me eché atrás para mirarla, asintiendo con la cabeza, transmitiéndole con los ojos que su secreto estaba a salvo conmigo.
–Toma, puedes quedártela. Tengo otra.
Me pasó la revista y la hojeé distraídamente.
No debían dejar que Rose leyera esas revistas.
Mirar a modelos extremadamente delgadas no la ayudaría a sentirse mejor consigo misma.
Me aburrí enseguida de la lectura; Hollywood no me interesaba.
Me encantaban las películas, pero no me importaba lo que hacían los actores en su tiempo libre.
Nunca había entendido la obsesión de la gente por los famosos.
Emily y yo nos burlábamos de la cantidad de tiempo que la gente dedicaba a enterarse de todo lo que hacían, como si fueran dioses raros a los que hay que adorar en lugar de seres humanos, como el resto.
–¿Así que aquí es donde pasamos el día?
Miró el reloj.
–Sí y no. Tenemos grupo dentro de diez minutos. Y luego la cena.
Estuve mirando el reloj hasta que dieron las tres y media. Entonces, uno de los hombres, que se parecía a uno de los de mi equipo, apareció por la puerta. Sin que nadie dijera nada, todos se levantaron y le siguieron.