La gemela silenciosa Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

–Piensa en lo mucho que te quieren Dalila y Bob.

Sería devastador para ellos perderte. Todo el mundo te quiere.

Siempre ha sido así. Tienes algo especial que cautiva a todo el mundo de forma natural.

Es algo a lo que puedes sacar partido. Podrías utilizarlo para lograr lo que quisieras, tal vez incluso para ayudar a otras personas…

Lo harías muy bien porque serías capaz de entender exactamente por lo que están pasando.

Y luego, cuando se me acababan las palabras, la abrazaba hasta que la desesperación pasaba. Me había negado a rendirme y a dejar que se rindiera ella. Hasta ahora, porque no había sido capaz de mantenerla con vida.

Yo era el mecanismo que la hacía salir a flote y ella era el mío.

Mi propósito en la vida era cuidar de ella, mantenerla a salvo.

Siempre lo había sido. Yo era siempre la primera en ir con los amigos especiales y, si Emily tenía demasiado miedo para jugar a alguno de sus juegos, yo lo hacía por ella.

Cuando nuestra madre se abalanzaba sobre nosotras con la percha de alambre, yo me ponía delante de Emily y me llevaba la peor parte de los golpes.

Las veces que no podía eran un suplicio.

Era yo quien mantenía en pie a Emily cuando ella no tenía fuerzas para seguir adelante por sí misma, pero, al mismo tiempo, ella me mantenía en pie a mí: me daba un motivo para seguir con vida.

Ella me definía, me otorgaba el papel que debía desempeñar.

La desatención y los malos tratos de nuestra madre fueron el desencadenante, pero acabó siendo mucho más que eso.

Los últimos años cuidaba de Emily del mismo modo que lo habíamos hecho cuando jugábamos de niñas, atrapadas en nuestra habitación e inventando que éramos la madre de la otra.

Y, a pesar de que ella acabó siendo la enferma, la que necesitaba ayuda, era ella la que le daba sentido a mi vida.

En el instituto, cuando se autolesionaba, yo la ayudaba a limpiar las heridas.

Cada vez que alguna de esas chicas mezquinas se burlaba de ella por no sacar buenas notas o por liarse con un chico al que apenas conocía, yo la defendía.

Era experta en encontrar los puntos débiles de esas chicas y en hacerlas sentir mal por cosas que habían hecho ellas, desviando así la atención de Emily.

Éramos un equipo extraordinario. No sabía cómo existir sin ella.

Se había quitado la vida y, al hacerlo, me había arrebatado el único motivo para seguir viviendo.

Había perdido la cuenta de sus intentos de suicidio, pero nunca había considerado ninguno de ellos una verdadera amenaza de muerte.

Para mí, eran un grito desesperado de ayuda: programaba estratégicamente esos intentos para que yo la encontrara antes de que fuera demasiado tarde o lo hacía delante de mí porque sabía que yo la detendría.

Estaba segura de que aquel día ella esperaba que lo evitara de nuevo.

¿Durante cuánto tiempo estuve durmiendo?

¿Y si me hubiera despertado cinco minutos antes?

¿Seguiría con vida? ¿Habría acabado como todas las ocasiones anteriores?

¿Y si la hubiera seguido en vez de quedarme en el sofá?

Las preguntas me torturaban. Lo único que quería era morirme.

¿Alguna vez alguien había logrado suicidarse en un pabellón de chalados?

Estuve a punto de reírme a carcajadas por lo absurdo de la situación.

Tenía que encontrar la manera de que me dieran el alta.

No podía quedarme allí de ninguna manera.

El doctor Larson había dicho que necesitaba estar en un lugar seguro hasta que me sintiera mejor.

Si con ello se refería a superar la pérdida de Emily, no iba a salir nunca.

Las personas a mi alrededor empezaron a apartar las sillas del círculo, poniendo fin a la extraña reunión que acababa de tener lugar.

Los cuerpos se dispersaron por la sala. Aquellos cuerpos pertenecían a personas de verdad.

Las voces tenían caras e historias como la mía.

¿Qué las había traído a este mundo encerrado?

Algunos se sentaron junto a la ventana, mirando al exterior con intensidad, como si estuviera ocurriendo algo realmente emocionante que no querían perderse.

Vi a un hombre solo, en un rincón, sentado en una vieja mecedora de madera, mirando por la ventana.

Tenía los ojos vidriosos y ni siquiera parecía parpadear.

En el centro de la sala había tres mujeres jugando a las cartas.

Las tres iban peinadas y maquilladas, y una de ellas vestía una camisa muy escotada.

Jugaban a las cartas animadamente y se reían como si estuvieran en el salón de casa un viernes por la noche.

Parecían divertirse. En la esquina opuesta vi a una anciana meciéndose adelante y atrás.

Se arrancaba el pelo de la cabeza, mechón a mechón, y cada vez lo colocaba en un ordenado montón encima del pantalón. Ni siquiera se inmutaba al hacerlo.

Más allá, vi a un hombre blanco y uno negro sentados en uno de los sofás marrones.

A primera vista, parecía que estaban manteniendo una acalorada conversación; gesticulaban y señalaban desaforadamente.

Tardé un momento en darme cuenta de que no se miraban el uno al otro al hablar; en realidad hablaban consigo mismos.

–Da bastante miedo, ¿eh?

Una chica se había sentado a mi lado. Parecía enferma.

No mentalmente, como seguramente debía de parecerlo yo, sino físicamente, como si tuviera que estar en la sala de oncología en vez de en una unidad psiquiátrica.

Sus pómulos sobresalían bajo una piel fina y pálida, tan translúcida que se adivinaban las venas azuladas.

Tenía el cabello ralo y una extraña pelusa marrón le cubría la cara.

Llevaba una sudadera holgada con capucha y unos vaqueros, pero la ropa le caía plana, como si no hubiera nada que la rellenara y su cabeza fuese tan solo una percha.

–Sí, digamos que… es un poco raro –le respondí.

–Soy Rose. Odio mi nombre. No me pega nada. Se supone que las rosas son bonita, elegantes… –Resopló–. Y mírame a mí.

–Me llamo Elizabeth.

Me observó de arriba abajo.

–A ti tampoco te pega el tuyo.

No respondí, pero no creí que esperara que lo hiciera.

–¿Es la primera vez que estás aquí? –me preguntó.

«¿Hay gente que está aquí más de una vez?», pensé.

–Sí.

–Para mí es la cuarta.

–Ah… Vaya, ¿cuánto tiempo llevas aquí?

Alzó la vista al techo con hastío.

–Cuatro semanas y dos días.

–¿Te pueden tener aquí encerrado todo ese tiempo?

–Si eres yo, sí. –Se rio–. Tengo que ganar peso. Dos kilos más. ¿Te lo puedes creer? Tengo que convertirme en una cerda sebosa para poder salir de aquí.

Volví a mirarla. No podía pesar más de cuarenta kilos. Tenía el cuerpo de una niña y el rostro de una anciana.

–¿Y tú por qué estás aquí? –me preguntó.

–He intentado suicidarme.

Se me hacía raro oírlo salir de mi propia boca, pero más me valía acostumbrarme. Era la verdad.

–¡Ah! –Sonrió e hizo un gesto con la mano como si no fuera nada–. Entonces solo pueden retenerte setenta y dos horas. Es la detención protocolaria cuando ha habido un intento de suicidio.

Podía aguantar setenta y dos horas.

–¿Quién forma el equipo? –le pregunté.

–Un montón de médicos y similares. Te hacen sentar a la cabeza de una gran mesa y te hacen preguntas. Y te miran fijamente. Lo odio. Todos lo odiamos. Es tan desagradable… Es algo a lo que nunca te acostumbras, no importa cuántas veces hayas estado aquí.

Me fie de sus palabras porque, después de cuatro veces, debía de saber de lo que hablaba. Polly estaba sentada en una de las sillas de aluminio que había detrás de nosotras, pero parecía absorta en un libro.

–Quiero hacer todo lo posible para salir de aquí. ¿Qué tengo que hacer para que me dejen? –susurré, por si Polly tenía buen oído.

–Es sencillo. Lo único que tienes que hacer es decirles que no vas a suicidarte –me explicó–. Les cuentas algo como «Mirad, me sentía muy mal en ese momento e hice una estupidez. No lo volveré a hacer».

Estuve escuchando sus historias sobre sus otras hospitalizaciones y sobre cómo la obligaban a comer. Yo también sabía lo difícil que podía ser comer, pero no se lo dije.

–Tú lo tienes muy fácil. Los suicidas suelen entrar y salir de aquí con bastante rapidez. Serán los tres días más largos de tu vida, pero hay cosas que puedes hacer para pasar el tiempo.

–¿Cómo qué? –le pregunté.

–Como leer todas las revistas cutres que quieras. –Me puso una revista del corazón en el regazo y dejó escapar una risita–. Y puedes creerme si te digo que ahí encontrarás mucho drama con el que entretenerte. Algunos de los que están aquí están realmente locos. ¿Ves a ese tío de ahí?

Señaló al hombre que miraba a la nada junto a la ventana.

Asentí.

–No habla. Nunca. Jamás. Podrías acercarte por detrás y gritarle al oído. Ni siquiera parpadearía.

Nuestra conversación se vio interrumpida por el doctor Larson, que me hizo un gesto para que lo siguiera por el pasillo hasta uno de los despachos.

Era pequeño y angosto, y estaba completamente vacío: ni siquiera un cuadro mediocre en alguna de sus apagadas paredes azules.

Solo había una mesa con una silla a cada lado.

Me senté en una de ellas mientras él ocupaba la de enfrente.

Me recordaba a las salas de interrogatorio que había visto en la tele y no se parecía en nada a la sala de terapia de Lisa.

No se anduvo con rodeos.

–¿Cómo te encuentras hoy?

Respiré hondo. Podía hacerlo.

–Mucho mejor que ayer. Fue un día muy duro; no sabía muy bien qué estaba pasando.

Asintió, poniendo toda su atención.

–¿Recuerdas algo más de lo que ocurrió la noche antes de que acabaras en el hospital?

–Sentía que todo había sido culpa mía. Tal vez estaba demasiado abrumada. Es importante entender lo unidas que estamos… que estábamos Emily y yo, y no quería vivir sin ella. Así que lo hice. Sin pensar lo que hacía. Quería morir con ella.

–Comprendo que puedas sentirte así –dijo.

Él seguía sin quitarme los ojos de encima y yo seguía sin mirarle.

Mantenía la mirada fija en el escritorio que tenía delante.

Permanecimos sentados en silencio unos segundos que parecieron horas.

Quería que me hiciera preguntas. Alguna cosa que me diera una pista sobre qué decir.

No quería ponerme a hablar sin tener ni idea de lo que se suponía que debía decir, porque ¿y si decía algo equivocado y me obligaba a quedarme más tiempo?

Finalmente, rompió el silencio:

–¿Qué es lo último que recuerdas de Emily?

–Su cuerpo. Ya se lo conté ayer. La encontré en el baño. No puedo quitarme la imagen de la cabeza… Todavía lo sigo viendo.

–¿Qué ocurrió antes de eso? ¿Lo recuerdas?

–Sí. Nos peleamos por culpa de mi novio.

–Háblame de tu novio.

Le hablé al doctor Larson de Thomas y de nuestra relación, de lo dulce que era conmigo y de su persistencia inicial invitándome a salir.

Le conté cómo habíamos empezado a quedar y cómo se lo había ocultado a Emily, lo mucho que disfrutaba de nuestras pausas para almorzar en su coche y cómo a veces intentaba volverlas aún más especiales haciéndole galletas, preparándole un termo de sopa casera o sorprendiéndole decorando el interior del coche con flores para que pudiéramos fingir que hacíamos un pícnic.

No le conté lo que Emily le había dicho a Thomas ni la pelea que habíamos tenido después.

No hacía falta que supiera lo mucho que me había herido con sus palabras.

No era importante y no quería que pensara mal de ella.

–Parece que te importa mucho tu relación con él –dijo.

–Sí. Es perfecto. Tengo la sensación de que me va a ayudar mucho a superar todo esto.

Me felicité en silencio por sonar como si estuviera preparada para algún tipo de recuperación. Incluso utilicé el mismo vocabulario que él había usado el día de antes.

–Es bueno tener gente en tu vida que te pueda ofrecer una red de apoyo. Va a ser muy importante poder contar con personas que estén a tu lado durante el tratamiento. –Sacó del bolsillo delantero de su traje el pequeño cuaderno–. ¿Qué está pasando ahora en tu vida?

No tenía respuesta a esa pregunta, así que pensé en lo que me había dicho Rose sobre cómo debía actuar para que me sacaran de allí. Elegí mis palabras con cuidado.

–Creo que he sufrido una pérdida muy grande.

La mayor de mi vida. Es más de lo que podía soportar…

Sobre todo porque he tenido una vida muy dura.

Por un momento, no quise seguir viviendo.

Estaba muy triste y no podía pensar en ninguna de las cosas maravillosas que hay en mi vida.

Solo podía ver lo malo. –Y, como colofón, añadí–: En realidad no quiero morir.

Confiaba en sonar creíble.

Seguía mirándome como si esperara que dijera algo más, pero me había quedado sin palabras.

–Voy a ser tu psicólogo durante el tiempo que estés aquí. Entiendo que puede ser muy difícil hablar con un completo desconocido, pero espero que asumas este pequeño riesgo y confíes lo suficiente en mí como para compartir tu dolor.

No tenía la más mínima intención de confiar en él. Ni en setenta y dos horas ni en ninguna, pero asentí con la cabeza.

–Me reuniré con el resto del equipo a primera hora de la tarde. Hablaremos sobre el enfoque de tu tratamiento. Es importante que sepas que podrás expresarnos tu opinión al respecto y que nosotros te incluiremos en todas las decisiones. Todos nosotros estamos aquí para ayudarte.

–Gracias.

Parecía la respuesta más educada.

–¿Quieres preguntarme algo más?

Sacudí la cabeza.

Y así, sin más, terminó la reunión.