Capítulo 7
La enfermera del día anterior me despertó a las ocho de la mañana.
Apagó las máquinas que me rodeaban y desconectó los cables que me unían a ellas.
Los pitidos y zumbidos cesaron. Me quitó el pequeño artefacto con luz roja que llevaba en el dedo índice y me saco la vía con mucho cuidado, sin hacerme daño.
Tiró las gasas a la basura y acercó una silla de ruedas hasta mi cama.
La miré con escepticismo y, encogiéndose de hombros, me dijo:
–Protocolo del hospital. Te has pasado una semana en cama.
Aparté las mantas y me puse en pie. Mis rodillas flaquearon y me sentí mareada. Me senté en la silla de ruedas y sentí gratitud.
Mientras serpenteábamos por los pasillos, la enfermera trató de entablar conversación, pero abandonó rápidamente su empeño ante mi falta de reacción.
Seguimos dando vueltas por aquel sinuoso laberinto hasta alcanzar por fin el ascensor.
Observé cómo se fueron iluminando los números hasta llegar al cinco.
La puerta se abrió y la enfermera me condujo al interior.
A medida que avanzábamos por el pasillo, desbloqueaba cada una de las puertas que nos encontrábamos a nuestro paso, obligándome a contener la respiración cada vez, como si algo terrible se escondiera detrás de cada una de ellas.
–Ya hemos llegado –dijo mientras deslizaba la llave en otra puerta.
Junto a la puerta, había un cartel: UNIDAD PSIQUIÁTRICA PARA ADULTOS .
No me trasladaban a otra habitación del hospital para completar mi curación; me iban a encerrar con los tarados.
Por mi mente pasaron escenas de todas las películas sobre psiquiátricos que había visto en mi vida y el pecho se me encogió.
Me costaba respirar. Atravesamos otra serie de puertas cerradas y con cada clic crecía la sensación de fatalidad inminente. Mi pánico iba en aumento.
Llegamos a una puerta transparente con un pequeño cartel que decía: PUERTA DE SEGURIDAD. RIESGO DE FUGA .
Me llevó hasta una zona abierta con pasillos que se ramificaban a cada lado.
Había una estación de enfermería cuadrada y bulliciosa en el centro, donde confluían todos los pasillos.
La mayoría de las enfermeras iban vestidas con ropa de calle, sin bata, y estaban ocupadas en responder al teléfono, garabatear frenéticamente y cargar con grandes y gruesas carpetas negras.
Me pareció un sitio extraño, pero nunca había estado en un pabellón de locos, así que no tenía con qué compararlo.
La enfermera que me había acompañado se acercó a una mujer pelirroja y menuda que se encontraba en la estación. Intercambiaron unas palabras, asintieron y miraron en mi dirección. La enfermera regresó con la mujer pelirroja.
–Hola, Elizabeth. Soy Polly. Trabajo en esta unidad.
Me tendió la mano como si fuéramos dos conocidas que se encuentran en una fiesta o algo por el estilo. Decliné el saludo. Me pareció un gesto inútil.
–Te mostraré el lugar y te ayudaré a instalarte.
–Tengo que irme –dijo la enfermera–. No te preocupes, te dejo en buenas manos.
Tardé un momento en darme cuenta de que no estaba esperando a que yo dijera algo, sino a que me levantara de la silla de ruedas. Al hacerlo, me sentí tan mareada como al incorporarme en la cama.
–Esta es la estación de las enfermeras. –Polly señaló hacia la actividad en el centro de la sala–. Aquí siempre hay alguien, las veinticuatro horas del día. Cualquier cosa que necesites solo tienes que pedirla.
Señaló el pasillo situado justo detrás de la estación.
–Ahí están las salas donde se celebran las sesiones grupales y donde podrás hablar con tu médico.
Aquí todos los pacientes tienen que ver a su médico al menos una vez al día.
Hay una gran sala de conferencias al final del pasillo donde te reunirás con el equipo, que está formado por todos los que tienen algo que ver con atención al paciente: médicos, enfermeras, trabajadores sociales, terapeutas ocupacionales, etc.
Los irás conociendo a todos a su debido tiempo.
Son los responsables de tomar decisiones sobre tus cuidados, pero se apoyan en gran medida en las recomendaciones de tu médico principal.
Creo que ayer conociste al doctor Larson, ¿verdad?
Asentí. Así que en realidad no era médico, sino un loquero. Por eso me miraba con tanta intensidad.
Señaló el pasillo de la izquierda de la estación.
–En esa dirección están los servicios de caballeros. Los hombres y las mujeres están en lados separados de la unidad. Durante el día os podéis juntar, pero por la noche es mejor que estéis separados.
Rio, pero yo no lo hice. La idea de un montón de zumbados manteniendo relaciones sexuales no me pareció divertida.
–Todo el mundo tiene que estar en su habitación a las nueve y media. Las luces se apagan a las diez. Ven conmigo.
La seguí alrededor del mostrador y entré en una enorme sala que se abría frente a la estación de las enfermeras.
–Esta es la sala de estar –me anunció como si fuera al-
go de lo que sentirse orgullosa.
Me quedé quieta en el umbral.
–Pasa.
Escruté la habitación. Había revistas tiradas por todas partes y naipes desparramados sobre una mesa redonda, como si alguien se hubiera marchado en mitad de una partida.
También vi varias sillas acolchadas y en la pared del fondo un gran televisor ubicado en un vetusto aparador de madera que ya nadie utilizaba.
Había una pared cubierta completamente de ventanas y dos sofás desordenadamente colocados.
–Cuando no tengas ninguna actividad programada, aquí es donde podrás pasar el rato.
Solo puedes estar en tu habitación para dormir o por enfermedad.
Al menos por ahora. Los pacientes pueden disfrutar de tiempo a solas en su habitación una vez que estamos convencidos de su seguridad, pero de momento estarás supervisada.
Eso significa que siempre estará contigo un miembro del personal.
Será el equipo el que determine cuándo podremos levantarte esa restricción.
El sonido de pasos y risas interrumpió sus detalladas instrucciones. Observé cómo unos cuerpos entraban en la sala. Las voces me hacían daño en los oídos y retumbaban en mi cabeza como una letanía palpitante.
–Es la hora del control matutino. Siéntate donde quieras; en cuanto termine continuaré con la explicación –me indicó.
Me senté en la silla más cercana. El aluminio estaba frío y me hizo tiritar.
Otra mujer entró en la sala. Iba vestida con un jersey y unos vaqueros.
Su cuerpo estaba totalmente desproporcionado.
La parte superior era pequeña y esbelta, pero de cintura para abajo sus enormes caderas se hinchaban como un globo en un voluminoso trasero.
Como si hubieran recibido una señal, todos los presentes en la sala se pusieron en marcha, recolocando las sillas y tomando asiento hasta formar un círculo irregular.
Vi cómo me integraban en el círculo. Fijé la vista en el suelo.
Un suelo institucional gris y sucio, como el de la cafetería de una escuela primaria.
A mi alrededor, las voces seguían resonando, pero no le permití a mi cerebro descifrarlas.
Las ahogué con un zumbido en los oídos, fijando la atención en contar las manchas marrones de las baldosas, una tras otra.
Iba ya por la tercera baldosa cuando alguien me dio un golpecito en la rodilla. Levanté la vista. Una mujer me miraba desde el otro lado del círculo. Pude sentir que el resto de los ojos me miraban también, pero yo mantuve la mirada fija en los suyos.
–¿Podrías decirnos tu nombre para que podamos darte la bienvenida? –me preguntó animada.
La mujer apenas cabía en la silla. ¿Por qué querían darme la bienvenida exactamente y a quién le importaba cómo me llamara? No dije nada. Me limité a devolverle la mirada.
Esperó unos instantes y, finalmente, habló por mí:
–Os presento a Elisabeth.
El foco de atención pasó de mí a la persona que estaba sentada en la silla de al lado.
Dejé de prestar atención a lo que ocurría a mi alrededor.
Quería morirme. Recordé haber leído en alguna parte que el cuerpo dejaba de funcionar después de tres días sin agua.
¿Dejaría de funcionar el mío si me negaba a comer o a beber?
Sería un alivio consumirme, pero, por desgracia, sabía que eso no iba a ocurrir.
Había demasiadas enfermeras a mi alrededor como para permitirlo.
Seguro que me pondrían una vía en el brazo y me inflarían a líquidos para mantenerme con vida.
Eché un vistazo a las ventanas que cubrían la pared del otro lado de la sala y consideré la posibilidad de saltar, pero estaba segura de que estaban cerradas; al fin y al cabo, estábamos en una quinta planta y, si hubieran tenido la oportunidad, los pacientes ya lo habrían intentado.
Me resultaba extraño pensar en formas de morir.
Nunca había pensado en el suicidio. Rendirme nunca había sido una alternativa que hubiera contemplado; es más, me había dedicado toda mi vida a evitar que Emily lo hiciera.
En la adolescencia, cuando sufrió su primer episodio de depresión, yo trataba de animarla diciéndole que esa desesperación absoluta que sentía se debía a las hormonas y que, con el tiempo, se estabilizarían y volvería a sentirse bien.
Pero, a medida que empeoraba y se volvía más autodestructiva, tuve que convertirme en su animadora.
–Vamos, Em. Tienes que luchar. Yo sé que puedes hacerlo. No hemos pasado por todo lo que hemos vivido solo para rendirnos ahora.
Se lo dije cientos de veces a lo largo de los años.
Cuando mi empeño no daba resultado, cambiaba de táctica y pasaba a señalarle todo lo bueno que tenía y por lo que valía la pena vivir.