Capítulo 6 #2
Sollozó. Los hombros le temblaban. Aparté la mirada.
Me resultaba demasiado doloroso verla así, tan descarnada, agonizando.
Thomas se acercó al otro lado de la cama y me cogió la mano.
La aparté. No quería que nadie me tocara.
Ahí estaban esas dos personas que me querían y que hacía tan solo una semana yo también había querido, pero ahora sentía que había pasado toda una vida.
Si no fuera porque reconocía sus caras, podrían haber sido auténticos desconocidos para mí.
Mi hermana gemela estaba muerta, lo que significaba que yo solo estaba medio viva, y la intensidad de esa pérdida se elevaba como un grito, haciendo añicos todos y cada uno de los muros que había estado construyendo durante años para mantenerme a flote.
El espacio que ella ocupaba dentro de mí era inmenso e ilimitado, y su pérdida dejaba un vacío en mi interior que no podría reemplazar el amor de ninguna otra persona.
Ni el de Thomas ni el de Dalila. El de nadie.
Su muerte se extendía a mi alrededor, castigándome por no haber estado allí o por no haber hecho lo suficiente para mantenerla con vida.
Su peso era insoportable y no iba a desaparecer nunca.
No iba a mejorar nunca. No importaba cuánto amor me dieran o cuánto rezaran.
Sin Emily, el cordón que me unía al mundo se había roto. No podría vivir sin ella.
–¿Qué recuerdas? –me preguntó Dalila cuando recobró la compostura.
Mi respuesta fue la misma que le había dado al médico:
–Emily.
Ella suspiró.
–¿Qué recuerdas de aquella noche, cariño?
–Recuerdo haber sido yo quien la mató –le respondí.
–Pero, Elizabeth, sabes que eso no…
–Recuerda lo que dice el doctor Larson –Thomas la interrumpió.
Ambos se miraron fijamente durante un rato, enzarzados en una batalla de palabras mudas.
–Tú no eres responsable de la muerte de Emily, Elizabeth –dijo Dalila.
Se volvió a inclinar hacia delante para besarme la frente, pero me aparté.
No podía soportarlo. No me merecía sus muestras de amor cuando le había fallado a Emily y la había dejado morir.
También le había fallado a ella por no haber sido capaz de salvar a Emily, aunque ella nunca lo admitiría.
Por un instante, pareció afligida, pero su conmoción se desvaneció, transformándose en un abatimiento que yo conocía muy bien.
Quise decir algo para que se sintiera mejor, hacer algo que me acercara a ella, pero no fui capaz.
Estaba consumida por mi propio sufrimiento.
–Lo sabes, cariño, ¿verdad?
No quise responder. Por supuesto que había sido culpa mía. Solo lo decía para tratar de hacerme sentir mejor.
–Esta noche tengo turno, así que Dalila se quedará contigo –me dijo Thomas.
–No quiero que nadie se quede conmigo.
–¿Estás segura? –me preguntó Dalila.
Tragó con fuerza, intentando desesperadamente mantener la entereza por mí.
Asentí.
–Estoy cansada.
–Pero pensar que vas a estar aquí sola. No sé… –Se detuvo–. Bueno, necesitas descansar. Volveré mañana una vez te hayan cambiado de habitación.
–Yo también –añadió Thomas–. Vendré en cuanto termine las clases.
Me miró a los ojos, tratando de encontrar alguna pista sobre lo que debía hacer.
Aparté la mirada y se inclinó hacia mí para darme un incómodo abrazo desde el borde de la cama, con cuidado de no tirar de ninguno de los cables que tenía conectados.
Le respondí con unas palmadas en la espalda.
Me quedé mirándolo mientras se iba, sorprendida de que pudiera sonreír.
Yo nunca iba a ser capaz de sonreír de nuevo.
–Te espero fuera –le dijo a Dalila.
–Te quiero, cielo. Y Bob también te quiere.
Hoy no ha podido escaparse de la fábrica, pero ha estado viniendo a verte tanto como Thomas y yo.
Por cierto, adora a Thomas. Nos ha ayudado tanto en todo esto…
Es una pena que nos hayamos conocido en estas circunstancias, pero estoy encantada de que lo hayamos hecho.
No me puedo creer que no lo hubieras mencionado antes.
Quizá cuando te sientas mejor te apetezca contarme cómo os conocisteis.
Ya sabes cuánto me gustan las historias de amor.
Se quedó esperando a ver si le respondía. Tenía que darle algo:
–Claro.
Sonrió, lo que hizo que las arrugas de su rostro se atenuaran por un momento.
–Perfecto. –Ahuecó las almohadas sobre las que me recostaba–.
Bob se va a alegrar mucho de saber que te has despertado.
Si pudiera localizarlo en el trabajo se lo habría dicho, pero ya sabes cómo es con el móvil…
Algún día conseguiré que viva en el siglo XXI .
Se sentirá muy mal por no haber podido estar hoy aquí.
–No pasa nada –le aseguré.
La ausencia de Bob significaba una persona menos tratando de tocarme y de acercarse a mí.
–En cuanto salga, llamaré a Lisa para decirle que por fin te has despertado.
También ha venido a verte. Nos ha ayudado mucho en todo esto.
No sé qué habríamos hecho sin ella. –Dalila me apartó el pelo de la cara–.
Todo irá bien. Ya lo verás… Saldrás de esta.
Estoy segura. –Sus grandes ojos azules se humedecieron de nuevo–.
Eres tan fuerte. Siempre has sido fuerte.
Nunca volvería a estar bien. Y no había nada de lo que salir.
Cerré los ojos y fingí dormir, con la esperanza de que se fuera. Se quedó mirándome durante unos minutos y, cuando estuvo convencida de que me había dormido, salió de puntillas por la puerta.
Abrí los ojos a la blanca crudeza de la habitación, al aire viciado, impregnado por el olor del alcohol tratando de enmascarar el olor a enfermedad. Pulsé el botón para llamar a la enfermera. Rápidamente, apareció una mujer distinta de la que había venido antes.
–¿Puedes darme algo para dormir?
–Por supuesto.
Se fue y volvió con dos pequeñas píldoras rosas y un vaso de agua. Mi garganta lanzó un grito al tragarlas. Cerré los ojos y, momentáneamente, me sentí reconfortada por la inminente llegada del sueño.